lunes, 4 de noviembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 32

32.
AL MISMO TIEMPO, LUGAR Y PERSONA.

Dolor.

Cuando YooChun se lo explicó, ChangMin se sintió angustiado. Pensó en cada deseo absurdo que había pedido —¿por qué Rain no se lo había contado?—. La verdad hubiera conseguido lo que todas sus miradas malhumoradas nunca lograron. Si lo hubiera sabido, nunca habría vuelto a pedir un deseo.

—Para obtener algo del universo, debes entregar algo a cambio —dijo YooChun.

—Pero… ¿por qué dolor? ¿No podrías dar algo diferente? Como… ¿alegría?

—Es cuestión de equilibrio. Si fuera algo fácil de entregar, no tendría sentido.

—¿Realmente piensas que es más sencillo conseguir alegría que dolor? —preguntó ChangMin —. ¿Cuál de los dos sentimientos has experimentado más veces?

YooChun le miró intensamente.

—Esa es una buena perspectiva. Pero yo no creé el sistema.

—¿Quién lo hizo?

—Mi pueblo cree que fueron los dioses estrella, y las quimeras tienen al respecto tantas leyendas como razas.

—Entonces… ¿de dónde viene el dolor? ¿Es su propio dolor? —preguntó ChangMin preocupado.

—No, ChangMin —respondió YooChun—. No es él quien siente el dolor.

Pronunció cada palabra con cuidado, insinuando lo que aquello implicaba: si no era Rain el que sufría, ¿quién era?

ChangMin notó náuseas. Le asaltó una imagen de cuerpos tumbados sobre mesas. No. Aquello podía ser algo totalmente distinto. Conocía a Rain, ¿no era así? Tal vez desconociera…, bueno, todo sobre él…, pero sabía cómo era, confiaba en él, no en aquel ángel.

—No te creo —dijo con un nudo en la garganta.
— ChangMin, ¿cuáles eran los recados que hacías para él? —añadió YooChun con delicadeza.

ChangMin abrió la boca para responder, pero la cerró de nuevo. Poco a poco empezó a comprender, y quiso desechar aquellos pensamientos. Dientes: uno de los mayores misterios de su vida. Cadáveres, tenazas, muerte. Aquellas chicas rusas con las bocas ensangrentadas. Desde que era consciente del negocio de Rain, se había aferrado a la idea de que él necesitaba los dientes para algo vital, y que el dolor era su triste y terrible consecuencia. Pero… ¿y si el dolor fuera el objetivo? ¿Y si fuera con lo que Rain obtenía su poder, sus deseos, todo?

—No —dijo ChangMin negando con la cabeza; sin embargo, ya no estaba convencido de sus palabras.

Poco después, cuando remontó el vuelo desde la catedral, ChangMin ya no sintió ningún placer al surcar el cielo. Y se preguntó de quién sería el dolor que había pagado su deseo.

Fueron a una tetería en Nerudova, la larga y serpenteante calle que descendía desde el castillo, y YooChun comenzó a descubrirle su mundo. Imperio y civilización, levantamiento y masacre, ciudades perdidas e invadidas, tierras quemadas, murallas derribadas, poblaciones sitiadas en las que los niños eran los primeros en morir de hambre, a pesar de que sus padres los alimentaran con todo lo que tenían y perecieran, ellos también, poco después.

Le habló de sangre derramada y terror en una tierra de belleza en decadencia.

—Los bosques se han talado para construir barcos, máquinas de guerra; o se han incendiado para evitar que se convirtieran en barcos y máquinas de guerra.

De descomunales ciudades en ruinas, fosas comunes, traición.

De ejércitos de bestias que no dejaban de avanzar, sin reducirse en número, sin desmoronarse.

Otras cuestiones —épicas, terribles— no se las contó, simplemente las insinuó, como quien roza los bordes de una herida con cautela, tratando de descubrir dónde aparece el dolor.

ChangMin escuchaba con los ojos desencajados y horrorizado por la brutalidad, y deseó que en algún momento de los últimos diecisiete años Rain hubiera considerado oportuno enseñarle algo sobre Otra Parte.
—¿Cómo se llama tu mundo? —se le ocurrió preguntar.

—Eretz —respondió YooChun, y levantó las cejas de golpe, sorprendido.

—Eso significa «Tierra» —añadió—. En hebreo. ¿Por qué nuestros mundos tienen el mismo nombre?

—Antiguamente, los magos creían que los mundos estaban distribuidos en capas, como los sedimentos de roca o los anillos de los árboles —explicó YooChun.

