31.
TRANQUILIZADOR.
ChangMin se incorporó con tal
brusquedad que los cuadernos de dibujo cayeron rodando de la cama. Aún tenía el
lápiz en la mano, y un pensamiento asaltó su mente: el ángel siempre le pillaba
con un arma ridícula. Pero al tiempo que apretaba el puño sobre él, dispuesto a
clavarlo, YooChun empezó a retroceder y bajó los cuchillos.
Los devolvió al lugar en el que
los había encontrado, donde ChangMin los había dejado, en su caja, sobre las
mesas nido. Al despertar, habrían estado casi al alcance de su mano.
—Lo siento —se disculpó—. No
pretendía asustarte.
Justo entonces, iluminado
únicamente por el resplandor de sus alas, su imagen apareció… tranquilizadora.
Él resultaba tranquilizador. No tenía ningún sentido, pero aquella
sensación fluyó por el cuerpo de ChangMin, se presentó tan agradable como un
espacio soleado sobre un suelo brillante, y como un gato, él solo deseaba
hacerse un ovillo en él.
Trató de simular que había
estado a punto de apuñalarlo con un lápiz.
—Bueno —dijo estirándose y
dejándolo caer de la mano con indiferencia—. No conozco tus costumbres, pero
aquí, si no quieres asustar a alguien, no te paseas junto a su cuerpo dormido
con cuchillos en las manos.
¿Era aquello una sonrisa? No.
Un ligero temblor en la comisura de sus severos labios; no contaba.
ChangMin vio el cuaderno de
bocetos abierto delante de él, la prueba de su sesión nocturna de dibujo justo
delante de los ojos de YooChun. Lo cerró rápidamente, aunque él, por supuesto,
lo había estado hojeando mientras ChangMin todavía dormía.
¿Cómo podía haberse quedado
dormido con aquel extraño en su piso? ¿Por qué había llevado a aquel
extraño a su piso?
No parecía un extraño.
—Son poco corrientes —comentó YooChun señalando la caja de
cuchillos.
—Acabo de comprarlos. Son
bonitos, ¿verdad?
—Una preciosidad —afirmó él, y
tal vez se refiriera a los cuchillos, pero le estaba mirando directamente a él.
ChangMin se sonrojó, de repente
consciente de su aspecto — ¿pelo revuelto, boceras matinales?—, y luego se
enfureció. ¿Qué importaba el aspecto que tuviera? ¿Qué estaba sucediendo
exactamente? Se desperezó y saltó de la cama, buscando un espacio en la
diminuta habitación fuera de la radiante aura del ángel. Era imposible.
—Vuelvo en un momento —dijo, y
se dirigió al vestíbulo y luego al minúsculo baño.
Al alejarse de él, le invadió
el profundo temor a regresar y descubrir que se había marchado. Se sentó en el
inodoro, preguntándose si los serafines estarían por encima de aquellas
necesidades mundanas —aunque, a juzgar por el mentón de YooChun, también
necesitaban afeitarse—, se lavó la cara y se cepilló los dientes. Empezó a
peinarse el pelo y, a cada pasada, crecía la ansiedad de que al volver a la
habitación la encontrara vacía, con la puerta del balcón abierta y todo el
cielo sobre él, sin ninguna pista de hacia dónde se había marchado.
Pero YooChun seguía allí. Sus
alas eran de nuevo invisibles y las espadas estaban otra vez colocadas a su
espalda, inofensivas en sus decorativas fundas de cuero.
—Oye —dijo ChangMin —. El baño
está allí, por si…, ya sabes…
Él asintió, pasó junto a él y,
torpemente, trató de acomodar sus alas invisibles en el diminuto espacio y
cerrar la puerta.
ChangMin se cambió
apresuradamente de ropa, y luego se acercó a la ventana. Todavía era de noche.
El reloj marcó las cinco. Estaba hambriento, pero sabía que, al igual que la
mañana anterior, no quedaba nada ni remotamente comestible en la cocina.
Cuando YooChun regresó, ChangMin
le preguntó:
—¿Quieres comer algo?
—Me muero de hambre.
—Entonces, vámonos.
