48.
PURO.
Máximo Kirin era Máximo de
los kirin, una de las últimas tribus aladas de los montes Adelfas. Esa
cordillera era un bastión natural entre el Imperio seráfico y las tierras
libres —el territorio defendido por las quimeras—, y hacía siglos que no era
seguro vivir en sus cumbres. Los kirin, rápidos como el rayo y magníficos
arqueros, resistieron más que la mayoría. Hacía solo una década que habían sido
aniquilados, cuando Max era un niño. Él creció en Loramendi, rodeado de torres
y tejados en vez de montañas.
Loramendi —la Jaula, la
Fortaleza Negra, el Nido del caudillo— servía de hogar a un millón de quimeras
aproximadamente, criaturas de todos los aspectos que jamás, de no haber sido
por los serafines, habrían vivido juntas ni luchado codo con codo, ni siquiera
hablado la misma lengua. Hubo un tiempo en que las distintas razas habían
estado dispersas, aisladas; en algunas ocasiones comerciaban entre ellas; en
otras, se enfrentaban en pequeñas escaramuzas —un kirin como Max tenía tan poco
en común con un anolis de Iximi como, por ejemplo, un lobo con un tigre—, pero
el Imperio lo había cambiado todo. Al erigirse en guardianes del mundo, los
ángeles habían concedido a las criaturas de la tierra un enemigo común, y
ahora, tras siglos de lucha, compartían legado, idioma, historia y causa. Eran
una nación, de la que el caudillo era líder, y Loramendi, capital.
Era una ciudad portuaria, y su
extenso muelle aparecía repleto de barcos de guerra, veleros de pesca y una
poderosa flota mercante. Las ondulaciones en la superficie del agua avisaban de
la existencia de criaturas anfibias, que, como parte de la alianza, escoltaban
las embarcaciones y luchaban a su lado. La propia ciudad, dentro de los
inmensos muros negros y los barrotes de la Fortaleza, era compartida por una
población diversa; sin embargo, aunque habían vivido juntos durante siglos,
seguían agrupándose en barrios habitados por criaturas semejantes, o bastante
parecidas, lo que había establecido un sistema de castas basado en la
apariencia física.
Max tenía un aspecto altamente
humano, que era como se describía a las razas con cabeza y torso de hombre o
mujer. Sus cuernos, negros y anillados, eran de gacela y surgían de su frente,
curvándose hacia la espalda en forma de cimitarra. A la altura de la rodilla,
sus piernas cambiaban la piel por el pelaje, y la parte que tenían de gacela
les otorgaba una elegante y exagerada altura. Cuando estaba de pie alcanzaba
casi un metro noventa, sin incluir los cuernos, y gran parte de esa altura
correspondía a las piernas. Era delgado como un tallo. Sus ojos castaños,
bastante separados, eran tan grandes y brillantes como los de un ciervo, pero
sin la vacuidad característica de ese animal. Transmitían amabilidad, franqueza
e inteligencia, y saltaban como chispas. Su rostro era ovalado, terso y bello,
y su boca, generosa y vivaracha, estaba hecha para sonreír.
Según todas las opiniones, era
hermoso, aunque él hacía lo menos posible para resaltar esa belleza, cortándose
el pelo muy corto casi rapado y evitando cualquier ornamento. No importaba. Era
hermoso, y la belleza no pasa desapercibida.
Thiago, por ejemplo, se había
dado cuenta.
* * *
Max estaba escondido, aunque lo
negaría si le acusaran de ello. Se encontraba sobre el tejado del barracón del
norte, tendido sobre la espalda como si hubiera caído desde el cielo. Aunque,
de haber sido así, habría aterrizado sobre barras de hierro. Estaba dentro de
la Jaula, sobre un tejado, con las alas totalmente desplegadas a ambos lados
del cuerpo.
