51.
LA SERPENTEANTE.
La calle principal de Loramendi,
la Serpenteante, se convertía en una ruta procesional durante el cumpleaños del
caudillo. La costumbre era bailar a lo largo de todo su recorrido, cambiando de
una pareja enmascarada a otra hasta llegar al ágora, el punto de encuentro de
la ciudad. El baile se celebraba allí, bajo miles de faroles que colgaban como
estrellas de los barrotes de la Jaula, convirtiéndola, por una noche, en un
mundo en miniatura con su propio firmamento.
Max se sumergió entre la
multitud junto con sus amigos, igual que en años anteriores, pero no tardó en
descubrir que este sería distinto.
Iba enmascarado, pero no
disfrazado —su apariencia resultaba inconfundible—, y nadie interpretó el
brillo de sus hombros como una invitación. Sabían que no era para ellos. En la
desenfrenada alegría de la calle, él permanecía apartado, como si fuera a la
deriva en una bola de cristal.
Chiro y Nwella pasaban de unos
brazos a otros sin parar, recibiendo besos de extraños, rozando máscara con
máscara. Era la costumbre: un tumultuoso baile con infinitos giros y salpicado
generosamente de besos para celebrar la unidad entre las razas. Los músicos se
agrupaban a intervalos, de modo que los participantes pasaban de una melodía a
otra, igual que de una mano a otra, sin un momento de pausa. La música
desenfrenada los hacía girar, pero nadie cogía a Max a su paso. En varias
ocasiones algún soldado se dirigió hacia él —uno incluso le agarró la mano—,
pero siempre había un compañero que se lo impedía y le susurraba una
advertencia.
Max no escuchaba sus palabras,
pero podía imaginarlas.
Él es de Thiago.
Nadie le tocó. Deambuló entre
la muchedumbre solo.
Dónde estaba Thiago, se preguntaba paseando los ojos de una
máscara a otra. Si vislumbraba una larga cabellera blanca o a alguien con
aspecto de lobo, su corazón se sobresaltaba al pensar que era él, pero siempre
se trataba de alguien diferente. La larga cabellera blanca pertenecía a una
anciana, y Max tuvo que reírse de su propio nerviosismo.
Todo Loramendi estaba en la
calle, pero de algún modo se abrió un espacio a su alrededor y avanzó en
solitario, siguiendo la estela de sus amigos hacia el ágora.
Él le estaría buscando.
Inconscientemente, empezó a
caminar más despacio. Nwella y Chiro se adelantaron dando vueltas con sus
máscaras, repartiendo besos. La mayoría de las veces, se limitaban a rozar los
labios de sus máscaras con los labios —picos, hocicos, fauces— de las demás
máscaras, pero había besos reales también, sin tener en cuenta el aspecto. Max
sabía cómo era por otros festivales: aliento de extraños con olor a vino de
hierba, tufo a whisky al rozar una boca de tigre, o de dragón, o de hombre.
Pero no esa noche.
Esa noche, estaba aislado —los
ojos se posaban en él, pero no las manos, ni mucho menos los labios—. La
Serpenteante parecía larguísima cuando había que recorrerla en solitario.
Entonces alguien le agarró del
brazo. Aquel roce le sobresaltó, ya que llegaba para poner fin a su soledad.
Pensando que se trataría de Thiago, se puso rígido.
Pero no. Quien estaba a su lado
llevaba una máscara de caballo de cuero bruñido que cubría su cabeza por
completo. Thiago nunca aparecería con una cabeza de caballo, ni con ninguna
otra máscara que ocultara su rostro. Todos los años acudía al baile disfrazado
del mismo modo: cubierto con una cabeza de lobo verdadera sin la mandíbula
inferior, para que formara una especie de tocado, y con los ojos sustituidos
por cristales azules, muertos y fijos.