—Entiendo —respondió ChangMin con el ceño fruncido. Luego preguntó—: ¿Los magos?

—Los hechiceros seráficos.

—Has dicho «antiguamente». ¿Qué es lo que piensan ahora?

—Nada. Las quimeras los masacraron a todos.

—Dios mío — ChangMin apretó los labios. ¿Qué podía decir ante una afirmación como aquella?—. Entiendo —reflexionó sobre la idea de los mundos—. Tal vez simplemente robamos el nombre de Eretz hace mucho tiempo, del mismo modo que construimos nuestras religiones a vuestra imagen —era lo que Rain había denominado una amalgama de cuentos de hadas que los humanos habían creado uniendo retazos de realidad—. La belleza equivale a bondad, los cuernos y las escamas, a maldad. Es sencillo.

—Y, en este caso, es así.

Tras el mostrador, la camarera no dejaba de observarlos, a uno y a otro. ChangMin sintió ganas de preguntarle qué estaba mirando, pero no lo hizo.

—Así que, básicamente —dijo tratando de resumir todo lo que YooChun le había relatado—, los serafines quieren controlar el mundo y las quimeras no quieren que nadie las domine, lo que las convierte en malvadas.

YooChun apretó las mandíbulas, contrariado por aquella simplificación.
—Ellos no eran nada, solo bárbaros en aldeas de barro. Nosotros los iluminamos, les mostramos la ingeniería, la palabra escrita…

—Y me imagino que no tomasteis nada a cambio.

—Nada que no fuera razonable.

—Ya, claro — ChangMin deseó haber atendido más en sus clases de historia humana para poder imaginar con más precisión un contexto que abarcara todo lo que YooChun le relataba—. Así que, hace mil años, sin motivo alguno, las quimeras se sublevaron, asesinaron a sus señores y recuperaron el control de sus tierras.

YooChun se opuso.

—Aquel territorio nunca había sido suyo. Ellos vivían en pequeñas granjas, en casuchas de piedra. A lo sumo, en aldeas. El Imperio construyó las ciudades, además de viaductos, puertos, carreteras…

—Pero ¿no era allí donde habían nacido y muerto desde, digamos, el principio de los tiempos? ¿Dónde se enamoraban, donde criaban a sus hijos, donde enterraban a sus muertos? ¿Qué importa que no hubieran construido ciudades? ¿No seguía siendo suya aquella tierra? A menos que pienses que te pertenece todo aquello que puedas defender, en cuyo caso cualquiera tiene derecho a intentar arrebatarte en cualquier momento lo que desee. Eso es básicamente la civilización.

—Tú no lo entiendes.

—Es cierto, no lo entiendo.

YooChun respiró hondo.

—Nosotros construimos el mundo, con buena voluntad. Vivimos junto a ellos…

—¿Cómo iguales? —Preguntó ChangMin —. Sigues llamándolos «bestias», así que tengo mis dudas.

YooChun no respondió inmediatamente.

—¿A cuántas conoces, ChangMin? Cuatro quimeras, dijiste, y ningún guerrero entre ellas. Cuando hayas visto a tus hermanos y hermanas corneados por minotauros, atacados por perros-león, despedazados por dragones, cuando hayas visto a tu… —retuvo lo que iba a decir, con expresión agónica—. Cuando hayas sido torturado y obligada a contemplar la ejecución de… tus seres queridos…, entonces podrás decirme qué es una bestia.

¿Seres queridos? Del modo en que lo había dicho, no se refería a hermanos ni a hermanas. ChangMin sintió una punzada de…, seguramente no fueran celos. ¿Qué le importaba a quién amara o hubiera amado el ángel? Tragó saliva. ¿Qué podía decir? Era imposible contradecir nada de lo que él había expuesto. Su ignorancia era absoluta, pero eso no implicaba que tuviera que creerlo sin más.

—Me gustaría escuchar la versión de Rain —respondió en voz baja. Entonces, se le ocurrió algo, algo grande—. podrías llevarme allí. Podrías ayudarme a regresar.

YooChun parpadeó, sorprendido, y luego negó con la cabeza.

—No. Aquel no es un lugar adecuado para los humanos.

—¿Y este es un lugar adecuado para los ángeles?

—No es lo mismo. Aquí no hay peligro.

