50.
AZUCARADO.
—No —dijo Max mirándose en el
espejo—. No, no, no y no.
Claro que Nwella tenía un traje
para él. Era de seda tornasolada en color azul oscuro, ajustado y tan delicado
que daba la sensación de que un ligero roce podría disolverlo. Estaba adornado
con diminutos cristales que atrapaban la luz y la reflejaban como estrellas, y
dejaba al descubierto todo el pecho de Max en forma de “V”, revelando sus
pectorales marcados. Era escandaloso. Su clavícula, sus pectorales, parte de
sus brazos delgados pero formados, su pecho. Demasiado pecho.
—No.
Empezó a desembarazarse de él,
pero Chiro le detuvo.
—Recuerda lo que dije: sin
quejas.
—Lo retiro. Me reservo mi
derecho a quejarme.
—Demasiado tarde. De todas
maneras, es culpa tuya. Has tenido una semana para conseguir un traje. ¿Ves lo
que pasa cuando titubeas? Que otros toman las decisiones por ti.
Max pensó que no estaba
refiriéndose al traje.
—¿Cómo dices? Entonces, ¿esto
es un castigo?
A su lado, Nwella dejó escapar
un gruñido. Era un ser frágil con aspecto de lagarto que había acudido a la
escuela con Max y Chiro. Se había separado cuando ellos comenzaron su
instrucción para la batalla y ella fue enviada al servicio real.
—¿Un castigo? ¿Te refieres a
quedar despampanante? Mírate.
Max lo hizo, y lo único que vio
fue piel. En torno a su cuello se unían unos delicadísimos filamentos de seda
entrelazados que sujetaban, de forma invisible, la parte “interna” del traje
—Parece que voy desnudo.
—Estás impresionante —afirmó
Nwella, que trabajaba como costurera para las esposas más jóvenes del caudillo,
las cuales eran, por decirlo suavemente, maduritas.
El caudillo había considerado
oportuno dejar de tomar nuevas esposas algunos siglos atrás. Como Rain, era de
carne natural, y su aspecto lo reflejaba. Thiago, su primer hijo, tenía varios
cientos de años, aunque lucía la piel de un hombre joven, y las hamsas correspondientes,
además, era la primera vez que tomaba, oficialmente como esposo, a un chico.
Como Max había dicho, la manía
del general por la pureza era hipócrita, ya que él mismo había pasado por
numerosas resurrecciones. Pero su hipocresía era doble, pues no solo no era
«puro», sino que tampoco había nacido con un elevado aspecto humano.
El caudillo pertenecía a la
casta de los venados, y tenía cabeza de ciervo: por tanto, su aspecto era de
criatura, al igual que el de sus esposas y el de Thiago, en un principio. No
era extraño que un resucitado recibiera un cuerpo distinto al original: Rain no
siempre podía hacerlos coincidir; era cuestión de tiempo y disponibilidad de
dientes. Pero los cuerpos de Thiago eran otro asunto. Se elaboraban siguiendo
sus especificaciones, y antes incluso de que fueran necesarios, para que
pudiera examinarlos y dar su aprobación. Max lo había visto una vez: Thiago
revisaba una réplica desnuda de sí mismo —el cascarón que lo recubriría la
próxima vez que muriera—. Había sido macabro.
Max dio pequeños tirones al
traje para asegurarse de que ninguna mano descuidada pudiera arrancárselo
durante el baile.
—Nwella —imploró—, ¿no tienes
algo… con más tela?
—No para ti —respondió Nwella—.
¿Por qué quieres ocultar una figura como esa?
Susurró algo a Chiro.
—Dejad de conspirar —se quejó
Max—. ¿Puedo llevar al menos un abrigo?
—No —respondieron Chiro y
Nwella al unísono.
—Me siento tan desnudo como en
los baños.
Nunca se había sentido tan
expuesto como aquella tarde, cuando había avanzado junto a Chiro entre el vapor
y con el agua hasta los muslos. A esas alturas, todo el mundo sabía que él era
la elección de Thiago, y todos los ojos en el baño la habían inspeccionado.
Había sentido deseos de esconderse bajo el agua, dejando sobresalir únicamente
los cuernos.
—Deja que Thiago admire lo que
va a llevarse —dijo Nwella con maldad.
