viernes, 29 de noviembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 53

53.
EL AMOR ES UN ELEMENTO.

En las figuras de la furiante, nadie evitó la mano de Max, como habían hecho en la Serpenteante —hubiera sido un desaire demasiado obvio—; sin embargo, sus parejas actuaban con una rígida formalidad mientras él pasaba de una a otra; algunos apenas aproximaban la punta de sus dedos a los de Max cuando se suponía que debían juntar las palmas.

Thiago se había acercado y permanecía de pie, observando. Todos lo sentían, y la alegría de la danza quedó atenuada. Su presencia tenía ese efecto, pero Max sabía que era culpa suya, por escapar de él y tratar de esconderse allí, como si fuera posible ocultarse.

Simplemente estaba retrasando el encuentro, y la furiante era perfecta al menos para eso, ya que duraba un largo cuarto de hora con constantes cambios de pareja. Max pasó de un cortés soldado mayor con un cuerno de rinoceronte a un centauro, y a un bailarín con aspecto humano y máscara de dragón que apenas le rozó. Y cada vuelta le llevaba de nuevo junto a Thiago, que mantuvo los ojos fijos en él.

Su siguiente pareja llevaba una máscara de tigre, y cuando tomó su mano… le agarró.

Lo sujetó con firmeza entre sus dedos enguantados. La calidez de aquel contacto provocó un escalofrío en el brazo de Max, y no tuvo que mirarlo a los ojos para saber quién era.

Aún seguía allí —y con Thiago tan cerca—. Qué insensato, pensó Max, agitado por su proximidad. Después de calmar su respiración y su pulso, dijo:

—En mi opinión, la de tigre te queda mejor que la de caballo.

—No sé a qué te refieres, mi joven —replicó él—. Esta es mi verdadera cara.

—Por supuesto.

—Porque sería una locura continuar aquí si yo fuera quien tú piensas.

—Lo sería. Parece que desearas la muerte.

—No —respondió solemne—. Eso nunca. En todo caso, desearía vivir. Una vida distinta.

Una vida distinta. Ojalá, pensó Max sintiendo el peso de su propia existencia y de sus elecciones —o la falta de ellas—. Continuó hablando en tono suave.

—¿Deseas ser uno de nosotros? Lo siento, pero no admitimos conversos.

Él rió.

—Incluso si lo hicierais, no ayudaría mucho. Estamos todos atrapados en la misma vida, ¿no es así? En la misma guerra.

En toda una vida odiando a los serafines, Max jamás se había planteado que ellos vivieran igual que él, pero las palabras del ángel eran ciertas. Estaban todos atrapados en la misma guerra. Habían sumido al mundo entero en ella.

—No existe otra vida —dijo Max.

Al girar junto al lugar donde se encontraba Thiago, se puso tenso.

La presión de la mano del ángel aumentó ligeramente, con suavidad, ayudándole a soportar la mirada del general hasta que se alejó de él y pudo respirar.

—Tienes que irte —le dijo en voz baja—. Si te descubren…

El ángel permaneció callado un instante antes de preguntar, también en un susurro:

—No te vas a casar con él, ¿verdad?

—Yo… no lo sé.

Él levantó la mano de Max para que él girara bajo el arco que formaban sus brazos; era parte de la figura, pero la altura y los cuernos de Max dificultaron el movimiento, así que tuvieron que desenlazar los dedos y unirlos de nuevo tras el giro.

— ¿Qué hace falta saber? —preguntó él—. ¿Lo amas?

— ¿Que si lo amo? —la pregunta sorprendió a Max, y una carcajada escapó de sus labios. Recuperó rápidamente la compostura, ya que no deseaba atraer la atención de Thiago.

—¿Es una pregunta graciosa?
—No —respondió Max—. Digo, sí — ¿que si amaba a Thiago?, ¿era así? Tal vez. ¿Cómo se podía saber algo así?—. Lo gracioso es que seas el primero que me pregunta eso.

—Perdóname —dijo el serafín—. No sabía que las quimeras no os casabais por amor.

Max pensó en sus padres. Sus recuerdos aparecían difuminados por la pátina del tiempo, y sus rostros, reducidos a simples rasgos — ¿sería capaz de reconocerlos si los encontrara?—, pero recordaba el cariño sencillo que mostraban el uno por el otro, y sus caricias constantes.

—Sí nos casamos por amor —ya no se reía—. Mis padres lo hicieron.

—Así que eres hijo del amor. Es hermoso ser fruto del cariño.

Max nunca había pensado en sí mismo de aquel modo, pero las palabras del ángel le revelaron la belleza de ser un hijo deseado, y sintió pena al darse cuenta de la gran pérdida que suponía no tener a su familia.

—¿Y los tuyos? ¿Se amaban tus padres?

Se escuchó a sí mismo preguntando aquello, y se sintió abrumado por el vertiginoso surrealismo de la situación. Acababa de preguntar a un serafín si sus padres se amaban.

—No —respondió él sin añadir explicación alguna—. Pero espero que los padres de mis hijos sí lo hagan.

El ángel volvió a levantar la mano de Max para que girara bajo el arco formado por sus brazos, y de nuevo sus cuernos se interpusieron en el movimiento y los separaron por un instante. Mientras giraba, Max percibió el tono mordaz en las palabras del ángel, y cuando estuvieron otra vez el uno frente al otro, respondió, a la defensiva:

—El amor es un lujo.

—No. El amor es un elemento.

Un elemento. Como el aire que se respira, o el suelo que se pisa. Max se estremeció ante la absoluta convicción que transmitía la voz del ángel, pero no tuvo oportunidad de responder, pues habían terminado la figura. Todavía sentía la piel de gallina por aquella asombrosa afirmación cuando él le entregó a su siguiente pareja, que estaba borracho y no pronunció ni una palabra.
Max trató de seguir con la vista al serafín. Después de con él, debería haberse emparejado con Nwella, pero había desaparecido, y no vio ninguna máscara de tigre en toda la formación. Se había desvanecido, y él sintió su ausencia como un espacio abierto en el aire.


La furiante entró en el paseo final, y cuando terminó con un alegre repiqueteo de tamboriles, Max se encontró casi en los brazos del Lobo Blanco, como si hubiera estado preparado de aquel modo.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 52

52.
LOCURA.

La marea viva los absorbió hacia el ágora, en una estela de brazos y alas, cuernos y pellejo, pelo y carne, y Max se sintió arrastrado, mudo de incredulidad, con las pezuñas apenas rozando los adoquines.

Un serafín, en Loramendi.

Pero no un serafín cualquiera, sino ese serafín. Al que él había tocado. Salvado. Allí, en la Jaula, con las manos sobre sus brazos, cálidas incluso a través de los guantes de cuero, ese ángel que estaba vivo gracias a él.

Él estaba allí.

Aquella locura desordenó sus pensamientos, provocando en su interior un caos mayor que el que le rodeaba. Era incapaz de pensar. ¿Qué podía decir? ¿Qué debía hacer?
Más tarde se sorprendió de que ni por un instante había considerado reaccionar como habría hecho cualquiera en la ciudad sin pensarlo: desenmascarándolo y gritando: «¡Un serafín!».

Max tomó una bocanada de aire, profunda e irregular, y dijo:

—Es una locura que estés aquí. ¿Por qué has venido?

—Ya te lo he dicho, para darte las gracias.

Un terrible pensamiento asaltó a Max.

—¿Asesinato? Nunca conseguirás acercarte al caudillo.

No —respondió él con sinceridad—. Nunca mancharía el regalo que me hiciste con la sangre de tu pueblo.

El ágora era un óvalo gigantesco, suficientemente grande como para concentrar un ejército, numerosas falanges en formación, pero esa noche no había tropas en su centro, solo bailarines que realizaban intrincadas figuras al ritmo de una melodía de las tierras bajas. Los que llegaban desde la Serpenteante se arremolinaban en los extremos de la plaza, donde la densidad de cuerpos era mayor. Había barriles de vino de hierba colocados entre mesas repletas de comida, y gente reunida en grupos, con niños sobre los hombros, todos riendo y cantando.

Max y el ángel seguían atrapados en el tumultuoso delta de la Serpenteante. Él le mantenía anclado al suelo, tan firme como un rompeolas. Él, perplejo después de la sorpresa, no trató de escapar.

—¿Regalo? —Preguntó Max con incredulidad—. Pues no lo cuidas en exceso, viniendo aquí, hacia una muerte segura.

—No voy a morir —dijo él—. Al menos esta noche. Miles de cosas podían haber impedido que estuviera aquí en este momento, pero otras miles me han traído hasta aquí. Todo se alineó. Ha sido fácil, como si estuviera escrito…

—¡Escrito! —respondió Max sorprendido. Se volvió para mirarlo y la muchedumbre lo empujó contra su pecho, como si todavía estuvieran bailando. Max se retiró con brusquedad, buscando espacio—. Como si estuviera escrito ¿el qué?

—Tú —respondió él— y yo.

Aquellas palabras le robaron el aliento. ¿Ellos? ¿Serafín y quimera? Era absurdo. Lo único que pudo decir fue, de nuevo:

—Estás loco.

