jueves, 27 de febrero de 2014

Días de Sangre y Resplandor Cap 10

10.
LA COLMENA.

-Sabían que veníamos.

Ocho serafines contemplaban la aldea vacía. Por todas partes había evidencias de una partida apresurada: puertas abiertas, humo en las chimeneas, un saco olvidado en el lugar en el que había caído desde la parte trasera de algún carro y el grano que contenía derramado. El ángel Bethena regresó de nuevo hacia la cuna que había junto a unos peldaños para atravesar la cerca. Estaba tallada y pulida, mucho, y pudo ver en los lados huecos desgastados con forma de dedos de mecerla durante incontables generaciones. Y de cantar, pensó, como si también pudiera imaginar aquello; durante un brevísimo instante sintió la angustiada indecisión de la madre bestia al admitir, en aquel preciso lugar, que la cuna era demasiado pesada para cargarla mientras huían de su hogar.

—Por supuesto que lo sabían —dijo otro soldado—. Venimos a por todos ellos —pronunció aquella frase como si fuera ley, como si los extremos de sus palabras pudieran alcanzar la luz del sol y brillar.

Bethena le lanzó una mirada cansada, muy cansada. ¿Cómo podía mostrarse vehemente con aquello? La guerra era una cosa, pero esto… Estas quimeras eran criaturas que simplemente cultivaban alimentos y los consumían, mecían a sus hijos en cunas desgastadas, y probablemente nunca hubieran derramado una sola gota de sangre. No se parecían en nada a los soldados resucitados a los que los ángeles se habían enfrentado toda su vida —toda su historia—, los agresivos y brutales monstruos que podían cortarlos por la mitad de un solo tajo, hacerlos tambalear con la fuerza de sus ojos de diablo tatuados, desgarrarles la garganta con los dientes. Esto era diferente. La guerra nunca había penetrado hasta allí; el caudillo la había mantenido confinada en los límites del territorio. En la mitad de los casos, estas aldeas diseminadas de granjeros ni siquiera disponían de milicia, y cuando la tenían, su resistencia era muy pobre.

Las quimeras estaban perdidas —Loramendi marcó su final. El caudillo había muerto y el resucitador también. Los resucitados ya no existían.

—¿Por qué no los dejamos escapar? —sugirió Bethena, contemplando aquel agradable territorio verde con vagas colinas tan difuminadas como pinceladas.

Varios de sus compañeros se rieron, como si hubiera sido una broma. Ella permitió que pensaran eso, aunque su esfuerzo por sonreír no tuvo éxito. Sentía el rostro rígido, la sangre lenta en las venas. Por supuesto, no podían dejarlos marchar. La orden del emperador era que el territorio quedara limpio de bestias. Colmenas, fue como llamó a las aldeas. Plagas.
Unas colmenas inofensivas, pensó Bethena. Aldea tras granja, los conquistadores aún no habían sufrido ni un solo picotazo. Era un trabajo fácil. Terriblemente fácil.

—Entonces, acabemos con esto —dijo ella con el rostro rígido, con el corazón de piedra—. No pueden haber llegado muy lejos.

Resultaba sencillo rastrear a los aldeanos, su ganado había ido dejando boñigas frescas a lo largo del camino sur. Por supuesto, estarían huyendo hacia las Tierras Postreras, pero no habían recorrido mucha distancia. A menos de cinco kilómetros, el camino pasaba bajo el arco de un acueducto. Era una construcción con tres hileras de arcos superpuestas, monumentales y en parte derruidas, de modo que las piedras caídas ocultaban el pasadizo. Desde el cielo, el camino que seguía adelante aparecía claramente marcado, descendiendo serpenteante hacia un estrecho valle que parecía una raya en una melena verde, con el denso bosque a ambos lados. El rastro de las bestias —estiércol, polvo y huellas— no continuaba.

—Están escondidos bajo el acueducto —anunció Hallam, el de la vehemencia, desenvainando la espada.

—Espera —Bethena sintió cómo aquella palabra se formaba en sus labios y abandonaba su boca. Sus compañeros soldados la miraron. Eran ocho. La caravana de esclavos avanzaba por tierra al pesado ritmo de sus presas y se encontraba a un día de distancia por detrás de ellos. Ocho soldados
seráficos eran más que suficientes para acabar con un poblado como aquel. Bethena sacudió la cabeza—. Nada —añadió, y les indicó con un gesto que descendieran.

Parece una trampa. Eso le había pasado por la cabeza, aunque no era más que un pensamiento reflejo de la guerra, y la guerra había acabado.
Los serafines descendieron por ambos lados del pasadizo, atrapando a las bestias entre medias. Ante la posibilidad de que hubiera arqueros —no había un elemento más igualador de fuerzas que las flechas—, se mantuvieron pegados a la roca, fuera de su alcance. El día era luminoso y las sombras, profundamente negras. Los ojos de las quimeras, pensó Bethena, estarían acostumbrados a la oscuridad; la luz los deslumbraría. Acabemos con esto, pensó, y dio la señal. Entró de un salto, las alas ardientes y cegadoras, la espada baja y dispuesta. Esperaba encontrar ganado, aldeanos encogidos de miedo, el sonido que se había vuelto familiar: gemidos de animales acorralados.

Bethena vio ganado y aldeanos encogidos de miedo. El fuego de sus alas los dibujó de manera espectral. Sus ojos brillaron con el resplandor del mercurio, como seres que viven para la noche.

Estaban gimiendo.
De repente, una carcajada; sonó como el chasquido de una cerilla al encenderla: seca, oscura. Fuera de lugar. Y cuando el ángel Bethena vio qué más los esperaba bajo el acueducto, supo que se había equivocado. La guerra no había terminado.


Aunque para ella y sus compañeros, finalizó de repente.

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