10.
LA COLMENA.
-Sabían que veníamos.
Ocho serafines contemplaban la
aldea vacía. Por todas partes había evidencias de una partida apresurada:
puertas abiertas, humo en las chimeneas, un saco olvidado en el lugar en el que
había caído desde la parte trasera de algún carro y el grano que contenía
derramado. El ángel Bethena regresó de nuevo hacia la cuna que había junto a
unos peldaños para atravesar la cerca. Estaba tallada y pulida, mucho, y pudo
ver en los lados huecos desgastados con forma de dedos de mecerla durante
incontables generaciones. Y de
cantar, pensó, como si también pudiera
imaginar aquello; durante un brevísimo instante sintió la angustiada indecisión
de la madre bestia al admitir, en aquel preciso lugar, que la cuna era
demasiado pesada para cargarla mientras huían de su hogar.
—Por
supuesto que lo sabían —dijo otro soldado—. Venimos a por todos ellos
—pronunció aquella frase como si fuera ley, como si los extremos de sus
palabras pudieran alcanzar la luz del sol y brillar.
Bethena le lanzó una mirada cansada,
muy cansada. ¿Cómo podía mostrarse vehemente con aquello? La guerra era una
cosa, pero esto… Estas quimeras eran criaturas que simplemente cultivaban
alimentos y los consumían, mecían a sus hijos en cunas desgastadas, y
probablemente nunca hubieran derramado una sola gota de sangre. No se parecían
en nada a los soldados resucitados a los que los ángeles se habían enfrentado
toda su vida —toda su historia—, los agresivos y brutales monstruos que podían
cortarlos por la mitad de un solo tajo, hacerlos tambalear con la fuerza de sus
ojos de diablo tatuados, desgarrarles la garganta con los dientes. Esto era
diferente. La guerra nunca había penetrado hasta allí; el caudillo la
había mantenido confinada en los límites del territorio. En la mitad de los
casos, estas aldeas diseminadas de granjeros ni siquiera disponían de milicia,
y cuando la tenían, su resistencia era muy pobre.
Las quimeras estaban perdidas
—Loramendi marcó su final. El caudillo había muerto y el resucitador también.
Los resucitados ya no existían.
—¿Por qué no los dejamos
escapar? —sugirió Bethena, contemplando aquel agradable territorio verde con
vagas colinas tan difuminadas como pinceladas.
Varios de sus compañeros se
rieron, como si hubiera sido una broma. Ella permitió que pensaran eso, aunque
su esfuerzo por sonreír no tuvo éxito. Sentía el rostro rígido, la sangre lenta
en las venas. Por supuesto, no podían dejarlos marchar. La orden del emperador
era que el territorio quedara limpio de bestias. Colmenas, fue como llamó a las
aldeas. Plagas.
Unas colmenas inofensivas, pensó Bethena. Aldea tras granja, los conquistadores aún
no habían sufrido ni un solo picotazo. Era un trabajo fácil. Terriblemente
fácil.
—Entonces,
acabemos con esto —dijo ella con el rostro rígido, con el corazón de piedra—.
No pueden haber llegado muy lejos.
Resultaba
sencillo rastrear a los aldeanos, su ganado había ido dejando boñigas frescas a
lo largo del camino sur. Por supuesto, estarían huyendo hacia las Tierras
Postreras, pero no habían recorrido mucha distancia. A menos de cinco
kilómetros, el camino pasaba bajo el arco de un acueducto. Era una construcción
con tres hileras de arcos superpuestas, monumentales y en parte derruidas, de
modo que las piedras caídas ocultaban el pasadizo. Desde el cielo, el camino
que seguía adelante aparecía claramente marcado, descendiendo serpenteante
hacia un estrecho valle que parecía una raya en una melena verde, con el denso
bosque a ambos lados. El rastro de las bestias —estiércol, polvo y huellas— no
continuaba.
—Están
escondidos bajo el acueducto —anunció Hallam, el de la vehemencia,
desenvainando la espada.
—Espera —Bethena sintió cómo aquella
palabra se formaba en sus labios y abandonaba su boca. Sus compañeros soldados
la miraron. Eran ocho. La caravana de esclavos avanzaba por tierra al pesado
ritmo de sus presas y se encontraba a un día de distancia por detrás de ellos.
Ocho soldados
seráficos eran más que
suficientes para acabar con un poblado como aquel. Bethena sacudió la cabeza—.
Nada —añadió, y les indicó con un gesto que descendieran.
Parece una trampa.
Eso le había pasado por la cabeza, aunque no era más que un pensamiento reflejo
de la guerra, y la guerra había acabado.
Los
serafines descendieron por ambos lados del pasadizo, atrapando a las bestias
entre medias. Ante la posibilidad de que hubiera arqueros —no había un elemento
más igualador de fuerzas que las flechas—, se mantuvieron pegados a la roca,
fuera de su alcance. El día era luminoso y las sombras, profundamente negras.
Los ojos de las quimeras, pensó Bethena, estarían acostumbrados a la oscuridad;
la luz los deslumbraría. Acabemos con esto, pensó, y dio la
señal. Entró de un salto, las alas ardientes y cegadoras, la espada baja y
dispuesta. Esperaba encontrar ganado, aldeanos encogidos de miedo, el sonido
que se había vuelto familiar: gemidos de animales acorralados.
Bethena
vio ganado y aldeanos encogidos de miedo. El fuego de sus alas los dibujó de
manera espectral. Sus ojos brillaron con el resplandor del mercurio, como seres
que viven para la noche.
Estaban
gimiendo.
De
repente, una carcajada; sonó como el chasquido de una cerilla al encenderla:
seca, oscura. Fuera de lugar. Y cuando el ángel Bethena vio qué más los
esperaba bajo el acueducto, supo que se había equivocado. La guerra no había
terminado.
Aunque
para ella y sus compañeros, finalizó de repente.
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