—Es tu locura, también. Tú salvaste mi vida. ¿Por qué lo hiciste?

Max no tenía respuesta. Durante dos años se había obsesionado con aquella misma pregunta, y con la sensación de que cuando lo había encontrado moribundo, debía protegerlo. Él. Y ahora estaba vivo y, algo inimaginable, allí. Aún seguía forcejeando, incrédulo, con la idea de que fuera él, de que oculto tras aquella máscara estuviera su rostro —del que recordaba cada plano y cada ángulo—.

—Y esta noche —dijo él—, con un millón de almas en la ciudad, lo más probable era que no te hubiese encontrado. Podía haber buscado toda la noche sin lograr más que atisbar tu presencia, pero estabas allí, delante de mis ojos, solo, moviéndote entre la multitud y apartado de todo, como si estuvieras esperándome…

El ángel continuó hablando, pero Max dejó de escucharlo. Al mencionar su soledad, la razón que le había provocado regresó como un relámpago a su mente, tras haber quedado por un momento apartado por la sorpresa. Thiago.
Miró hacia el palacio, al balcón del caudillo. En la distancia, sus ocupantes eran meras siluetas, pero siluetas que él conocía: el caudillo, la descomunal figura de Rain y un grupo formado por las esposas astadas del gobernante. Thiago no estaba allí.
Lo que solo podía significar que se encontraba en la plaza. Un escalofrío de miedo le recorrió desde las pezuñas hasta los cuernos.

—No lo entiendes —dijo Max haciendo piruetas para otear entre la multitud—. Había una razón por la que nadie estaba bailando conmigo. Pensé que eras un valiente. Lo que no sabía es que fueras un loco…

—¿Qué razón? —preguntó el ángel, aún cerca de él. Demasiado cerca.

—Confía en mí —respondió Max con insistencia—. No estás a salvo. Si quieres seguir vivo, márchate.

—He recorrido un largo camino hasta encontrarte…

—Estoy prometido —espetó, odiando aquellas palabras antes incluso de pronunciarlas.

El ángel se quedó petrificado.

—¿Prometido? ¿En matrimonio?

Reclamado, pensó Max, pero dijo:

—Prácticamente. Ahora vete. Si Thiago te viera…

—¿Thiago? —El ángel retrocedió ante aquel nombre—. ¿Estás comprometido con el Lobo?

Y al tiempo que él pronunciaba aquellas palabras —«el Lobo»—, unos brazos rodearon por detrás la cintura de Max, que ahogó un grito de sorpresa.

En un instante, imaginó lo que sucedería. Thiago descubriría al ángel y no solo lo mataría, sino que convertiría su muerte en un espectáculo. Un espía serafín en el baile del caudillo — ¡nunca había sucedido algo semejante!—. Sería torturado. Le harían desear no haber nacido. Todo aquello cruzó su mente como un relámpago, y el terror subió a su garganta con sabor a hiel. Cuando escuchó una risita junto a su oreja, el alivio la dejó casi sin fuerzas.

No era Thiago, sino Chiro.

—Aquí estás —dijo su hermano—. ¡Te perdimos entre la multitud!
Max sintió que el pulso se le aceleraba y provocaba un estruendo en sus oídos, mientras Chiro paseaba la mirada entre él y el extraño, cuyo calor se convirtió de repente en una especie de faro.

—Hola —saludó Chiro observando con curiosidad la máscara de caballo, a través de la cual Max todavía podía distinguir el destello anaranjado de aquellos ojos de tigre.
De nuevo le sorprendió que hubiera acudido con un disfraz tan escaso a la guarida del enemigo por él, y sintió una extraña opresión en el pecho. Durante dos años había considerado lo de Bullfinch, el deseo de que aquel serafín viviese —y realmente lo deseaba—, como una locura pasajera, aunque en aquel momento no lo sintiese como tal, ni ahora tampoco. Max se calmó y se volvió hacia Chiro. Nwella estaba justo detrás de él.

—Vaya unos amigos sois —les reprendió—. Me vestís así y luego me abandonáis en la Serpenteante. Me podían haber vapuleado.

—Pensábamos que estabas detrás de nosotros —contestó Nwella, sin aliento después de bailar.

—Estaba —añadió Max—. Muy por detrás de vosotros.

Había dado la espalda al ángel, sin mirarlo de nuevo. Con indiferencia, empezó a alejar a sus amigos de él, aprovechando el movimiento de la multitud para abrir espacio entre ellos.

—¿Quién era ese? —preguntó Chiro.

—¿Quién? —preguntó a su vez Max.

—El de la máscara de caballo, el que estaba bailando contigo.

—Yo no estaba bailando con nadie. O tal vez no te has dado cuenta: nadie bailaría conmigo. Soy un pario.

—¡Un pario! —respondió su hermano en tono burlón—. De eso nada. Más bien una princesa.
Chiro lanzó una mirada escéptica a su espalda, y Max deseó con todas sus fuerzas saber qué había visto. ¿Tenía el ángel los ojos clavados en ellos, o había huido espoleado por el instinto de conservación?

—¿Has visto a Thiago? —preguntó Nwella—. O mejor dicho, ¿te ha visto él a ti?
—No… —empezó a decir Max, pero entonces Chiro exclamó:

—¡Allí está! —y Max se quedó paralizado.

Allí estaba él.

Resultaba inconfundible tocado con aquella cabeza de lobo, como una versión grotesca de una máscara. Los colmillos se curvaban sobre su frente, y el hocico retrasado simulaba un gruñido. El pelo, blanco como la nieve, lo llevaba cepillado y colocado sobre los hombros, y su cuerpo estaba cubierto con una túnica de satén color marfil: tanto blanco, blanco sobre blanco, enmarcando su rostro fuerte y hermoso bronceado por el sol, otorgaba a sus pálidos ojos un aspecto fantasmal.

Él todavía no le había visto. La multitud se apartaba a su paso, y ni el más borracho de los presentes dejaba de reconocerlo y de abrirle camino. La muchedumbre parecía marchitarse mientras él avanzaba junto a su séquito, formado por criaturas con verdadero aspecto de lobos agrupados como una manada.

El significado de aquella noche asaltó a Max: su elección, su futuro.

—Es impresionante —suspiró Nwella recostándose sobre Max.

Era cierto, pero el mérito era de Rain, que había fabricado aquel hermoso cuerpo, y no de Thiago, que lo lucía con la arrogancia de su posición social.

—Te está buscando —dijo Chiro, y Max sabía que así era.

El general no tenía prisa, y paseaba sus pálidos ojos entre la multitud con la confianza de quien consigue lo que quiere. Entonces le vio. Max sintió que le atravesaba con la mirada y, temeroso, dio un paso atrás.

—Vamos a bailar —exclamó para sorpresa de sus amigos.

—Pero… —dijo Chiro.

—Escucha —sonaban los primeros compases de un nuevo baile—. Una furiante. Mi favorita.

No era su baile preferido, pero le servía. Se formaron dos hileras, los hombres a un lado y las mujeres al otro, y antes de que Chiro y Nwella pudieran decir nada, Max había escapado hacia la fila, sintiendo en su nuca la mirada de Thiago como el roce de unas zarpas.

¿Dónde están esos otros ojos?, se preguntó.

La furiante comenzaba con un paseo a ritmo suave, al que Chiro y Nwella se unieron apresuradamente. Max realizaba los pasos con elegancia y una sonrisa, sin perder el compás, pero estaba ausente. Su pensamiento había huido lejos, elevándose hasta reunirse con los miles de colibríes-polilla que se arremolinaban en torno a los faroles colgados en lo alto, al tiempo que se preguntaba, con el corazón desbocado, dónde se había marchado su ángel.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 51

51.
LA SERPENTEANTE.

La calle principal de Loramendi, la Serpenteante, se convertía en una ruta procesional durante el cumpleaños del caudillo. La costumbre era bailar a lo largo de todo su recorrido, cambiando de una pareja enmascarada a otra hasta llegar al ágora, el punto de encuentro de la ciudad. El baile se celebraba allí, bajo miles de faroles que colgaban como estrellas de los barrotes de la Jaula, convirtiéndola, por una noche, en un mundo en miniatura con su propio firmamento.

Max se sumergió entre la multitud junto con sus amigos, igual que en años anteriores, pero no tardó en descubrir que este sería distinto.

Iba enmascarado, pero no disfrazado —su apariencia resultaba inconfundible—, y nadie interpretó el brillo de sus hombros como una invitación. Sabían que no era para ellos. En la desenfrenada alegría de la calle, él permanecía apartado, como si fuera a la deriva en una bola de cristal.

Chiro y Nwella pasaban de unos brazos a otros sin parar, recibiendo besos de extraños, rozando máscara con máscara. Era la costumbre: un tumultuoso baile con infinitos giros y salpicado generosamente de besos para celebrar la unidad entre las razas. Los músicos se agrupaban a intervalos, de modo que los participantes pasaban de una melodía a otra, igual que de una mano a otra, sin un momento de pausa. La música desenfrenada los hacía girar, pero nadie cogía a Max a su paso. En varias ocasiones algún soldado se dirigió hacia él —uno incluso le agarró la mano—, pero siempre había un compañero que se lo impedía y le susurraba una advertencia.

