martes, 26 de noviembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 50

50.
AZUCARADO.

—No —dijo Max mirándose en el espejo—. No, no, no y no.

Claro que Nwella tenía un traje para él. Era de seda tornasolada en color azul oscuro, ajustado y tan delicado que daba la sensación de que un ligero roce podría disolverlo. Estaba adornado con diminutos cristales que atrapaban la luz y la reflejaban como estrellas, y dejaba al descubierto todo el pecho de Max en forma de “V”, revelando sus pectorales marcados. Era escandaloso. Su clavícula, sus pectorales, parte de sus brazos delgados pero formados, su pecho. Demasiado pecho.

—No.

Empezó a desembarazarse de él, pero Chiro le detuvo.

—Recuerda lo que dije: sin quejas.

—Lo retiro. Me reservo mi derecho a quejarme.

—Demasiado tarde. De todas maneras, es culpa tuya. Has tenido una semana para conseguir un traje. ¿Ves lo que pasa cuando titubeas? Que otros toman las decisiones por ti.

Max pensó que no estaba refiriéndose al traje.

—¿Cómo dices? Entonces, ¿esto es un castigo?

A su lado, Nwella dejó escapar un gruñido. Era un ser frágil con aspecto de lagarto que había acudido a la escuela con Max y Chiro. Se había separado cuando ellos comenzaron su instrucción para la batalla y ella fue enviada al servicio real.

—¿Un castigo? ¿Te refieres a quedar despampanante? Mírate.

Max lo hizo, y lo único que vio fue piel. En torno a su cuello se unían unos delicadísimos filamentos de seda entrelazados que sujetaban, de forma invisible, la parte “interna” del traje

—Parece que voy desnudo.
—Estás impresionante —afirmó Nwella, que trabajaba como costurera para las esposas más jóvenes del caudillo, las cuales eran, por decirlo suavemente, maduritas.

El caudillo había considerado oportuno dejar de tomar nuevas esposas algunos siglos atrás. Como Rain, era de carne natural, y su aspecto lo reflejaba. Thiago, su primer hijo, tenía varios cientos de años, aunque lucía la piel de un hombre joven, y las hamsas correspondientes, además, era la primera vez que tomaba, oficialmente como esposo, a un chico.

Como Max había dicho, la manía del general por la pureza era hipócrita, ya que él mismo había pasado por numerosas resurrecciones. Pero su hipocresía era doble, pues no solo no era «puro», sino que tampoco había nacido con un elevado aspecto humano.

El caudillo pertenecía a la casta de los venados, y tenía cabeza de ciervo: por tanto, su aspecto era de criatura, al igual que el de sus esposas y el de Thiago, en un principio. No era extraño que un resucitado recibiera un cuerpo distinto al original: Rain no siempre podía hacerlos coincidir; era cuestión de tiempo y disponibilidad de dientes. Pero los cuerpos de Thiago eran otro asunto. Se elaboraban siguiendo sus especificaciones, y antes incluso de que fueran necesarios, para que pudiera examinarlos y dar su aprobación. Max lo había visto una vez: Thiago revisaba una réplica desnuda de sí mismo —el cascarón que lo recubriría la próxima vez que muriera—. Había sido macabro.

Max dio pequeños tirones al traje para asegurarse de que ninguna mano descuidada pudiera arrancárselo durante el baile.

—Nwella —imploró—, ¿no tienes algo… con más tela?

—No para ti —respondió Nwella—. ¿Por qué quieres ocultar una figura como esa?
Susurró algo a Chiro.

—Dejad de conspirar —se quejó Max—. ¿Puedo llevar al menos un abrigo?

—No —respondieron Chiro y Nwella al unísono.

—Me siento tan desnudo como en los baños.

Nunca se había sentido tan expuesto como aquella tarde, cuando había avanzado junto a Chiro entre el vapor y con el agua hasta los muslos. A esas alturas, todo el mundo sabía que él era la elección de Thiago, y todos los ojos en el baño la habían inspeccionado. Había sentido deseos de esconderse bajo el agua, dejando sobresalir únicamente los cuernos.

