lunes, 4 de noviembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 34

34.
¿QUÉ ES UN DÍA?

¿Qué es una mañana?, se preguntó ChangMin a sí mismo. Parte de él se encontraba ya volando hacia el futuro, imaginando el reencuentro con Rain, pero otra parte estaba firmemente anclada en su piel, consciente de la calidez del brazo de YooChun sobre su hombro. Bajaban por Nerudova con KyuHyun, enfrentándose al torrente de turistas que ascendía hacia el castillo, y tuvieron que acercarse el uno al otro para sortear a una horda de alemanes ataviados con calzado cómodo.

ChangMin llevaba el pelo detrás de sus orejas, bajo un sombrero que le había prestado la camarera, ocultando de ese modo su rasgo más llamativo. YooChun seguía atrayendo una desmesurada atención; sin embargo, ChangMin pensó que se debía principalmente a su belleza de ensueño, y no a que lo reconocieran de las noticias.

—Tengo que pasar por la escuela —dijo KyuHyun—. Venid conmigo.

ChangMin también quería ir allí —formaba parte de su programa de despedidas—, así que aceptó. De todas maneras, tendría que esperar hasta que cayera la noche para regresar a su piso, por si la policía estuviera vigilándolo. Con la oscuridad, podría acceder a través del aire y el balcón, en vez de por la calle y el ascensor, para recoger todo lo necesario para el viaje.

¿Qué es un día?, se preguntó a sí mismo, y sintió un cosquilleo de felicidad que, tuvo que admitir, se debía en gran parte al modo en que YooChun había permanecido junto a la puerta de la tetería, y a la tranquilizadora solidez de su cuerpo junto a él en aquel momento.

También sentía una ligera inquietud de forma intermitente, pero la atribuyó a los nervios, y durante el transcurso de la mañana, con su murmullo de felicidad inesperada, no dejó de ahuyentarlo, inconscientemente, como a una mosca.




* * *




ChangMin se despidió del Liceo —solo en su mente, ya que no quería alarmar a KyuHyun—, y después de La Cocina Envenenada. Acarició con cariño el flanco de mármol de La Peste, y recorrió con los dedos el terciopelo algo gastado del sofá.

YooChun tomó asiento desconcertado por los ataúdes y todo lo demás, y lo consideró «morboso». También comió un plato de goulash, aunque ChangMin no lo notó muy dispuesto a pedir la receta.

La presencia de YooChun le permitió contemplar con otros ojos los dos lugares que más frecuentaba, y admitió con humildad lo poco que había interiorizado las guerras que los habían moldeado. En la escuela, algún gracioso había garabateado un grafiti rojo con la palabra volnost —libertad— en el mismo lugar donde los combatientes por la libertad la escribieron con sangre nazi, y en La Cocina Envenenada tuvo que explicar a YooChun lo que eran las máscaras antigás, y que procedían de una guerra distinta a la de la pintada.

—Son de la Primera Guerra Mundial —dijo ChangMin poniéndose una máscara—. Hace casi cien años. Los nazis vinieron después —le lanzó una áspera mirada de soslayo—. Y como tú sabes, los invasores siempre son los malos. Siempre.

Siwon se unió a ellos, y al principio se mostró algo tenso porque no sabía nada sobre otros mundos y otras razas, y creía que ChangMin era simplemente un excéntrico. ChangMin le contó la verdad —que era cierto que habían estado volando y que YooChun era un ángel procedente de otro mundo—, pero a su manera habitual, así que él pensó que le estaba tomando el pelo. Sin embargo, Siwon no dejaba de contemplar a YooChun con el mismo gesto atónito que todo el mundo, y ChangMin se dio cuenta de que aquello incomodaba al ángel. Nada en su actitud sugería que conociera el poder de su belleza, y esto lo sorprendió.

Algo después caminaban los cuatro por el puente de Carlos. Siwon y KyuHyun iban unos pasos por delante, tan pegados el uno al otro que nada podría haberlos separado, y tras ellos, ChangMin y YooChun.

