35.
EL IDIOMA DE LOS ÁNGELES.
Sé quién eres.
YooChun, con los ojos fijos en
el rostro de ChangMin, contempló el efecto que sus palabras producían en él. La
esperanza enfrentada al miedo a saber, sus negros ojos brillantes por las
lágrimas y a la vez en llamas. Solo entonces, al verse reflejado en la mirada
de ChangMin, se dio cuenta de que sus alas habían perdido su disfraz. Hubo un
tiempo en el que aquel descuido habría podido suponer su muerte. Sobre el
puente, no se preocupó de ello.
—¿Qué? — ChangMin movió los labios, pero ningún sonido surgió
de ellos. Se aclaró la garganta—: ¿Qué has dicho?
¿Cómo podría contárselo?
YooChun sintió que se tambaleaba. Había sucedido lo imposible, algo hermoso
pero también terrible, algo que desgarraba su pecho demostrando que su corazón,
adormecido durante tanto tiempo, seguía vivo y aún latía… ¿solo para quedar de
nuevo destrozado, después de tantos años?
¿Existía un destino más amargo
que hallar lo más anhelado cuando era demasiado tarde?
—YooChun —imploró ChangMin. Con
los ojos desorbitados y angustiado, se arrodilló frente a él—. Dímelo.
— ChangMin —susurró.
El significado de aquel nombre,
«esperanza», lo hostigaba, tan lleno de promesas y reproches que casi deseó
estar muerto. No podía mirarlo. Atrajo su cuerpo hacia sí y él se dejó abrazar,
flexible como el amor. Su pelo alborotado por el viento parecía seda
despeinada, y YooChun hundió su rostro en él, tratando de pensar qué decir.
A su alrededor, una oleada de
murmullos y el peso de las miradas, pero YooChun apenas lo percibía, hasta que
un sonido destacó entre el resto. Un carraspeo, mordaz y teatralmente alto. Un
aguijonazo de desasosiego, y antes de escuchar ninguna palabra, se volvió.
—YooChun, te lo ruego. Recobra la compostura.
Qué fuera de lugar: aquella
voz, aquel idioma. Su idioma.
Frente a él, con las espadas
envainadas a la cintura y expresiones de consternación gemelas, se hallaban
JunSu y JaeJoong.
YooChun ni siquiera pudo
manifestar sorpresa. La aparición de los serafines resultaba insignificante en
comparación con los sobresaltos que se habían sucedido durante toda la mañana:
los cuchillos de luna creciente, la extraña reacción de ChangMin al ver sus
tatuajes, la musicalidad de su risa de ensueño, y ahora lo innegable, el hueso
de la suerte.
—¿Qué hacéis aquí? —les
preguntó. Aún tenía los brazos en torno a ChangMin, que había alzado la cabeza
de su hombro para mirar a los intrusos.
—¿Que qué hacemos aquí?
—repitió JaeJoong—. Creo que esa pregunta nos corresponde a nosotros hacerla.
En el nombre de los dioses estrella, ¿qué haces tú aquí? —parecía
atónito, y YooChun imaginó cómo lo estaba viendo el mayor: de rodillas,
llorando y abrazado a un muchacho humano.
Y comprendió la importancia de
que ellos pensaran que ChangMin era simplemente eso: un muchacho humano. Por
muy extraña que pareciera aquella situación, era solo eso: extraña. La verdad
hubiera sido mucho peor.
YooChun se enderezó, aún de
rodillas, y se volvió hacia ellos ocultando a ChangMin tras él. En voz muy
baja, para que sus hermanos no lo escucharan hablar en el idioma del enemigo,
susurró:
—No permitas que vean tus
manos. No lo comprenderían.
—Comprender ¿el qué? —preguntó
ChangMin también en un susurro sin apartar los ojos de los serafines, que
tampoco dejaban de mirarlo.
—Lo nuestro —respondió él—. No
comprenderán lo nuestro.
—Yo tampoco lo comprendo.
Sin embargo, gracias al frágil
hueso de la suerte que ocultaba en el puño, YooChun al fin lo había entendido.