A su alrededor, percibió el
ritmo frenético de la ciudad, y también lo escuchó y lo olió —agitación,
preparativos—. Carne asándose, instrumentos que se afinaban. Un simulacro de
fuegos artificiales pasó silbando como un ángel deleznable. Él debería estar
preparándose también, sin embargo seguía tumbado, y escondido. No iba ataviado
para la fiesta, sino con sus habituales prendas de cuero de soldado —pantalones
bombachos que se ajustaban como una segunda piel a partir de la rodilla y un
chaleco atado a la espalda y adaptado en torno a las alas—. Sus cuchillos, cuya
forma rendía homenaje a las lunas hermanas, descansaban a sus flancos. Parecía
relajado, incluso sin fuerzas, pero tenía un nudo en el estómago y los puños
apretados.
La luna tampoco ayudaba. Aunque
el sol brillaba en el cielo —era una tarde radiante—, Nitid ya había aparecido,
como si Max necesitara una señal. Nitid era la luna brillante, la hermana
mayor, y entre los kirin existía la creencia de que cuando Nitid se alzaba
temprano significaba que estaba impaciente, y que algo iba a suceder.
Bueno, aquella noche
seguramente ocurriría algo, pero Max todavía no sabía qué.
Dependía de él. Rígido en su
interior, la decisión aún sin tomar parecía un arco demasiado tenso.
Una sombra, el viento movido por
unas alas, y su hermano Chiro se deslizó hasta aterrizar junto a él.
—Aquí estás —le dijo—.
Escondido.
—No estoy… —Max empezó a
protestar, pero Chiro no le escuchaba.
—Levántate —dio algunos
puntapiés en las pezuñas de Max—. Arriba, arriba, arriba. He venido para
llevarte a los baños.
—¿Los baños? ¿Estás tratando de
decirme algo? —Max olfateó su cuerpo—. Estoy casi seguro de que no huelo mal.
—Tal vez no, pero entre limpieza
radiante y sin mal olor existe una gran zona gris.
Al igual que Max, Chiro tenía
alas de murciélago; sin embargo, tenía aspecto de criatura, con cabeza de
chacal. No eran hermanos de sangre. Una redada en busca de esclavos había
asolado la tribu de Max y le había dejado huérfano; los supervivientes se
habían refugiado en Loramendi —un puñado de ancianos con los escasos bebés a
los que habían logrado ocultar en las cuevas, y Max—. Tenía siete años y no se
lo habían llevado simplemente porque no se encontraba en la aldea. Había estado
en las cumbres recogiendo pieles mudadas por las sílfides en sus nidos
abandonados, y al regresar encontró ruinas, cadáveres, soledad. Sus padres
estaban entre los capturados, no entre los muertos, y durante mucho tiempo soñó
que los encontraría y los liberaría, pero el Imperio era extenso, y engullía a
sus esclavos por completo. A medida que crecía, le resultaba cada vez más duro
aferrarse a aquel sueño.
En Loramendi, la familia de Chiro, de la raza sab del desierto, había
sido elegida para acogerlo, principalmente porque, al tener alas, podrían
mantenerle vigilado. Max y Chiro habían crecido el uno junto a al otro, hermanos
en todo excepto en la sangre.
Las piernas de Chiro eran
felinas, de caracal para ser exactos, y cuando se agazapó junto a Max adoptó la
postura de una esfinge.
—Para el baile —le dijo—,
desearía que aspiraras a limpieza radiante.
Max suspiró.
—El baile.
—No lo habías olvidado —le
recriminó Chiro—. No finjas que había sido así.
Por supuesto, estaba en lo
cierto. Max no lo había olvidado. ¿Cómo podría?
—Arriba —Chiro le dio nuevos
puntapiés en las pezuñas—. Arriba, arriba, arriba.
—Para —refunfuñó Max sin
moverse y devolviendo los puntapiés con poco entusiasmo.
—Dime que al menos tienes un traje
y una máscara —dijo Chiro.
