jueves, 28 de noviembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 52

52.
LOCURA.

La marea viva los absorbió hacia el ágora, en una estela de brazos y alas, cuernos y pellejo, pelo y carne, y Max se sintió arrastrado, mudo de incredulidad, con las pezuñas apenas rozando los adoquines.

Un serafín, en Loramendi.

Pero no un serafín cualquiera, sino ese serafín. Al que él había tocado. Salvado. Allí, en la Jaula, con las manos sobre sus brazos, cálidas incluso a través de los guantes de cuero, ese ángel que estaba vivo gracias a él.

Él estaba allí.

Aquella locura desordenó sus pensamientos, provocando en su interior un caos mayor que el que le rodeaba. Era incapaz de pensar. ¿Qué podía decir? ¿Qué debía hacer?
Más tarde se sorprendió de que ni por un instante había considerado reaccionar como habría hecho cualquiera en la ciudad sin pensarlo: desenmascarándolo y gritando: «¡Un serafín!».

Max tomó una bocanada de aire, profunda e irregular, y dijo:

—Es una locura que estés aquí. ¿Por qué has venido?

—Ya te lo he dicho, para darte las gracias.

Un terrible pensamiento asaltó a Max.

—¿Asesinato? Nunca conseguirás acercarte al caudillo.

No —respondió él con sinceridad—. Nunca mancharía el regalo que me hiciste con la sangre de tu pueblo.

El ágora era un óvalo gigantesco, suficientemente grande como para concentrar un ejército, numerosas falanges en formación, pero esa noche no había tropas en su centro, solo bailarines que realizaban intrincadas figuras al ritmo de una melodía de las tierras bajas. Los que llegaban desde la Serpenteante se arremolinaban en los extremos de la plaza, donde la densidad de cuerpos era mayor. Había barriles de vino de hierba colocados entre mesas repletas de comida, y gente reunida en grupos, con niños sobre los hombros, todos riendo y cantando.

Max y el ángel seguían atrapados en el tumultuoso delta de la Serpenteante. Él le mantenía anclado al suelo, tan firme como un rompeolas. Él, perplejo después de la sorpresa, no trató de escapar.

—¿Regalo? —Preguntó Max con incredulidad—. Pues no lo cuidas en exceso, viniendo aquí, hacia una muerte segura.

—No voy a morir —dijo él—. Al menos esta noche. Miles de cosas podían haber impedido que estuviera aquí en este momento, pero otras miles me han traído hasta aquí. Todo se alineó. Ha sido fácil, como si estuviera escrito…

—¡Escrito! —respondió Max sorprendido. Se volvió para mirarlo y la muchedumbre lo empujó contra su pecho, como si todavía estuvieran bailando. Max se retiró con brusquedad, buscando espacio—. Como si estuviera escrito ¿el qué?

—Tú —respondió él— y yo.

Aquellas palabras le robaron el aliento. ¿Ellos? ¿Serafín y quimera? Era absurdo. Lo único que pudo decir fue, de nuevo:

—Estás loco.

—Es tu locura, también. Tú salvaste mi vida. ¿Por qué lo hiciste?

Max no tenía respuesta. Durante dos años se había obsesionado con aquella misma pregunta, y con la sensación de que cuando lo había encontrado moribundo, debía protegerlo. Él. Y ahora estaba vivo y, algo inimaginable, allí. Aún seguía forcejeando, incrédulo, con la idea de que fuera él, de que oculto tras aquella máscara estuviera su rostro —del que recordaba cada plano y cada ángulo—.

—Y esta noche —dijo él—, con un millón de almas en la ciudad, lo más probable era que no te hubiese encontrado. Podía haber buscado toda la noche sin lograr más que atisbar tu presencia, pero estabas allí, delante de mis ojos, solo, moviéndote entre la multitud y apartado de todo, como si estuvieras esperándome…

El ángel continuó hablando, pero Max dejó de escucharlo. Al mencionar su soledad, la razón que le había provocado regresó como un relámpago a su mente, tras haber quedado por un momento apartado por la sorpresa. Thiago.
Miró hacia el palacio, al balcón del caudillo. En la distancia, sus ocupantes eran meras siluetas, pero siluetas que él conocía: el caudillo, la descomunal figura de Rain y un grupo formado por las esposas astadas del gobernante. Thiago no estaba allí.
Lo que solo podía significar que se encontraba en la plaza. Un escalofrío de miedo le recorrió desde las pezuñas hasta los cuernos.

—No lo entiendes —dijo Max haciendo piruetas para otear entre la multitud—. Había una razón por la que nadie estaba bailando conmigo. Pensé que eras un valiente. Lo que no sabía es que fueras un loco…

—¿Qué razón? —preguntó el ángel, aún cerca de él. Demasiado cerca.

—Confía en mí —respondió Max con insistencia—. No estás a salvo. Si quieres seguir vivo, márchate.

—He recorrido un largo camino hasta encontrarte…

—Estoy prometido —espetó, odiando aquellas palabras antes incluso de pronunciarlas.

El ángel se quedó petrificado.

—¿Prometido? ¿En matrimonio?

Reclamado, pensó Max, pero dijo:

—Prácticamente. Ahora vete. Si Thiago te viera…

—¿Thiago? —El ángel retrocedió ante aquel nombre—. ¿Estás comprometido con el Lobo?