ChangMin se sumió en un tenso
silencio, con la mirada fija en los dos hermanos. Sus alas permanecían
invisibles, pero aun así su presencia sobre el puente resultaba antinatural y
un tanto desconcertante —especialmente JaeJoong—. Aunque JunSu era el más
corpulento, JaeJoong resultaba más aterrador. Siempre había sido así; quizás se
había visto empujado a ello, al ser un chico muy hermoso, tanto como una mujer
y por ser el mayor. Su pelo, de color claro, estaba recogido –debido a lo largo
que se encontraba- en apretadas trenzas, y había cierta frialdad mercenaria en
su bello rostro: una monótona apatía de asesino. Los ojos de JunSu eran más
expresivos, pero en aquel instante aparecían perplejos al contemplar a YooChun
frente a él, aún de rodillas.
—Levántate —dijo JunSu sin
crueldad—. No puedo soportar verte así.
YooChun se puso en pie,
arrastrando con él a ChangMin y protegiéndolo tras el escudo de sus alas.
—¿Qué está pasando? —Preguntó —.
YooChun, ¿por qué has regresado aquí? Y… ¿quién es ese? —señaló a ChangMin
con un furioso gesto de disgusto.
—Es solo un muchacho —YooChun
se oyó a sí mismo repitiendo las palabras de Izîl, que sonaron tan poco
convincentes como cuando las pronunció el anciano.
—Solo un muchacho que vuela
—corrigió JaeJoong.
YooChun permaneció callado un
instante y luego dijo:
—Habéis estado siguiéndome.
—¿Qué esperabas? —Bramó JaeJoong—,
¿qué, permitiéramos que desaparecieras de nuevo? Por el modo en el que actuabas
después de Loramendi, sabíamos que iba a suceder algo. Pero… ¿esto?
—¿Qué significa exactamente
esto? —preguntó JunSu, con el claro deseo de que existiera una explicación que
devolviera todo a la normalidad.
YooChun se sentía dividido.
Frente a él se encontraban sus mejores aliados, que se sentían como enemigos, y
todo por su culpa.
Si YooChun tenía una familia,
no era su madre, que había vuelto la espalda cuando los soldados acudieron en
su busca; y sin duda, tampoco el emperador. Su familia eran aquellos dos
serafines, y carecía de respuestas que pudieran explicarles aquello. Tampoco
sabía qué decirle a ChangMin, oculto tras él y desesperado por saber lo que se
le había ocultado durante toda su vida —un secreto tan grande y extraño que ni
siquiera encontraba palabras adecuadas para formularlo—. Así que permaneció
callado, sin que las lenguas de dos razas resultaran suficientes para
explicarse.
—Entiendo que quisieras escapar
—dijo JunSu, siempre conciliador.
JaeJoong y JunSu compartían
muchos rasgos entre sí, pero no con YooChun. Ellos tenían el pelo claro y los
ojos azules, y un tono sonrosado que ruborizaba su piel dorada. JunSu mostraba
una actitud relajada, casi desgarbada, y una sonrisa perezosa que podía empujar
a juzgarlo mal. Era, siempre, un soldado —reflejos y acero—, pero en el fondo
de su corazón había logrado retener algo infantil que la instrucción y los años
de guerra no habían borrado. Era un soñador.
—Yo también pensé en regresar a
este mundo después de todo… —dijo JunSu.
—Pero no lo hiciste —rugió JaeJoong,
en cuyo interior no bullía ningún soñador—. Tú no te desvaneciste en
mitad de la noche, obligando a otros a inventar excusas para cubrirte, sin
saber cuándo o siquiera si volverías en algún momento.
—Yo no os pedí que me
cubrierais —respondió YooChun.
—No. Porque entonces habrías
tenido que contarnos que te marchabas. En vez de eso, te escabulliste, como la
vez anterior. ¿Deberíamos haber esperado a que volvieras destrozado de nuevo,
sin saber jamás lo que te había ocurrido?
—Esta vez no —afirmó YooChun.