Cogió el abrigo y las llaves y
puso rumbo hacia la puerta, pero luego se detuvo y cambió de dirección. Salió
al balcón, se encaramó a la barandilla, miró a YooChun por encima del hombro y
saltó, sin más.
Seis pisos más abajo, tocó el
suelo con suavidad, sin poder ocultar una sonrisa. YooChun estaba junto a él,
con el rostro tan serio como siempre. Le resultaba casi imposible imaginarlo
sonriendo; era tan sombrío…, aunque ¿no había algo en la manera en que le
observaba? Ahí, en esa mirada de soslayo: ¿un atisbo de asombro? ChangMin
recordó lo que YooChun le había contado por la noche, y, al descubrir un ligero
sentimiento que apartaba la triste gravedad de su rostro, notó un vuelco en el
corazón. ¿Cómo habría sido su vida, al ser entregado tan joven a la guerra? La
guerra. Para ChangMin resultaba algo abstracto. Era incapaz de
contextualizar aquella realidad, ni siquiera sus límites, pero la expresión que
había visto en YooChun —sus ojos inexpresivos— y la forma en que ahora le
miraba le hicieron sentir que estaba regresando de entre los muertos gracias
a él, y aquello le pareció muy hermoso, e íntimo. Cuando sus ojos volvieron
a encontrarse, ChangMin tuvo que apartar la mirada.
Lo llevó a la panadería de la
esquina. Todavía no estaba abierta, pero el panadero les vendió barras calientes
a través de la ventana —con miel y lavanda, recién salidas del horno y aún
humeantes en sus arrugadas bolsas de papel marrón—. Luego ChangMin hizo lo que
haría cualquiera que pudiera volar y estuviera en las calles de Praga, al
amanecer, con barras de pan caliente para desayunar.
Se elevó, indicando con un
gesto a YooChun que le siguiera, y surcó el cielo por encima del río para
encaramarse a la fría cúpula del campanario de la catedral y contemplar el
amanecer.
* * *
YooChun le seguía de cerca,
mirando su pelo al viento, sus largos mechones húmedos por el rocío del
amanecer. ChangMin se había equivocado al suponer que verle volar no le había
sorprendido. Simplemente había aprendido a contener sus sentimientos, sus
reacciones, durante demasiados años. O pensaba que lo había hecho. Junto a
aquel muchacho, nada parecía seguro.
Había destreza en la manera en
que se deslizaba por el aire. Era mágico: sin alas invisibles, simplemente el
deseo de volar hecho realidad. Un deseo, supuso, suministrado por el propio Rain.
Rain. El recuerdo del hechicero surgió como una mancha de tinta, un pensamiento
oscuro frente a la luminosidad de ChangMin.
¿Cómo algo tan hermoso como el
grácil vuelo de ChangMin podía haber surgido de la diabólica magia de Rain?
Tomaron altura, sobrevolaron el
río y se desviaron en dirección al castillo, donde descendieron en círculos
hacia la catedral, ubicada en su centro. Era un gigantesco edificio gótico,
labrado y erosionado como un acantilado batido por años de tormentas. ChangMin
aterrizó sobre la cúpula del campanario, aunque no resultaba un lugar muy
cómodo. El viento era frío y soplaba con fuerza, y ChangMin tuvo que recogerse
el pelo con las manos para alejarlo de su cara, colocándolo detrás de sus
grandes orejas. Del “recogido” escapaban mechones azules que bailaban sobre su
frente, volaban ante sus ojos y quedaban atrapados en sus labios, que sonreían
con alegría infantil.
—Estamos en la catedral —le
dijo a YooChun.
Él asintió con la cabeza.
—No. Estamos en la catedral —repitió
ChangMin, y él pensó que tal vez no hubiera captado algo, alguna sutileza
perdida en las palabras, pero luego se dio cuenta: ChangMin estaba simplemente
sorprendido. Sorprendido de hallarse encima de la catedral, en lo alto de la
colina que se cernía sobre Praga, con toda la ciudad a sus pies.
