40.
CASI COMO MAGIA.
Tiempo atrás, Max había sido lo
que lo había impulsado a marcharse. Esta vez, fue ChangMin. En aquel momento,
su destino había sido Loramendi, la ciudad enjaulada de las bestias. Ahora, era
Marrakech. De nuevo abandonaba a JunSu y JaeJoong, pero esta vez sin dejarlos
en la ignorancia. Ahora sabían toda la verdad.
Lo que harían con aquella
información era algo que no podía adivinar.
JaeJoong lo había llamado
traidor, y había añadido que su presencia le resultaba insoportable. JunSu solo
lo había mirado fijamente, pálido y con rechazo.
Sin embargo, le habían
permitido marchar sin derramar sangre —ni la suya ni la de ellos—, y eso era lo
mejor que habría podido esperar. Si informarían al comandante —o incluso al
emperador— y regresarían para capturarlo o lo cubrirían, no lo sabía. No podía
pensar en ello. Volando sobre el Mediterráneo con el hueso de la suerte
apretado en la mano, sus pensamientos pertenecían a ChangMin. Le imaginaba
esperando en la tumultuosa plaza marroquí donde sus ojos quedaron atrapados por
primera vez en los de él. Podía verlo con claridad, incluso la forma en que
levantaría la mano hacia la garganta para acariciar el hueso de la suerte antes
de recordar, con un nuevo estremecimiento cada vez, que no lo tenía.
Lo tenía él. Todo lo que
implicaba, sobre el pasado, sobre el futuro, estaba justo en su mano —casi como
magia, le había dicho Max en cierta ocasión—.
Hasta la noche en la que, por
fin, había visto de nuevo a Max, él no sabía siquiera lo que era un hueso de la
suerte. Él llevaba uno atado con un cordel en torno al cuello; un objeto tan
fuera de lugar sobre su vestido de seda, sobre su piel de seda.
—Bueno, sí. Es un hueso de la
suerte. Cada uno coloca un dedo alrededor de una punta, así, y entonces pedimos
un deseo y tiramos. El que se quede con el trozo más grande verá cumplido su
deseo.
— ¿Es magia? —Le había preguntado YooChun—. ¿De qué pájaro
proceden estos huesos que producen magia?
—No, no es magia. En realidad,
los deseos no se cumplen.
—Entonces, ¿por qué hacerlo?
Max se encogió de hombros.
— ¿Esperanza? La esperanza
puede ser muy poderosa. Tal vez no haya verdadera magia en el hueso, pero
cuando sabes qué es lo que anhelas y lo mantienes como una luz dentro de ti,
puedes hacer que las cosas sucedan, casi como magia.
YooChun sintió que se perdía en
los ojos de Max. El resplandor de aquella mirada despertó algo en su interior,
algo que le descubría que había pasado toda su vida en una neblina de
sentimientos truncados.
—Y ¿qué es lo que deseas?
—preguntó YooChun con el anhelo de conseguírselo, fuera lo que fuese.
Ella respondió con timidez:
—Se supone que no debes
decirlo. Ven, pide un deseo conmigo.
YooChun alargó la mano y rodeó
con un dedo la delgada punta del hueso. Lo que deseaba con todas sus fuerzas
era algo en lo que nunca antes había pensado, hasta conocer a Max. Y aquella
noche se convirtió en realidad, y muchas noches después. Un breve y luminoso
lapso de felicidad en torno al cual giraba su vida entera. Todos sus actos
posteriores tendrían su origen en su amor por Max, y en su pérdida, y la
pérdida de sí mismo.
¿Y ahora? Estaba volando hacia
ChangMin con la verdad en la mano, encerrada en aquel frágil objeto, «casi
mágico».
¿Casi? Esta vez no.
Ese hueso de la suerte emanaba
magia. La rúbrica de Rain era tan poderosa en él como en los portales que
provocaban dentera a YooChun. El hueso contenía la verdad, y junto a ella, el
poder para que ChangMin lo odiara.
Y si desapareciera —algo tan
pequeño perdido en medio de un océano—, ¿qué ocurriría? ChangMin no tenía por
qué saber nada. Entonces, podría mantenerlo a su lado, amarlo. Y algo más
importante, si el hueso se desvaneciera, él podría amarlo.
Aquel pensamiento envenenó su
mente, y YooChun sintió desprecio por sí mismo. Trató de acallarlo, pero el
hueso hostigaba su imaginación. «Él nunca lo sabrá», parecía decirle desde su mano
abierta. Y allí abajo el Mediterráneo, veteado resplandeciente por el sol y
profundo, lo confirmaba.
Él nunca lo sabrá.
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