41.
ÁLEF.
ChangMin estaba exactamente
donde YooChun había imaginado encontrarlo, en la mesa de un café en
Jemaâ-el-Fna, y como también había supuesto, se mostraba inquieto por la
ausencia del hueso de la suerte. En otro tiempo, sus dedos no habrían
necesitado otra ocupación que sujetar un lápiz. Sin embargo, su cuaderno de
bocetos descansaba abierto delante de él, con sus páginas en blanco reflejando
el sol norteafricano, mientras ChangMin se agitaba nervioso, distraído, sin
dejar de recorrer la plaza con la mirada buscando a YooChun.
Vendría, se aseguró a sí mismo,
y le devolvería el hueso de la suerte. Lo haría.
Si estaba vivo.
¿Le habrían hecho algún daño
aquellos dos serafines? Hacía ya dos días que esperaba.
¿Y si…? No. Estaba vivo.
Imaginar lo contrario… era algo que su mente no podía soportar. De manera
absurda, recordaba sin parar a Kishmish, años atrás, engullendo un
colibrí-polilla —su repentina consecuencia: vivo-muerto, sin más—.
No.
Alejó aquel pensamiento,
tratando de concentrarse en el hueso de la suerte. ¿Por qué había provocado
aquella reacción en YooChun? Y… ¿qué tendría que decirle, que lo hizo caer de
rodillas? El misterio de su propia existencia adquirió un tinte oscuro y
ChangMin sintió un escalofrío de temor. Tampoco podía evitar recordar a KyuHyun
y Siwon, la expresión de sus rostros —sorprendidos y asustados—. De él. Había
llamado a KyuHyun durante su escala en el aeropuerto de Casablanca. Habían
discutido.
—¿Qué piensas hacer? —Había
exigido saber KyuHyu—. No volvamos a la época de las misiones secretas,
ChangMin.
No tenía mucho sentido
mostrarse reservado, así que se lo había contado. Como era de esperar, KyuHyun
había considerado que era demasiado peligroso, al igual que YooChun, y que Rain
no querría que lo hiciera.
—Quiero que te mudes a mi piso —dijo ChangMin —. Ya he hablado con el
casero. Te dará una llave, y he pagado el resto del…
—No quiero tu estúpido piso
—exclamó KyuHyun. Su amigo vivía con una anciana tía aficionada a cocinar
repollo y bromeaba con frecuencia sobre la posibilidad de asesinar a ChangMin solo
para quedarse con su piso—. Porque tú vives en él. ChangMin , no puedes
desaparecer así, sin más. Esto no es un maldito libro de Narnia.
Era imposible razonar con él.
La conversación terminó mal, y ChangMin se quedó sentado, con el teléfono
ardiendo entre sus manos, y sin nadie más a quien llamar. La golpeó la terrible
certeza de las pocas personas con las que compartía su vida. Pensó en Esther,
su abuela falsa, pero le entristeció que su mente recurriera a un sustituto.
Estuvo a punto de tirar el teléfono a la basura allí mismo —de todas formas, no
tenía el cargador—, pero a la mañana siguiente se alegró de haberlo conservado.
Vibró en su bolsillo mientras estaba en el café, apurando un zumo. ChangMin
abrió el mensaje:
«Nada de comer. En ninguna
parte. Gracias por dejar que me muera de hambre. *Zumbido de batería descargada*».
ChangMin sonrió, y se llevó las
manos a la cara, e incluso gritó, y cuando un anciano le preguntó si se
encontraba bien, no supo qué contestar.
Hacía dos días que esperaba
allí sentado; dos noches que intentaba dormir en la habitación que había
alquilado en las cercanías. Había buscado a Razgut, solo para saber dónde
encontrarlo cuando estuviera listo, y lo había abandonado de nuevo mientras gemía
por su gavriel, que ChangMin no le había entregado. Cuando llegara el
momento de marcharse, ChangMin pediría el deseo por él.
.
De marcharse. Con o sin
YooChun, con o sin su hueso de la suerte.
¿Cuánto tiempo esperaría?
Después de dos días y dos noches
interminables, sus ojos seguían escrutando el horizonte, hambrientos, y su
corazón jadeaba, vacío. Abandonó cualquier resistencia que pudiera haber
albergado. Sus manos sabían lo que querían: querían a YooChun, su atracción y
su calor. Incluso en la cálida primavera de Marruecos, sentía frío, como si lo
único que pudiera devolverle su calor fuera él. La tercera mañana, paseando por
los zocos de Jemaâ-el-Fna, compró algo curioso.
Unos mitones. Los vio en un
puesto ambulante, unos guantes de tejido apretado y lana bereber, reforzados
con cuero en la palma. Los compró y se los enfundó. Cubrían las hamsas por
completo, y no podía engañarse pensando que eran para protegerse del frío. ChangMin
sabía lo que quería. Lo mismo que sus manos: acariciar a YooChun, y no solo con
la punta de los dedos, con cuidado, con miedo de provocarle dolor. Quería
abrazarlo y que él le abrazara, formando una unidad perfecta, como en un baile
lento. Quería aferrarse a él, aspirar su aroma, descubrir su cuerpo, sujetar su
rostro como él había tomado el de ChangMin, con ternura.