Max no escuchaba sus palabras, pero podía imaginarlas.

Él es de Thiago.

Nadie le tocó. Deambuló entre la muchedumbre solo.

Dónde estaba Thiago, se preguntaba paseando los ojos de una máscara a otra. Si vislumbraba una larga cabellera blanca o a alguien con aspecto de lobo, su corazón se sobresaltaba al pensar que era él, pero siempre se trataba de alguien diferente. La larga cabellera blanca pertenecía a una anciana, y Max tuvo que reírse de su propio nerviosismo.
Todo Loramendi estaba en la calle, pero de algún modo se abrió un espacio a su alrededor y avanzó en solitario, siguiendo la estela de sus amigos hacia el ágora.

Él le estaría buscando.

Inconscientemente, empezó a caminar más despacio. Nwella y Chiro se adelantaron dando vueltas con sus máscaras, repartiendo besos. La mayoría de las veces, se limitaban a rozar los labios de sus máscaras con los labios —picos, hocicos, fauces— de las demás máscaras, pero había besos reales también, sin tener en cuenta el aspecto. Max sabía cómo era por otros festivales: aliento de extraños con olor a vino de hierba, tufo a whisky al rozar una boca de tigre, o de dragón, o de hombre. Pero no esa noche.
Esa noche, estaba aislado —los ojos se posaban en él, pero no las manos, ni mucho menos los labios—. La Serpenteante parecía larguísima cuando había que recorrerla en solitario.

Entonces alguien le agarró del brazo. Aquel roce le sobresaltó, ya que llegaba para poner fin a su soledad. Pensando que se trataría de Thiago, se puso rígido.
Pero no. Quien estaba a su lado llevaba una máscara de caballo de cuero bruñido que cubría su cabeza por completo. Thiago nunca aparecería con una cabeza de caballo, ni con ninguna otra máscara que ocultara su rostro. Todos los años acudía al baile disfrazado del mismo modo: cubierto con una cabeza de lobo verdadera sin la mandíbula inferior, para que formara una especie de tocado, y con los ojos sustituidos por cristales azules, muertos y fijos.

Entonces, ¿quién era? ¿Alguien lo bastante loco como para tocarlo? De acuerdo. Era alto, algo más que él, así que Max tuvo que alzar la cabeza y apoyar la mano sobre su hombro para rozar el hocico de caballo con el pico de su máscara de pájaro. Un «beso», para demostrar que aún decidía por sí mismo.

Y como si se hubiera roto un hechizo, volvió a formar parte de la fiesta, girando entre el desgarbado pataleo de la multitud, con aquel extraño como pareja. Él acompañó sus movimientos, protegiéndolo de los empujones de criaturas más grandes. Sentía su fuerza; podría haberlo sujetado en vilo, sin que sus pies tocaran el suelo. Debería haberlo liberado después de una vuelta o dos, pero no lo hizo. Sus manos —enguantadas— le mantuvieron agarrado. Y como nadie más bailaría con él si él la dejaba marchar, se dejó llevar. Resultaba agradable bailar, y se abandonó a la sensación, olvidando incluso sus preocupaciones por el traje. A pesar de su frágil apariencia, se sujetaba perfectamente.

Arrastrados por la marea viviente, que bullía, siguieron avanzando. Max perdió de vista a sus amigos, pero el extraño con máscara de caballo no le abandonó. Cuando la muchedumbre empezó a aproximarse al final de la Serpenteante, la calle se abarrotó. La danza aminoró el ritmo a un simple balanceo y él se encontró esperando junto a él, ambos con la respiración agitada. Levantó los ojos, ruborizado y sonriente tras su máscara de pájaro.

—Gracias —dijo.

—Gracias a ti, mi joven. El honor ha sido mío —su voz era sonora, y su acento, extraño. Max no podía identificarlo. Tal vez de los territorios orientales.

—Eres más valiente que los demás, al bailar conmigo.

—¿Valiente? —su máscara no dejaba traslucir expresión alguna, por supuesto, pero ladeó la cabeza y, por su tono, Max se dio cuenta de que no sabía a lo que se refería. ¿Era posible que no supiera quién era él, a quién pertenecía?—. ¿Tan feroz eres? —preguntó, y Max rió.

—Terriblemente. O eso parece.

De nuevo inclinó la cabeza.

—No sabes quién soy.

Max se sentía extrañamente decepcionado. Había pensado que podría tratarse de un alma audaz que desafiaba sin tapujos el temor generalizado hacia Thiago; sin embargo, parecía que solo ignoraba el riesgo que corría.

Él acercó su cabeza, y el hocico de su máscara rozó la oreja de Max. Al aproximarse, notó un aura cálida.

—Sé quién eres. Y he venido hasta aquí para buscarte —dijo.

—¿De verdad? —Se sentía aturdido, como si hubiera estado bebiendo vino de hierba, aunque solo había tomado un sorbito—. Dime, entonces, sir Caballo. ¿Quién soy?

—Eso no es justo, Sir Pájaro. No me dijiste tu nombre.

—¿Ves? No lo sabes. Además, tengo que confesarte un secreto —dio unos golpecitos sobre el pico de su máscara y susurró, sonriendo—: Esto es una máscara. No soy realmente un pájaro.

Él retrocedió con sorpresa fingida, aunque su mano no abandonó el brazo de Max.

—¿Que no eres un pájaro? Estoy decepcionado.

—Ya ves, quienquiera que sea el joven al que estás buscando, se encuentra solo en algún lugar, esperándote —casi sintió pena de tener que alejarlo de su lado, pero estaban próximos al ágora. No quería que Thiago lo mirara con desaprobación, no después de que le hubiera rescatado de bailar en solitario a lo largo de toda la Serpenteante—. Vamos —lo urgió—. Márchate y encuéntralo.

—He encontrado a quien estaba buscando —respondió él—. Tal vez desconozca tu nombre, pero sé quién eres. Y yo también tengo que confesarte algo.

—No me lo digas. No eres realmente un caballo.

Max había alzado la cabeza para mirarlo; su voz le había resultado familiar, aunque era una familiaridad distante y vaga, como algo que hubiera soñado. Trató de mirar a través de su máscara, pero era demasiado alto; desde su ángulo de visión, lo único que podía adivinar a través de las aberturas de los ojos era sombra.

—Es cierto —confesó él—. No soy realmente un caballo.

—¿Y qué eres?

Aquella pregunta buscaba una respuesta real; ¿quién era?, ¿alguien a quien conocía? Las máscaras daban pie a travesuras, y durante el cumpleaños del caudillo eran habituales las insinuaciones pícaras; sin embargo, no había pensado que nadie quisiera jugar con él esa noche.

La respuesta quedó acallada por el estruendo de las flautas al pasar junto al último grupo de músicos del recorrido. Gorjeos como llamadas de pájaros, un laúd vibrante, las ululaciones guturales de los cantantes y, por debajo de todo, como el pulso bajo la piel, la cadencia de los tambores, que animaba a bailar. Max estaba rodeado de cuerpos por todas partes, y el del extraño, el más cercano. Un vaivén de la multitud lo empujó contra él, y pudo sentir el volumen y la corpulencia de sus hombros a través de la ropa.

Y el calor.

Max fue consciente de su desnudez y del brillo del azúcar, y sintió, claramente, que se le aceleraba el pulso y aumentaba su temperatura.

Se sonrojó y se apartó, o intentó hacerlo, pero le empujaron de nuevo hacia él. Su aroma era cálido e intenso: especias y sal, el olor acre de su máscara de cuero, y algo suntuoso y profundo que no podía identificar, pero que le invitaba a reclinarse sobre él, a cerrar los ojos y respirar. Él mantenía un brazo en torno a su cuerpo, empujando a la muchedumbre para evitar que lo zarandearan, y no había ningún sitio adonde ir excepto hacia delante, siguiendo a la multitud que accedía al ágora. Se hallaban en un embudo, y no había vuelta atrás.

El extraño estaba detrás de él, y hablaba en voz baja.

—Vine aquí para buscarte —dijo—. Y para darte las gracias.

—¿Darme las gracias? ¿Por qué?

Max no podía volverse. El flanco de un centauro le obstaculizaba un lado, y una cola naja el otro. Creyó distinguir a Chiro en el torbellino y, entonces, vio el ágora justo delante de él, enmarcada por el arsenal y la escuela de guerra. En lo alto, los faroles parecían constelaciones, y su titileo ocultaba el de las verdaderas estrellas, y también el de las lunas. Max se preguntó si Nitid —la curiosa Nitid— podría escudriñar lo que sucedía dentro.

Algo va a suceder.

—Vine a darte las gracias —le susurró el extraño al oído—, por salvarme la vida.

Max había salvado vidas. Se había arrastrado sigilosamente en la oscuridad por los campos de batalla y entre patrullas de serafines para recolectar almas que de otra forma se habrían desvanecido. Había dirigido un ataque contra una posición de ángeles que mantenían atrapados a sus compañeros en un barranco, concediéndoles tiempo suficiente para replegarse. Había desviado en el aire la flecha de un ángel que se deslizaba certera hacia un compañero. Había salvado vidas. Pero todos aquellos recuerdos pasaron por su mente en un instante, dejando uno solo.