—Podemos salir hacia Marruecos esta noche —dijo ChangMin —. Iba a coger un avión, pero no creo que sea una opción adecuada para ti.

—¿No?

—No. Necesitarías un pasaporte, un documento que indica tu nacionalidad y que presupone que eres de este mundo.

—Aún puedes volar, ¿verdad?

ChangMin puso a prueba su habilidad elevándose unos discretos centímetros y volviendo a posar rápidamente los pies en el suelo.

—Aunque es un viaje largo.

—Te ayudaré. Incluso si no pudieras volar, podría llevarte cogido.

Se imaginó atravesando los Alpes y el Mediterráneo en brazos de YooChun. No parecía una mala perspectiva, pero aun así no era ninguna especie de damisela en apuros.

—Me las arreglaré —aseguró.

Por delante de ellos, Siwon y KyuHyun se fundieron en un apasionado beso.

ChangMin se detuvo, confuso ante aquella demostración de cariño. Se volvió hacia el borde del puente y distrajo la mirada en el río.

—Para ti, debe de ser extraño pasar todo el día sin hacer nada.

YooChun asintió. Él también miraba hacia el agua, inclinado sobre el puente y rozando con su codo el de él. ChangMin se había dado cuenta de que encontraba formas discretas de tocarle.

—Trato de imaginar a mi propio pueblo viviendo de esta manera, y no soy capaz.

—¿Cómo es su día a día? —preguntó ChangMin.

—La guerra lo impregna todo. Si no estás luchando, te están preparando para ello, y siempre con miedo. Todo el mundo ha perdido a alguien.

—¿Y las quimeras? ¿Cómo es su vida?

YooChun vaciló.

—Allí nadie vive con tranquilidad. No es un lugar seguro —colocó una mano sobre el brazo de ChangMin —. Tu vida está aquí, en este mundo. Si Rain realmente se preocupa por ti, no deseará que vayas a aquel lugar arrasado. Deberías quedarte —las siguientes palabras las pronunció en un susurro. ChangMin apenas las escuchó, y después dudaba de que hubieran sido reales—: Podría quedarme aquí, contigo.

Le agarraba con firmeza pero suavemente, y su mano resultaba confortante y cálida.

Por un instante, ChangMin se permitió imaginar que podía disfrutar de lo que él había sugerido: una vida, juntos. Ante él se presentaba todo lo que siempre había anhelado: seguridad, un asidero, amor.

Amor.

Cuando aquella palabra acudió a su mente, no le pareció discordante ni absurda, como cuando KyuHyun la había pronunciado por la mañana en la tetería. Resultaba tentadora. Sin pensarlo, ChangMin tomó la mano de YooChun.

Y notó una sacudida.

La retiró con rapidez. La hamsa. La había colocado de lleno sobre su piel. La palma le ardía y YooChun había retrocedido un paso. Estaba quieto, apretando contra su cuerpo su mano abrasada por la magia, mientras un escalofrío le recorría. Apretó las mandíbulas con un gesto de dolor.

De nuevo, el dolor.

—Ni siquiera puedo tocarte —gimió ChangMin —. Sea lo que sea lo que Rain quiere para mí, no eres tú, o no me habría dado esto.

En aquel instante, sus propias manos, cerradas con fuerza sobre su pecho, le parecieron llenas de maldad. Acercó una mano al cuello del abrigo, buscó el hueso de la suerte y lo agarró con fuerza, para tranquilizarse.

—No tienes por qué querer lo mismo que él —respondió YooChun.

—Lo sé. Pero tengo que descubrir lo que está sucediendo allí. Tengo que saberlo.
Su voz sonó confusa; quería que él le entendiera, y así fue. ChangMin lo vio reflejado en sus ojos, junto a la impotencia y la angustia que había atisbado desde que apareció en su vida la noche anterior. Solo la noche anterior. Parecía increíble que hubiera pasado tan poco tiempo.

—No te sientas obligado a acompañarme.

—Por supuesto que iré contigo. ChangMin … —seguía hablando en un susurro—. ChangMin.