JaeJoong esbozó una sonrisa
crispada, y YooChun supo que bajo aquella actitud fría se sentía herido. Tal
vez no habría regresado nunca; tal vez ellos no habrían descubierto nunca lo
que le había sucedido. ¿Qué decía aquello de las décadas en que se habían
protegido mutuamente? ¿No había sido JaeJoong quien años atrás había arriesgado
su vida y regresado al campo de batalla en Bullfinch? Contra toda esperanza de
que siguiera vivo, mientras las quimeras avanzaban victoriosas empalando a los
heridos, había vuelto, lo había encontrado y lo había sacado de allí. Había
arriesgado su vida por él, y lo haría de nuevo sin dudarlo, al igual que haría JunSu,
y YooChun por ellos. Pero no podía explicarles por qué había regresado, y lo
que había descubierto.
—Esta vez no ¿qué? —Preguntó
JaeJoong—. ¿Que no ibas a regresar destrozado? ¿O que no ibas a regresar en
absoluto?
—No tenía ningún plan.
Simplemente no podía quedarme allí —trató de explicarse; les debía ese
esfuerzo, al menos—. Después de Loramendi, llegué a un punto muerto, me sentía
como al borde de un precipicio. No quería nada, excepto… —dejó la frase
inconclusa. No necesitaba añadir más; lo habían visto de rodillas. Los
serafines clavaron sus ojos en ChangMin.
—Excepto a él —concluyó JaeJoong—. Un humano. Si es que es eso.
—¿Qué otra cosa podría ser?
—replicó YooChun ocultando un atisbo de miedo.
—Yo tengo una teoría —empezó JaeJoong,
y YooChun notó que el corazón se le estremecía—. Anoche, cuando él te atacó,
ocurrió algo extraño, ¿verdad, JunSu?
—Sí, extraño —afirmó JunSu.
—No estábamos lo bastante cerca
para sentir si había… magia…, sin embargo, tuvimos la sensación de que tú sí
la notabas.
La mente de YooChun bullía
frenéticamente. ¿Cómo podía sacar a ChangMin de allí?
—No obstante, parece que le
hayas perdonado —JaeJoong dio un paso adelante—. ¿Hay algo que quieras
contarnos?
YooChun retrocedió, manteniendo
a ChangMin detrás de él, y gritó:
—Dejadlo en paz.
JaeJoong avanzó.
—Si no tienes nada que ocultar,
permite que le veamos.
Con un tono afligido más
terrible que la cortante voz de JaeJoong, JunSu añadió:
—YooChun, dinos que no es lo
que parece. Solo asegúranos que él no es…
YooChun sintió una especie de
corriente a su alrededor, años de secretos que lo envolvían como un vendaval;
deseó que aquel viento pudiera arrastrarlo, junto a ChangMin, a un lugar sin
serafines ni quimeras ni su facilidad para odiar, sin humanos que los miraran boquiabiertos,
sin nadie que se interpusiera entre ellos, nunca más.
—Por supuesto que no lo es
—respondió él.
Aquella frase sonó como un
gruñido, y JaeJoong consideró un desafío comprobarlo —lo que era o no era ChangMin
—; sus ojos adquirieron un brillo que YooChun conocía demasiado bien, la
intensa cólera que la impulsaba en el campo de batalla. JaeJoong se acercó
todavía más.
Al cerrar los puños, YooChun
notó que la adrenalina corría por sus venas y el hueso de la suerte cedía a la
presión de sus dedos, y se preparó para lo que seguramente sucedería. Lo
invadió una absoluta incredulidad, al ver en lo que había desembocado todo.
Sin embargo, ocurrió lo que menos esperaba, que ChangMin hablara con voz clara y
firme y preguntara:
—¿Qué? ¿Qué es lo que no soy?
JaeJoong se detuvo, y su ira se
convirtió en estupefacción. JunSu también parecía sorprendido, y YooChun tardó
un instante en descubrir qué había producido aquella reacción.
Las palabras de ChangMin. Eran
suaves como una cascada. Y las había pronunciado en el idioma de YooChun. Había
hablado en la lengua de los ángeles, que no podía haber aprendido de ningún
modo. Aprovechando la vacilación que había provocado su pregunta, ChangMin
abandonó la protección de las alas de YooChun y se mostró ante JaeJoong y JunSu.
Luego, con la misma ferocidad
con la que había sonreído a YooChun al atacarlo la noche anterior, le dijo a JaeJoong:
—Si lo que quieres es ver mis manos, solo tienes que pedirlo.
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