jueves, 14 de noviembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 41

41.
ÁLEF.

ChangMin estaba exactamente donde YooChun había imaginado encontrarlo, en la mesa de un café en Jemaâ-el-Fna, y como también había supuesto, se mostraba inquieto por la ausencia del hueso de la suerte. En otro tiempo, sus dedos no habrían necesitado otra ocupación que sujetar un lápiz. Sin embargo, su cuaderno de bocetos descansaba abierto delante de él, con sus páginas en blanco reflejando el sol norteafricano, mientras ChangMin se agitaba nervioso, distraído, sin dejar de recorrer la plaza con la mirada buscando a YooChun.

Vendría, se aseguró a sí mismo, y le devolvería el hueso de la suerte. Lo haría.

Si estaba vivo.

¿Le habrían hecho algún daño aquellos dos serafines? Hacía ya dos días que esperaba.

¿Y si…? No. Estaba vivo. Imaginar lo contrario… era algo que su mente no podía soportar. De manera absurda, recordaba sin parar a Kishmish, años atrás, engullendo un colibrí-polilla —su repentina consecuencia: vivo-muerto, sin más—.

No.

Alejó aquel pensamiento, tratando de concentrarse en el hueso de la suerte. ¿Por qué había provocado aquella reacción en YooChun? Y… ¿qué tendría que decirle, que lo hizo caer de rodillas? El misterio de su propia existencia adquirió un tinte oscuro y ChangMin sintió un escalofrío de temor. Tampoco podía evitar recordar a KyuHyun y Siwon, la expresión de sus rostros —sorprendidos y asustados—. De él. Había llamado a KyuHyun durante su escala en el aeropuerto de Casablanca. Habían discutido.

—¿Qué piensas hacer? —Había exigido saber KyuHyu—. No volvamos a la época de las misiones secretas, ChangMin.

No tenía mucho sentido mostrarse reservado, así que se lo había contado. Como era de esperar, KyuHyun había considerado que era demasiado peligroso, al igual que YooChun, y que Rain no querría que lo hiciera.

—Quiero que te mudes a mi piso —dijo ChangMin —. Ya he hablado con el casero. Te dará una llave, y he pagado el resto del…
—No quiero tu estúpido piso —exclamó KyuHyun. Su amigo vivía con una anciana tía aficionada a cocinar repollo y bromeaba con frecuencia sobre la posibilidad de asesinar a ChangMin solo para quedarse con su piso—. Porque vives en él. ChangMin , no puedes desaparecer así, sin más. Esto no es un maldito libro de Narnia.

Era imposible razonar con él. La conversación terminó mal, y ChangMin se quedó sentado, con el teléfono ardiendo entre sus manos, y sin nadie más a quien llamar. La golpeó la terrible certeza de las pocas personas con las que compartía su vida. Pensó en Esther, su abuela falsa, pero le entristeció que su mente recurriera a un sustituto. Estuvo a punto de tirar el teléfono a la basura allí mismo —de todas formas, no tenía el cargador—, pero a la mañana siguiente se alegró de haberlo conservado. Vibró en su bolsillo mientras estaba en el café, apurando un zumo. ChangMin abrió el mensaje:

«Nada de comer. En ninguna parte. Gracias por dejar que me muera de hambre. *Zumbido de batería descargada*».

ChangMin sonrió, y se llevó las manos a la cara, e incluso gritó, y cuando un anciano le preguntó si se encontraba bien, no supo qué contestar.

Hacía dos días que esperaba allí sentado; dos noches que intentaba dormir en la habitación que había alquilado en las cercanías. Había buscado a Razgut, solo para saber dónde encontrarlo cuando estuviera listo, y lo había abandonado de nuevo mientras gemía por su gavriel, que ChangMin no le había entregado. Cuando llegara el momento de marcharse, ChangMin pediría el deseo por él.
.
De marcharse. Con o sin YooChun, con o sin su hueso de la suerte.
¿Cuánto tiempo esperaría?

Después de dos días y dos noches interminables, sus ojos seguían escrutando el horizonte, hambrientos, y su corazón jadeaba, vacío. Abandonó cualquier resistencia que pudiera haber albergado. Sus manos sabían lo que querían: querían a YooChun, su atracción y su calor. Incluso en la cálida primavera de Marruecos, sentía frío, como si lo único que pudiera devolverle su calor fuera él. La tercera mañana, paseando por los zocos de Jemaâ-el-Fna, compró algo curioso.

Unos mitones. Los vio en un puesto ambulante, unos guantes de tejido apretado y lana bereber, reforzados con cuero en la palma. Los compró y se los enfundó. Cubrían las hamsas por completo, y no podía engañarse pensando que eran para protegerse del frío. ChangMin sabía lo que quería. Lo mismo que sus manos: acariciar a YooChun, y no solo con la punta de los dedos, con cuidado, con miedo de provocarle dolor. Quería abrazarlo y que él le abrazara, formando una unidad perfecta, como en un baile lento. Quería aferrarse a él, aspirar su aroma, descubrir su cuerpo, sujetar su rostro como él había tomado el de ChangMin, con ternura.

