59.
UN MUNDO NUEVO.
—No puedo salvarte —le dijo
Rain.
Max levantó la vista. Estaba en
el suelo, en un rincón de su sombría celda, y no esperaba salvación.
—Lo sé.
Él se acercó a los barrotes, y
el menor permaneció quieto, con la barbilla levantada y perplejidad en el
rostro. ¿Le escupiría, como habían hecho otros? No era necesario. La mera
decepción de Rain le provocaba más dolor que cualquier cosa que pudieran arrojarle.
—¿Te han hecho daño? —preguntó
él.
—Solo haciéndole daño a él.
Aquello resultaba una tortura
peor de lo que hubiera podido imaginar. Dondequiera que tuvieran encerrado a YooChun,
estaba suficientemente cerca para que él pudiera escuchar sus gritos de agonía.
Surgían a intervalos irregulares, sin saber en ningún momento cuándo se
produciría el siguiente. Había pasado los últimos días atenazado por aquella
terrible espera.
Rain le contempló.
—Lo amas.
Max solo pudo asentir con la
cabeza. Hasta ese momento había aguantado bien, se había ocultado tras una
máscara de dignidad, sin dejar traslucir cómo se estaba disolviendo, como si su
evanescencia hubiera comenzado ya. Pero bajo el escrutinio de Rain, su labio
inferior comenzó a temblar. Apretó los nudillos contra él para detener aquel
temblor. Rain permanecía en silencio.
—Lo siento —dijo Max cuando
sintió que no se le iba a quebrar la voz.
—¿Por qué, pequeño?
¿Estaba burlándose de él? Siempre le había resultado imposible
interpretar la expresión de su rostro ovino. Kishmish estaba encaramado sobre
un cuerno de Rain e imitaba su postura, con la cabeza inclinada y los hombros
encorvados.
—¿Sientes haberte enamorado?
—le preguntó Rain.
—No. Eso no.
—Entonces, ¿qué?
No sabía qué debía contestar.
En el pasado, él le había pedido que le dijera siempre la verdad, con la máxima
sencillez. Así que ¿cuál era la verdad? ¿Qué era lo que sentía?
—Que me hayan cogido —dijo Max—.
Y… haberte avergonzado.
—¿Debería estar avergonzado?
Max parpadeó. Nunca habría
imaginado que Rain se mofaría de él. Simplemente pensó que no acudiría a verlo,
que lo vería por última vez en el balcón del palacio, mientras esperaba su
ejecución como los demás.
—Dime qué es lo que has hecho
—dijo él.
—Ya sabes lo que he hecho.
—Dímelo tú.
Entonces, se trataba de una
burla. Max lo aceptó y comenzó la enumeración.
—Alta traición. Asociación con
el enemigo. Poner en peligro la perpetuidad de la raza quimérica y todo por lo
que hemos luchado durante mil años…
Rain la interrumpió.
—Conozco tu sentencia. Dímelo
con tus propias palabras.
Max tragó saliva, tratando de
adivinar qué pretendía Rain. Titubeó.
—Yo… me enamoré. Yo…
Le lanzó una mirada avergonzada
antes de revelarle lo que, hasta entonces, no había contado a nadie.
—Todo empezó en la batalla de
Bullfinch. La lucha había terminado. Fue después, durante la recolección de
almas. Lo encontré moribundo y lo salvé. Sin saber por qué; parecía la única
opción. Más tarde…, más tarde pensé que estábamos destinados para algo —con las
mejillas encendidas, susurró—: Para conseguir la paz.
—La paz —repitió Rain.
Qué infantil resultaba,
considerando dónde se encontraba ahora, haber creído que existía un propósito
divino en su amor. Y aun así, qué hermoso había sido. Lo que había compartido
con YooChun no podía arrebatárselo la vergüenza. Max alzó la voz para añadir:
—Juntos, imaginamos un nuevo
mundo.
Se produjo un largo silencio,
durante el que Rain le observó. No habría podido soportar su mirada si, de niño,
no hubiera jugado a mantener las pupilas fijas en las de él, sin apartarlas.
Incluso así, le ardían los ojos cuando él finalmente habló.
—¿Y por eso debería
avergonzarme de ti?
El engranaje de la tristeza se
detuvo en el interior de Max. Sentía como si se le hubiera helado la sangre. No
se atrevía a vislumbrar una esperanza. ¿Qué quería decir Rain? ¿Seguiría
hablando?
No. Lanzó un suspiro hondo y
dijo de nuevo:
—No puedo salvarte.
—Lo… lo sé.
—Yasri te envía esto.
