32.
AL MISMO TIEMPO, LUGAR Y PERSONA.
Dolor.
Cuando YooChun se lo explicó,
ChangMin se sintió angustiado. Pensó en cada deseo absurdo que había pedido —¿por
qué Rain no se lo había contado?—. La verdad hubiera conseguido lo que todas
sus miradas malhumoradas nunca lograron. Si lo hubiera sabido, nunca habría
vuelto a pedir un deseo.
—Para obtener algo del
universo, debes entregar algo a cambio —dijo YooChun.
—Pero… ¿por qué dolor? ¿No
podrías dar algo diferente? Como… ¿alegría?
—Es cuestión de equilibrio. Si
fuera algo fácil de entregar, no tendría sentido.
—¿Realmente piensas que es más
sencillo conseguir alegría que dolor? —preguntó ChangMin —. ¿Cuál de
los dos sentimientos has experimentado más veces?
YooChun le miró intensamente.
—Esa es una buena perspectiva.
Pero yo no creé el sistema.
—¿Quién lo hizo?
—Mi pueblo cree que fueron los
dioses estrella, y las quimeras tienen al respecto tantas leyendas como razas.
—Entonces… ¿de dónde viene el
dolor? ¿Es su propio dolor? —preguntó ChangMin preocupado.
—No, ChangMin —respondió
YooChun—. No es él quien siente el dolor.
Pronunció cada palabra con
cuidado, insinuando lo que aquello implicaba: si no era Rain el que sufría,
¿quién era?
ChangMin notó náuseas. Le
asaltó una imagen de cuerpos tumbados sobre mesas. No. Aquello podía ser algo
totalmente distinto. Conocía a Rain, ¿no era así? Tal vez desconociera…, bueno,
todo sobre él…, pero sabía cómo era, confiaba en él, no en aquel
ángel.
—No te creo —dijo con un nudo en la garganta.
— ChangMin, ¿cuáles eran los
recados que hacías para él? —añadió YooChun con delicadeza.
ChangMin abrió la boca para
responder, pero la cerró de nuevo. Poco a poco empezó a comprender, y quiso
desechar aquellos pensamientos. Dientes: uno de los mayores misterios de su
vida. Cadáveres, tenazas, muerte. Aquellas chicas rusas con las bocas
ensangrentadas. Desde que era consciente del negocio de Rain, se había aferrado
a la idea de que él necesitaba los dientes para algo vital, y que el dolor era
su triste y terrible consecuencia. Pero… ¿y si el dolor fuera el objetivo? ¿Y
si fuera con lo que Rain obtenía su poder, sus deseos, todo?
—No —dijo ChangMin negando con
la cabeza; sin embargo, ya no estaba convencido de sus palabras.
Poco después, cuando remontó el
vuelo desde la catedral, ChangMin ya no sintió ningún placer al surcar el
cielo. Y se preguntó de quién sería el dolor que había pagado su deseo.
Fueron a una tetería en
Nerudova, la larga y serpenteante calle que descendía desde el castillo, y
YooChun comenzó a descubrirle su mundo. Imperio y civilización, levantamiento y
masacre, ciudades perdidas e invadidas, tierras quemadas, murallas derribadas,
poblaciones sitiadas en las que los niños eran los primeros en morir de hambre,
a pesar de que sus padres los alimentaran con todo lo que tenían y perecieran,
ellos también, poco después.
Le habló de sangre derramada y
terror en una tierra de belleza en decadencia.
—Los bosques se han talado para
construir barcos, máquinas de guerra; o se han incendiado para evitar que se
convirtieran en barcos y máquinas de guerra.
De descomunales ciudades en
ruinas, fosas comunes, traición.
De ejércitos de bestias que no
dejaban de avanzar, sin reducirse en número, sin desmoronarse.
Otras cuestiones —épicas,
terribles— no se las contó, simplemente las insinuó, como quien roza los bordes
de una herida con cautela, tratando de descubrir dónde aparece el dolor.
ChangMin escuchaba con los ojos desencajados y horrorizado por la
brutalidad, y deseó que en algún momento de los últimos diecisiete años Rain hubiera
considerado oportuno enseñarle algo sobre Otra Parte.
—¿Cómo se llama tu mundo? —se
le ocurrió preguntar.
—Eretz —respondió YooChun, y
levantó las cejas de golpe, sorprendido.
—Eso significa «Tierra»
—añadió—. En hebreo. ¿Por qué nuestros mundos tienen el mismo nombre?
—Antiguamente, los magos creían
que los mundos estaban distribuidos en capas, como los sedimentos de roca o los
anillos de los árboles —explicó YooChun.