Bullfinch. Bruma. Enemigo.

—Seguí tu recomendación —dijo él—. Me mantuve vivo.

Al instante, sintió como si por sus venas circulara fuego. Se volvió apresuradamente. Solo unos centímetros separaban su rostro del de él, inclinado de modo que esta vez sí pudo mirar dentro de la máscara.

Sus ojos resplandecieron como llamas.


—Tú —murmuró Max.

martes, 26 de noviembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 50

50.
AZUCARADO.

—No —dijo Max mirándose en el espejo—. No, no, no y no.

Claro que Nwella tenía un traje para él. Era de seda tornasolada en color azul oscuro, ajustado y tan delicado que daba la sensación de que un ligero roce podría disolverlo. Estaba adornado con diminutos cristales que atrapaban la luz y la reflejaban como estrellas, y dejaba al descubierto todo el pecho de Max en forma de “V”, revelando sus pectorales marcados. Era escandaloso. Su clavícula, sus pectorales, parte de sus brazos delgados pero formados, su pecho. Demasiado pecho.

—No.

Empezó a desembarazarse de él, pero Chiro le detuvo.

—Recuerda lo que dije: sin quejas.

—Lo retiro. Me reservo mi derecho a quejarme.

—Demasiado tarde. De todas maneras, es culpa tuya. Has tenido una semana para conseguir un traje. ¿Ves lo que pasa cuando titubeas? Que otros toman las decisiones por ti.

Max pensó que no estaba refiriéndose al traje.

—¿Cómo dices? Entonces, ¿esto es un castigo?

A su lado, Nwella dejó escapar un gruñido. Era un ser frágil con aspecto de lagarto que había acudido a la escuela con Max y Chiro. Se había separado cuando ellos comenzaron su instrucción para la batalla y ella fue enviada al servicio real.

—¿Un castigo? ¿Te refieres a quedar despampanante? Mírate.

Max lo hizo, y lo único que vio fue piel. En torno a su cuello se unían unos delicadísimos filamentos de seda entrelazados que sujetaban, de forma invisible, la parte “interna” del traje

—Parece que voy desnudo.
—Estás impresionante —afirmó Nwella, que trabajaba como costurera para las esposas más jóvenes del caudillo, las cuales eran, por decirlo suavemente, maduritas.

El caudillo había considerado oportuno dejar de tomar nuevas esposas algunos siglos atrás. Como Rain, era de carne natural, y su aspecto lo reflejaba. Thiago, su primer hijo, tenía varios cientos de años, aunque lucía la piel de un hombre joven, y las hamsas correspondientes, además, era la primera vez que tomaba, oficialmente como esposo, a un chico.

Como Max había dicho, la manía del general por la pureza era hipócrita, ya que él mismo había pasado por numerosas resurrecciones. Pero su hipocresía era doble, pues no solo no era «puro», sino que tampoco había nacido con un elevado aspecto humano.

El caudillo pertenecía a la casta de los venados, y tenía cabeza de ciervo: por tanto, su aspecto era de criatura, al igual que el de sus esposas y el de Thiago, en un principio. No era extraño que un resucitado recibiera un cuerpo distinto al original: Rain no siempre podía hacerlos coincidir; era cuestión de tiempo y disponibilidad de dientes. Pero los cuerpos de Thiago eran otro asunto. Se elaboraban siguiendo sus especificaciones, y antes incluso de que fueran necesarios, para que pudiera examinarlos y dar su aprobación. Max lo había visto una vez: Thiago revisaba una réplica desnuda de sí mismo —el cascarón que lo recubriría la próxima vez que muriera—. Había sido macabro.

Max dio pequeños tirones al traje para asegurarse de que ninguna mano descuidada pudiera arrancárselo durante el baile.

—Nwella —imploró—, ¿no tienes algo… con más tela?

—No para ti —respondió Nwella—. ¿Por qué quieres ocultar una figura como esa?
Susurró algo a Chiro.

—Dejad de conspirar —se quejó Max—. ¿Puedo llevar al menos un abrigo?

—No —respondieron Chiro y Nwella al unísono.

—Me siento tan desnudo como en los baños.

Nunca se había sentido tan expuesto como aquella tarde, cuando había avanzado junto a Chiro entre el vapor y con el agua hasta los muslos. A esas alturas, todo el mundo sabía que él era la elección de Thiago, y todos los ojos en el baño la habían inspeccionado. Había sentido deseos de esconderse bajo el agua, dejando sobresalir únicamente los cuernos.

—Deja que Thiago admire lo que va a llevarse —dijo Nwella con maldad.

Max se puso rígido.

—¿Quién dice que va a conseguir esto?

Esto, se oyó decir a sí mismo. Parecía apropiado, como si fuera un objeto inanimado, un abrigo en una percha.

—A mí —corrigió—. ¿Quién dice que va a conseguirme?

Nwella rió desestimando la idea de que Max pudiera rechazarlo.

—Toma —le ofreció una máscara—. Permitiremos que te cubras la cara.

Era un pájaro negro con las alas extendidas, tallado en madera ligera y decorado con plumas oscuras que se desplegaban a ambos lados de su rostro. Con los cambios de luz, las plumas reflejaban iridiscentes y ondulantes arco iris.

—Ah, bueno. Ahora nadie sabrá quién soy —comentó Max en tono irónico. Sus alas y sus cuernos eludían cualquier disfraz.

El baile del caudillo era una mascarada, un «disfrázate de lo que no eres». Las quimeras con aspecto humano llevaban máscaras de criaturas, y las de aspecto animal se ponían caretas de humanos, exageradas hasta proporciones ridículas. Era la única noche del año dedicada a divertirse y fingir, la única noche que se alejaba de la rutina cotidiana, pero para Max, ese año, no era nada de eso. Más bien era una noche en la que debía decidir su futuro.

Con un suspiro, se entregó a los cuidados de sus amigos. Se sentó en un taburete y permitió que perfilaran sus ojos con kohl, colorearan ligeramente sus labios con pasta de pétalos de rosa para darle ese “toque” carnoso, y colocaran entre sus cuernos finísimas cadenas de oro con diminutas lágrimas de cristal que titilaban con la luz. Chiro y Nwella reían nerviosos, como si estuvieran preparando a una novia para su noche de bodas. Max se sorprendió al pensar que, de algún modo, tal vez fuera así.
Si aceptaba a Thiago, era probable que esa noche no regresara al barracón.
Se estremeció al imaginar sobre su piel aquellas manos con zarpas. ¿Cómo sería? Nunca había hecho el amor —en ese sentido también era «pura», como seguramente Thiago sabía—. Pensaba en ello, por supuesto que pensaba en ello. Estaba en la edad; su cuerpo le urgía con sus impulsos, como a cualquiera, y las quimeras no mostraban una actitud puritana respecto al sexo. Simplemente, Max nunca había encontrado el momento adecuado.

—Ya está. Listo—anunció Chiro. Nwella y él ayudaron a levantarse a Max y se alejaron un poco para supervisar su trabajo.

—Vaya —musitó Nwella. Hubo una pausa, y cuando Chiro habló de nuevo, su voz sonó inexpresiva.

—Estás precioso —dijo.

No parecía un cumplido.




* * *




Después de Kalamet, cuando Chiro despertó en la catedral, Max estaba allí, a su lado.

—Estás bien —le tranquilizó mientras Chiro parpadeaba asustado.

Era su primera resurrección, y los resucitados aseguraban que podía resultar desorientador. El nuevo cuerpo era una réplica fiel del original de su hermano, con lo que Max esperaba que la transición fuera más sencilla.

—Estás bien —repitió agarrando con fuerza la mano de Chiro con su hamsa, símbolo de su nuevo estatus—. Rain me permitió hacer tu cuerpo —le dijo, y añadió con complicidad—: Utilicé diamantes. No se lo digas a nadie.

Ayudó a Chiro a sentarse. La piel de sus patas felinas era suave, y la carne de sus brazos humanos también. A sacudidas, Chiro palpó su nueva piel —caderas, costillas, pechos humanos—. Subió ansiosamente la mano por encima del cuello hasta la cara, y tocó el pelaje y el hocico de chacal, y se quedó inmóvil.

Emitió un sonido como si se ahogara, y en un primer momento Max lo atribuyó a su garganta recién fabricada y a una boca que todavía no había articulado ninguna palabra. Pero no era eso.

Chiro apartó la mano de Max.

—¿Tú has hecho esto?

Max retrocedió.
—Es… es perfecto —respondió balbuceando—. Es casi igual al real…

—Y ¿eso es todo lo que merezco? ¿Tener aspecto de bestia? Gracias, hermano. Gracias.

—Chiro…

—¿No podrías haberme hecho con aspecto humano? ¿Qué significan unos pocos dientes para ti? ¿O para Rain?

Max nunca había considerado aquella opción.

—Pero… Chiro. Este eres tú.

Yo —su voz era distinta, tenía un tono más grave que la original. Max no supo distinguir cuánto de aquella voz se debía a su novedad, pero le resultaba ácida y fea—. ¿Querrías ser como yo?