Le acercó un paquete de tela a
través de los barrotes, y Max lo cogió. Estaba caliente y olía bien. Lo
desenvolvió y vio las galletas en forma de cuerno con las que Yasri la había
atiborrado durante años para tratar, en vano, de que engordara. Los ojos se le
llenaron de lágrimas.
Las colocó a un lado con
cariño.
—Tengo el estómago cerrado
—dijo—, pero… ¿le dirás que me las comí?
—Así lo haré.
—Y… a BoAh y Twiga —sintió un
nudo en la garganta— diles… —tuvo que apretarse de nuevo los labios con los
nudillos. No se podía contener. ¿Por qué resultaba mucho más difícil en
presencia de Rain? Antes de que él llegara, la ira le había dado fuerza.
Aunque todavía no le había
transmitido ningún mensaje, él dijo:
—Lo saben, pequeño. Ya lo
saben. Y ellos tampoco se avergüenzan de ti.
Ellos tampoco.
Era lo máximo que Rain diría,
pero era suficiente. Max rompió a llorar. Se apoyó contra los barrotes con la
cabeza baja y sollozó, y cuando sintió que Rain reposaba la mano sobre su
cuello, lloró con más intensidad.
Se quedó con él. Max sabía que
nadie, excepto Rain —y el propio caudillo—, podría haber ignorado la orden
directa de Thiago de que no recibiera visitas. Tenía poder, pero no lo bastante
como para anular la sentencia. El delito de Max era demasiado grave, y su
culpabilidad, demasiado obvia.
Después de llorar, se sentía
vacío y también… mejor, como si la sal de todas las lágrimas contenidas lo
hubiera estado envenenando, y por fin se hubiera deshecho de ella. Se recostó
contra los barrotes; Rain estaba agachado al otro lado. Kishmish empezó a piar
suavemente a intervalos regulares, lo que Max sabía que era una combinación de
orden y súplica, así que partió trocitos de las galletas de Yasri y se los dio.
—Una merienda en la cárcel
—dijo tratando de esbozar una leve sonrisa, que desapareció de forma abrupta.
Ambos lo escucharon al mismo
tiempo: un alarido tan espantoso que Max se acurrucó, escondió la cara entre las
rodillas y se tapó los oídos con las manos, tratando de ocultarse en la
oscuridad, el silencio, la negación de lo que estaba ocurriendo. No funcionó.
El grito estaba ya dentro de su cabeza, e incluso después de apagarse, su eco
permaneció en su interior.
—¿Quién será el primero?
—preguntó a Rain.
Sabía a lo que se refería.
—Tú. Ante la mirada del
serafín.
Max respondió con una extraña
indiferencia.
—Pensé que decidiría lo
contrario, y me obligaría a contemplar su muerte.
—Creo —dijo Rain con un ligero
titubeo— que todavía… no ha acabado con él.
Un leve grito escapó de la
garganta de Max. ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo alargaría Thiago su
sufrimiento?
—¿Te acuerdas del hueso de la
suerte, cuando era más pequeño? —preguntó Max.
—Lo recuerdo.
—Finalmente pedí un deseo. O…
confié en la esperanza, supongo, porque no había verdadera magia en su
interior.
—La esperanza es la
verdadera magia, pequeño.
Diversas imágenes cruzaron su
mente. YooChun con su luminosa sonrisa. YooChun tirado en el suelo y su sangre
fluyendo hacia el manantial sagrado. El templo en llamas mientras los soldados
se los llevaban a la fuerza y los árboles de réquiem comenzaban a arder, junto
con todas las evangelinas que vivían en ellos. Sacó del bolsillo el hueso de la
suerte que había llevado al bosquecillo aquella última vez. Estaba intacto. No
habían tenido oportunidad de romperlo.
Se lo acercó a Rain.
—Toma. Cógelo, pisotéalo,
tíralo. No hay esperanza.
—Si yo creyera eso —dijo Rain —,
no estaría aquí en este momento.
¿Qué significaban esas
palabras?
—¿Qué es lo que hago, pequeño,
día tras día, sino luchar contra una marea? Y cada ola que se acerca a la
orilla penetra más en la arena. No ganaremos, Máximo. No podemos vencer a los
serafines.
—¿Qué? Pero…
—No podemos ganar esta guerra.
Siempre lo he sabido. Son demasiado fuertes. La única razón por la que hemos
resistido durante tanto tiempo es porque quemamos la biblioteca.
—¿La biblioteca?