Rodeó con sus brazos el pan
caliente y disfrutó de la vista, con un asombro reflejado en el rostro más
intenso del que YooChun recordaba haber sentido jamás, incluso cuando volar era
una experiencia nueva. Seguramente él nunca hubiera experimentado algo así. Sus
primeros vuelos no llegaron acompañados de asombro ni alegría —solo de
disciplina—. Quiso participar del momento que estaba iluminando el rostro de ChangMin
de aquella manera, así que se acercó a él y contempló el horizonte.
Era una vista impresionante. El cielo comenzaba a teñirse
de pálidos tonos rojizos, las torres aparecían bañadas por un suave resplandor
y las calles de la ciudad permanecían todavía en sombra, salpicadas por el
brillo de luciérnaga de las farolas y los haces de luz, oscilantes y
parpadeantes, de los faros de los coches.
— ¿Es la primera vez que subes aquí? —preguntó YooChun.
ChangMin se volvió hacia él.
—Claro que no, suelo traer a
los chicos aquí arriba.
—Y si no cumplen tus
expectativas —continuó YooChun—, siempre puedes empujarlos.
Fue un comentario poco
afortunado. El rostro de ChangMin se ensombreció. Sin duda estaba pensando en
Izîl. YooChun se arrepintió de aquel intento de humor. Era imposible que
saliera bien. Hacía mucho tiempo que no tenía ganas de bromas.
—Lo cierto es —dijo ChangMin
dejándolo pasar— que pedí el deseo de volar hace solo unos días. Todavía no he
podido disfrutarlo.
YooChun estaba de nuevo
sorprendido, pero esta vez su cara debió de reflejarlo, porque ChangMin lo miró
y dijo:
—¿Qué pasa?
Él sacudió la cabeza.
—Te mueves con tanta suavidad
en el aire, y la forma en que te lanzaste del balcón sin la más mínima vacilación,
como si volar formara parte de ti…
—No se me ocurrió que el deseo
pudiera dejar de funcionar —respondió ChangMin —. Habría sido una especie de
castigo por alardear, ¿no crees? Catapún —soltó una carcajada, sin que aquel
pensamiento le inquietara, y añadió—: Debería ser más cuidadoso.
—¿Pierden los deseos su poder?
—preguntó él.
ChangMin se encogió de hombros.
—No lo sé. Imagino que no. Mi
pelo nunca ha recuperado su color natural.
—¿Tu pelo es producto de un
deseo? ¿Te permitió Rain usar la magia para… eso?
—Bueno. No lo aprobó
exactamente — ChangMin lo miró de soslayo, con expresión avergonzada y
desafiante al mismo tiempo—. A decir verdad, nunca me ha dejado pedir ningún
verdadero deseo. Lo suficiente para provocar el menor daño… Oh —un pensamiento
asaltó su mente—. Vaya.
—¿Qué sucede?
—Anoche prometí algo y lo había
olvidado por completo —rebuscó en el bolsillo del abrigo y sacó una pequeña
moneda en la que YooChun vislumbró la efigie de Rain. Cuando cerró el puño,
estaba allí, sobre su palma; al abrirlo, había desaparecido—. Magia —dijo ChangMin
—. Puf.
—¿Qué has deseado? —preguntó
él.
—Una estupidez. En algún lugar
ahí abajo una chica algo desagradable se va a despertar feliz. No es que lo
merezca. Vaya fresca —sacó la lengua a la ciudad, con actitud infantil—. Oye,
se me olvidaba —se volvió hacia YooChun y le acercó una de las bolsas de la
panadería—. Para que no te mueras.
Mientras comían, YooChun notó
que ChangMin tiritaba y abrió sus alas —invisibles— para que el viento
recogiera su calor y lo empujara hacia él. Pareció ayudar. ChangMin se sentó
con las piernas colgando hacia el vacío y balanceándolas mientras arrancaba
pequeños trozos de la barra y se los comía. Él se acuclilló a su lado.
—Por cierto, ¿cómo te
encuentras? —preguntó ChangMin.
—Eso depende —respondió él con
tono travieso, como si la actitud juguetona de ChangMin fuera contagiosa.
—¿De qué?
—De si estás preocupado por mi
bienestar o prefieres que siga débil e indefenso.
