47.
EVANESCENCIA.
Max ascendió al patíbulo.
Llevaba las manos atadas a la espalda y las alas inmovilizadas para que no
pudiera escapar volando. Era una precaución innecesaria: en lo alto, los
barrotes de hierro de la Jaula lo cubrían todo formando arcos. La misión de
aquellas barras era mantener a los serafines fuera de la ciudad, no a
las quimeras dentro, pero ese día hubieran servido para tal propósito.
Max no iba a ir a ninguna parte, excepto a encontrarse con la muerte.
—Es innecesario —había objetado
Rain cuando Thiago ordenó que le inmovilizaran.
Su voz había sonado como un
chirrido demasiado bajo para resultar audible, como algo que se arrastra sobre
el suelo.
Thiago, el Lobo Blanco, el
general, hijo y mano derecha del caudillo, lo había ignorado. Sabía que era innecesario,
pero quería humillarlo. No le bastaba con la muerte de Max. Quería ver cómo se
lamentaba, cómo se arrepentía. Deseaba verlo de rodillas.
No lo iba a lograr. Podía
amarrarle las manos y las alas y contemplar su muerte, pero jamás conseguiría
que se arrepintiera.
No lamentaba lo que había
hecho.
En el balcón del palacio, el
caudillo permanecía sentado con solemnidad. Tenía cabeza de ciervo, con los
cuernos rematados en oro. Thiago ocupaba su lugar junto a su padre. La silla a
la izquierda del caudillo pertenecía a Rain, pero estaba vacía.
Miles y miles de ojos
observaban a Max, y la cacofonía que surgía de la multitud fue elevando el tono
hasta llegar a ser algo siniestro, voces convertidas en abucheos.
Pateaban el suelo con
estruendo. No se producía ninguna ejecución en la plaza desde tiempo
inmemorial, pero todos los presentes sabían lo que debían hacer, como si el
odio fuera un atavismo que solo esperaba resurgir.
Se escuchó una acusación a
voces:
—¡Amante de un ángel!
Entre la multitud aparecieron
rostros acongojados, incrédulos. Max era una belleza, una alegría para los
ojos, ¿podría realmente haber hecho algo tan inimaginable?
Y entonces llevaron a YooChun.
Thiago había ordenado que contemplara la ejecución. Los guardias lo tiraron de
rodillas sobre una plataforma frente a la de ChangMin, desde la que nada
obstaculizaría su visión. Incluso ensangrentado, encadenado y debilitado por la
tortura, era hermoso. Sus alas llameaban radiantes y sus ojos de fuego, fieros,
permanecían clavados en él; Max se sintió invadido por la calidez de los
recuerdos y la ternura, por la intensa pena de que sus cuerpos jamás volverían
a encontrarse, ni sus bocas se fundirían de nuevo, ni sus sueños se
convertirían en realidad.
Los ojos de Max se llenaron de
lágrimas. Le sonrió en la distancia y su mirada transmitió tal amor que ninguno
de los presentes pudo seguir dudando de su culpabilidad.
Máximo Kirin era culpable de
traición —de amar al enemigo— y fue condenado a muerte y a algo peor, una
sentencia que no se había dictado durante cientos de años: la evanescencia.
La desaparición.
Sobre el patíbulo solo le
acompañaba el verdugo encapuchado. Con la cabeza alta, se acercó al tajo y se
arrodilló, y fue entonces cuando YooChun empezó a gritar. Su voz se elevó sobre
el pandemónium —un alarido capaz de recorrer las almas de todos los presentes,
capaz de levantar a los fantasmas de sus nidos—.
Aquel grito desgarró el corazón
de Max, y ansió poder estrecharlo entre sus brazos. Sabía que Thiago deseaba
que se desmoronara, gritara, suplicara, pero no lo haría. No valía la pena. No
existía la menor posibilidad de salvarse. No para Max.
Dirigió una última mirada a su
amado y colocó la cabeza sobre el tajo. Era de roca negra, como todo en
Loramendi, y lo notó tan caliente como un yunque contra su mejilla. YooChun
lanzó un alarido y el corazón de Max le respondió. Su pulso se aceleró —estaba
a punto de morir—, pero mantuvo la calma. Tenía un plan y fue a lo que
se aferró mientras el verdugo levantaba el hacha —enorme y brillante, como una
luna que caía desde el cielo—, porque tenía una tarea que cumplir y no podía
perder la concentración. Todavía no habían acabado con él.
Después de muerto, iba a salvar la vida de YooChun.
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