—No te comprendo —respondió Max, dolido y confuso.

—No, no querrías —añadió Chiro—. Tú eres hermoso.




* * *



Más tarde, se había disculpado. Había sido la impresión, aseguró. Había notado el nuevo cuerpo demasiado estrecho, rígido; apenas podía respirar. Una vez que se acostumbró a él, elogió su fuerza, su agilidad. Podía volar más veloz que antes; sus movimientos eran rápidos como un látigo, sus dientes y su vista, más agudos. Afirmó que se sentía como un violín afinado —igual que antes, pero mejor—.

—Gracias, hermano —dijo, y parecía sincero.

Pero Max recordaba el tono rencoroso con el que había afirmado: «Tú eres hermoso».

Su voz sonaba igual ahora.

Nwella se mostró más eufórica.

—¡Realmente guapísimo! —canturreó. Su frente escamosa se frunció, y agarró el colgante que rodeaba el cuello de Max—. Esto, por supuesto, tendrá que desaparecer —ordenó, pero Max se echó hacia atrás.
—No —dijo cerrando la mano en torno a él.

—Solo esta noche, Maxi —suplicó Nwella con voz persuasiva—. Simplemente no es adecuado para la ocasión.

—No lo toques —respondió Max con firmeza, y eso fue todo. El tono de su voz disuadió a Nwella de seguir insistiendo.

—Está bien —cedió con un suspiro.

Max liberó el hueso de la suerte de su puño para que regresara a su sitio, al punto donde se unían sus clavículas. No era hermoso ni elegante, era un simple hueso, y resultaba obvio que no hacía justicia a su escote, pero no le importaba. Era lo que él llevaba.

Nwella lo miró, afligida, y luego se volvió para rebuscar en su cajón de tubos de cosmética y ungüentos.

—Aquí está. Esto ayudará.

Regresó con un recipiente plateado y una gran brocha de pelo suave, y antes de que Max supiera lo que estaba sucediendo, Nwella había espolvoreado su pecho, su cuello y sus hombros con algo brillante.

—¿Qué…?

—Azúcar —dijo Nwella con una risita tonta.

—¡Nwella!

Max trató de sacudírsela, pero era muy fina y se quedaba pegaba: azúcar en polvo, lo que utilizaban las chicas cuando planeaban que alguien las probara. Si sus labios pintados con pétalos de rosa y su pecho desnudo  no fueran suficiente invitación para Thiago, pensó Max, esto ciertamente lo era, además de que ahora se sentía algo “chica” con todo aquello.

Su brillo revelador bien podría haber sido un cartel que dijera LÁMEME.

—Ahora no pareces un soldado —dijo Nwella.

Era cierto. Parecía un chico que había hecho su elección. ¿Era así? Pero odiaba serlo orque era un chico, un chico realmente atractivo.

Todo el mundo pensaba que sí, lo que prácticamente equivalía a lo mismo. Pero todavía tenía tiempo. Podía optar por no ir al baile —lo que enviaría el mensaje contrario al que insinuaba aparecer azucarado—. Solo tenía que decidir lo que quería.
Permaneció fijo en su imagen en el espejo durante largo rato. Estaba mareado,  como si el futuro se precipitara hacia él.

Y así era, aunque en ese momento no podía imaginar que acudía en su busca con alas invisibles y unos ojos que ninguna máscara podía disfrazar, y que sus decisiones no tardarían en ser barridas como el polvo por un aleteo, dejando en su lugar lo inimaginable.

Amor.

—Vámonos —dijo.


Entrelazó los brazos con Chiro y Nwella y salió a su encuentro.

Hijo del humo y hueso Cap 49

49.
DIENTES.

Era el secreto mejor guardado de la resistencia quimérica, la cuestión que atormentaba a los ángeles, les arrebataba el sueño por las noches, asaltaba sus mentes y se clavaba en sus almas. Era la respuesta al misterio de los ejércitos de bestias que, como pesadillas, continuaban avanzando, irreducibles, sin importar a cuántos masacraran los serafines.

Cuando Chiro fue alcanzado por la flecha en Kalamet un año atrás, Max estaba a su lado. Le sostuvo entre sus brazos hasta que murió, soltando sangre por entre sus afilados dientes caninos mientras pataleaba y gritaba, y finalmente se quedó inmóvil. Max hizo lo que le habían enseñado, y lo que había hecho muchas veces antes, aunque nunca por un amigo tan cercano.

Con manos firmes, encendió el incienso en el turíbulo que colgaba, como un farol, del extremo de su báculo de cosechadora —el largo bastón curvado que los soldados quiméricos llevaban amarrado a la espalda con correas— y esperó hasta que el humo envolvió a Chiro. Llovían flechas, abundantes y peligrosamente cercanas, pero no se marchó hasta que hubo terminado. Dos minutos para estar seguro, eso era lo habitual. Dos minutos parecen dos horas cuando se está rodeado de flechas, pero Max no se retiró. Tal vez no hubiera otra posibilidad. Una furiosa incursión seráfica los estaba alejando de la muralla de Kalamet. Podía arrastrar el cuerpo de Chiro, o podía terminar la cosecha y dejarlo atrás.

Lo que no podía hacer era abandonarlo con el alma de Chiro atrapado en su interior.
Cuando Max finalmente se replegó, llevaba el alma de su hermano adoptivo consigo, seguro dentro del incensario, uno más entre las numerosas almas que recogería ese día. Los cuerpos se abandonaban a la descomposición. Eran solo cuerpos, meros envoltorios.

En Loramendi, Rain estaría fabricando otros nuevos.


* * *


Rain era un resucitador.
No devolvía la vida a los cuerpos despedazados en el campo de batalla, sino que fabricaba otros nuevos. Esta era la mágica tarea que se desarrollaba en la catedral subterránea. A partir de los vestigios más pequeños —los dientes—, Rain conjuraba otros cuerpos en los que enfundar las almas de los guerreros caídos. De este modo, el ejército quimérico resistía, año tras año, ante la superioridad de los ángeles.
Sin Rain, y sin los dientes, las quimeras fracasarían. No había duda alguna. Caerían.



* * *



—Este es para Chiro —había dicho Max alargando a Rain un collar de dientes.
Humanos, de murciélago, de caracal y de chacal. Había trabajado en él durante horas, sin dormir ni comer desde su regreso de Kalamet. Sentía los párpados pesados como el plomo. Había revisado todos los dientes de chacal del tarro y los había escuchado uno a uno hasta asegurarse de que seleccionaba los más favorables —los más limpios, suaves, afilados, fuertes—. Hizo lo mismo con el resto de los dientes, y con las piedras preciosas ensartadas con ellos: jade para la alegría, diamantes para la fuerza y la belleza. Los diamantes eran un lujo que no se solía otorgar a un simple soldado, pero Max los había utilizado con actitud desafiante, y Rain se lo había permitido.

Rain solo necesitó observar el collar durante un instante para comprobar que estaba correcto. Siguiendo sus enseñanzas, Max había enfilado las piedras preciosas y los dientes con una cuidadosa configuración para la creación de un cuerpo. Si estuvieran colocados en diferente orden, la manifestación del cuerpo sería distinta: tal vez cabeza de murciélago en vez de la de chacal, o piernas humanas en lugar de las de caracal.

Había que seguir ciertas reglas, pero también dejarse llevar por la intuición, y Max estaba seguro de que aquel collar era perfecto.

Una vez resucitado, Chiro tendría un aspecto casi idéntico al que poseía su cuerpo original.

—Bien hecho —dijo Rain, y luego hizo algo poco habitual en él: le tocó. Posó durante un instante su enorme mano sobre la nuca de Max, antes de volverse.

Max se ruborizó, orgulloso; BoAh lo vio y sonrió. Que Rain dijera «bien hecho» era suficientemente raro, así que la caricia suponía algo especial. En realidad, todo entre ellos dos era poco habitual, y conseguido con gran esfuerzo por parte de Max.

Rain era un ermitaño al que rara vez se veía fuera de sus dominios en la torre oeste de Loramendi. Cuando hacía alguna aparición, era a la izquierda del caudillo, e inspiraba igual reverencia que este, aunque de un tipo distinto. Ambos eran mitos vivientes, casi dioses. Después de todo, ellos habían orquestado el levantamiento en Astrae que había terminado con los gobernantes de los ángeles muertos en charcos de sangre y los supervivientes dando traspiés durante años, mientras las quimeras se consolidaban como pueblo y arrancaban vastas extensiones de territorio al Imperio para establecer zonas libres.

El papel del caudillo era claro —él había sido el general, la imagen y la voz de la rebelión, y era venerado como el padre de las razas aliadas—. Sin embargo, ciertas facetas de la labor de Rain resultaban más oscuras, y su aterrador aspecto le otorgaba un halo de misterio y especulación, más que de adulación. Era objeto de numerosos e imaginativos rumores —algunos daban en el blanco, otros ni se aproximaban a la verdad—.

Él, por ejemplo, no comía humanos.

Disponía de una puerta hacia su mundo, como Max tuvo ocasión de saber de primera mano cuando a los diez años fue designado para ser su ayudante.

