45.
MAXIMO.
Es un niño.
Está volando. El aire está
enrarecido y cuesta respirar, y el mundo se encuentra tan abajo que incluso las
lunas, jugando a perseguirse a través del cielo, se ven desde arriba, como
relucientes cabezas de bebé.
* * *
Ya no es un niño.
Desciende del cielo, entre las
ramas de los árboles de réquiem. Está oscuro, y de la arboleda surge el hish-hish
de las evangelinas, aves-serpiente amantes de la noche que beben el néctar
de las flores de réquiem. Se acercan a él —hish-hish— y se enroscan en
sus cuernos agitando las flores, que dejan caer un dorado polen sobre sus
hombros.
* * *
Más tarde, adormecerá los
labios de su amante cuando recorra con ellos su piel.
* * *
Está en el campo de batalla.
Los serafines se lanzan en picado desde el cielo, envueltos en llamas.
* * *
Está enamorado. Siente luz en
su interior, como si se hubiera tragado una estrella.
* * *
Asciende a un patíbulo. Miles y
miles de caras la contemplan, pero él solo ve una.
* * *
Se arrodilla en el campo de
batalla junto a un ángel moribundo.
* * *
Alas que le envuelven. La piel
ardiendo, un amor abrasador.
* * *
Asciende al patíbulo. Lleva las
manos atadas a la espalda, y las alas inmovilizadas. Miles y miles de caras le
observan; pies y pezuñas patean el suelo; voces que chillan y abuchean, pero
una se eleva sobre todas las demás. Es la de YooChun. Un grito que podría
levantar a los fantasmas de sus nidos.
* * *
Él es Maximo Kirin, que osó
imaginar una nueva forma de vivir.
* * *
El hacha aparece enorme y brillante, como una luna que cae desde
el cielo. Es instantáneo…
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