—La de Astrae. Era el archivo
de los magos seráficos. Los muy locos guardaron todos sus textos en el mismo
lugar. Eran recelosos de su poder, y no permitieron hacer copias. No querían
que ningún advenedizo los desafiara, así que acapararon todo el conocimiento y
tomaron únicamente aprendices a los que pudieran controlar, y los mantuvieron
cerca. Ese fue su primer error, acumular todo su poder en un mismo lugar.
Max lo escuchaba, absorto. Rain
le estaba contando cosas. Historia. Secretos. Casi temerosa de romper el
hechizo, preguntó:
—¿Cuál fue su siguiente error?
—Olvidarse de tenernos miedo
—permaneció un instante en silencio. Kishmish
saltaba entre sus cuernos—. Necesitaban creer que éramos animales, para
justificar cómo nos utilizaban.
—Esclavos —susurró Max
escuchando la voz de BoAh en su cabeza.
—Éramos esclavos para
suministrarles dolor. Nosotros éramos el origen de su poder.
—Tortura.
—Se decían a sí mismos que
éramos bestias sin sentimientos, como si eso lo justificara todo. Tenían en sus
fosos cinco mil bestias que no carecían de sentimientos en absoluto, pero se
creyeron su propia mentira. No nos tenían miedo, y eso facilitó todo.
—¿Qué facilitó?
—Destruirlos. La mitad de los
guardias ni siquiera entendían nuestra lengua, y se contentaban creyendo que lo
que gritábamos en nuestra agonía eran meros gruñidos y bramidos. Eran unos
locos, y los matamos a todos, quemamos todo. Sin la magia, los serafines
perdieron su supremacía, y durante todos estos años no la han recuperado. Pero
lo harán, incluso sin la biblioteca. Tu serafín demuestra que están
redescubriendo lo que perdieron.
—Pero… no. La magia de YooChun no
es así… —Max pensó en el chal vivo que le había fabricado—. Él nunca la usaría
como un arma. Él solo deseaba la paz.
—La magia no es una herramienta
para la paz. El precio es demasiado alto. Lo único que me anima a seguir
usándola, a seguir recuperando las almas una muerte tras otra, es creer que nos
estamos manteniendo vivos hasta… hasta que creemos un mundo nuevo.
Las mismas palabras que había
pronunciado Max.
Rain se aclaró la garganta.
Sonaba como un muerto retorciéndose en su tumba. ¿Sería posible, estaría
diciendo que él…?
—Yo también sueño con eso,
pequeño.
Max lo contempló extasiado.
—La magia no nos salvará. Sería necesario conjurar tanto poder,
que el diezmo de dolor nos destruiría. La única esperanza es… la esperanza —aún tenía el hueso de la
suerte en la mano—. No necesitas amuletos para ello, está en tu corazón o en
ninguna parte. Y en tu corazón, pequeño, es más fuerte de lo que jamás había
visto.
Deslizó el hueso dentro del
bolsillo que llevaba en el pecho, se puso en pie y se volvió.
El corazón de Max se sobresaltó
ante la posibilidad de que le dejara solo.
Pero solo se acercó hasta la
pequeña ventana que había en la pared al fondo de la estancia y miró a través
de ella.
—Fue Chiro —dijo cambiando
abruptamente de tema.
Max lo sabía.
Chiro, que tenía alas para
seguirlo y se había ocultado entre la arboleda para espiarle.
Chiro, que, como un perro
faldero de Thiago, le había traicionado por una palmadita en la cabeza.
—Thiago le prometió aspecto
humano —añadió Rain —. Como si fuera una promesa que pudiera cumplir.
Estúpido Chiro, pensó Max. Si esa era su esperanza, había elegido un
mal aliado.
—No cumplirás su promesa,
¿verdad?
Con mirada sombría, Rain
replicó:
—Debería esforzarse por no
tener que necesitar nunca otro cuerpo. Tengo una hilera de dientes de morena
que jamás pensé que me sentiría tentado de utilizar.
¿Dientes de morena? Max no
sabía si estaba hablando en serio. Probablemente. Casi sintió pena por su
hermano. Casi.
—Pensar que desperdicié
diamantes en él…
—Tú actuaste de forma sincera,
aunque él no te correspondiese. Nunca te arrepientas de tu propia bondad,
pequeño. Mantener la sinceridad frente al mal es una muestra de fuerza.
—Fuerza —repitió él con una
ligera sonrisa—. Yo le entregué fuerza, y mira lo que hizo con ella.
Rain replicó con desprecio.
—Chiro no es fuerte. Puede
que su cuerpo haya sido fabricado con diamantes, pero el alma que alberga en su
interior es viscosa, como un molusco húmedo y contraído.