Con amor.

—Llegará, y lo reconocerás —le había prometido Rain, y aunque él seguramente no hubiera imaginado que aquel amor pudiera surgir de un enemigo, ChangMin supo que no se había equivocado. Estaba seguro. Era una sensación primaria y rotunda, como el hambre o la felicidad, y cuando en la tercera mañana levantó los ojos de su taza de té y vio a YooChun en la plaza, de pie a unos cinco metros de distancia, mirándole, sintió como si por sus nervios circulara luz de estrellas. Estaba a salvo.

Estaba allí. ChangMin se levantó de la silla.

Le sorprendió que permaneciera alejado.

Y cuando se acercó a él, lentamente, a regañadientes, sus pasos parecían pesados y su expresión, sombría. La seguridad de ChangMin se desvaneció. No salió en su busca, ni siquiera se alejó de la mesa. La luz de estrellas regresó a sus terminaciones nerviosas, dejando frialdad en su cuerpo, y lo miró —la pesada lentitud, la inexpresividad de su mirada— preguntándose si lo habría imaginado todo.

—Hola —dijo ChangMin con voz apagada, vacilante, y con la leve esperanza de haber malinterpretado su actitud, de vislumbrar en él el mismo sobrecogimiento que su imagen había provocado en ChangMin. Era lo que siempre había deseado y pensaba que había encontrado: alguien destinado para él, y él, para él, cuyas mariposas danzaran con la misma melodía que las suyas, nota a nota.

Pero YooChun no respondió. Hizo un leve gesto con la cabeza, sin aproximarse a él.

— ¿Estás bien? —preguntó ChangMin sin alegría alguna en la voz.

—Me has esperado —dijo YooChun.

—Dije… dije que lo haría.

—Tanto como pudieras.

¿Estaba resentido por aquella promesa no realizada? ChangMin deseaba explicarle que allí, sobre el puente, ignoraba lo que ahora sabía —que «tanto como pudiera» significaba en realidad mucho tiempo, y que se sentía como si hubiera estado esperándolo toda la vida—. Pero se mantuvo en silencio al ver su expresión sombría.

YooChun extendió la mano.

—Toma —dijo, y le entregó el hueso de la suerte, colgado de su cordón.
ChangMin lo cogió y susurró «gracias», al tiempo que deslizaba el cordón en torno a su cabeza. El hueso regresó a su lugar en la base de su garganta.

—También te he traído esto —continuó YooChun, y dejó sobre la mesa la caja que contenía los cuchillos de luna creciente—. Los necesitarás.

Aquellas palabras sonaron terribles, casi como una amenaza. ChangMin permaneció de pie, aguantando las lágrimas.

—¿Aún quieres saber quién eres? —preguntó YooChun. No le miraba, sino que mantenía los ojos perdidos en el horizonte.

—Claro que sí —respondió ChangMin, aunque no era aquello en lo que había estado pensando.

Lo que realmente deseaba era retroceder en el tiempo, volver a Praga. Entonces había creído, con una certeza que sintió como amenaza y refugio, que YooChun había regresado de alguna oscura noche del alma en su busca. Ahora parecía otra vez muerto, y él, aunque hubiera recuperado el hueso de la suerte y por fin fuera a dar respuesta a la pregunta que yacía en lo más profundo de su ser, se sentía muerto también.

—¿Qué sucedió con los otros? —preguntó ChangMin.

YooChun ignoró la pregunta.

—¿Hay algún sitio adonde podamos ir?

—¿Cómo?

YooChun señaló la muchedumbre de la plaza, vendedores que colocaban pirámides de naranjas, turistas con cámaras y paquetes.

—Estoy seguro de que preferirás descubrirlo en la intimidad —dijo él.

—¿Qué… qué tienes que decirme que deba escuchar a solas?

—No voy a contarte nada.
YooChun había evitado mirarle directamente en todo momento, hasta que su imagen había quedado como emborronada, pero entonces clavó sus ojos en él. Su brillo era como el sol reflejado en un topacio, y ChangMin percibió, antes de que él los retirara de nuevo, un breve destello de ansiedad, tan profunda que resultaba doloroso de contemplar. Sintió un vuelco en el corazón.

—Vamos a romper el hueso de la suerte —dijo YooChun.








