52.
LOCURA.
La marea viva los absorbió
hacia el ágora, en una estela de brazos y alas, cuernos y pellejo, pelo y
carne, y Max se sintió arrastrado, mudo de incredulidad, con las pezuñas apenas
rozando los adoquines.
Un serafín, en Loramendi.
Pero no un serafín cualquiera,
sino ese serafín. Al que él había tocado. Salvado. Allí, en la
Jaula, con las manos sobre sus brazos, cálidas incluso a través de los guantes
de cuero, ese ángel que estaba vivo gracias a él.
Él estaba allí.
Aquella locura desordenó sus
pensamientos, provocando en su interior un caos mayor que el que le rodeaba.
Era incapaz de pensar. ¿Qué podía decir? ¿Qué debía hacer?
Más tarde se sorprendió de que
ni por un instante había considerado reaccionar como habría hecho cualquiera en
la ciudad sin pensarlo: desenmascarándolo y gritando: «¡Un serafín!».
Max tomó una bocanada de aire,
profunda e irregular, y dijo:
—Es una locura que estés aquí.
¿Por qué has venido?
—Ya te lo he dicho, para darte
las gracias.
Un terrible pensamiento asaltó
a Max.
—¿Asesinato? Nunca conseguirás
acercarte al caudillo.
—No —respondió él con
sinceridad—. Nunca mancharía el regalo que me hiciste con la sangre de tu
pueblo.
El ágora era un óvalo
gigantesco, suficientemente grande como para concentrar un ejército, numerosas
falanges en formación, pero esa noche no había tropas en su centro, solo
bailarines que realizaban intrincadas figuras al ritmo de una melodía de las
tierras bajas. Los que llegaban desde la Serpenteante se arremolinaban en los
extremos de la plaza, donde la densidad de cuerpos era mayor. Había barriles de
vino de hierba colocados entre mesas repletas de comida, y gente reunida en
grupos, con niños sobre los hombros, todos riendo y cantando.
Max y el ángel seguían
atrapados en el tumultuoso delta de la Serpenteante. Él le mantenía anclado al
suelo, tan firme como un rompeolas. Él, perplejo después de la sorpresa, no
trató de escapar.
—¿Regalo? —Preguntó Max con
incredulidad—. Pues no lo cuidas en exceso, viniendo aquí, hacia una
muerte segura.
—No voy a morir —dijo él—. Al
menos esta noche. Miles de cosas podían haber impedido que estuviera aquí en
este momento, pero otras miles me han traído hasta aquí. Todo se alineó.
Ha sido fácil, como si estuviera escrito…
—¡Escrito! —respondió Max
sorprendido. Se volvió para mirarlo y la muchedumbre lo empujó contra su pecho,
como si todavía estuvieran bailando. Max se retiró con brusquedad, buscando
espacio—. Como si estuviera escrito ¿el qué?
—Tú —respondió él— y yo.
Aquellas palabras le robaron el
aliento. ¿Ellos? ¿Serafín y quimera? Era absurdo. Lo único que pudo decir fue,
de nuevo:
—Estás loco.
—Es tu locura, también. Tú
salvaste mi vida. ¿Por qué lo hiciste?
Max no tenía respuesta. Durante
dos años se había obsesionado con aquella misma pregunta, y con la sensación de
que cuando lo había encontrado moribundo, debía protegerlo. Él. Y ahora
estaba vivo y, algo inimaginable, allí. Aún seguía forcejeando,
incrédulo, con la idea de que fuera él, de que oculto tras aquella máscara
estuviera su rostro —del que recordaba cada plano y cada ángulo—.
—Y esta noche —dijo él—, con un
millón de almas en la ciudad, lo más probable era que no te hubiese encontrado.
Podía haber buscado toda la noche sin lograr más que atisbar tu presencia, pero
estabas allí, delante de mis ojos, solo, moviéndote entre la multitud y
apartado de todo, como si estuvieras esperándome…
El ángel continuó hablando, pero Max dejó de escucharlo. Al
mencionar su soledad, la razón que le había provocado regresó como un relámpago
a su mente, tras haber quedado por un momento apartado por la sorpresa. Thiago.
Miró hacia el palacio, al
balcón del caudillo. En la distancia, sus ocupantes eran meras siluetas, pero
siluetas que él conocía: el caudillo, la descomunal figura de Rain y un grupo
formado por las esposas astadas del gobernante. Thiago no estaba allí.
Lo que solo podía significar
que se encontraba en la plaza. Un escalofrío de miedo le recorrió desde
las pezuñas hasta los cuernos.
—No lo entiendes —dijo Max
haciendo piruetas para otear entre la multitud—. Había una razón por la que
nadie estaba bailando conmigo. Pensé que eras un valiente. Lo que no sabía es
que fueras un loco…
—¿Qué razón? —preguntó el
ángel, aún cerca de él. Demasiado cerca.
—Confía en mí —respondió Max
con insistencia—. No estás a salvo. Si quieres seguir vivo, márchate.
—He recorrido un largo camino
hasta encontrarte…
—Estoy prometido —espetó,
odiando aquellas palabras antes incluso de pronunciarlas.
El ángel se quedó petrificado.
—¿Prometido? ¿En matrimonio?
Reclamado, pensó Max, pero dijo:
—Prácticamente. Ahora vete. Si
Thiago te viera…
—¿Thiago? —El ángel retrocedió ante aquel nombre—. ¿Estás
comprometido con el Lobo?