Era una imagen poco agradable,
pero parecía adecuada.
—Y fácil de echar a un lado
—añadió Rain.
Max ladeó la cabeza.
—¿Cómo?
Escucharon sonidos en el
pasillo. ¿Venía alguien? ¿Había llegado el momento? Rain se dirigió hacia él.
—El humo de los resucitados —le
preguntó de forma rápida y concisa—. ¿Sabes con qué se elabora el incienso?
Max parpadeó. ¿Por qué le
hablaba del humo?, no habría para él. Rain le miraba con extremada intensidad.
Max asintió con la cabeza, por supuesto que lo sabía. El incienso llevaba
planta de aro y resina de matricaria, romero y asafétida para darle aroma
sulfuroso.
—¿Sabes para qué sirve? —dijo Rain.
—Proporciona un camino al alma
para que llegue hasta el incensario o el cuerpo.
—¿Es mágico?
Max vaciló. Había ayudado a
Twiga a hacerlo infinidad de veces.
—No —respondió, distraído por
los sonidos del pasillo, que se aproximaban—. Es solo humo. Un mero sendero
para el alma.
Rain asintió con la cabeza.
—Algo parecido a tu hueso de la
suerte. No es mágico, solo un foco de atención para la voluntad —hizo una
pausa—. Una voluntad fuerte puede no necesitarlo.
Su mirada le abrazó. Estaba tratando
de decirle algo. ¿Qué?
Las manos de Max empezaron a
temblar. No lo comprendía, aún, pero algo empezaba a tomar forma, producto de
la magia y la voluntad. Humo y hueso.
Los cerrojos de la puerta se
descorrieron. El corazón de Max dio un vuelco.
Sus alas se movieron con el
inútil aleteo de un ave enjaulada. La puerta se abrió y Thiago apareció
enmarcado como en un cuadro. Como siempre, iba vestido de blanco, y Max se dio
cuenta por primera vez de por qué
utilizaba prendas de ese color: servían de lienzo a la sangre de sus víctimas,
y en ese momento su cota aparecía empapada de ella.
De la sangre de YooChun.
El rostro de Thiago se volvió
iracundo al ver a Rain en la estancia, pero no se arriesgó a iniciar un duelo
de voluntades que no podría ganar. Inclinó la cabeza hacia el hechicero y miró
a Max.
—Ha llegado el momento —dijo.
Su voz era perversamente suave, como cuando se anima a un niño a dormir.
Max no respondió, luchó por
mantenerse en calma. Pero no pudo engañar a Thiago. Su olfato de lobo podía
percibir el aroma de su miedo. Sonrió y se volvió hacia los guardias que
esperaban órdenes.
—Atadle las manos e
inmovilizadle las alas.
—Eso no es necesario —objetó Rain.
Los guardias vacilaron.
Thiago dirigió la mirada hacia
el resucitador y ambos se observaron, reflejando su enemistad únicamente en el
aleteo de la nariz y las mandíbulas apretadas. El Lobo repitió la orden
remarcando cada sílaba, y los guardias se apresuraron a cumplirla. Entraron en
la celda, sujetaron con dificultad las alas de Max y las aseguraron con pinzas
de hierro. Amarrar sus manos resultó más fácil; no se resistió. Una vez que
estuvo atado, lo empujaron hacia la puerta.
Rain guardaba una última
sorpresa.
—He designado a una persona
para que bendiga la evanescencia de Max —le dijo a Thiago.
Max había supuesto que se le
negaría ese ritual sagrado, y aparentemente, Thiago había pensado lo mismo.
El general entrecerró los ojos
y dijo:
—Piensas que vas a poder
colocar a alguien suficientemente cerca de él para recoger su alma…
—Chiro —lo interrumpió Rain. Max
se estremeció—. Me imagino que no pondrás ninguna objeción a que sea él.
—Está bien —contestó Thiago, y ordenó a los guardias—: Adelante.
Chiro. Era tan profundamente
malvado, tan sacrílego, que la persona que había traicionado a Max fuera quien
concediera paz a su alma, que por un instante pensó que había malinterpretado
todo lo que Rain acababa de decirle, que era un último castigo amontonado sobre
todos los demás. Luego Rain sonrió, con una astuta mueca en su severa boca de
carnero. De repente, Max se dio cuenta. Estalló delante de sus ojos.
Algo viscoso como un molusco. Fácil de echar a un lado.
Un nuevo empujón del guardia le obligó a traspasar la puerta,
mientras su mente intentaba desentrañar con rapidez aquella idea en el poco
tiempo que le quedaba.