Max se puso rígido.
—¿Quién dice que va a conseguir
esto?
Esto, se oyó decir a sí mismo. Parecía apropiado, como si
fuera un objeto inanimado, un abrigo en una percha.
—A mí —corrigió—. ¿Quién dice
que va a conseguirme?
Nwella rió desestimando la idea
de que Max pudiera rechazarlo.
—Toma —le ofreció una máscara—.
Permitiremos que te cubras la cara.
Era un pájaro negro con las
alas extendidas, tallado en madera ligera y decorado con plumas oscuras que se
desplegaban a ambos lados de su rostro. Con los cambios de luz, las plumas reflejaban
iridiscentes y ondulantes arco iris.
—Ah, bueno. Ahora nadie sabrá
quién soy —comentó Max en tono irónico. Sus alas y sus cuernos eludían
cualquier disfraz.
El baile del caudillo era una
mascarada, un «disfrázate de lo que no eres». Las quimeras con aspecto humano
llevaban máscaras de criaturas, y las de aspecto animal se ponían caretas de
humanos, exageradas hasta proporciones ridículas. Era la única noche del año
dedicada a divertirse y fingir, la única noche que se alejaba de la rutina
cotidiana, pero para Max, ese año, no era nada de eso. Más bien era una noche
en la que debía decidir su futuro.
Con un suspiro, se entregó a
los cuidados de sus amigos. Se sentó en un taburete y permitió que perfilaran
sus ojos con kohl, colorearan ligeramente sus labios con pasta de pétalos de
rosa para darle ese “toque” carnoso, y colocaran entre sus cuernos finísimas
cadenas de oro con diminutas lágrimas de cristal que titilaban con la luz.
Chiro y Nwella reían nerviosos, como si estuvieran preparando a una novia para
su noche de bodas. Max se sorprendió al pensar que, de algún modo, tal vez
fuera así.
Si aceptaba a Thiago, era
probable que esa noche no regresara al barracón.
Se estremeció al imaginar sobre
su piel aquellas manos con zarpas. ¿Cómo sería? Nunca había hecho el amor —en
ese sentido también era «pura», como seguramente Thiago sabía—. Pensaba en
ello, por supuesto que pensaba en ello. Estaba en la edad; su cuerpo le urgía
con sus impulsos, como a cualquiera, y las quimeras no mostraban una actitud
puritana respecto al sexo. Simplemente, Max nunca había encontrado el momento
adecuado.
—Ya está. Listo—anunció Chiro.
Nwella y él ayudaron a levantarse a Max y se alejaron un poco para supervisar
su trabajo.
—Vaya —musitó Nwella. Hubo una
pausa, y cuando Chiro habló de nuevo, su voz sonó inexpresiva.
—Estás precioso —dijo.
No parecía un cumplido.
* * *
Después de Kalamet, cuando
Chiro despertó en la catedral, Max estaba allí, a su lado.
—Estás bien —le tranquilizó mientras
Chiro parpadeaba asustado.
Era su primera resurrección, y
los resucitados aseguraban que podía resultar desorientador. El nuevo cuerpo
era una réplica fiel del original de su hermano, con lo que Max esperaba que la
transición fuera más sencilla.
—Estás bien —repitió agarrando
con fuerza la mano de Chiro con su hamsa, símbolo de su nuevo estatus—. Rain
me permitió hacer tu cuerpo —le dijo, y añadió con complicidad—: Utilicé
diamantes. No se lo digas a nadie.
Ayudó a Chiro a sentarse. La
piel de sus patas felinas era suave, y la carne de sus brazos humanos también.
A sacudidas, Chiro palpó su nueva piel —caderas, costillas, pechos humanos—.
Subió ansiosamente la mano por encima del cuello hasta la cara, y tocó el
pelaje y el hocico de chacal, y se quedó inmóvil.
Emitió un sonido como si se
ahogara, y en un primer momento Max lo atribuyó a su garganta recién fabricada
y a una boca que todavía no había articulado ninguna palabra. Pero no era eso.
Chiro apartó la mano de Max.
—¿Tú has hecho esto?
Max retrocedió.
—Es… es perfecto —respondió
balbuceando—. Es casi igual al real…
—Y ¿eso es todo lo que merezco?