—Deja que Thiago admire lo que va a llevarse —dijo Nwella con maldad.

Max se puso rígido.

—¿Quién dice que va a conseguir esto?

Esto, se oyó decir a sí mismo. Parecía apropiado, como si fuera un objeto inanimado, un abrigo en una percha.

—A mí —corrigió—. ¿Quién dice que va a conseguirme?

Nwella rió desestimando la idea de que Max pudiera rechazarlo.

—Toma —le ofreció una máscara—. Permitiremos que te cubras la cara.

Era un pájaro negro con las alas extendidas, tallado en madera ligera y decorado con plumas oscuras que se desplegaban a ambos lados de su rostro. Con los cambios de luz, las plumas reflejaban iridiscentes y ondulantes arco iris.

—Ah, bueno. Ahora nadie sabrá quién soy —comentó Max en tono irónico. Sus alas y sus cuernos eludían cualquier disfraz.

El baile del caudillo era una mascarada, un «disfrázate de lo que no eres». Las quimeras con aspecto humano llevaban máscaras de criaturas, y las de aspecto animal se ponían caretas de humanos, exageradas hasta proporciones ridículas. Era la única noche del año dedicada a divertirse y fingir, la única noche que se alejaba de la rutina cotidiana, pero para Max, ese año, no era nada de eso. Más bien era una noche en la que debía decidir su futuro.

Con un suspiro, se entregó a los cuidados de sus amigos. Se sentó en un taburete y permitió que perfilaran sus ojos con kohl, colorearan ligeramente sus labios con pasta de pétalos de rosa para darle ese “toque” carnoso, y colocaran entre sus cuernos finísimas cadenas de oro con diminutas lágrimas de cristal que titilaban con la luz. Chiro y Nwella reían nerviosos, como si estuvieran preparando a una novia para su noche de bodas. Max se sorprendió al pensar que, de algún modo, tal vez fuera así.
Si aceptaba a Thiago, era probable que esa noche no regresara al barracón.
Se estremeció al imaginar sobre su piel aquellas manos con zarpas. ¿Cómo sería? Nunca había hecho el amor —en ese sentido también era «pura», como seguramente Thiago sabía—. Pensaba en ello, por supuesto que pensaba en ello. Estaba en la edad; su cuerpo le urgía con sus impulsos, como a cualquiera, y las quimeras no mostraban una actitud puritana respecto al sexo. Simplemente, Max nunca había encontrado el momento adecuado.

—Ya está. Listo—anunció Chiro. Nwella y él ayudaron a levantarse a Max y se alejaron un poco para supervisar su trabajo.

—Vaya —musitó Nwella. Hubo una pausa, y cuando Chiro habló de nuevo, su voz sonó inexpresiva.

—Estás precioso —dijo.

No parecía un cumplido.




* * *




Después de Kalamet, cuando Chiro despertó en la catedral, Max estaba allí, a su lado.

—Estás bien —le tranquilizó mientras Chiro parpadeaba asustado.

Era su primera resurrección, y los resucitados aseguraban que podía resultar desorientador. El nuevo cuerpo era una réplica fiel del original de su hermano, con lo que Max esperaba que la transición fuera más sencilla.

—Estás bien —repitió agarrando con fuerza la mano de Chiro con su hamsa, símbolo de su nuevo estatus—. Rain me permitió hacer tu cuerpo —le dijo, y añadió con complicidad—: Utilicé diamantes. No se lo digas a nadie.

Ayudó a Chiro a sentarse. La piel de sus patas felinas era suave, y la carne de sus brazos humanos también. A sacudidas, Chiro palpó su nueva piel —caderas, costillas, pechos humanos—. Subió ansiosamente la mano por encima del cuello hasta la cara, y tocó el pelaje y el hocico de chacal, y se quedó inmóvil.

Emitió un sonido como si se ahogara, y en un primer momento Max lo atribuyó a su garganta recién fabricada y a una boca que todavía no había articulado ninguna palabra. Pero no era eso.

Chiro apartó la mano de Max.

—¿Tú has hecho esto?

Max retrocedió.
—Es… es perfecto —respondió balbuceando—. Es casi igual al real…

—Y ¿eso es todo lo que merezco? ¿Tener aspecto de bestia? Gracias, hermano. Gracias.

