49.
DIENTES.
Era el secreto mejor guardado
de la resistencia quimérica, la cuestión que atormentaba a los ángeles, les
arrebataba el sueño por las noches, asaltaba sus mentes y se clavaba en sus
almas. Era la respuesta al misterio de los ejércitos de bestias que, como pesadillas,
continuaban avanzando, irreducibles, sin importar a cuántos masacraran los
serafines.
Cuando Chiro fue alcanzado por
la flecha en Kalamet un año atrás, Max estaba a su lado. Le sostuvo entre sus
brazos hasta que murió, soltando sangre por entre sus afilados dientes caninos
mientras pataleaba y gritaba, y finalmente se quedó inmóvil. Max hizo lo que le
habían enseñado, y lo que había hecho muchas veces antes, aunque nunca por un
amigo tan cercano.
Con manos firmes, encendió el
incienso en el turíbulo que colgaba, como un farol, del extremo de su báculo de
cosechadora —el largo bastón curvado que los soldados quiméricos llevaban
amarrado a la espalda con correas— y esperó hasta que el humo envolvió a Chiro.
Llovían flechas, abundantes y peligrosamente cercanas, pero no se marchó hasta
que hubo terminado. Dos minutos para estar seguro, eso era lo habitual. Dos
minutos parecen dos horas cuando se está rodeado de flechas, pero Max no se
retiró. Tal vez no hubiera otra posibilidad. Una furiosa incursión seráfica los
estaba alejando de la muralla de Kalamet. Podía arrastrar el cuerpo de Chiro, o
podía terminar la cosecha y dejarlo atrás.
Lo que no podía hacer era
abandonarlo con el alma de Chiro atrapado en su interior.
Cuando Max finalmente se replegó,
llevaba el alma de su hermano adoptivo consigo, seguro dentro del incensario,
uno más entre las numerosas almas que recogería ese día. Los cuerpos se
abandonaban a la descomposición. Eran solo cuerpos, meros envoltorios.
En Loramendi, Rain estaría fabricando otros nuevos.
* * *
Rain era un resucitador.
No devolvía la vida a los
cuerpos despedazados en el campo de batalla, sino que fabricaba otros
nuevos. Esta era la mágica tarea que se desarrollaba en la catedral
subterránea. A partir de los vestigios más pequeños —los dientes—, Rain
conjuraba otros cuerpos en los que enfundar las almas de los guerreros caídos.
De este modo, el ejército quimérico resistía, año tras año, ante la
superioridad de los ángeles.
Sin Rain, y sin los dientes,
las quimeras fracasarían. No había duda alguna. Caerían.
* * *
—Este es para Chiro —había
dicho Max alargando a Rain un collar de dientes.
Humanos, de murciélago, de
caracal y de chacal. Había trabajado en él durante horas, sin dormir ni comer
desde su regreso de Kalamet. Sentía los párpados pesados como el plomo. Había
revisado todos los dientes de chacal del tarro y los había escuchado uno a uno
hasta asegurarse de que seleccionaba los más favorables —los más limpios,
suaves, afilados, fuertes—. Hizo lo mismo con el resto de los dientes, y con
las piedras preciosas ensartadas con ellos: jade para la alegría, diamantes
para la fuerza y la belleza. Los diamantes eran un lujo que no se solía otorgar
a un simple soldado, pero Max los había utilizado con actitud desafiante, y Rain
se lo había permitido.
Rain solo necesitó observar el
collar durante un instante para comprobar que estaba correcto. Siguiendo sus
enseñanzas, Max había enfilado las piedras preciosas y los dientes con una
cuidadosa configuración para la creación de un cuerpo. Si estuvieran colocados
en diferente orden, la manifestación del cuerpo sería distinta: tal vez cabeza
de murciélago en vez de la de chacal, o piernas humanas en lugar de las de
caracal.
Había que seguir ciertas
reglas, pero también dejarse llevar por la intuición, y Max estaba seguro de
que aquel collar era perfecto.
Una vez resucitado, Chiro
tendría un aspecto casi idéntico al que poseía su cuerpo original.
—Bien hecho —dijo Rain, y luego
hizo algo poco habitual en él: le tocó. Posó durante un instante su enorme mano
sobre la nuca de Max, antes de volverse.
Max se ruborizó, orgulloso;
BoAh lo vio y sonrió. Que Rain dijera «bien hecho» era suficientemente raro,
así que la caricia suponía algo especial. En realidad, todo entre ellos dos era
poco habitual, y conseguido con gran esfuerzo por parte de Max.