—Entiendo —respondió ChangMin
con el ceño fruncido. Luego preguntó—: ¿Los magos?
—Los hechiceros seráficos.
—Has dicho «antiguamente». ¿Qué
es lo que piensan ahora?
—Nada. Las quimeras los
masacraron a todos.
—Dios mío — ChangMin apretó los
labios. ¿Qué podía decir ante una afirmación como aquella?—. Entiendo
—reflexionó sobre la idea de los mundos—. Tal vez simplemente robamos el nombre
de Eretz hace mucho tiempo, del mismo modo que construimos nuestras religiones
a vuestra imagen —era lo que Rain había denominado una amalgama de cuentos de
hadas que los humanos habían creado uniendo retazos de realidad—. La belleza
equivale a bondad, los cuernos y las escamas, a maldad. Es sencillo.
—Y, en este caso, es así.
Tras el mostrador, la camarera
no dejaba de observarlos, a uno y a otro. ChangMin sintió ganas de preguntarle
qué estaba mirando, pero no lo hizo.
—Así que, básicamente —dijo
tratando de resumir todo lo que YooChun le había relatado—, los serafines
quieren controlar el mundo y las quimeras no quieren que nadie las domine, lo
que las convierte en malvadas.
YooChun apretó las mandíbulas, contrariado
por aquella simplificación.
—Ellos no eran nada, solo
bárbaros en aldeas de barro. Nosotros los iluminamos, les mostramos la
ingeniería, la palabra escrita…
—Y me imagino que no tomasteis
nada a cambio.
—Nada que no fuera razonable.
—Ya, claro — ChangMin deseó
haber atendido más en sus clases de historia humana para poder imaginar con más
precisión un contexto que abarcara todo lo que YooChun le relataba—. Así que,
hace mil años, sin motivo alguno, las quimeras se sublevaron, asesinaron a sus
señores y recuperaron el control de sus tierras.
YooChun se opuso.
—Aquel territorio nunca había
sido suyo. Ellos vivían en pequeñas granjas, en casuchas de piedra. A lo sumo,
en aldeas. El Imperio construyó las ciudades, además de viaductos, puertos,
carreteras…
—Pero ¿no era allí donde habían
nacido y muerto desde, digamos, el principio de los tiempos? ¿Dónde se
enamoraban, donde criaban a sus hijos, donde enterraban a sus muertos? ¿Qué
importa que no hubieran construido ciudades? ¿No seguía siendo suya aquella
tierra? A menos que pienses que te pertenece todo aquello que puedas defender,
en cuyo caso cualquiera tiene derecho a intentar arrebatarte en cualquier
momento lo que desee. Eso es básicamente la civilización.
—Tú no lo entiendes.
—Es cierto, no lo entiendo.
YooChun respiró hondo.
—Nosotros construimos el mundo,
con buena voluntad. Vivimos junto a ellos…
—¿Cómo iguales? —Preguntó ChangMin
—. Sigues llamándolos «bestias», así que tengo mis dudas.
YooChun no respondió
inmediatamente.
—¿A cuántas conoces, ChangMin? Cuatro
quimeras, dijiste, y ningún guerrero entre ellas. Cuando hayas visto a tus
hermanos y hermanas corneados por minotauros, atacados por perros-león,
despedazados por dragones, cuando hayas visto a tu… —retuvo lo que iba a decir,
con expresión agónica—. Cuando hayas sido torturado y obligada a contemplar la
ejecución de… tus seres queridos…, entonces podrás decirme qué es una bestia.
¿Seres queridos? Del modo en
que lo había dicho, no se refería a hermanos ni a hermanas. ChangMin sintió una
punzada de…, seguramente no fueran celos. ¿Qué le importaba a quién amara o
hubiera amado el ángel? Tragó saliva. ¿Qué podía decir? Era imposible
contradecir nada de lo que él había expuesto. Su ignorancia era absoluta, pero
eso no implicaba que tuviera que creerlo sin más.
—Me gustaría escuchar la versión
de Rain —respondió en voz baja. Entonces, se le ocurrió algo, algo grande—. Tú
podrías llevarme allí. Podrías ayudarme a regresar.
YooChun parpadeó, sorprendido,
y luego negó con la cabeza.
—No. Aquel no es un lugar
adecuado para los humanos.
—¿Y este es un lugar adecuado
para los ángeles?
—No es lo mismo. Aquí no hay
peligro.