—Chiro…

—¿No podrías haberme hecho con aspecto humano? ¿Qué significan unos pocos dientes para ti? ¿O para Rain?

Max nunca había considerado aquella opción.

—Pero… Chiro. Este eres tú.

Yo —su voz era distinta, tenía un tono más grave que la original. Max no supo distinguir cuánto de aquella voz se debía a su novedad, pero le resultaba ácida y fea—. ¿Querrías ser como yo?

—No te comprendo —respondió Max, dolido y confuso.

—No, no querrías —añadió Chiro—. Tú eres hermoso.




* * *



Más tarde, se había disculpado. Había sido la impresión, aseguró. Había notado el nuevo cuerpo demasiado estrecho, rígido; apenas podía respirar. Una vez que se acostumbró a él, elogió su fuerza, su agilidad. Podía volar más veloz que antes; sus movimientos eran rápidos como un látigo, sus dientes y su vista, más agudos. Afirmó que se sentía como un violín afinado —igual que antes, pero mejor—.

—Gracias, hermano —dijo, y parecía sincero.

Pero Max recordaba el tono rencoroso con el que había afirmado: «Tú eres hermoso».

Su voz sonaba igual ahora.

Nwella se mostró más eufórica.

—¡Realmente guapísimo! —canturreó. Su frente escamosa se frunció, y agarró el colgante que rodeaba el cuello de Max—. Esto, por supuesto, tendrá que desaparecer —ordenó, pero Max se echó hacia atrás.
—No —dijo cerrando la mano en torno a él.

—Solo esta noche, Maxi —suplicó Nwella con voz persuasiva—. Simplemente no es adecuado para la ocasión.

—No lo toques —respondió Max con firmeza, y eso fue todo. El tono de su voz disuadió a Nwella de seguir insistiendo.

—Está bien —cedió con un suspiro.

Max liberó el hueso de la suerte de su puño para que regresara a su sitio, al punto donde se unían sus clavículas. No era hermoso ni elegante, era un simple hueso, y resultaba obvio que no hacía justicia a su escote, pero no le importaba. Era lo que él llevaba.

Nwella lo miró, afligida, y luego se volvió para rebuscar en su cajón de tubos de cosmética y ungüentos.

—Aquí está. Esto ayudará.

Regresó con un recipiente plateado y una gran brocha de pelo suave, y antes de que Max supiera lo que estaba sucediendo, Nwella había espolvoreado su pecho, su cuello y sus hombros con algo brillante.

—¿Qué…?

—Azúcar —dijo Nwella con una risita tonta.

—¡Nwella!

Max trató de sacudírsela, pero era muy fina y se quedaba pegaba: azúcar en polvo, lo que utilizaban las chicas cuando planeaban que alguien las probara. Si sus labios pintados con pétalos de rosa y su pecho desnudo  no fueran suficiente invitación para Thiago, pensó Max, esto ciertamente lo era, además de que ahora se sentía algo “chica” con todo aquello.

Su brillo revelador bien podría haber sido un cartel que dijera LÁMEME.

—Ahora no pareces un soldado —dijo Nwella.

Era cierto. Parecía un chico que había hecho su elección. ¿Era así? Pero odiaba serlo orque era un chico, un chico realmente atractivo.

Todo el mundo pensaba que sí, lo que prácticamente equivalía a lo mismo. Pero todavía tenía tiempo. Podía optar por no ir al baile —lo que enviaría el mensaje contrario al que insinuaba aparecer azucarado—. Solo tenía que decidir lo que quería.
Permaneció fijo en su imagen en el espejo durante largo rato. Estaba mareado,  como si el futuro se precipitara hacia él.

Y así era, aunque en ese momento no podía imaginar que acudía en su busca con alas invisibles y unos ojos que ninguna máscara podía disfrazar, y que sus decisiones no tardarían en ser barridas como el polvo por un aleteo, dejando en su lugar lo inimaginable.

Amor.

—Vámonos —dijo.


Entrelazó los brazos con Chiro y Nwella y salió a su encuentro.

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