* * *







Y entonces ChangMin lo sabría todo, y lo odiaría. YooChun estaba tratando de prepararse para soportar la mirada de ChangMin una vez que comprendiera. Le había contemplado unos minutos desde la plaza antes de que él levantara la mirada, y había presenciado cómo su rostro se transformaba al verlo —de ansiedad, expectativa perdida a… luz—. Era como si ChangMin hubiera emitido una descarga de energía que lo hubiera alcanzado incluso donde él se encontraba, hasta envolverlo y abrazarlo.
Todo lo que no merecía disfrutar y nunca conseguiría estaba contenido en aquel instante. Lo único que deseaba era estrecharlo entre sus brazos, hundir las manos en su pelo —limpio y liso como ríos sobre sus hombros— y perderse en su fragancia y la tersura de su piel.

Recordó una historia que le había contado Max: el cuento humano del golem. Esa figura modelada en barro con forma de hombre despertaba a la vida al grabarle sobre la frente el símbolo del álef. El álef era la primera letra de un antiguo alfabeto humano, y la primera también de la palabra hebrea verdad; era el comienzo. Al ver a ChangMin levantarse, radiante en una cascada de pelo lapislázuli, vestido con un pantalón mandarina y una camisa blanca, una pulsera de cuentas de menor tamaño plateadas en la muñeca y una expresión de alegría y alivio y… amor… en su hermoso rostro, YooChun supo que él era su álef, su verdad y su comienzo. Su alma.

Las articulaciones de sus alas deseaban impulsarlo hacia ChangMin, de un solo movimiento, pero en vez de eso caminó, pesado y abatido. Sentía los brazos como enfundados en hierro, lo que le impedía alargarlos para alcanzarlo. La manera en que ChangMin perdió la luminosidad al contemplar su actitud fría, la duda y la esperanza de su voz lo estaban matando poco a poco. Era mejor así. Si sucumbía y se dejaba llevar por sus deseos, solo conseguiría que él lo odiara con más intensidad una vez que supiera lo que en realidad era él. Así que se mantuvo distante, sufriendo, preparándose para el momento que irremediablemente llegaría.

—¿Romperlo? —Preguntó ChangMin mirando el hueso de la suerte con sorpresa—. Rain nunca lo hizo…

—No era suyo —contestó YooChun—. Nunca fue suyo. Solo lo estaba guardando. Para ti.

Había sido incapaz de tirarlo al mar. El mero hecho de haberlo pensado le ponía enfermo —más evidencias de su poca valía—. ChangMin merecía saberlo todo, con todo el sufrimiento y la brutalidad que implicaba, y si no se equivocaba respecto al hueso de la suerte, muy pronto lo haría.

ChangMin pareció sentir la trascendencia del momento.

—YooChun —murmuró—, ¿qué sucede?

Y cuando ChangMin lo miró con sus negros ojos de pájaro, asustados e implorantes, YooChun tuvo que volverse de nuevo para poder soportar el anhelo que lo corroía por dentro. No abrazarle en aquel momento era una de las experiencias más duras a las que jamás se había enfrentado.






* * *




Y su reencuentro podría haber continuado envuelto en aquella terrible falsedad, pero ChangMin sabía lo que había visto —el anhelo de YooChun, uniéndose al suyo en un lugar muy profundo— y cuando él se volvió, sintió algo repentino, como si chasqueara un cable y desaparecieran todas sus ataduras, y no pudo soportarlo más. Alargó el brazo hacia él. Su mano, cubierta con el mitón que ocultaba la hamsa, rozó el brazo de YooChun, delicado y totalmente sobre su piel, y lo giró hacia él. Se acercó levantando la cabeza para mirarlo, y tomó su otro brazo.

YooChun —murmuró. Su voz había perdido el miedo y sonaba queda y ardiente y dulce—. ¿Qué sucede? —fue recorriendo el cuerpo de YooChun con las manos, llegó al acero de sus brazos y sus hombros, ascendió las rampas de sus trapecios hasta la garganta, el mentón áspero, y por fin detuvo los dedos en sus labios, tan suaves en comparación. Sintió que temblaban—. YooChun —repitió—. YooChun. YooChun —parecía decir «Es suficiente, deja de fingir».

Y entonces, con un estremecimiento, YooChun se rindió. Abandonó la farsa y dejó caer la cabeza, de modo que su frente quedó apoyada sobre la de él, caliente por el sol. Sus brazos le rodearon y le estrecharon, y ChangMin y YooChun se convirtieron en dos cerillas que se rozan para encenderse con luz de estrellas. Con un suspiro, ChangMin se relajó, y al fundirse con el cuerpo de YooChun y descansar sintió como si volviera a casa. Notó la aspereza de su mentón sin afeitar, al tiempo que él experimentaba la perfecta suavidad del pelo de ChangMin. Permanecieron así largo rato, quietos, al contrario que su sangre y sus nervios y sus mariposas —vivas, moviéndose desenfrenadamente al ritmo de una melodía salvaje y perfecta, acompasadas nota a nota—.


El hueso de la suerte, pequeño pero afilado, quedó atrapado entre ellos.

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