—¿De verdad? Que te cuenten mis cicatrices si aquí hay peligro — ChangMin tiró del cuello de su camisa para mostrarle la rugosa cicatriz de una cuchillada sobre la clavícula. YooChun se estremeció al ver aquella desagradable herida, provocada por él mismo, y ChangMin se colocó de nuevo el cuello—. Además —añadió de forma convincente—, existen cosas más importantes que la seguridad. Como… los seres queridos —se sintió cruel al utilizar las palabras de YooChun, como si estuviera girando un cuchillo clavado.

—Los seres queridos —repitió él.

—Prometí a Rain que nunca lo abandonaría sin más, y no lo haré. Iré, aunque sea sin tu ayuda.

—¿Cómo piensas hacerlo?

—Hay maneras —respondió con cautela—. Pero resultaría más sencillo si tú me llevaras —realmente más sencillo. Además, YooChun sería un compañero de viaje preferible a Razgut.

—No puedo llevarte —respondió él—. El portal está vigilado. Te matarían en el acto.

—A los serafines os encanta eso de matar sin previo aviso.

—Los monstruos nos han convertido en lo que somos.

—Los monstruos — ChangMin pensó en los risueños ojos deBoAh, en el nervioso aleteo de Yasri y en sus caricias tranquilizadoras. Él también los llamaba monstruos a veces, pero con cariño, del mismo modo en que decía que KyuHyun estaba rabioso. En labios de YooChun, la palabra resultaba simplemente desagradable—. Bestias, diablos, monstruos. Si hubieras conocido a alguna quimera, no podrías despreciarlas de ese modo.

Él bajó los ojos, sin responder, y el hilo de su conversación desapareció en un tenso silencio. ChangMin pensó que aún estaba pálido, que tenía mala cara. El té estaba servido en grandes recipientes de barro sin asas, y ChangMin sostenía el suyo con ambas manos. Mantenía las palmas contra la taza para calentárselas después de las frías horas pasadas sobre la catedral, pero también para evitar lanzar, sin querer, su dolorosa magia contra YooChun. Al otro lado de la mesa, la postura de él imitaba la suya, con las manos también en torno a su taza, así que ChangMin no pudo evitar ver sus tatuajes: infinidad de líneas negras que surcaban sus dedos.

Cada una de ellas mostraba un ligero relieve, como una cicatriz, y, al contrario que los de ChangMin, eran simples cortes untados con hollín —un procedimiento primitivo—. Cuanto más los miraba, más le invadía la extraña sensación de recordar algo, o casi recordarlo. Era como si se encontrara al borde de un descubrimiento, oscilando entre saber y no saber, tan rápido que casi no podía intuir de qué se trataba —como intentar ver las alas de una abeja en pleno vuelo—. No pudo concretarlo.

YooChun percibió su mirada, y se sintió cohibido. Se movió, cubriendo una mano con la otra, como si pudiera borrar los tatuajes.

—¿Los tuyos también tienen magia? —preguntó ChangMin.

—No.

ChangMin notó cierta brusquedad en su respuesta.

—Entonces, ¿qué? ¿Significan algo?

Él no respondió. ChangMin alargó una mano, sin pensar, para recorrerlos con la punta del dedo. Estaban agrupados siguiendo un típico sistema de recuento de cinco en cinco: por cada cuatro líneas, la quinta era diagonal y cruzaba las anteriores.

—Es un recuento —dijo ChangMin deslizando suavemente el dedo sobre las marcas del índice derecho de YooChun, pasando de un grupo de cinco al siguiente: cinco, diez, quince, veinte. Cada vez que lo tocaba sentía como si saltara una chispa y una especie de impulso, el impulso de entrelazar sus dedos con los de él, e incluso (Dios mío, ¿qué le estaba sucediendo?) acercar aquellas manos a sus labios y besar las marcas que había en ellas…

Y entonces, de repente, lo descubrió. Se dio cuenta de qué contabilizaban, y retiró la mano de golpe. Lo miró y él permaneció quieto, desprotegido, dispuesto a aceptar la sentencia que el menor quisiera imponerle.

—Son muertos —dijo ChangMin con un hilo de voz—. Quimeras.

No lo negó. Tampoco se defendería, igual que cuando ChangMin lo había atacado. Sus manos permanecieron inmóviles, rígidas como huesos, y ChangMin supo que estaba enfrentándose al impulso de esconderlas.

El menor temblaba, con la mirada clavada en aquellas marcas, sin dejar de pensar en cuántas había tocado —veinte solo en el dedo índice—.

—Tantas —dijo—. Has matado a tantas.

—Soy un soldado.