La profesora de los más jóvenes le seleccionó por sus alas, simple suerte. Podría haber elegido igualmente a Chiro, pero no lo hizo. Prefirió a Max, huérfano desde hacía tres años, delgaducho, inquisitivo y solitario, y lo envió con la abstracta orden de hacer lo que se le mandara y guardar silencio sobre lo que aprendiera.

¿Qué era lo que iba a aprender? En un primer momento, el secretismo de todo aquello incendió la mente de la joven Max, y con los ojos muy abiertos y atenazado por los nervios se presentó en la torre oeste, donde fue recibido por una mujer naja de rostro dulce —BoAh— que le ofreció té. Lo aceptó, pero olvidó bebérselo de lo absorto que estaba mirándolo todo: Rain, para empezar, era más grande de cerca de lo que había imaginado a partir de las escasas veces que lo había visto de lejos. Aparecía descomunal tras su escritorio, ignorando la presencia de Max. Entre las sombras, su cola se retorcía como la de un gato, poniéndolo nervioso. Contempló a su alrededor las estanterías y libros polvorientos, la ancha puerta sobre bisagras de bronce que tal vez, solo tal vez, se abriera hacia otro mundo, y, por supuesto, los dientes.

Era algo inesperado. Por todas partes, el tintineo de las hileras de dientes, tarros polvorientos repletos de ellos, afilados y romos, enormes y extraños y diminutos como granizos. Sus jóvenes dedos se morían por tocarlo todo, pero tan pronto como aquel pensamiento asaltó su mente, Rain, como si lo hubiera oído revolotear, le miró con sus ojos de pupilas rajadas, y el impulso desapareció. Max permaneció inmóvil. Rain retiró la mirada y él se sentó rígido durante al menos un minuto, antes de aventurar un dedo para rozar un enroscado colmillo de jabalí…

—No lo toques.

¡Oh, su voz! Era tan honda como una catacumba. Debería haber tenido miedo, y tal vez lo tuviera, un poco, pero el fuego de su mente era demasiado intenso.

—¿Para qué son todos estos dientes? —preguntó sobrecogido.

Fue la primera de muchas preguntas. Muchas, muchas más. Rain no contestó. Solamente terminó el mensaje que estaba escribiendo sobre un grueso papel color crema y lo envió con él en busca del administrador del caudillo. Era todo lo que quería de Max, que entregara mensajes e hiciera recados para que Twiga y Yasri no tuvieran que corretear arriba y abajo por la larga escalera de caracol. Por supuesto, no estaba buscando un aprendiz.

Pero una vez que Max descubrió la inmensidad de su magia —¡la resurrección!, nada menos que la inmortalidad, la preservación de las quimeras y su esperanza de lograr libertad y autonomía para siempre—, no se conformó con ser un paje.

«Podría desempolvar los tarros por ti».

«Podría ayudarte. Yo también podría hacer collares».
«¿Estos son de caimán o de cocodrilo? ¿Cómo se distinguen?».

Para demostrarle su valía, se presentaba ante Rain con fajos de dibujos con posibles configuraciones de quimeras.

«Este es un tigre con cuernos de toro, ¿lo ves? Y este, un mandril-guepardo. ¿Podrías hacer uno como este? Seguro que yo sí sería capaz».

Era impaciente, mucho.

«Podría echar una mano».

Melancólico y curioso.

«Me podrías enseñar».

Decidido e incorregible.

«Me podrías enseñar».

No entendía por qué no quería instruirle. Más tarde se daría cuenta de que Rain no deseaba compartir su carga con nadie —su misión era hermosa, pero terrible también, y lo terrible superaba con creces lo hermoso—. Cuando comprendió aquello, no le importó, pues ya estaba totalmente involucrado.

—Toma. Clasifica estos —le dijo Rain un día, acercándole una bandeja de dientes por encima del escritorio. Hacía varios años que le servía como paje, y se había mostrado categórico a la hora de mantenerlo en ese papel. Hasta ese momento.

BoAh, Yasri y Twiga abandonaron lo que estaban haciendo y volvieron la cabeza para mirar. ¿Era… una prueba? Rain los ignoró, ocupado con algo en su caja fuerte, y Max, temeroso casi de respirar, deslizó la bandeja frente a sí y, en silencio, se puso a trabajar.

Eran dientes de oso. Rain probablemente esperaba que los clasificara por tamaños, pero Max llevaba años observándolo. Cogió los dientes uno a uno y… los escuchó. Los escuchó con las puntas de los dedos, escogió los pocos que no le transmitían buenas sensaciones —descomposición, le diría más tarde Rain— y los descartó, y distribuyó los restantes en montones según sus vibraciones, no por tamaño. Cuando deslizó la bandeja para devolvérsela a Rain, vio con gran satisfacción que sus ojos se agrandaban por la sorpresa y que los levantaba para mirarle de una manera totalmente distinta.

—Bien hecho —le dijo entonces, por primera vez.
Max sintió una extraña punzada en el corazón mientras, en un rincón, BoAh se enjugaba los ojos.

Después de aquello, y fingiendo en todo momento que no hacía tal cosa, Rain empezó a instruirle.

Max aprendió que la magia era terrible —una dura puja con el universo, un cálculo de dolor—. Mucho tiempo atrás, los hombres medicina se habían flagelado, desollando sus propias carnes para acceder al poder de su agonía, o incluso quebrando sus huesos y recolocándolos mal a propósito para crear reservas de dolor que duraran toda una vida. Entonces había un equilibrio, una selección natural, cuando lo que se recogía era el dolor de uno mismo. Sin embargo, por el camino, algunos hechiceros habían elaborado métodos para burlar aquel cálculo, y recurrir al dolor de otros.

—¿Y para eso son los dientes? ¿Una forma de hacer trampa? —no parecía juego limpio—. Pobres animales —murmuró Max.

BoAh le miró con inusual dureza.

—Tal vez preferirías torturar a esclavos.

Fue una reacción tan atroz, y tan inusitada, que Max solo pudo mirarla fijamente. Pasarían años antes de que descubriera a qué se refería BoAh —la víspera de su propia muerte, Rain le hablaría por fin con libertad—, y se avergonzaría de no haber caído en la cuenta por sí mismo. Las cicatrices de Rain. Deberían haber bastado para verlo claro —aquel entramado de cicatrices en su pellejo, aparentemente tan antiguas, delgadas marcas de látigo entrecruzadas sobre sus hombros y su espalda—. Pero ¿cómo podría haberlo adivinado? Incluso con todo lo que había visto —el saqueo de su pueblo en las montañas, la muerte y la pérdida, los sitios de ciudades en los que había participado—, carecía de fundamentos suficientes para imaginar el horror que había acompañado la juventud de Rain, y él tampoco le había ayudado.

Le enseñó todo sobre los dientes y cómo conseguir poder de ellos, cómo manipular los restos de vida y dolor que almacenaban para crear cuerpos tan reales como los naturales. Era una magia inventada por él, no algo que hubiera aprendido, lo mismo que las hamsas. No eran tatuajes, sino parte de la configuración de los cuerpos, de modo que surgían ya marcados, infundidos por una magia inexistente en cualquier cuerpo natural.

Los resucitados no debían entregar su diezmo de dolor a cambio de aquel poder; ya lo habían hecho. Las hamsas eran un arma mágica pagada con el dolor de su propia muerte.

Eran los mismos soldados que morían una y otra vez. «Muerte, muerte y muerte», como Chiro lo había expresado. Pero nunca eran suficientes. Llegaban nuevos soldados sin parar —los hijos de Loramendi y los de las tierras libres, adiestrados desde el momento en que podían sujetar un arma—, pero los costes de la batalla eran altos. Incluso con la resurrección, las quimeras se mantenían al borde de la aniquilación.

—Las bestias deben ser destruidas —bramaba Joram tras cada reunión con su consejo de guerra; los ángeles eran como la larga sombra de la muerte, y las quimeras vivían bajo su gélida presencia.

Cuando ganaban una batalla, la cosecha era sencilla. Los supervivientes recorrían los campos y la ciudad en busca de cadáveres y recogían todas las almas para llevárselas de vuelta a Rain. Cuando sufrían una derrota, aunque arriesgaban sus vidas para salvar las almas de los compañeros muertos, muchas quedaban olvidadas y desaparecían para siempre.
El incienso de los turíbulos atraía las almas fuera de los cuerpos. En un incensario adecuadamente sellado, las almas podían conservarse de manera indefinida; sin embargo, a la intemperie, presa de los elementos, bastaban unos días para que se desvanecieran, esparcidas como el aliento en el aire, y dejaran de existir.

La evanescencia no era, en sí misma, un destino sombrío. Era la manera en que las cosas regresaban a su origen, y se producía a diario en las muertes naturales. Y para un resucitado que había vivido en un cuerpo tras otro, sufrido una muerte tras otra, la evanescencia podría parecer un sueño de paz. Pero las quimeras no podían permitirse dejar marchar a los soldados.

—¿Te gustaría vivir para siempre? —Le había preguntado Rain en cierta ocasión a Max—. ¿Solo para morir otra vez, y otra vez, con agonía?