—¿De verdad? Que te cuenten mis
cicatrices si aquí hay peligro — ChangMin tiró del cuello de su camisa para
mostrarle la rugosa cicatriz de una cuchillada sobre la clavícula. YooChun se
estremeció al ver aquella desagradable herida, provocada por él mismo, y ChangMin
se colocó de nuevo el cuello—. Además —añadió de forma convincente—, existen
cosas más importantes que la seguridad. Como… los seres queridos —se
sintió cruel al utilizar las palabras de YooChun, como si estuviera girando un
cuchillo clavado.
—Los seres queridos —repitió
él.
—Prometí a Rain que nunca lo
abandonaría sin más, y no lo haré. Iré, aunque sea sin tu ayuda.
—¿Cómo piensas hacerlo?
—Hay maneras —respondió con
cautela—. Pero resultaría más sencillo si tú me llevaras —realmente más
sencillo. Además, YooChun sería un compañero de viaje preferible a Razgut.
—No puedo llevarte —respondió
él—. El portal está vigilado. Te matarían en el acto.
—A los serafines os encanta eso
de matar sin previo aviso.
—Los monstruos nos han
convertido en lo que somos.
—Los monstruos — ChangMin pensó
en los risueños ojos deBoAh, en el nervioso aleteo de Yasri y en sus caricias
tranquilizadoras. Él también los llamaba monstruos a veces, pero con cariño, del
mismo modo en que decía que KyuHyun estaba rabioso. En labios de YooChun, la
palabra resultaba simplemente desagradable—. Bestias, diablos, monstruos. Si
hubieras conocido a alguna quimera, no podrías despreciarlas de ese modo.
Él bajó los ojos, sin
responder, y el hilo de su conversación desapareció en un tenso silencio. ChangMin
pensó que aún estaba pálido, que tenía mala cara. El té estaba servido en
grandes recipientes de barro sin asas, y ChangMin sostenía el suyo con ambas
manos. Mantenía las palmas contra la taza para calentárselas después de las
frías horas pasadas sobre la catedral, pero también para evitar lanzar, sin
querer, su dolorosa magia contra YooChun. Al otro lado de la mesa, la postura de
él imitaba la suya, con las manos también en torno a su taza, así que ChangMin
no pudo evitar ver sus tatuajes: infinidad de líneas negras que surcaban
sus dedos.
Cada una de ellas mostraba un
ligero relieve, como una cicatriz, y, al contrario que los de ChangMin, eran
simples cortes untados con hollín —un procedimiento primitivo—. Cuanto más los
miraba, más le invadía la extraña sensación de recordar algo, o casi
recordarlo. Era como si se encontrara al borde de un descubrimiento, oscilando
entre saber y no saber, tan rápido que casi no podía intuir de qué se trataba
—como intentar ver las alas de una abeja en pleno vuelo—. No pudo concretarlo.
YooChun percibió su mirada, y
se sintió cohibido. Se movió, cubriendo una mano con la otra, como si pudiera borrar
los tatuajes.
—¿Los tuyos también tienen
magia? —preguntó ChangMin.
—No.
ChangMin notó cierta brusquedad
en su respuesta.
—Entonces, ¿qué? ¿Significan
algo?
Él no respondió. ChangMin
alargó una mano, sin pensar, para recorrerlos con la punta del dedo. Estaban
agrupados siguiendo un típico sistema de recuento de cinco en cinco: por cada
cuatro líneas, la quinta era diagonal y cruzaba las anteriores.
—Es un recuento —dijo ChangMin
deslizando suavemente el dedo sobre las marcas del índice derecho de YooChun,
pasando de un grupo de cinco al siguiente: cinco, diez, quince, veinte. Cada
vez que lo tocaba sentía como si saltara una chispa y una especie de impulso,
el impulso de entrelazar sus dedos con los de él, e incluso (Dios mío, ¿qué le
estaba sucediendo?) acercar aquellas manos a sus labios y besar las
marcas que había en ellas…
Y entonces, de repente, lo
descubrió. Se dio cuenta de qué contabilizaban, y retiró la mano de golpe. Lo miró
y él permaneció quieto, desprotegido, dispuesto a aceptar la sentencia que el
menor quisiera imponerle.
—Son muertos —dijo ChangMin con
un hilo de voz—. Quimeras.
No lo negó. Tampoco se
defendería, igual que cuando ChangMin lo había atacado. Sus manos permanecieron
inmóviles, rígidas como huesos, y ChangMin supo que estaba enfrentándose al
impulso de esconderlas.
El menor temblaba, con la
mirada clavada en aquellas marcas, sin dejar de pensar en cuántas había tocado
—veinte solo en el dedo índice—.
—Tantas —dijo—. Has matado a
tantas.
—Soy un soldado.