ChangMin imaginó a sus cuatro quimeras muertas y se cubrió la boca con la mano, conteniendo las ganas de vomitar. Cuando YooChun le había hablado de la guerra, era como un mundo aparte. Pero YooChun era real, estaba frente él, y el hecho de que fuera un asesino también era real. Como dientes extendidos sobre el escritorio de Rain, todas aquellas marcas significaban sangre, muerte —no de lobos ni tigres, sino sangre y muerte de quimeras—.

ChangMin lo miraba fijamente, y… vio algo. Como si el instante se resquebrajara igual que una cáscara de huevo, y revelara otra vivencia en su interior, casi semejante a aquella —casi—, pero luego desapareció y todo permaneció intacto. YooChun seguía exactamente en el mismo lugar y no había sucedido nada, excepto aquella visión…
Con voz vaga, como surgida del interior de aquel instante paralelo, ChangMin se oyó a sí mismo:
—Ahora tienes más.

— ¿A qué te refieres? —YooChun le miró confuso y, de repente, con gran intensidad. Se reclinó sobre la mesa de manera brusca, con los ojos muy abiertos y brillantes, y el movimiento repentino volcó el té—. ¿A qué te refieres? —preguntó de nuevo, esta vez más fuerte.

ChangMin retrocedió y YooChun le agarró la mano.

—¿A qué te refieres con que ahora tengo más?

ChangMin sacudió la cabeza. Más marcas, había querido decir. Había visto algo en aquel instante solapado. Al YooChun real, sentado delante de él, y además un fogonazo del inimaginable: YooChun sonriendo. No una lúgubre mueca en los labios, sino una sonrisa maravillosamente cálida y tan bella que resultaba dolorosa. Había arrugas en los ángulos de sus ojos provocadas por la alegría y la felicidad. El cambio era intenso. Si era atractivo con el semblante serio —y lo era—, sonriente resultaba glorioso.

Pero ChangMin juraría que YooChun no había sonreído.

Y en aquel YooChun inimaginable que había existido durante un instante, había percibido algo más: en sus manos había menos marcas, y algunos de sus dedos aparecían libres de ellas.

La mano de YooChun seguía agarrando la de ChangMin, apoyada sobre el charco de té derramado. La camarera salió de la barra y se acercó con una bayeta, sin saber qué hacer. ChangMin retiró la mano y se apoyó sobre la silla para dejar que la chica limpiara la mesa, lo cual hizo sin dejar de mirarlos a uno y a otro. Cuando acabó, preguntó vacilante:

—Me estaba preguntando…, me preguntaba cómo lo hicisteis.

ChangMin le miró perplejo. Era una chica más o menos de su edad, con las mejillas regordetas y ruborizadas.

—Anoche —aclaró—. Cuando estabais volando.

Ah, aquello.

—¿Estabas allí? —preguntó ChangMin. Parecía una coincidencia extraña.

—Ojalá —respondió la chica—. Lo vi en la televisión. Lo han estado dando en las noticias durante toda la mañana.

Perfecto, pensó ChangMin. Perfecto. Cogió el teléfono móvil, que no había parado de lanzar insolentes pitidos y zumbidos durante aproximadamente la última hora, y miró la pantalla. Un montón de llamadas perdidas y mensajes de texto, la mayoría de KyuHyun y Seven. Maldición.

—¿Estabais sujetos con cables? —Preguntó la camarera—. No encontraron cables ni nada.

—Lo hicimos sin cables —respondió ChangMin —. Estábamos volando de verdad —y puso su característica sonrisa irónica.

La chica le devolvió la sonrisa, como si se sintiera parte de aquella broma.

—No me lo digas si no quieres —añadió fingiendo enfado, y los dejó tranquilos, excepto para traer más té a YooChun.
Él seguía recostado sobre la silla, contemplando a ChangMin con mirada intensa y una vívida e inquisitiva cautela.

—¿Qué pasa? —preguntó ChangMin, cohibido—. ¿Por qué me miras así?

YooChun alzó las manos y deslizó las uñas sobre su pelo denso y muy corto, sujetándose la cabeza durante un instante.

—No puedo evitarlo —respondió avergonzado.

ChangMin sintió un escalofrío de placer. Se dio cuenta de que, en el transcurso de la mañana, su rostro había perdido por completo aquella expresión severa, o casi. Sus labios estaban ligeramente separados, su mirada no aparecía vigilante, y acababa de ver —¿imaginar?— el destello imposible de una sonrisa, así que no era tan difícil que pudiera ocurrir de nuevo, y esta vez de verdad.

Para ChangMin, quizás.