Con el paso de los años, Max veía el efecto que estaba produciendo en Rain imponer aquel destino a tantas criaturas buenas a las que nunca permitiría descansar, cómo pesaba sobre su cabeza, le producía hartazgo y le dejaba los ojos extraviados y taciturnos.

De lo que Chiro hablaba con dureza en la mirada, mientras Max trataba de decidir si se casaba con Thiago, era de convertirse en un resucitado. Un destino del que él podía escapar. Thiago le quería «puro», y se preocuparía de que continuara así —ya estaba manipulando a sus comandantes para mantener el batallón de Max alejado del peligro—. Si lo aceptaba, nunca llevaría las hamsas. Nunca regresaría al campo de batalla.

Y tal vez sería lo mejor —para él y para sus compañeros—, ya que sabía perfectamente que no era un buen soldado. Odiaba matar —incluso a los ángeles—. Jamás le había revelado a nadie que en Bullfinch, dos años atrás, había perdonado la vida a un serafín. Y no solo perdonársela, ¡sino salvársela! ¿Qué locura le había sobrevenido? Había cortado la hemorragia de su herida. Había acariciado su rostro. Aquel recuerdo le producía una oleada de vergüenza —al menos, él decidió llamar vergüenza a aquello que aceleraba su pulso y ruborizaba ligeramente su rostro—.
Qué caliente estaba la piel del ángel, como si tuviera fiebre, y sus ojos parecían de fuego.

Le obsesionaba la duda de si habría sobrevivido. Esperaba que no, y que cualquier evidencia de su traición hubiera perecido allí mismo, entre la bruma de Bullfinch. O eso se aseguraba a sí mismo.

Era al despertar, con los delicados retazos del sueño aún frescos en la memoria, cuando la verdad se revelaba. Soñaba que el ángel estaba vivo. Ansiaba que estuviera vivo. Lo negaba, pero aquella idea persistía, surgiendo de repente y sobresaltándolo, y siempre acompañado de un pulso más acelerado, un rubor y, algo extraño, rápidos escalofríos que la recorrían hasta la punta de los dedos.

En ocasiones, pensaba que Rain lo sabía. Una o dos veces, cuando aquel recuerdo la había asaltado, de improviso, con su tumulto y su estremecimiento, él había levantado los ojos de su trabajo como si algo hubiera llamado su atención. Kishmish, encaramado en uno de los cuernos de su dueño, miraba también, y ambos le contemplaban sin pestañear. Pero fuera lo que fuese lo que pasaba por la mente de Rain, nunca decía una palabra de ello, al igual que nunca hizo comentario alguno sobre Thiago, aunque debía de saber que aquella elección abrumaba a Max.

Y aquella noche, en el baile, tendría que decidirse.

Algo va a suceder.

Pero ¿qué?
Se convenció de que, cuando se encontrara frente a Thiago, sabría cómo reaccionar. ¿Ruborizarse y hacer una reverencia, bailar con él, jugar al joven tímido mientras su sonrisa insinuaba una invitación inequívoca? ¿O permanecer distante, ignorar sus avances y seguir siendo un soldado?

—Vamos —dijo Chiro sacudiendo la cabeza como si Max fuera una causa perdida—. Nwella tendrá algo que te puedas poner, pero habrás de aceptar lo que te dé, sin quejarte.

—De acuerdo —suspiró Max—. A los baños entonces. A quedar radiantemente limpios.


Como verduras, pensó, antes de echarlas a un guiso.

Hijo del humo y hueso Cap 48

48.
PURO.

Máximo Kirin era Máximo de los kirin, una de las últimas tribus aladas de los montes Adelfas. Esa cordillera era un bastión natural entre el Imperio seráfico y las tierras libres —el territorio defendido por las quimeras—, y hacía siglos que no era seguro vivir en sus cumbres. Los kirin, rápidos como el rayo y magníficos arqueros, resistieron más que la mayoría. Hacía solo una década que habían sido aniquilados, cuando Max era un niño. Él creció en Loramendi, rodeado de torres y tejados en vez de montañas.

Loramendi —la Jaula, la Fortaleza Negra, el Nido del caudillo— servía de hogar a un millón de quimeras aproximadamente, criaturas de todos los aspectos que jamás, de no haber sido por los serafines, habrían vivido juntas ni luchado codo con codo, ni siquiera hablado la misma lengua. Hubo un tiempo en que las distintas razas habían estado dispersas, aisladas; en algunas ocasiones comerciaban entre ellas; en otras, se enfrentaban en pequeñas escaramuzas —un kirin como Max tenía tan poco en común con un anolis de Iximi como, por ejemplo, un lobo con un tigre—, pero el Imperio lo había cambiado todo. Al erigirse en guardianes del mundo, los ángeles habían concedido a las criaturas de la tierra un enemigo común, y ahora, tras siglos de lucha, compartían legado, idioma, historia y causa. Eran una nación, de la que el caudillo era líder, y Loramendi, capital.

Era una ciudad portuaria, y su extenso muelle aparecía repleto de barcos de guerra, veleros de pesca y una poderosa flota mercante. Las ondulaciones en la superficie del agua avisaban de la existencia de criaturas anfibias, que, como parte de la alianza, escoltaban las embarcaciones y luchaban a su lado. La propia ciudad, dentro de los inmensos muros negros y los barrotes de la Fortaleza, era compartida por una población diversa; sin embargo, aunque habían vivido juntos durante siglos, seguían agrupándose en barrios habitados por criaturas semejantes, o bastante parecidas, lo que había establecido un sistema de castas basado en la apariencia física.

Max tenía un aspecto altamente humano, que era como se describía a las razas con cabeza y torso de hombre o mujer. Sus cuernos, negros y anillados, eran de gacela y surgían de su frente, curvándose hacia la espalda en forma de cimitarra. A la altura de la rodilla, sus piernas cambiaban la piel por el pelaje, y la parte que tenían de gacela les otorgaba una elegante y exagerada altura. Cuando estaba de pie alcanzaba casi un metro noventa, sin incluir los cuernos, y gran parte de esa altura correspondía a las piernas. Era delgado como un tallo. Sus ojos castaños, bastante separados, eran tan grandes y brillantes como los de un ciervo, pero sin la vacuidad característica de ese animal. Transmitían amabilidad, franqueza e inteligencia, y saltaban como chispas. Su rostro era ovalado, terso y bello, y su boca, generosa y vivaracha, estaba hecha para sonreír.

Según todas las opiniones, era hermoso, aunque él hacía lo menos posible para resaltar esa belleza, cortándose el pelo muy corto casi rapado y evitando cualquier ornamento. No importaba. Era hermoso, y la belleza no pasa desapercibida.

Thiago, por ejemplo, se había dado cuenta.




* * *




Max estaba escondido, aunque lo negaría si le acusaran de ello. Se encontraba sobre el tejado del barracón del norte, tendido sobre la espalda como si hubiera caído desde el cielo. Aunque, de haber sido así, habría aterrizado sobre barras de hierro. Estaba dentro de la Jaula, sobre un tejado, con las alas totalmente desplegadas a ambos lados del cuerpo.

A su alrededor, percibió el ritmo frenético de la ciudad, y también lo escuchó y lo olió —agitación, preparativos—. Carne asándose, instrumentos que se afinaban. Un simulacro de fuegos artificiales pasó silbando como un ángel deleznable. Él debería estar preparándose también, sin embargo seguía tumbado, y escondido. No iba ataviado para la fiesta, sino con sus habituales prendas de cuero de soldado —pantalones bombachos que se ajustaban como una segunda piel a partir de la rodilla y un chaleco atado a la espalda y adaptado en torno a las alas—. Sus cuchillos, cuya forma rendía homenaje a las lunas hermanas, descansaban a sus flancos. Parecía relajado, incluso sin fuerzas, pero tenía un nudo en el estómago y los puños apretados.

La luna tampoco ayudaba. Aunque el sol brillaba en el cielo —era una tarde radiante—, Nitid ya había aparecido, como si Max necesitara una señal. Nitid era la luna brillante, la hermana mayor, y entre los kirin existía la creencia de que cuando Nitid se alzaba temprano significaba que estaba impaciente, y que algo iba a suceder.

Bueno, aquella noche seguramente ocurriría algo, pero Max todavía no sabía qué.
Dependía de él. Rígido en su interior, la decisión aún sin tomar parecía un arco demasiado tenso.

Una sombra, el viento movido por unas alas, y su hermano Chiro se deslizó hasta aterrizar junto a él.

—Aquí estás —le dijo—. Escondido.

—No estoy… —Max empezó a protestar, pero Chiro no le escuchaba.

—Levántate —dio algunos puntapiés en las pezuñas de Max—. Arriba, arriba, arriba. He venido para llevarte a los baños.

—¿Los baños? ¿Estás tratando de decirme algo? —Max olfateó su cuerpo—. Estoy casi seguro de que no huelo mal.

—Tal vez no, pero entre limpieza radiante y sin mal olor existe una gran zona gris.