ChangMin imaginó a sus cuatro
quimeras muertas y se cubrió la boca con la mano, conteniendo las ganas de
vomitar. Cuando YooChun le había hablado de la guerra, era como un mundo
aparte. Pero YooChun era real, estaba frente él, y el hecho de que fuera un
asesino también era real. Como dientes extendidos sobre el escritorio de Rain,
todas aquellas marcas significaban sangre, muerte —no de lobos ni tigres, sino
sangre y muerte de quimeras—.
ChangMin lo miraba fijamente,
y… vio algo. Como si el instante se resquebrajara igual que una cáscara de
huevo, y revelara otra vivencia en su interior, casi semejante a aquella
—casi—, pero luego desapareció y todo permaneció intacto. YooChun seguía
exactamente en el mismo lugar y no había sucedido nada, excepto aquella visión…
Con voz vaga, como surgida del
interior de aquel instante paralelo, ChangMin se oyó a sí mismo:
—Ahora tienes más.
— ¿A qué te refieres? —YooChun
le miró confuso y, de repente, con gran intensidad. Se reclinó sobre la mesa de
manera brusca, con los ojos muy abiertos y brillantes, y el movimiento
repentino volcó el té—. ¿A qué te refieres? —preguntó de nuevo, esta vez
más fuerte.
ChangMin retrocedió y YooChun
le agarró la mano.
—¿A qué te refieres con que
ahora tengo más?
ChangMin sacudió la cabeza. Más
marcas, había querido decir. Había visto algo en aquel instante solapado. Al YooChun
real, sentado delante de él, y además un fogonazo del inimaginable: YooChun
sonriendo. No una lúgubre mueca en los labios, sino una sonrisa
maravillosamente cálida y tan bella que resultaba dolorosa. Había arrugas en
los ángulos de sus ojos provocadas por la alegría y la felicidad. El cambio era
intenso. Si era atractivo con el semblante serio —y lo era—, sonriente
resultaba glorioso.
Pero ChangMin juraría que YooChun
no había sonreído.
Y en aquel YooChun inimaginable
que había existido durante un instante, había percibido algo más: en sus manos
había menos marcas, y algunos de sus dedos aparecían libres de ellas.
La mano de YooChun seguía
agarrando la de ChangMin, apoyada sobre el charco de té derramado. La camarera
salió de la barra y se acercó con una bayeta, sin saber qué hacer. ChangMin
retiró la mano y se apoyó sobre la silla para dejar que la chica limpiara la
mesa, lo cual hizo sin dejar de mirarlos a uno y a otro. Cuando acabó, preguntó
vacilante:
—Me estaba preguntando…, me
preguntaba cómo lo hicisteis.
ChangMin le miró perplejo. Era
una chica más o menos de su edad, con las mejillas regordetas y ruborizadas.
—Anoche —aclaró—. Cuando
estabais volando.
Ah, aquello.
—¿Estabas allí? —preguntó ChangMin.
Parecía una coincidencia extraña.
—Ojalá —respondió la chica—. Lo
vi en la televisión. Lo han estado dando en las noticias durante toda la
mañana.
Perfecto, pensó ChangMin. Perfecto. Cogió el teléfono
móvil, que no había parado de lanzar insolentes pitidos y zumbidos durante
aproximadamente la última hora, y miró la pantalla. Un montón de llamadas
perdidas y mensajes de texto, la mayoría de KyuHyun y Seven. Maldición.
—¿Estabais sujetos con cables?
—Preguntó la camarera—. No encontraron cables ni nada.
—Lo hicimos sin cables
—respondió ChangMin —. Estábamos volando de verdad —y puso su característica
sonrisa irónica.
La chica le devolvió la
sonrisa, como si se sintiera parte de aquella broma.
—No me lo digas si no quieres —añadió fingiendo enfado, y los dejó
tranquilos, excepto para traer más té a YooChun.
Él seguía recostado sobre la
silla, contemplando a ChangMin con mirada intensa y una vívida e inquisitiva
cautela.
—¿Qué pasa? —preguntó ChangMin,
cohibido—. ¿Por qué me miras así?
YooChun alzó las manos y
deslizó las uñas sobre su pelo denso y muy corto, sujetándose la cabeza durante
un instante.
—No puedo evitarlo —respondió
avergonzado.
ChangMin sintió un escalofrío
de placer. Se dio cuenta de que, en el transcurso de la mañana, su rostro había
perdido por completo aquella expresión severa, o casi. Sus labios estaban
ligeramente separados, su mirada no aparecía vigilante, y acababa de ver —¿imaginar?—
el destello imposible de una sonrisa, así que no era tan difícil que pudiera
ocurrir de nuevo, y esta vez de verdad.
Para ChangMin, quizás.