Y al tiempo que él pronunciaba aquellas palabras —«el Lobo»—, unos brazos rodearon por detrás la cintura de Max, que ahogó un grito de sorpresa.

En un instante, imaginó lo que sucedería. Thiago descubriría al ángel y no solo lo mataría, sino que convertiría su muerte en un espectáculo. Un espía serafín en el baile del caudillo — ¡nunca había sucedido algo semejante!—. Sería torturado. Le harían desear no haber nacido. Todo aquello cruzó su mente como un relámpago, y el terror subió a su garganta con sabor a hiel. Cuando escuchó una risita junto a su oreja, el alivio la dejó casi sin fuerzas.

No era Thiago, sino Chiro.

—Aquí estás —dijo su hermano—. ¡Te perdimos entre la multitud!
Max sintió que el pulso se le aceleraba y provocaba un estruendo en sus oídos, mientras Chiro paseaba la mirada entre él y el extraño, cuyo calor se convirtió de repente en una especie de faro.

—Hola —saludó Chiro observando con curiosidad la máscara de caballo, a través de la cual Max todavía podía distinguir el destello anaranjado de aquellos ojos de tigre.
De nuevo le sorprendió que hubiera acudido con un disfraz tan escaso a la guarida del enemigo por él, y sintió una extraña opresión en el pecho. Durante dos años había considerado lo de Bullfinch, el deseo de que aquel serafín viviese —y realmente lo deseaba—, como una locura pasajera, aunque en aquel momento no lo sintiese como tal, ni ahora tampoco. Max se calmó y se volvió hacia Chiro. Nwella estaba justo detrás de él.

—Vaya unos amigos sois —les reprendió—. Me vestís así y luego me abandonáis en la Serpenteante. Me podían haber vapuleado.

—Pensábamos que estabas detrás de nosotros —contestó Nwella, sin aliento después de bailar.

—Estaba —añadió Max—. Muy por detrás de vosotros.

Había dado la espalda al ángel, sin mirarlo de nuevo. Con indiferencia, empezó a alejar a sus amigos de él, aprovechando el movimiento de la multitud para abrir espacio entre ellos.

—¿Quién era ese? —preguntó Chiro.

—¿Quién? —preguntó a su vez Max.

—El de la máscara de caballo, el que estaba bailando contigo.

—Yo no estaba bailando con nadie. O tal vez no te has dado cuenta: nadie bailaría conmigo. Soy un pario.

—¡Un pario! —respondió su hermano en tono burlón—. De eso nada. Más bien una princesa.
Chiro lanzó una mirada escéptica a su espalda, y Max deseó con todas sus fuerzas saber qué había visto. ¿Tenía el ángel los ojos clavados en ellos, o había huido espoleado por el instinto de conservación?

—¿Has visto a Thiago? —preguntó Nwella—. O mejor dicho, ¿te ha visto él a ti?
—No… —empezó a decir Max, pero entonces Chiro exclamó:

—¡Allí está! —y Max se quedó paralizado.

Allí estaba él.

Resultaba inconfundible tocado con aquella cabeza de lobo, como una versión grotesca de una máscara. Los colmillos se curvaban sobre su frente, y el hocico retrasado simulaba un gruñido. El pelo, blanco como la nieve, lo llevaba cepillado y colocado sobre los hombros, y su cuerpo estaba cubierto con una túnica de satén color marfil: tanto blanco, blanco sobre blanco, enmarcando su rostro fuerte y hermoso bronceado por el sol, otorgaba a sus pálidos ojos un aspecto fantasmal.

Él todavía no le había visto. La multitud se apartaba a su paso, y ni el más borracho de los presentes dejaba de reconocerlo y de abrirle camino. La muchedumbre parecía marchitarse mientras él avanzaba junto a su séquito, formado por criaturas con verdadero aspecto de lobos agrupados como una manada.

El significado de aquella noche asaltó a Max: su elección, su futuro.

—Es impresionante —suspiró Nwella recostándose sobre Max.

Era cierto, pero el mérito era de Rain, que había fabricado aquel hermoso cuerpo, y no de Thiago, que lo lucía con la arrogancia de su posición social.

—Te está buscando —dijo Chiro, y Max sabía que así era.

El general no tenía prisa, y paseaba sus pálidos ojos entre la multitud con la confianza de quien consigue lo que quiere. Entonces le vio. Max sintió que le atravesaba con la mirada y, temeroso, dio un paso atrás.

—Vamos a bailar —exclamó para sorpresa de sus amigos.

—Pero… —dijo Chiro.

—Escucha —sonaban los primeros compases de un nuevo baile—. Una furiante. Mi favorita.

No era su baile preferido, pero le servía. Se formaron dos hileras, los hombres a un lado y las mujeres al otro, y antes de que Chiro y Nwella pudieran decir nada, Max había escapado hacia la fila, sintiendo en su nuca la mirada de Thiago como el roce de unas zarpas.

¿Dónde están esos otros ojos?, se preguntó.

La furiante comenzaba con un paseo a ritmo suave, al que Chiro y Nwella se unieron apresuradamente. Max realizaba los pasos con elegancia y una sonrisa, sin perder el compás, pero estaba ausente. Su pensamiento había huido lejos, elevándose hasta reunirse con los miles de colibríes-polilla que se arremolinaban en torno a los faroles colgados en lo alto, al tiempo que se preguntaba, con el corazón desbocado, dónde se había marchado su ángel.

No hay comentarios:

Publicar un comentario