Al igual que Max, Chiro tenía alas de murciélago; sin embargo, tenía aspecto de criatura, con cabeza de chacal. No eran hermanos de sangre. Una redada en busca de esclavos había asolado la tribu de Max y le había dejado huérfano; los supervivientes se habían refugiado en Loramendi —un puñado de ancianos con los escasos bebés a los que habían logrado ocultar en las cuevas, y Max—. Tenía siete años y no se lo habían llevado simplemente porque no se encontraba en la aldea. Había estado en las cumbres recogiendo pieles mudadas por las sílfides en sus nidos abandonados, y al regresar encontró ruinas, cadáveres, soledad. Sus padres estaban entre los capturados, no entre los muertos, y durante mucho tiempo soñó que los encontraría y los liberaría, pero el Imperio era extenso, y engullía a sus esclavos por completo. A medida que crecía, le resultaba cada vez más duro aferrarse a aquel sueño.

En Loramendi, la familia de Chiro, de la raza sab del desierto, había sido elegida para acogerlo, principalmente porque, al tener alas, podrían mantenerle vigilado. Max y Chiro habían crecido el uno junto a al otro, hermanos en todo excepto en la sangre.
Las piernas de Chiro eran felinas, de caracal para ser exactos, y cuando se agazapó junto a Max adoptó la postura de una esfinge.

—Para el baile —le dijo—, desearía que aspiraras a limpieza radiante.

Max suspiró.

—El baile.

—No lo habías olvidado —le recriminó Chiro—. No finjas que había sido así.

Por supuesto, estaba en lo cierto. Max no lo había olvidado. ¿Cómo podría?

—Arriba —Chiro le dio nuevos puntapiés en las pezuñas—. Arriba, arriba, arriba.

—Para —refunfuñó Max sin moverse y devolviendo los puntapiés con poco entusiasmo.

—Dime que al menos tienes un traje y una máscara —dijo Chiro.

—¿Cuándo crees que he podido conseguir un traje y una máscara? Regresé de Eretz hace solo…

—Una semana, que es tiempo más que suficiente. Sinceramente, Max, este no es un baile cualquiera.

Exacto, pensó Max. Si lo fuera, no estaría escondido sobre un tejado tratando de ahuyentar lo que se cernía sobre él, que le aceleraba el pulso cada vez que lo pensaba.

 En ese caso, estaría preparándose, excitado por la llegada de la principal fiesta del año: el cumpleaños del caudillo.

—Thiago estará mirándote —añadió Chiro, como si fuera posible que se le hubiera olvidado.

—Mirando con lascivia, querrás decir.

Mirándole con lascivia, escrutándolo, relamiéndose y esperando un gesto

—Con toda la lascivia que mereces. Vamos, es Thiago. No me digas que no estás nervioso.

¿Lo estaba? El general Thiago —el Lobo Blanco— era una fuerza de la naturaleza, brillante y letal, pesadilla de los ángeles y artífice de victorias imposibles. También era guapo, y Max siempre se sentía intranquilo cuando estaba cerca de él, aunque no podía distinguir si se trataba de atracción física o temor. Thiago había anunciado que estaba listo para casarse de nuevo, y quién era el elegido: él. Aquella noticia le hizo sentir voluble, maleable e incoherente y al mismo tiempo rebelde, como si la abrumadora presencia del general fuera algo a lo que había que enfrentarse, no fuera a perderse en su magnífica y absorbente sombra.

A su elección quedaba alentar o no la petición de mano. No era romántico, pero tampoco podía decir que no resultara excitante.

Thiago era fuerte y tan perfectamente musculado como una estatua. Tenía un elevado aspecto humano, y a la altura de las rodillas, sus piernas no adquirían forma de antílope como las de Max, sino de enormes y acolchadas garras de lobo, cubiertas por una suave piel blanca. Su pelo era sedoso y blanco, aunque tenía el rostro joven, y Max había visto en cierta ocasión, a través de un agujero en la cortina de su tienda de campaña, que su pecho estaba cubierto por un pelaje también blanco.
Había pasado junto a la tienda en el mismo momento en que un ayudante salía precipitadamente, y había visto al general mientras le ponían la armadura. Rodeado por su séquito y con los brazos extendidos, esperando a que le colocaran la pechera de cuero, su torso mostraba una impresionante y varonil musculatura que se estrechaba hasta alcanzar sus delgadas caderas, con los pantalones bombachos ajustados por debajo de unos perfectos abdominales. Fue una visión fugaz, pero la imagen de Thiago a medio vestir había permanecido en la mente de Max desde entonces. Y al pensar en él sentía el susurro de una amenaza.

—Bueno, tal vez un poquito nervioso —admitió, y Chiro soltó una risita. Aquel sonido ingenuo dejó traslucir una nota discordante, y Max pensó, dolido, que su hermano estaba celoso. Eso le hizo más consciente del honor que significaba ser elegido por Thiago. Podía tener a quien quisiera, y le había preferido a él.

Pero ¿quería Max estar con él? Si fuera así, ¿no sería todo más sencillo? ¿No estaría ya en los baños, poniéndose perfumes y aceites y fantaseando con sus caricias? Un pequeño escalofrío le recorrió. Intentó convencerse de que eran los nervios.

—¿Qué crees que haría si… si lo rechazara? —aventuró a decir.

Chiro se escandalizó.

—¿Rechazarlo? Debes de tener fiebre —tocó la frente de Max—. ¿Has comido hoy? ¿Estás borracho?
—Oh, para ya —se quejó Max retirando la mano de Chiro—. Es solo que…, quiero decir, ¿puedes imaginar, ya sabes…, estar con él?

Cuando Max pensaba en ello, imaginaba a Thiago pesado, jadeando y… mordiéndole; sentía deseos de esconderse en un rincón. Sin embargo, carecía de experiencia que le permitiera ir más allá; tal vez estuviera nervioso, y totalmente equivocado respecto a él.

—¿Por qué iba yo a imaginar tal cosa? —Preguntó Chiro—. Él nunca me elegiría a —su voz no transmitía amargura. Si acaso, una enorme inteligencia.

Se refería, por supuesto, a su aspecto —las razas quiméricas se casaban entre sí, aunque tales uniones estaban restringidas por la apariencia física—, pero había algo más. Incluso teniendo un elevado aspecto humano, Chiro no hubiera satisfecho el segundo criterio de Thiago. No tenía nada que ver con la casta, era una simple manía, y fue suerte —Max aún no había decidido si buena o mala— que él cumpliera el requisito. Sus manos, al contrario que las de Chiro, no estaban marcadas con las hamsas, con todo lo que ello implicaba. Nunca se había despertado sobre una mesa de piedra bajo el persistente aroma del humo de los resucitados. Sus palmas estaban limpias.

Todavía era «puro».

—Vaya hipocresía —dijo Max—. Su manía por la pureza. ¡Él mismo no es puro! Ni siquiera es…

—Sí, bueno, él es Thiago, ¿no? —Le interrumpió Chiro—. Puede ser quien quiera. No como algunos de nosotros.

Aquellas palabras incluían una pulla dirigida a Max y lograron lo que no habían podido todos sus puntapiés. Max se incorporó abruptamente.

—Algunos de nosotros —contestó— deberíamos aprender a apreciar lo que tenemos. Rain dice…

—Vaya, Rain dice, Rain dice. ¿Se ha dignado el todopoderoso Rain a darte algún consejo sobre Thiago?

—No —dijo Max—. No lo ha hecho.

Suponía que Rain estaría al corriente de que Thiago estaba cortejándole, si se podía llamar así, pero no lo había mencionado, de lo que él se alegraba. Había cierta santidad en el carácter de Rain, una pureza en sus propósitos que nadie más poseía. Toda su vida estaba dedicada a su trabajo, su brillante, hermoso y terrible trabajo. La catedral subterránea, la polvorienta tienda dominada por las susurrantes vibraciones de miles de dientes; sin olvidar su seductora puerta y el mundo al que conducía. Todo ello fascinaba a Max.

Pasaba con Rain todo el tiempo libre del que disponía. Le había costado años de insistencia, pero finalmente había logrado que le tomara como aprendiz —el primero—, y se sentía bastante más orgulloso de su confianza que de la lujuria de Thiago.

—Tal vez deberías preguntarle, si realmente no sabes qué hacer —dijo Chiro.

—No voy a preguntarle —respondió Max irritado—. Yo mismo me ocuparé de ello.

—¿Ocuparte de ello? Pobrecillo, qué problemas tiene. Una oportunidad así no se presenta a todo el mundo, Max. ¿Ser el esposo de Thiago? Cambiar las prendas de cuero por las sedas, los barracones por un palacio, vivir a salvo, ser amado, tener estatus, criar hijos y envejecer…

La voz de Chiro comenzó a quebrarse, y Max supo lo que iba a decir a continuación. Deseaba que no lo hiciera; ya estaba avergonzado. Su problema no era tal, no para Chiro, que llevaba las hamsas.

Chiro, que sabía lo que se sentía al morir.

La mano de Chiro se dirigió temblorosa hacia su corazón, donde la flecha de un serafín la había atravesado en el sitio de Kalamet el año anterior, y le había matado.

—Maxi, tú tienes la posibilidad de envejecer en la piel en la que naciste. Algunos de nosotros solo podemos esperar más muerte. Muerte, muerte y muerte.

Max miró sus palmas vacías.


—Lo sé —contestó.