Oh, Dios. ¡Sé ese gato!, se
recordó a sí mismo. El que permanecía fuera del alcance de la mano, y nunca —jamás—
ronroneaba. Apoyado contra la silla, compuso en su cara una expresión que,
esperaba, fuera la versión humana del desdén felino. Contó a YooChun un resumen
de lo que le había dicho la camarera, aunque no estaba seguro de que supiera lo
que era la televisión, y mucho menos Internet. Ni tampoco los teléfonos.
—¿Me disculpas un minuto? —le
preguntó, y marcó el número de KyuHyun, que contestó al primer pitido.
Su voz estalló en el oído de ChangMin.
—¿ ChangMin?
—Sí, soy yo…
—¡Oh, Dios mío! ¿Estás bien? Te
he visto en las noticias, y a él también. He visto… Madre mía, ChangMin,
¿te das cuenta de que estabas volando?
—Lo sé. ¿No es formidable?
—Claro que no. ¡En absoluto!
Pensé que estarías muerto, por ahí —estaba al borde de la histeria y ChangMin
tardó unos minutos en calmarle, consciente en todo momento de que YooChun
seguía mirándolo, e intentando mantener su frialdad felina—. ¿De verdad estás
bien? —Preguntó KyuHyun—. ¿No te está amenazando con un cuchillo en la garganta
para obligarte a decirlo?
—Ni siquiera habla checo —le
aseguró ChangMin. Lo puso rápidamente al corriente de lo que había sucedido la
noche anterior, asegurándole que en ningún momento él había intentado hacerle
daño y que incluso había mostrado una pasividad extrema para no herirle,
y terminó diciendo—: Bueno, hemos contemplado el amanecer desde lo alto de la
catedral.
—¿No me digas? ¿Fue una cita?
—No, no fue una cita. Para serte sincero, no sé lo que fue.
Es. No tengo ni idea de qué hace aquí… —su voz se entrecortó al mirarlo.
Ya no era solo su sonrisa, ni las marcas de sus manos. De algún modo, sabía que
una enorme cicatriz cubría su hombro derecho. Él trataba de no forzarlo, ChangMin
lo había visto. Seguramente por eso lo había descubierto. Pero entonces ¿por
qué sabía qué aspecto tenía aquella cicatriz?
¿Cuál era su tacto?
—¿ ChangMin? ¿Hola? ¿ ChangMin?
ChangMin parpadeó y se aclaró
la garganta. Había pasado de nuevo: su propio nombre, flotando frente a él, sin
ninguna conexión consigo mismo. Por el nerviosismo de KyuHyun, se dio cuenta de
que había permanecido callado más tiempo del aceptable para una distracción.
—Sigo aquí —contestó.
—¿Dónde? No dejo de preguntarte que dónde estás.
ChangMin lo había olvidado por
un momento.
—Eh. Sí. La tetería de
Nerudova.
—Quédate ahí quieto. Voy para
allá.
—Ni se te ocurra…
—Claro que sí.
—Kyu…
— ChangMin. No me obligues a pegarte con mis diminutos puños.
—Está bien — ChangMin
transigió—. Ven si quieres.
KyuHyun vivía con una tía viuda
en Hradcany, no muy lejos de allí.
—Llego en diez minutos
—anunció.
ChangMin no pudo resistirse a
insinuar:
—Se tarda menos cuando puedes
volar.
—Bicho malo. Ni se te ocurra
marcharte. Y tampoco permitas que él se vaya. Tengo que hacer algunas amenazas
y emitir ciertos juicios.
—Me parece que no se va a
marchar a ninguna parte —dijo ChangMin en tono tranquilizador mirando
directamente a YooChun. Él le devolvió la mirada, y entonces ChangMin supo que
aquellas palabras eran ciertas, aunque ignoraba la razón.
No era humano. Ni siquiera
pertenecía a su mundo. Era un soldado con las manos marcadas por la muerte, y
además, el enemigo de su familia. Y aun así, algo los unía, algo más fuerte que
todo lo anterior, algo capaz de dirigir sus impulsos y su respiración como una
sinfonía, de modo que cualquier intento de enfrentarse a aquella sensación
resultaba disonante, sin armonía con su propio ser.
Hasta donde podía recordar, una
vida fantasma se había burlado de él con su incomprensible «algo distinto»,
pero en ese momento era al contrario. Allí, junto a YooChun, incluso mientras
hablaban de guerra, ciudades sitiadas y enemistad duradera, se sentía atraído
hacia su inmensidad y calidez, como si fuera al mismo tiempo lugar y persona,
y, contra cualquier lógica, exactamente donde se suponía que él debía estar.
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