Rain era un ermitaño al que
rara vez se veía fuera de sus dominios en la torre oeste de Loramendi. Cuando
hacía alguna aparición, era a la izquierda del caudillo, e inspiraba igual
reverencia que este, aunque de un tipo distinto. Ambos eran mitos vivientes,
casi dioses. Después de todo, ellos habían orquestado el levantamiento en
Astrae que había terminado con los gobernantes de los ángeles muertos en
charcos de sangre y los supervivientes dando traspiés durante años, mientras
las quimeras se consolidaban como pueblo y arrancaban vastas extensiones de
territorio al Imperio para establecer zonas libres.
El papel del caudillo era claro
—él había sido el general, la imagen y la voz de la rebelión, y era venerado
como el padre de las razas aliadas—. Sin embargo, ciertas facetas de la labor
de Rain resultaban más oscuras, y su aterrador aspecto le otorgaba un halo de
misterio y especulación, más que de adulación. Era objeto de numerosos e
imaginativos rumores —algunos daban en el blanco, otros ni se aproximaban a la
verdad—.
Él, por ejemplo, no comía
humanos.
Disponía de una puerta hacia su mundo, como Max tuvo ocasión de
saber de primera mano cuando a los diez años fue designado para ser su
ayudante.
La profesora de los más jóvenes
le seleccionó por sus alas, simple suerte. Podría haber elegido igualmente a
Chiro, pero no lo hizo. Prefirió a Max, huérfano desde hacía tres años,
delgaducho, inquisitivo y solitario, y lo envió con la abstracta orden de hacer
lo que se le mandara y guardar silencio sobre lo que aprendiera.
¿Qué era lo que iba a aprender?
En un primer momento, el secretismo de todo aquello incendió la mente de la
joven Max, y con los ojos muy abiertos y atenazado por los nervios se presentó
en la torre oeste, donde fue recibido por una mujer naja de rostro dulce —BoAh—
que le ofreció té. Lo aceptó, pero olvidó bebérselo de lo absorto que estaba
mirándolo todo: Rain, para empezar, era más grande de cerca de lo que había
imaginado a partir de las escasas veces que lo había visto de lejos. Aparecía
descomunal tras su escritorio, ignorando la presencia de Max. Entre las
sombras, su cola se retorcía como la de un gato, poniéndolo nervioso. Contempló
a su alrededor las estanterías y libros polvorientos, la ancha puerta sobre
bisagras de bronce que tal vez, solo tal vez, se abriera hacia otro mundo, y,
por supuesto, los dientes.
Era algo inesperado. Por todas
partes, el tintineo de las hileras de dientes, tarros polvorientos repletos de
ellos, afilados y romos, enormes y extraños y diminutos como granizos. Sus
jóvenes dedos se morían por tocarlo todo, pero tan pronto como aquel
pensamiento asaltó su mente, Rain, como si lo hubiera oído revolotear, le miró
con sus ojos de pupilas rajadas, y el impulso desapareció. Max permaneció
inmóvil. Rain retiró la mirada y él se sentó rígido durante al menos un minuto,
antes de aventurar un dedo para rozar un enroscado colmillo de jabalí…
—No lo toques.
¡Oh, su voz! Era tan honda como
una catacumba. Debería haber tenido miedo, y tal vez lo tuviera, un poco, pero
el fuego de su mente era demasiado intenso.
—¿Para qué son todos estos
dientes? —preguntó sobrecogido.
Fue la primera de muchas
preguntas. Muchas, muchas más. Rain no contestó. Solamente terminó el mensaje
que estaba escribiendo sobre un grueso papel color crema y lo envió con él en
busca del administrador del caudillo. Era todo lo que quería de Max, que
entregara mensajes e hiciera recados para que Twiga y Yasri no tuvieran que
corretear arriba y abajo por la larga escalera de caracol. Por supuesto, no
estaba buscando un aprendiz.
Pero una vez que Max descubrió
la inmensidad de su magia —¡la resurrección!, nada menos que la inmortalidad,
la preservación de las quimeras y su esperanza de lograr libertad y autonomía
para siempre—, no se conformó con ser un paje.
«Podría desempolvar los tarros
por ti».
«Podría ayudarte. Yo también podría hacer collares».
«¿Estos son de caimán o de
cocodrilo? ¿Cómo se distinguen?».
Para demostrarle su valía, se
presentaba ante Rain con fajos de dibujos con posibles configuraciones de
quimeras.
«Este es un tigre con cuernos
de toro, ¿lo ves? Y este, un mandril-guepardo. ¿Podrías hacer uno como este?
Seguro que yo sí sería capaz».
Era impaciente, mucho.
«Podría echar una mano».
Melancólico y curioso.
«Me podrías enseñar».
Decidido e incorregible.
«Me podrías enseñar».