Entonces, ¿quién era? ¿Alguien
lo bastante loco como para tocarlo? De acuerdo. Era alto, algo más que él, así
que Max tuvo que alzar la cabeza y apoyar la mano sobre su hombro para rozar el
hocico de caballo con el pico de su máscara de pájaro. Un «beso», para
demostrar que aún decidía por sí mismo.
Y como si se hubiera roto un
hechizo, volvió a formar parte de la fiesta, girando entre el desgarbado
pataleo de la multitud, con aquel extraño como pareja. Él acompañó sus
movimientos, protegiéndolo de los empujones de criaturas más grandes. Sentía su
fuerza; podría haberlo sujetado en vilo, sin que sus pies tocaran el suelo.
Debería haberlo liberado después de una vuelta o dos, pero no lo hizo. Sus
manos —enguantadas— le mantuvieron agarrado. Y como nadie más bailaría con él
si él la dejaba marchar, se dejó llevar. Resultaba agradable bailar, y se
abandonó a la sensación, olvidando incluso sus preocupaciones por el traje. A
pesar de su frágil apariencia, se sujetaba perfectamente.
Arrastrados por la marea viviente,
que bullía, siguieron avanzando. Max perdió de vista a sus amigos, pero el
extraño con máscara de caballo no le abandonó. Cuando la muchedumbre empezó a
aproximarse al final de la Serpenteante, la calle se abarrotó. La danza aminoró
el ritmo a un simple balanceo y él se encontró esperando junto a él, ambos con
la respiración agitada. Levantó los ojos, ruborizado y sonriente tras su
máscara de pájaro.
—Gracias —dijo.
—Gracias a ti, mi joven. El
honor ha sido mío —su voz era sonora, y su acento, extraño. Max no podía
identificarlo. Tal vez de los territorios orientales.
—Eres más valiente que los
demás, al bailar conmigo.
—¿Valiente? —su máscara no
dejaba traslucir expresión alguna, por supuesto, pero ladeó la cabeza y, por su
tono, Max se dio cuenta de que no sabía a lo que se refería. ¿Era posible que
no supiera quién era él, a quién pertenecía?—. ¿Tan feroz eres?
—preguntó, y Max rió.
—Terriblemente. O eso parece.
De nuevo inclinó la cabeza.
—No sabes quién soy.
Max se sentía extrañamente
decepcionado. Había pensado que podría tratarse de un alma audaz que desafiaba
sin tapujos el temor generalizado hacia Thiago; sin embargo, parecía que solo
ignoraba el riesgo que corría.
Él acercó su cabeza, y el
hocico de su máscara rozó la oreja de Max. Al aproximarse, notó un aura cálida.
—Sé quién eres. Y he venido
hasta aquí para buscarte —dijo.
—¿De verdad? —Se sentía
aturdido, como si hubiera estado bebiendo vino de hierba, aunque solo había
tomado un sorbito—. Dime, entonces, sir Caballo. ¿Quién soy?
—Eso no es justo, Sir Pájaro.
No me dijiste tu nombre.
—¿Ves? No lo sabes. Además,
tengo que confesarte un secreto —dio unos golpecitos sobre el pico de su
máscara y susurró, sonriendo—: Esto es una máscara. No soy realmente un pájaro.
Él retrocedió con sorpresa
fingida, aunque su mano no abandonó el brazo de Max.
—¿Que no eres un pájaro? Estoy
decepcionado.
—Ya ves, quienquiera que sea el
joven al que estás buscando, se encuentra solo en algún lugar, esperándote
—casi sintió pena de tener que alejarlo de su lado, pero estaban próximos al
ágora. No quería que Thiago lo mirara con desaprobación, no después de que le
hubiera rescatado de bailar en solitario a lo largo de toda la Serpenteante—.
Vamos —lo urgió—. Márchate y encuéntralo.
—He encontrado a quien estaba
buscando —respondió él—. Tal vez desconozca tu nombre, pero sé quién eres. Y yo
también tengo que confesarte algo.