—¿Cuándo crees que he podido
conseguir un traje y una máscara? Regresé de Eretz hace solo…
—Una semana, que es
tiempo más que suficiente. Sinceramente, Max, este no es un baile cualquiera.
Exacto, pensó Max. Si lo fuera, no estaría escondido sobre un
tejado tratando de ahuyentar lo que se cernía sobre él, que le aceleraba el
pulso cada vez que lo pensaba.
En ese caso, estaría preparándose, excitado
por la llegada de la principal fiesta del año: el cumpleaños del caudillo.
—Thiago estará mirándote
—añadió Chiro, como si fuera posible que se le hubiera olvidado.
—Mirando con lascivia, querrás
decir.
Mirándole con lascivia,
escrutándolo, relamiéndose y esperando un gesto
—Con toda la lascivia que
mereces. Vamos, es Thiago. No me digas que no estás nervioso.
¿Lo estaba? El general Thiago
—el Lobo Blanco— era una fuerza de la naturaleza, brillante y letal, pesadilla
de los ángeles y artífice de victorias imposibles. También era guapo, y Max
siempre se sentía intranquilo cuando estaba cerca de él, aunque no podía
distinguir si se trataba de atracción física o temor. Thiago había anunciado
que estaba listo para casarse de nuevo, y quién era el elegido: él. Aquella
noticia le hizo sentir voluble, maleable e incoherente y al mismo tiempo
rebelde, como si la abrumadora presencia del general fuera algo a lo que había
que enfrentarse, no fuera a perderse en su magnífica y absorbente sombra.
A su elección quedaba alentar o
no la petición de mano. No era romántico, pero tampoco podía decir que no
resultara excitante.
Thiago era fuerte y tan
perfectamente musculado como una estatua. Tenía un elevado aspecto humano, y a
la altura de las rodillas, sus piernas no adquirían forma de antílope como las
de Max, sino de enormes y acolchadas garras de lobo, cubiertas por una suave
piel blanca. Su pelo era sedoso y blanco, aunque tenía el rostro joven, y Max
había visto en cierta ocasión, a través de un agujero en la cortina de su
tienda de campaña, que su pecho estaba cubierto por un pelaje también blanco.
Había pasado junto a la tienda
en el mismo momento en que un ayudante salía precipitadamente, y había visto al
general mientras le ponían la armadura. Rodeado por su séquito y con los brazos
extendidos, esperando a que le colocaran la pechera de cuero, su torso mostraba
una impresionante y varonil musculatura que se estrechaba hasta alcanzar sus
delgadas caderas, con los pantalones bombachos ajustados por debajo de unos
perfectos abdominales. Fue una visión fugaz, pero la imagen de Thiago a medio
vestir había permanecido en la mente de Max desde entonces. Y al pensar en él
sentía el susurro de una amenaza.
—Bueno, tal vez un poquito
nervioso —admitió, y Chiro soltó una risita. Aquel sonido ingenuo dejó
traslucir una nota discordante, y Max pensó, dolido, que su hermano estaba
celoso. Eso le hizo más consciente del honor que significaba ser elegido por
Thiago. Podía tener a quien quisiera, y le había preferido a él.
Pero ¿quería Max estar
con él? Si fuera así, ¿no sería todo más sencillo? ¿No estaría ya en los
baños, poniéndose perfumes y aceites y fantaseando con sus caricias? Un pequeño
escalofrío le recorrió. Intentó convencerse de que eran los nervios.
—¿Qué crees que haría si… si lo
rechazara? —aventuró a decir.
Chiro se escandalizó.
—¿Rechazarlo? Debes de tener fiebre —tocó la frente de Max—. ¿Has
comido hoy? ¿Estás borracho?
—Oh, para ya —se quejó Max
retirando la mano de Chiro—. Es solo que…, quiero decir, ¿puedes imaginar, ya
sabes…, estar con él?