¿Tener aspecto de bestia? Gracias, hermano. Gracias.
—Chiro…
—¿No podrías haberme hecho con
aspecto humano? ¿Qué significan unos pocos dientes para ti? ¿O para Rain?
Max nunca había considerado
aquella opción.
—Pero… Chiro. Este eres tú.
—Yo —su voz era
distinta, tenía un tono más grave que la original. Max no supo distinguir
cuánto de aquella voz se debía a su novedad, pero le resultaba ácida y fea—.
¿Querrías ser como yo?
—No te comprendo —respondió Max,
dolido y confuso.
—No, no querrías —añadió
Chiro—. Tú eres hermoso.
* * *
Más tarde, se había disculpado.
Había sido la impresión, aseguró. Había notado el nuevo cuerpo demasiado
estrecho, rígido; apenas podía respirar. Una vez que se acostumbró a él, elogió
su fuerza, su agilidad. Podía volar más veloz que antes; sus movimientos eran
rápidos como un látigo, sus dientes y su vista, más agudos. Afirmó que se
sentía como un violín afinado —igual que antes, pero mejor—.
—Gracias, hermano —dijo, y
parecía sincero.
Pero Max recordaba el tono
rencoroso con el que había afirmado: «Tú eres hermoso».
Su voz sonaba igual ahora.
Nwella se mostró más eufórica.
—¡Realmente guapísimo! —canturreó. Su frente escamosa se frunció,
y agarró el colgante que rodeaba el cuello de Max—. Esto, por supuesto, tendrá
que desaparecer —ordenó, pero Max se echó hacia atrás.
—No —dijo cerrando la mano en
torno a él.
—Solo esta noche, Maxi —suplicó
Nwella con voz persuasiva—. Simplemente no es adecuado para la ocasión.
—No lo toques —respondió Max
con firmeza, y eso fue todo. El tono de su voz disuadió a Nwella de seguir
insistiendo.
—Está bien —cedió con un
suspiro.
Max liberó el hueso de la
suerte de su puño para que regresara a su sitio, al punto donde se unían sus
clavículas. No era hermoso ni elegante, era un simple hueso, y resultaba obvio
que no hacía justicia a su escote, pero no le importaba. Era lo que él llevaba.
Nwella lo miró, afligida, y
luego se volvió para rebuscar en su cajón de tubos de cosmética y ungüentos.
—Aquí está. Esto ayudará.
Regresó con un recipiente
plateado y una gran brocha de pelo suave, y antes de que Max supiera lo que
estaba sucediendo, Nwella había espolvoreado su pecho, su cuello y sus hombros
con algo brillante.
—¿Qué…?
—Azúcar —dijo Nwella con una
risita tonta.
—¡Nwella!
Max trató de sacudírsela, pero
era muy fina y se quedaba pegaba: azúcar en polvo, lo que utilizaban las chicas
cuando planeaban que alguien las probara. Si sus labios pintados con pétalos de
rosa y su pecho desnudo no fueran
suficiente invitación para Thiago, pensó Max, esto ciertamente lo era, además
de que ahora se sentía algo “chica” con todo aquello.
Su brillo revelador bien podría
haber sido un cartel que dijera LÁMEME.
—Ahora no pareces un soldado
—dijo Nwella.
Era cierto. Parecía un chico
que había hecho su elección. ¿Era así? Pero odiaba serlo orque era un chico, un
chico realmente atractivo.
Todo el mundo pensaba que sí,
lo que prácticamente equivalía a lo mismo. Pero todavía tenía tiempo. Podía
optar por no ir al baile —lo que enviaría el mensaje contrario al que insinuaba
aparecer azucarado—. Solo tenía que decidir lo que quería.
Permaneció fijo en su imagen en
el espejo durante largo rato. Estaba mareado,
como si el futuro se precipitara hacia él.
Y así era, aunque en ese
momento no podía imaginar que acudía en su busca con alas invisibles y unos
ojos que ninguna máscara podía disfrazar, y que sus decisiones no tardarían en
ser barridas como el polvo por un aleteo, dejando en su lugar lo inimaginable.
Amor.
—Vámonos —dijo.
Entrelazó los brazos con Chiro y Nwella y salió a su encuentro.
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