Y al tiempo que él pronunciaba
aquellas palabras —«el Lobo»—, unos brazos rodearon por detrás la cintura de
Max, que ahogó un grito de sorpresa.
En un instante, imaginó lo que
sucedería. Thiago descubriría al ángel y no solo lo mataría, sino que
convertiría su muerte en un espectáculo. Un espía serafín en el baile del
caudillo — ¡nunca había sucedido algo semejante!—. Sería torturado. Le harían
desear no haber nacido. Todo aquello cruzó su mente como un relámpago, y el
terror subió a su garganta con sabor a hiel. Cuando escuchó una risita junto
a su oreja, el alivio la dejó casi sin fuerzas.
No era Thiago, sino Chiro.
—Aquí estás —dijo su hermano—. ¡Te perdimos entre la multitud!
Max sintió que el pulso se le
aceleraba y provocaba un estruendo en sus oídos, mientras Chiro paseaba la
mirada entre él y el extraño, cuyo calor se convirtió de repente en una especie
de faro.
—Hola —saludó Chiro observando
con curiosidad la máscara de caballo, a través de la cual Max todavía podía
distinguir el destello anaranjado de aquellos ojos de tigre.
De nuevo le sorprendió que
hubiera acudido con un disfraz tan escaso a la guarida del enemigo por él, y
sintió una extraña opresión en el pecho. Durante dos años había considerado lo
de Bullfinch, el deseo de que aquel serafín viviese —y realmente lo deseaba—,
como una locura pasajera, aunque en aquel momento no lo sintiese como tal, ni
ahora tampoco. Max se calmó y se volvió hacia Chiro. Nwella estaba justo detrás
de él.
—Vaya unos amigos sois —les
reprendió—. Me vestís así y luego me abandonáis en la Serpenteante. Me podían
haber vapuleado.
—Pensábamos que estabas detrás
de nosotros —contestó Nwella, sin aliento después de bailar.
—Estaba —añadió Max—. Muy por
detrás de vosotros.
Había dado la espalda al ángel,
sin mirarlo de nuevo. Con indiferencia, empezó a alejar a sus amigos de él,
aprovechando el movimiento de la multitud para abrir espacio entre ellos.
—¿Quién era ese? —preguntó
Chiro.
—¿Quién? —preguntó a su vez Max.
—El de la máscara de caballo,
el que estaba bailando contigo.
—Yo no estaba bailando con
nadie. O tal vez no te has dado cuenta: nadie bailaría conmigo. Soy un
pario.
—¡Un pario! —respondió su
hermano en tono burlón—. De eso nada. Más bien una princesa.
Chiro lanzó una mirada
escéptica a su espalda, y Max deseó con todas sus fuerzas saber qué había
visto. ¿Tenía el ángel los ojos clavados en ellos, o había huido espoleado por
el instinto de conservación?
—¿Has visto a Thiago? —preguntó Nwella—. O mejor dicho, ¿te ha
visto él a ti?
—No… —empezó a decir Max, pero
entonces Chiro exclamó:
—¡Allí está! —y Max se quedó
paralizado.
Allí estaba él.
Resultaba inconfundible tocado
con aquella cabeza de lobo, como una versión grotesca de una máscara. Los
colmillos se curvaban sobre su frente, y el hocico retrasado simulaba un
gruñido. El pelo, blanco como la nieve, lo llevaba cepillado y colocado sobre
los hombros, y su cuerpo estaba cubierto con una túnica de satén color marfil:
tanto blanco, blanco sobre blanco, enmarcando su rostro fuerte y hermoso
bronceado por el sol, otorgaba a sus pálidos ojos un aspecto fantasmal.
Él todavía no le había visto.
La multitud se apartaba a su paso, y ni el más borracho de los presentes dejaba
de reconocerlo y de abrirle camino. La muchedumbre parecía marchitarse mientras
él avanzaba junto a su séquito, formado por criaturas con verdadero aspecto de lobos
agrupados como una manada.
El significado de aquella noche
asaltó a Max: su elección, su futuro.
—Es impresionante —suspiró
Nwella recostándose sobre Max.
Era cierto, pero el mérito era
de Rain, que había fabricado aquel hermoso cuerpo, y no de Thiago, que lo lucía
con la arrogancia de su posición social.
—Te está buscando —dijo Chiro,
y Max sabía que así era.
El general no tenía prisa, y
paseaba sus pálidos ojos entre la multitud con la confianza de quien consigue
lo que quiere. Entonces le vio. Max sintió que le atravesaba con la mirada y,
temeroso, dio un paso atrás.
—Vamos a bailar —exclamó para
sorpresa de sus amigos.
—Pero… —dijo Chiro.
—Escucha —sonaban los primeros
compases de un nuevo baile—. Una furiante. Mi favorita.
No era su baile preferido, pero
le servía. Se formaron dos hileras, los hombres a un lado y las mujeres al
otro, y antes de que Chiro y Nwella pudieran decir nada, Max había escapado
hacia la fila, sintiendo en su nuca la mirada de Thiago como el roce de unas
zarpas.
¿Dónde están esos otros
ojos?, se preguntó.
La furiante comenzaba con un paseo a ritmo suave, al que Chiro y
Nwella se unieron apresuradamente. Max realizaba los pasos con elegancia y una
sonrisa, sin perder el compás, pero estaba ausente. Su pensamiento había huido
lejos, elevándose hasta reunirse con los miles de colibríes-polilla que se
arremolinaban en torno a los faroles colgados en lo alto, al tiempo que se
preguntaba, con el corazón desbocado, dónde se había marchado su ángel.
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