Alargó la mano y le quitó el sombrero, dejando que su pelo se derramara en una marea azul. Le colocó un mechón rebelde detrás de la oreja, tomó su cara entre las manos y un destello de luz brotó en el pecho de ChangMin. No se movió, ocultando tras su quietud el tumulto que notaba en su interior. Nadie le había mirado nunca de aquella manera, con los ojos muy abiertos, como tratando de llenarse con su presencia, como la luz que atraviesa una ventana.

Suavemente, YooChun deslizó una mano hacia su nuca, entretejiendo los dedos con su pelo y provocándole escalofríos de nostalgia. ChangMin sintió que cedía terreno, que se fundía con él. Adelantó un pie, de modo que su rodilla rozó la de él y se apoyó en ella, mientras el hueco que quedaba entre ambos —espacio negativo, en dibujo— pedía a gritos ser cerrado.

¿Iba a besarle?

Dios mío, ¿le olería el aliento a goulash?

Daba igual. A él también.

¿Quería que le besara?

Su rostro estaba tan próximo que ChangMin podía contemplar el sol del atardecer en sus oscuras pestañas, y su propia imagen en la negra profundidad de sus pupilas. Él le miraba como si en el interior de sus ojos se ocultaran mundos, maravillas y descubrimientos.

Sí. Quería que le besara. Sí.

La mano de YooChun se deslizó hasta la garganta de ChangMin y encontró su mano, aún aferrada al hueso de la suerte colgado del cordón.

Las puntas de la espoleta sobresalían entre sus dedos, y cuando YooChun las rozó, se detuvo. Algo se congeló en su mirada. Bajó los ojos. Contuvo el aliento; con un nudo en la garganta, tomó aire y abrió la mano de ChangMin, sin preocuparse de la hamsa.

Allí estaba el hueso de la suerte, pequeña y descolorida reliquia de una vida anterior. Lanzó un grito de asombro y de… ¿algo más? Algo profundo y doloroso lo desgarró por dentro, como unas zarpas que astillan la madera al arañarla.

ChangMin se apartó, asustado.

—¿Qué sucede?

—¿Por qué tienes esto? —YooChun estaba pálido.

—Es… es de Rain. Me lo envió cuando se incendiaron los portales.

—Rain —repitió él. Su rostro reflejó primero el frenesí de sus pensamientos, y luego comprensión—. Rain —dijo de nuevo.

—¿Qué pasa? YooChun…

La reacción de YooChun enmudeció el balbuceo de ChangMin. Cayó de rodillas. El cordón que rodeaba el cuello de ChangMin cedió, el hueso de la suerte quedó en la mano de YooChun, y por un instante se sintió vacío sin él. Entonces el serafín se inclinó hacia él. Apretó su rostro contra las piernas de ChangMin, que sintió su calor a través de los pantalones vaqueros. Se quedó perplejo, contemplando sus poderosos hombros mientras se acurrucaba contra él y sus alas se tornaban visibles.

A su alrededor, sobre el puente, surgieron gritos y exclamaciones. La gente se detenía de golpe, boquiabierta. KyuHyun y Siwon deshicieron su abrazo y se volvieron para mirar. ChangMin apenas era consciente de su presencia. Bajó los ojos hacia YooChun y notó que sus hombros se agitaban. ¿Estaba llorando? Sus manos temblaron, deseosas de tocarlo pero con temor a hacerle daño. Odiando sus hamsas se inclinó hacia él y le acarició el pelo con el dorso de los dedos, la frente febril con el dorso de las manos.

— ¿Qué sucede? —preguntó ChangMin —. ¿Qué te pasa?

YooChun se enderezó, aún de rodillas, y alzó la mirada hacia él. ChangMin estaba encorvado sobre él, como un signo de interrogación. Él se aferró a sus piernas y ChangMin sintió cómo le temblaban las manos, con el hueso aún en el puño. Yoochun desplegó las alas, convirtiéndolas en dos enormes abanicos, y ambos quedaron rodeados por su fuego, más que nunca en un mundo propio.

YooChun escudriñó el rostro de ChangMin con mirada aturdida y enormemente triste.

Y le dijo:


— ChangMin, sé quién eres.

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