53.
EL AMOR ES UN ELEMENTO.
En las figuras de la furiante,
nadie evitó la mano de Max, como habían hecho en la Serpenteante —hubiera sido
un desaire demasiado obvio—; sin embargo, sus parejas actuaban con una rígida
formalidad mientras él pasaba de una a otra; algunos apenas aproximaban la
punta de sus dedos a los de Max cuando se suponía que debían juntar las palmas.
Thiago se había acercado y
permanecía de pie, observando. Todos lo sentían, y la alegría de la danza quedó
atenuada. Su presencia tenía ese efecto, pero Max sabía que era culpa suya, por
escapar de él y tratar de esconderse allí, como si fuera posible ocultarse.
Simplemente estaba retrasando
el encuentro, y la furiante era perfecta al menos para eso, ya que duraba un
largo cuarto de hora con constantes cambios de pareja. Max pasó de un cortés
soldado mayor con un cuerno de rinoceronte a un centauro, y a un bailarín con
aspecto humano y máscara de dragón que apenas le rozó. Y cada vuelta le llevaba
de nuevo junto a Thiago, que mantuvo los ojos fijos en él.
Su siguiente pareja llevaba una
máscara de tigre, y cuando tomó su mano… le agarró.
Lo sujetó con firmeza entre sus
dedos enguantados. La calidez de aquel contacto provocó un escalofrío en el
brazo de Max, y no tuvo que mirarlo a los ojos para saber quién era.
Aún seguía allí —y con Thiago tan
cerca—. Qué insensato, pensó Max, agitado por su proximidad. Después de
calmar su respiración y su pulso, dijo:
—En mi opinión, la de tigre te
queda mejor que la de caballo.
—No sé a qué te refieres, mi
joven —replicó él—. Esta es mi verdadera cara.
—Por supuesto.
—Porque sería una locura
continuar aquí si yo fuera quien tú piensas.
—Lo sería. Parece que desearas
la muerte.
—No —respondió solemne—. Eso
nunca. En todo caso, desearía vivir.
Una vida distinta.
Una vida
distinta. Ojalá, pensó
Max sintiendo el peso de su propia existencia y de sus elecciones —o la falta
de ellas—. Continuó hablando en tono suave.
—¿Deseas ser
uno de nosotros? Lo siento, pero no admitimos conversos.
Él rió.
—Incluso si lo
hicierais, no ayudaría mucho. Estamos todos atrapados en la misma vida, ¿no es
así? En la misma guerra.
En toda una
vida odiando a los serafines, Max jamás se había planteado que ellos vivieran
igual que él, pero las palabras del ángel eran ciertas. Estaban todos atrapados
en la misma guerra. Habían sumido al mundo entero en ella.
—No existe
otra vida —dijo Max.
Al girar junto
al lugar donde se encontraba Thiago, se puso tenso.
La presión de
la mano del ángel aumentó ligeramente, con suavidad, ayudándole a soportar la
mirada del general hasta que se alejó de él y pudo respirar.
—Tienes que
irte —le dijo en voz baja—. Si te descubren…
El ángel
permaneció callado un instante antes de preguntar, también en un susurro:
—No te vas a casar
con él, ¿verdad?
—Yo… no lo sé.
Él levantó la
mano de Max para que él girara bajo el arco que formaban sus brazos; era parte
de la figura, pero la altura y los cuernos de Max dificultaron el movimiento,
así que tuvieron que desenlazar los dedos y unirlos de nuevo tras el giro.
— ¿Qué hace
falta saber? —preguntó él—. ¿Lo amas?
— ¿Que si lo amo?
—la pregunta sorprendió a Max, y una carcajada escapó de sus labios.
Recuperó rápidamente la compostura, ya que no deseaba atraer la atención de
Thiago.
—¿Es una
pregunta graciosa?
—No —respondió Max—. Digo, sí —
¿que si amaba a Thiago?, ¿era así? Tal vez. ¿Cómo se podía saber algo así?—. Lo
gracioso es que seas el primero que me pregunta eso.
—Perdóname —dijo el serafín—.
No sabía que las quimeras no os casabais por amor.
Max pensó en sus padres. Sus
recuerdos aparecían difuminados por la pátina del tiempo, y sus rostros,
reducidos a simples rasgos — ¿sería capaz de reconocerlos si los encontrara?—,
pero recordaba el cariño sencillo que mostraban el uno por el otro, y sus
caricias constantes.
—Sí nos casamos por amor —ya no
se reía—. Mis padres lo hicieron.
—Así que eres hijo del amor. Es
hermoso ser fruto del cariño.
Max nunca había pensado en sí
mismo de aquel modo, pero las palabras del ángel le revelaron la belleza de ser
un hijo deseado, y sintió pena al darse cuenta de la gran pérdida que suponía
no tener a su familia.
—¿Y los tuyos? ¿Se amaban tus
padres?
Se escuchó a sí mismo preguntando
aquello, y se sintió abrumado por el vertiginoso surrealismo de la situación.
Acababa de preguntar a un serafín si sus padres se amaban.
—No —respondió él sin añadir
explicación alguna—. Pero espero que los padres de mis hijos sí lo hagan.
El ángel volvió a levantar la
mano de Max para que girara bajo el arco formado por sus brazos, y de nuevo sus
cuernos se interpusieron en el movimiento y los separaron por un instante.
Mientras giraba, Max percibió el tono mordaz en las palabras del ángel, y
cuando estuvieron otra vez el uno frente al otro, respondió, a la defensiva:
—El amor es un lujo.
—No. El amor es un elemento.
Un elemento. Como el
aire que se respira, o el suelo que se pisa. Max se estremeció ante la absoluta
convicción que transmitía la voz del ángel, pero no tuvo oportunidad de
responder, pues habían terminado la figura. Todavía sentía la piel de gallina
por aquella asombrosa afirmación cuando él le entregó a su siguiente pareja,
que estaba borracho y no pronunció ni una palabra.
Max trató de seguir con la
vista al serafín. Después de con él, debería haberse emparejado con Nwella,
pero había desaparecido, y no vio ninguna máscara de tigre en toda la
formación. Se había desvanecido, y él sintió su ausencia como un espacio
abierto en el aire.
La furiante entró en el paseo final, y cuando terminó con un
alegre repiqueteo de tamboriles, Max se encontró casi en los brazos del Lobo
Blanco, como si hubiera estado preparado de aquel modo.
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