Con amor.
—Llegará, y lo reconocerás —le
había prometido Rain, y aunque él seguramente no hubiera imaginado que aquel
amor pudiera surgir de un enemigo, ChangMin supo que no se había equivocado.
Estaba seguro. Era una sensación primaria y rotunda, como el hambre o la
felicidad, y cuando en la tercera mañana levantó los ojos de su taza de té y
vio a YooChun en la plaza, de pie a unos cinco metros de distancia, mirándole,
sintió como si por sus nervios circulara luz de estrellas. Estaba a salvo.
Estaba allí. ChangMin se
levantó de la silla.
Le sorprendió que permaneciera
alejado.
Y cuando se acercó a él,
lentamente, a regañadientes, sus pasos parecían pesados y su expresión,
sombría. La seguridad de ChangMin se desvaneció. No salió en su busca, ni
siquiera se alejó de la mesa. La luz de estrellas regresó a sus terminaciones
nerviosas, dejando frialdad en su cuerpo, y lo miró —la pesada lentitud, la
inexpresividad de su mirada— preguntándose si lo habría imaginado todo.
—Hola —dijo ChangMin con voz
apagada, vacilante, y con la leve esperanza de haber malinterpretado su
actitud, de vislumbrar en él el mismo sobrecogimiento que su imagen había
provocado en ChangMin. Era lo que siempre había deseado y pensaba que había
encontrado: alguien destinado para él, y él, para él, cuyas mariposas
danzaran con la misma melodía que las suyas, nota a nota.
Pero YooChun no respondió. Hizo
un leve gesto con la cabeza, sin aproximarse a él.
— ¿Estás bien? —preguntó ChangMin
sin alegría alguna en la voz.
—Me has esperado —dijo YooChun.
—Dije… dije que lo haría.
—Tanto como pudieras.
¿Estaba resentido por aquella
promesa no realizada? ChangMin deseaba explicarle que allí, sobre el puente,
ignoraba lo que ahora sabía —que «tanto como pudiera» significaba en realidad
mucho tiempo, y que se sentía como si hubiera estado esperándolo toda la vida—.
Pero se mantuvo en silencio al ver su expresión sombría.
YooChun extendió la mano.
—Toma —dijo, y le entregó el
hueso de la suerte, colgado de su cordón.
ChangMin lo cogió y susurró
«gracias», al tiempo que deslizaba el cordón en torno a su cabeza. El hueso
regresó a su lugar en la base de su garganta.
—También te he traído esto
—continuó YooChun, y dejó sobre la mesa la caja que contenía los cuchillos de
luna creciente—. Los necesitarás.
Aquellas palabras sonaron
terribles, casi como una amenaza. ChangMin permaneció de pie, aguantando las
lágrimas.
—¿Aún quieres saber quién eres?
—preguntó YooChun. No le miraba, sino que mantenía los ojos perdidos en el
horizonte.
—Claro que sí —respondió ChangMin,
aunque no era aquello en lo que había estado pensando.
Lo que realmente deseaba era
retroceder en el tiempo, volver a Praga. Entonces había creído, con una certeza
que sintió como amenaza y refugio, que YooChun había regresado de alguna oscura
noche del alma en su busca. Ahora parecía otra vez muerto, y él, aunque
hubiera recuperado el hueso de la suerte y por fin fuera a dar respuesta a la
pregunta que yacía en lo más profundo de su ser, se sentía muerto también.
—¿Qué sucedió con los otros?
—preguntó ChangMin.
YooChun ignoró la pregunta.
—¿Hay algún sitio adonde
podamos ir?
—¿Cómo?
YooChun señaló la muchedumbre
de la plaza, vendedores que colocaban pirámides de naranjas, turistas con
cámaras y paquetes.
—Estoy seguro de que preferirás
descubrirlo en la intimidad —dijo él.
—¿Qué… qué tienes que decirme
que deba escuchar a solas?
—No voy a contarte nada.
YooChun había evitado mirarle
directamente en todo momento, hasta que su imagen había quedado como
emborronada, pero entonces clavó sus ojos en él. Su brillo era como el sol
reflejado en un topacio, y ChangMin percibió, antes de que él los retirara de
nuevo, un breve destello de ansiedad, tan profunda que resultaba doloroso de
contemplar. Sintió un vuelco en el corazón.
—Vamos a romper el hueso de la
suerte —dijo YooChun.
* * *
Y entonces ChangMin lo sabría
todo, y lo odiaría. YooChun estaba tratando de prepararse para soportar la
mirada de ChangMin una vez que comprendiera. Le había contemplado unos minutos desde
la plaza antes de que él levantara la mirada, y había presenciado cómo su
rostro se transformaba al verlo —de ansiedad, expectativa perdida a… luz—. Era
como si ChangMin hubiera emitido una descarga de energía que lo hubiera
alcanzado incluso donde él se encontraba, hasta envolverlo y abrazarlo.