—Que sigas débil e indefenso.
Sin duda.
—En ese caso, me siento fatal.
—Me alegro —respondió ChangMin
con seriedad, pero con brillo en la mirada.
YooChun se dio cuenta de que ChangMin
había tenido cuidado de no dirigir accidentalmente sus hamsas hacia él.
Se sintió conmovido, igual que al despertar y encontrarlo dormido tan cerca de
él, encantador y vulnerable, regalándole, como Max, una confianza inmerecida.
—Me siento mejor —dijo YooChun con
suavidad—. Gracias.
—No me lo agradezcas a mí. Yo
fui quien te hizo daño.
La vergüenza le abrumó.
—No…, no como yo a ti.
—No —afirmó ChangMin —. No del
mismo modo.
El viento era malicioso; de una
fuerte ráfaga liberó el pelo de ChangMin, y luego bailó para apoderarse de él;
en un instante su cabellera volaba en todas direcciones sobre su rostro, como
si un grupo de sílfides tratara de arrebatárselo para acolchar sus nidos con
aquella seda azul. ChangMin peleó con su pelo; el lápiz se había caído por el
borde del tejado hasta perderse entre los arbotantes, así que se lo sujetó con
ambas manos.
YooChun imaginó que querría
marcharse para escapar del viento, pero no era así. El sol ascendió sobre las
colinas y ChangMin contempló cómo su resplandor empujaba la noche hacia las
sombras donde esta se refugiaba, más oscuras por su intensidad —toda la noche
se arremolinó en los espacios inclinados, fuera del alcance del amanecer—.
—Anoche, me contaste que tu
primer recuerdo eran los soldados que fueron a buscarte… —dijo ChangMin un
momento después.
—¿Te conté eso? —preguntó
sorprendido.
—¿No te acuerdas? — ChangMin se
volvió hacia él, con sus cejas color cacao formando dos arcos de sorpresa.
YooChun sacudió la cabeza,
tratando de recordar. Las marcas del diablo le habían provocado tanto daño que
había sido como escapar, aunque le resultaba difícil creer que le hubiera
hablado de su infancia, y de aquel día en particular. Sintió como si hubiera
rescatado a aquel niño perdido de su pasado —como si, en un momento de
debilidad, se hubiera convertido de nuevo en él—.
—¿Qué más te dije? —preguntó YooChun.
ChangMin ladeó la cabeza. Fue
aquel gesto lo que la había salvado en Marrakech, aquella rápida inclinación
parecida a la de un pájaro, para mirarlo casi de reojo. El corazón de YooChun
se aceleró.
—No mucho —respondió ChangMin
tras un instante—. Te quedaste dormido después de eso.
Claramente estaba mintiendo.
¿Qué le había contado durante
la noche?
—De todas formas —continuó sin
mirarlo a los ojos—, me hiciste pensar y traté de encontrar mi recuerdo más
temprano.
Se arrastró hacia atrás para
alejarse del borde del tejado, un movimiento que le obligó a liberar su pelo,
que de nuevo voló libre al viento.
—¿Y?
—Rain —pronunció aquel nombre
con la respiración entrecortada y una sonrisa tierna e infinitamente triste—.
Es Rain. Yo estoy sentado en el suelo, detrás de su escritorio, jugando con su
cola.
¿Jugando con su cola? Eso no
concordaba con la idea que YooChun tenía del hechicero, forjada a partir de su
angustia más profunda, grabada en su alma a fuego.
—Rain —repitió YooChun con
amargura—. ¿Fue bueno contigo?
ChangMin respondió de forma
airada, con el pelo convertido en un torrente azul y los ojos ansiosos.
—Siempre. Tal vez pienses que
sabes mucho de las quimeras, pero no lo conoces a él.
—¿Quizás seas tú, ChangMin
—dijo YooChun muy despacio—, el que no lo conoce realmente?
—¿Qué? ¿Qué es exactamente lo
que no sé?
—Su magia, por ejemplo
—respondió él—. Tus deseos. ¿Sabes de dónde vienen?
—¿De dónde vienen?
—No es gratis, ChangMin. La magia tiene un
precio. Y ese precio es el dolor.
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