Oh, Dios. ¡Sé ese gato!, se recordó a sí mismo. El que permanecía fuera del alcance de la mano, y nunca —jamás— ronroneaba. Apoyado contra la silla, compuso en su cara una expresión que, esperaba, fuera la versión humana del desdén felino. Contó a YooChun un resumen de lo que le había dicho la camarera, aunque no estaba seguro de que supiera lo que era la televisión, y mucho menos Internet. Ni tampoco los teléfonos.

—¿Me disculpas un minuto? —le preguntó, y marcó el número de KyuHyun, que contestó al primer pitido.

Su voz estalló en el oído de ChangMin.

—¿ ChangMin?

—Sí, soy yo…

—¡Oh, Dios mío! ¿Estás bien? Te he visto en las noticias, y a él también. He visto… Madre mía, ChangMin, ¿te das cuenta de que estabas volando?

—Lo sé. ¿No es formidable?

—Claro que no. ¡En absoluto! Pensé que estarías muerto, por ahí —estaba al borde de la histeria y ChangMin tardó unos minutos en calmarle, consciente en todo momento de que YooChun seguía mirándolo, e intentando mantener su frialdad felina—. ¿De verdad estás bien? —Preguntó KyuHyun—. ¿No te está amenazando con un cuchillo en la garganta para obligarte a decirlo?

—Ni siquiera habla checo —le aseguró ChangMin. Lo puso rápidamente al corriente de lo que había sucedido la noche anterior, asegurándole que en ningún momento él había intentado hacerle daño y que incluso había mostrado una pasividad extrema para no herirle, y terminó diciendo—: Bueno, hemos contemplado el amanecer desde lo alto de la catedral.

—¿No me digas? ¿Fue una cita?

—No, no fue una cita. Para serte sincero, no sé lo que fue. Es. No tengo ni idea de qué hace aquí… —su voz se entrecortó al mirarlo. Ya no era solo su sonrisa, ni las marcas de sus manos. De algún modo, sabía que una enorme cicatriz cubría su hombro derecho. Él trataba de no forzarlo, ChangMin lo había visto. Seguramente por eso lo había descubierto. Pero entonces ¿por qué sabía qué aspecto tenía aquella cicatriz?
¿Cuál era su tacto?

—¿ ChangMin? ¿Hola? ¿ ChangMin?

ChangMin parpadeó y se aclaró la garganta. Había pasado de nuevo: su propio nombre, flotando frente a él, sin ninguna conexión consigo mismo. Por el nerviosismo de KyuHyun, se dio cuenta de que había permanecido callado más tiempo del aceptable para una distracción.

—Sigo aquí —contestó.

—¿Dónde? No dejo de preguntarte que dónde estás.

ChangMin lo había olvidado por un momento.

—Eh. Sí. La tetería de Nerudova.

—Quédate ahí quieto. Voy para allá.

—Ni se te ocurra…

—Claro que sí.

—Kyu…

ChangMin. No me obligues a pegarte con mis diminutos puños.

—Está bien — ChangMin transigió—. Ven si quieres.

KyuHyun vivía con una tía viuda en Hradcany, no muy lejos de allí.

—Llego en diez minutos —anunció.

ChangMin no pudo resistirse a insinuar:

—Se tarda menos cuando puedes volar.

—Bicho malo. Ni se te ocurra marcharte. Y tampoco permitas que él se vaya. Tengo que hacer algunas amenazas y emitir ciertos juicios.

—Me parece que no se va a marchar a ninguna parte —dijo ChangMin en tono tranquilizador mirando directamente a YooChun. Él le devolvió la mirada, y entonces ChangMin supo que aquellas palabras eran ciertas, aunque ignoraba la razón.
No era humano. Ni siquiera pertenecía a su mundo. Era un soldado con las manos marcadas por la muerte, y además, el enemigo de su familia. Y aun así, algo los unía, algo más fuerte que todo lo anterior, algo capaz de dirigir sus impulsos y su respiración como una sinfonía, de modo que cualquier intento de enfrentarse a aquella sensación resultaba disonante, sin armonía con su propio ser.


Hasta donde podía recordar, una vida fantasma se había burlado de él con su incomprensible «algo distinto», pero en ese momento era al contrario. Allí, junto a YooChun, incluso mientras hablaban de guerra, ciudades sitiadas y enemistad duradera, se sentía atraído hacia su inmensidad y calidez, como si fuera al mismo tiempo lugar y persona, y, contra cualquier lógica, exactamente donde se suponía que él debía estar.

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