No entendía por qué no quería
instruirle. Más tarde se daría cuenta de que Rain no deseaba compartir su carga
con nadie —su misión era hermosa, pero terrible también, y lo terrible superaba
con creces lo hermoso—. Cuando comprendió aquello, no le importó, pues ya
estaba totalmente involucrado.
—Toma. Clasifica estos —le dijo
Rain un día, acercándole una bandeja de dientes por encima del escritorio.
Hacía varios años que le servía como paje, y se había mostrado categórico a la
hora de mantenerlo en ese papel. Hasta ese momento.
BoAh, Yasri y Twiga abandonaron
lo que estaban haciendo y volvieron la cabeza para mirar. ¿Era… una prueba? Rain
los ignoró, ocupado con algo en su caja fuerte, y Max, temeroso casi de
respirar, deslizó la bandeja frente a sí y, en silencio, se puso a trabajar.
Eran dientes de oso. Rain
probablemente esperaba que los clasificara por tamaños, pero Max llevaba años
observándolo. Cogió los dientes uno a uno y… los escuchó. Los escuchó con las
puntas de los dedos, escogió los pocos que no le transmitían buenas sensaciones
—descomposición, le diría más tarde Rain— y los descartó, y distribuyó los
restantes en montones según sus vibraciones, no por tamaño. Cuando deslizó la
bandeja para devolvérsela a Rain, vio con gran satisfacción que sus ojos se
agrandaban por la sorpresa y que los levantaba para mirarle de una manera
totalmente distinta.
—Bien hecho —le dijo entonces, por primera vez.
Max sintió una extraña punzada
en el corazón mientras, en un rincón, BoAh se enjugaba los ojos.
Después de aquello, y fingiendo
en todo momento que no hacía tal cosa, Rain empezó a instruirle.
Max aprendió que la magia era
terrible —una dura puja con el universo, un cálculo de dolor—. Mucho tiempo
atrás, los hombres medicina se habían flagelado, desollando sus propias carnes
para acceder al poder de su agonía, o incluso quebrando sus huesos y
recolocándolos mal a propósito para crear reservas de dolor que duraran toda
una vida. Entonces había un equilibrio, una selección natural, cuando lo que se
recogía era el dolor de uno mismo. Sin embargo, por el camino, algunos
hechiceros habían elaborado métodos para burlar aquel cálculo, y recurrir al
dolor de otros.
—¿Y para eso son los dientes?
¿Una forma de hacer trampa? —no parecía juego limpio—. Pobres animales —murmuró
Max.
BoAh le miró con inusual
dureza.
—Tal vez preferirías torturar a
esclavos.
Fue una reacción tan atroz, y
tan inusitada, que Max solo pudo mirarla fijamente. Pasarían años antes de que
descubriera a qué se refería BoAh —la víspera de su propia muerte, Rain le
hablaría por fin con libertad—, y se avergonzaría de no haber caído en la
cuenta por sí mismo. Las cicatrices de Rain. Deberían haber bastado para verlo
claro —aquel entramado de cicatrices en su pellejo, aparentemente tan antiguas,
delgadas marcas de látigo entrecruzadas sobre sus hombros y su espalda—. Pero
¿cómo podría haberlo adivinado? Incluso con todo lo que había visto —el saqueo
de su pueblo en las montañas, la muerte y la pérdida, los sitios de ciudades en
los que había participado—, carecía de fundamentos suficientes para imaginar el
horror que había acompañado la juventud de Rain, y él tampoco le había ayudado.
Le enseñó todo sobre los
dientes y cómo conseguir poder de ellos, cómo manipular los restos de vida y dolor
que almacenaban para crear cuerpos tan reales como los naturales. Era una magia
inventada por él, no algo que hubiera aprendido, lo mismo que las hamsas. No
eran tatuajes, sino parte de la configuración de los cuerpos, de modo que
surgían ya marcados, infundidos por una magia inexistente en cualquier cuerpo
natural.
Los resucitados no debían
entregar su diezmo de dolor a cambio de aquel poder; ya lo habían hecho. Las hamsas
eran un arma mágica pagada con el dolor de su propia muerte.
Eran los mismos soldados que
morían una y otra vez. «Muerte, muerte y muerte», como Chiro lo había
expresado. Pero nunca eran suficientes. Llegaban nuevos soldados sin parar —los
hijos de Loramendi y los de las tierras libres, adiestrados desde el momento en
que podían sujetar un arma—, pero los costes de la batalla eran altos. Incluso
con la resurrección, las quimeras se mantenían al borde de la aniquilación.
—Las bestias deben ser
destruidas —bramaba Joram tras cada reunión con su consejo de guerra; los
ángeles eran como la larga sombra de la muerte, y las quimeras vivían bajo su
gélida presencia.