Todo lo que no merecía
disfrutar y nunca conseguiría estaba contenido en aquel instante. Lo único que
deseaba era estrecharlo entre sus brazos, hundir las manos en su pelo —limpio y
liso como ríos sobre sus hombros— y perderse en su fragancia y la tersura de su
piel.
Recordó una historia que le
había contado Max: el cuento humano del golem. Esa figura modelada en
barro con forma de hombre despertaba a la vida al grabarle sobre la frente el
símbolo del álef. El álef era la primera letra de un antiguo alfabeto humano, y
la primera también de la palabra hebrea verdad; era el comienzo. Al ver
a ChangMin levantarse, radiante en una cascada de pelo lapislázuli, vestido con
un pantalón mandarina y una camisa blanca, una pulsera de cuentas de menor
tamaño plateadas en la muñeca y una expresión de alegría y alivio y… amor…
en su hermoso rostro, YooChun supo que él era su álef, su verdad y su comienzo.
Su alma.
Las articulaciones de sus alas
deseaban impulsarlo hacia ChangMin, de un solo movimiento, pero en vez de eso
caminó, pesado y abatido. Sentía los brazos como enfundados en hierro, lo que
le impedía alargarlos para alcanzarlo. La manera en que ChangMin perdió la
luminosidad al contemplar su actitud fría, la duda y la esperanza de su voz lo
estaban matando poco a poco. Era mejor así. Si sucumbía y se dejaba llevar por
sus deseos, solo conseguiría que él lo odiara con más intensidad una vez que
supiera lo que en realidad era él. Así que se mantuvo distante, sufriendo,
preparándose para el momento que irremediablemente llegaría.
—¿Romperlo? —Preguntó ChangMin
mirando el hueso de la suerte con sorpresa—. Rain nunca lo hizo…
—No era suyo —contestó YooChun—.
Nunca fue suyo. Solo lo estaba guardando. Para ti.
Había sido incapaz de tirarlo
al mar. El mero hecho de haberlo pensado le ponía enfermo —más evidencias de su
poca valía—. ChangMin merecía saberlo todo, con todo el sufrimiento y la
brutalidad que implicaba, y si no se equivocaba respecto al hueso de la suerte,
muy pronto lo haría.
ChangMin pareció sentir la
trascendencia del momento.
—YooChun —murmuró—, ¿qué
sucede?
Y cuando ChangMin lo miró con
sus negros ojos de pájaro, asustados e implorantes, YooChun tuvo que volverse
de nuevo para poder soportar el anhelo que lo corroía por dentro. No abrazarle
en aquel momento era una de las experiencias más duras a las que jamás se había
enfrentado.
* * *
Y su reencuentro podría haber
continuado envuelto en aquella terrible falsedad, pero ChangMin sabía lo que
había visto —el anhelo de YooChun, uniéndose al suyo en un lugar muy profundo—
y cuando él se volvió, sintió algo repentino, como si chasqueara un cable y
desaparecieran todas sus ataduras, y no pudo soportarlo más. Alargó el brazo
hacia él. Su mano, cubierta con el mitón que ocultaba la hamsa, rozó el
brazo de YooChun, delicado y totalmente sobre su piel, y lo giró hacia él. Se
acercó levantando la cabeza para mirarlo, y tomó su otro brazo.
—YooChun —murmuró. Su voz había perdido el miedo y sonaba queda y
ardiente y dulce—. ¿Qué sucede? —fue recorriendo el cuerpo de YooChun con las
manos, llegó al acero de sus brazos y sus hombros, ascendió las rampas de sus
trapecios hasta la garganta, el mentón áspero, y por fin detuvo los dedos en
sus labios, tan suaves en comparación. Sintió que temblaban—. YooChun
—repitió—. YooChun. YooChun —parecía decir «Es suficiente, deja de
fingir».
Y entonces, con un
estremecimiento, YooChun se rindió. Abandonó la farsa y dejó caer la cabeza, de
modo que su frente quedó apoyada sobre la de él, caliente por el sol. Sus
brazos le rodearon y le estrecharon, y ChangMin y YooChun se convirtieron en
dos cerillas que se rozan para encenderse con luz de estrellas. Con un suspiro,
ChangMin se relajó, y al fundirse con el cuerpo de YooChun y descansar sintió
como si volviera a casa. Notó la aspereza de su mentón sin afeitar, al tiempo
que él experimentaba la perfecta suavidad del pelo de ChangMin. Permanecieron
así largo rato, quietos, al contrario que su sangre y sus nervios y sus
mariposas —vivas, moviéndose desenfrenadamente al ritmo de una melodía salvaje y
perfecta, acompasadas nota a nota—.
El hueso de la suerte, pequeño pero afilado, quedó atrapado entre
ellos.
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