—No me lo digas. No eres
realmente un caballo.
Max había alzado la cabeza para
mirarlo; su voz le había resultado familiar, aunque era una familiaridad
distante y vaga, como algo que hubiera soñado. Trató de mirar a través de su
máscara, pero era demasiado alto; desde su ángulo de visión, lo único que podía
adivinar a través de las aberturas de los ojos era sombra.
—Es cierto —confesó él—. No soy
realmente un caballo.
—¿Y qué eres?
Aquella pregunta buscaba una
respuesta real; ¿quién era?, ¿alguien a quien conocía? Las máscaras daban pie a
travesuras, y durante el cumpleaños del caudillo eran habituales las
insinuaciones pícaras; sin embargo, no había pensado que nadie quisiera jugar
con él esa noche.
La respuesta quedó acallada por
el estruendo de las flautas al pasar junto al último grupo de músicos del
recorrido. Gorjeos como llamadas de pájaros, un laúd vibrante, las ululaciones
guturales de los cantantes y, por debajo de todo, como el pulso bajo la piel,
la cadencia de los tambores, que animaba a bailar. Max estaba rodeado de
cuerpos por todas partes, y el del extraño, el más cercano. Un vaivén de la multitud
lo empujó contra él, y pudo sentir el volumen y la corpulencia de sus hombros a
través de la ropa.
Y el calor.
Max fue consciente de su
desnudez y del brillo del azúcar, y sintió, claramente, que se le aceleraba el
pulso y aumentaba su temperatura.
Se sonrojó y se apartó, o
intentó hacerlo, pero le empujaron de nuevo hacia él. Su aroma era cálido e
intenso: especias y sal, el olor acre de su máscara de cuero, y algo suntuoso y
profundo que no podía identificar, pero que le invitaba a reclinarse sobre él,
a cerrar los ojos y respirar. Él mantenía un brazo en torno a su cuerpo,
empujando a la muchedumbre para evitar que lo zarandearan, y no había ningún
sitio adonde ir excepto hacia delante, siguiendo a la multitud que accedía al
ágora. Se hallaban en un embudo, y no había vuelta atrás.
El extraño estaba detrás de él,
y hablaba en voz baja.
—Vine aquí para buscarte
—dijo—. Y para darte las gracias.
—¿Darme las gracias? ¿Por qué?
Max no podía volverse. El
flanco de un centauro le obstaculizaba un lado, y una cola naja el otro. Creyó
distinguir a Chiro en el torbellino y, entonces, vio el ágora justo delante de él,
enmarcada por el arsenal y la escuela de guerra. En lo alto, los faroles
parecían constelaciones, y su titileo ocultaba el de las verdaderas estrellas,
y también el de las lunas. Max se preguntó si Nitid —la curiosa Nitid— podría
escudriñar lo que sucedía dentro.
Algo va a suceder.
—Vine a darte las gracias —le
susurró el extraño al oído—, por salvarme la vida.
Max había salvado vidas. Se
había arrastrado sigilosamente en la oscuridad por los campos de batalla y
entre patrullas de serafines para recolectar almas que de otra forma se habrían
desvanecido. Había dirigido un ataque contra una posición de ángeles que
mantenían atrapados a sus compañeros en un barranco, concediéndoles tiempo
suficiente para replegarse. Había desviado en el aire la flecha de un ángel que
se deslizaba certera hacia un compañero. Había salvado vidas. Pero todos
aquellos recuerdos pasaron por su mente en un instante, dejando uno solo.
Bullfinch. Bruma. Enemigo.
—Seguí tu recomendación —dijo
él—. Me mantuve vivo.
Al instante, sintió como si por
sus venas circulara fuego. Se volvió apresuradamente. Solo unos centímetros
separaban su rostro del de él, inclinado de modo que esta vez sí pudo mirar
dentro de la máscara.
Sus ojos resplandecieron como
llamas.
—Tú —murmuró Max.
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