Cuando ganaban una batalla, la
cosecha era sencilla. Los supervivientes recorrían los campos y la ciudad en
busca de cadáveres y recogían todas las almas para llevárselas de vuelta a Rain.
Cuando sufrían una derrota, aunque arriesgaban sus vidas para salvar las almas
de los compañeros muertos, muchas quedaban olvidadas y desaparecían para
siempre.
El incienso de los turíbulos
atraía las almas fuera de los cuerpos. En un incensario adecuadamente sellado,
las almas podían conservarse de manera indefinida; sin embargo, a la
intemperie, presa de los elementos, bastaban unos días para que se
desvanecieran, esparcidas como el aliento en el aire, y dejaran de existir.
La evanescencia no era, en sí
misma, un destino sombrío. Era la manera en que las cosas regresaban a su
origen, y se producía a diario en las muertes naturales. Y para un resucitado
que había vivido en un cuerpo tras otro, sufrido una muerte tras otra, la
evanescencia podría parecer un sueño de paz. Pero las quimeras no podían
permitirse dejar marchar a los soldados.
—¿Te gustaría vivir para
siempre? —Le había preguntado Rain en cierta ocasión a Max—. ¿Solo para morir
otra vez, y otra vez, con agonía?
Con el paso de los años, Max
veía el efecto que estaba produciendo en Rain imponer aquel destino a tantas
criaturas buenas a las que nunca permitiría descansar, cómo pesaba sobre su
cabeza, le producía hartazgo y le dejaba los ojos extraviados y taciturnos.
De lo que Chiro hablaba con
dureza en la mirada, mientras Max trataba de decidir si se casaba con Thiago,
era de convertirse en un resucitado. Un destino del que él podía escapar.
Thiago le quería «puro», y se preocuparía de que continuara así —ya estaba
manipulando a sus comandantes para mantener el batallón de Max alejado del
peligro—. Si lo aceptaba, nunca llevaría las hamsas. Nunca regresaría al
campo de batalla.
Y tal vez sería lo mejor —para él
y para sus compañeros—, ya que sabía perfectamente que no era un buen soldado.
Odiaba matar —incluso a los ángeles—. Jamás le había revelado a nadie que en
Bullfinch, dos años atrás, había perdonado la vida a un serafín. Y no solo
perdonársela, ¡sino salvársela! ¿Qué locura le había sobrevenido? Había
cortado la hemorragia de su herida. Había acariciado su rostro. Aquel recuerdo
le producía una oleada de vergüenza —al menos, él decidió llamar vergüenza a
aquello que aceleraba su pulso y ruborizaba ligeramente su rostro—.
Qué caliente estaba la piel del
ángel, como si tuviera fiebre, y sus ojos parecían de fuego.
Le obsesionaba la duda de si
habría sobrevivido. Esperaba que no, y que cualquier evidencia de su traición
hubiera perecido allí mismo, entre la bruma de Bullfinch. O eso se aseguraba a
sí mismo.
Era al despertar, con los
delicados retazos del sueño aún frescos en la memoria, cuando la verdad se
revelaba. Soñaba que el ángel estaba vivo. Ansiaba que estuviera vivo.
Lo negaba, pero aquella idea persistía, surgiendo de repente y sobresaltándolo,
y siempre acompañado de un pulso más acelerado, un rubor y, algo extraño,
rápidos escalofríos que la recorrían hasta la punta de los dedos.
En ocasiones, pensaba que Rain
lo sabía. Una o dos veces, cuando aquel recuerdo la había asaltado, de
improviso, con su tumulto y su estremecimiento, él había levantado los ojos de
su trabajo como si algo hubiera llamado su atención. Kishmish, encaramado en
uno de los cuernos de su dueño, miraba también, y ambos le contemplaban sin
pestañear. Pero fuera lo que fuese lo que pasaba por la mente de Rain, nunca
decía una palabra de ello, al igual que nunca hizo comentario alguno sobre
Thiago, aunque debía de saber que aquella elección abrumaba a Max.
Y aquella noche, en el baile,
tendría que decidirse.
Algo va a suceder.
Pero ¿qué?
Se convenció de que, cuando se
encontrara frente a Thiago, sabría cómo reaccionar. ¿Ruborizarse y hacer una
reverencia, bailar con él, jugar al joven tímido mientras su sonrisa insinuaba
una invitación inequívoca? ¿O permanecer distante, ignorar sus avances y seguir
siendo un soldado?
—Vamos —dijo Chiro sacudiendo
la cabeza como si Max fuera una causa perdida—. Nwella tendrá algo que te
puedas poner, pero habrás de aceptar lo que te dé, sin quejarte.
—De acuerdo —suspiró Max—. A
los baños entonces. A quedar radiantemente limpios.
Como verduras, pensó, antes de echarlas a un guiso.
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