Cuando Max pensaba en ello,
imaginaba a Thiago pesado, jadeando y… mordiéndole; sentía deseos de
esconderse en un rincón. Sin embargo, carecía de experiencia que le permitiera
ir más allá; tal vez estuviera nervioso, y totalmente equivocado respecto a él.
—¿Por qué iba yo a
imaginar tal cosa? —Preguntó Chiro—. Él nunca me elegiría a mí —su voz
no transmitía amargura. Si acaso, una enorme inteligencia.
Se refería, por supuesto, a su
aspecto —las razas quiméricas se casaban entre sí, aunque tales uniones estaban
restringidas por la apariencia física—, pero había algo más. Incluso teniendo
un elevado aspecto humano, Chiro no hubiera satisfecho el segundo criterio de
Thiago. No tenía nada que ver con la casta, era una simple manía, y fue suerte
—Max aún no había decidido si buena o mala— que él cumpliera el requisito. Sus
manos, al contrario que las de Chiro, no estaban marcadas con las hamsas, con
todo lo que ello implicaba. Nunca se había despertado sobre una mesa de piedra
bajo el persistente aroma del humo de los resucitados. Sus palmas estaban
limpias.
Todavía era «puro».
—Vaya hipocresía —dijo Max—. Su
manía por la pureza. ¡Él mismo no es puro! Ni siquiera es…
—Sí, bueno, él es Thiago, ¿no?
—Le interrumpió Chiro—. Puede ser quien quiera. No como algunos de nosotros.
Aquellas palabras incluían una
pulla dirigida a Max y lograron lo que no habían podido todos sus puntapiés. Max
se incorporó abruptamente.
—Algunos de nosotros —contestó— deberíamos aprender a apreciar lo que
tenemos. Rain dice…
—Vaya, Rain dice, Rain dice.
¿Se ha dignado el todopoderoso Rain a darte algún consejo sobre Thiago?
—No —dijo Max—. No lo ha hecho.
Suponía que Rain estaría al
corriente de que Thiago estaba cortejándole, si se podía llamar así, pero no lo
había mencionado, de lo que él se alegraba. Había cierta santidad en el carácter
de Rain, una pureza en sus propósitos que nadie más poseía. Toda su vida estaba
dedicada a su trabajo, su brillante, hermoso y terrible trabajo. La catedral
subterránea, la polvorienta tienda dominada por las susurrantes vibraciones de
miles de dientes; sin olvidar su seductora puerta y el mundo al que conducía.
Todo ello fascinaba a Max.
Pasaba con Rain todo el tiempo
libre del que disponía. Le había costado años de insistencia, pero finalmente
había logrado que le tomara como aprendiz —el primero—, y se sentía bastante
más orgulloso de su confianza que de la lujuria de Thiago.
—Tal vez deberías preguntarle,
si realmente no sabes qué hacer —dijo Chiro.
—No voy a preguntarle
—respondió Max irritado—. Yo mismo me ocuparé de ello.
—¿Ocuparte de ello? Pobrecillo, qué problemas tiene. Una
oportunidad así no se presenta a todo el mundo, Max. ¿Ser el esposo de Thiago?
Cambiar las prendas de cuero por las sedas, los barracones por un palacio,
vivir a salvo, ser amado, tener estatus, criar hijos y envejecer…
La voz de Chiro comenzó a
quebrarse, y Max supo lo que iba a decir a continuación. Deseaba que no lo
hiciera; ya estaba avergonzado. Su problema no era tal, no para Chiro, que
llevaba las hamsas.
Chiro, que sabía lo que se
sentía al morir.
La mano de Chiro se dirigió
temblorosa hacia su corazón, donde la flecha de un serafín la había atravesado
en el sitio de Kalamet el año anterior, y le había matado.
—Maxi, tú tienes la posibilidad
de envejecer en la piel en la que naciste. Algunos de nosotros solo podemos
esperar más muerte. Muerte, muerte y muerte.
Max miró sus palmas vacías.
—Lo sé —contestó.
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