57.
RESUCITADO.
—YooChun —suspiró ChangMin con
todo su ser.
Habían transcurrido apenas unos
segundos desde que habían roto el hueso de la suerte; sin embargo, en ese lapso
había recuperado las vivencias de años. Diecisiete años hacía que Max había muerto.
Todo lo que había sucedido desde entonces era otra vida, pero seguía siendo la
suya. Él era ChangMin y Max. Era humano y quimérico.
Era un resucitado.
En su interior algo estaba
sucediendo: una rápida concrescencia de recuerdos, dos conciencias que en
realidad eran una, uniéndose como dedos entrelazados.
Miró sus hamsas y
comprendió lo que Rain había hecho. Desafiando la sentencia de evanescencia
dictada por Thiago, había logrado recoger su alma de algún modo. Y como no
podía resucitarlo en su propio mundo, le había regalado una vida en otro, en
secreto. ¿Cómo había separado los recuerdos de su alma? Había tomado su vida
como Max para guardarla en el hueso de la suerte, y salvarla para él.
Recordó lo que Izîl le había
contado la última vez que lo vio, cuando le ofreció dientes de niño y él los
rechazó.
—Una vez —había dicho, y él no lo había creído—. Hubo una vez
que me pidió unos cuantos.
Ahora sabía que era cierto.
Los resucitados estaban
destinados a la guerra; sus cuerpos se creaban siempre adultos, a partir de
dientes maduros. Sin embargo, Rain le había resucitado como un bebé, un bebé
humano, le había bautizado esperanza y le había regalado toda una vida, alejada
de la guerra y la muerte. Un cariño dulce, profundo, intenso le invadió. Le
había concedido una infancia, un mundo. Deseos. Arte. Y BoAh, Yasri y Twiga lo habían sabido y habían ayudado; lo
habían escondido. Lo habían querido. Muy pronto los vería de nuevo, y no se
mantendría alejado de Rain como siempre hacía, intimidado por su brusquedad y
su monstruosa apariencia física. Lo rodearía con los brazos y le diría,
finalmente, gracias.
Levantó la vista de sus palmas
—de un asombro a otro— y vio a YooChun delante de él. Permanecía quieto a los
pies de la cama en la que, solo un momento antes, se habían abandonado a la
pasión, muy juntos, y ChangMin comprendió que la intensa plenitud que había
sentido surgía de lo que había compartido con él en otro cuerpo, en otra vida.
Se había enamorado dos veces de él. Ahora lo amaba con dos corazones, y dominar
aquella sensación resultaba casi insoportable. Lo contempló a través de un
prisma de lágrimas.
—Escapaste —dijo ChangMin—.
Sobreviviste.
Se levantó de la cama, se
dirigió hacia él y se abalanzó contra la solidez recordada de su cuerpo, su
calor.
YooChun vaciló un instante,
pero sus brazos le rodearon, con fuerza. No decía nada, solo le abrazaba contra
su cuerpo, balanceándose. ChangMin sintió que temblaba, llorando, con los
brazos apretados sobre su pelo.
—Conseguiste escapar —repitió
sollozando, pero ahora riendo también—. Estás vivo.
—Estoy vivo —susurró él, con
voz ahogada—. Tú estás vivo. Nunca lo supe. Todos estos años, nunca
pensé…
—Estamos vivos —dijo ChangMin,
aturdido.
El asombro creció en su
interior, y sintió como si su leyenda se hubiera convertido en realidad. Tenían
un mundo; estaban en él. Este lugar que Rain le había dado era la mitad de su
hogar, y la otra mitad estaba esperando al otro lado de un portal en el cielo.
Podían disfrutar de ambos, ¿no era así?
—Te vi morir —dijo YooChun,
desamparado—. ChangMin … Max… Mi amor.
Sus ojos, su expresión. Parecía
el mismo que diecisiete años atrás, arrodillado, obligado a contemplar la
muerte de Max.
—Te vi morir —dijo de nuevo.
—Lo sé —lo besó con ternura, rememorando el terror de su alarido—.
Lo recuerdo todo.
* * *
Igual que él.
El verdugo encapuchado: un
monstruo. El lobo y el caudillo, que miraban desde su balcón, y la multitud,
con su tumulto de patadas, sus gritos y su sed de sangre: todos monstruos que
ridiculizaban el sueño de paz que YooChun había alimentado desde Bullfinch.
Porque uno de ellos había enternecido su corazón había creído a todos
merecedores de ese sueño.
Y allí estaba Max—el único; el
suyo—, con grilletes y con las alas inmovilizadas y cruelmente deformadas,
y el sueño se desvaneció. Así trataban a los suyos. Su hermoso Max, grácil
incluso en aquel momento.
Contempló con impotencia y
terror cómo se arrodillaba, cómo colocaba la cabeza sobre el tajo. Imposible,
gritó el corazón de YooChun. Aquello no podía suceder. El destino, el
misterio que los había apoyado siempre… ¿dónde estaba ahora? Veía el cuello de
Max, estirado e indefenso, su suave mejilla contra la abrasadora roca negra, y
el hacha, levantada y dispuesta a caer.
De su garganta brotó un alarido
que salió a zarpazos, desgarrándolo por dentro. Despedazó y destrozó su
interior, provocando dolor, un dolor que trató de recoger para convertirlo en
magia, pero estaba demasiado débil. El Lobo se había ocupado de ello: incluso
en ese momento, YooChun estaba rodeado por guardias resucitados con sus hamsas
dirigidas hacia él, lanzándole su poder debilitador. Aun así lo intentó, y
la multitud se balanceó al notar que el suelo se movía bajo sus pies. El
patíbulo vibró y el verdugo tuvo que dar un paso para guardar el equilibrio,
pero no fue suficiente.
El esfuerzo rompió los vasos
sanguíneos de sus ojos, pero siguió gritando. Lo intentó.
Un destello iluminó el hacha al
descender y YooChun cayó de bruces. Estaba destrozado, vacío. El amor, la paz,
el milagro: habían desaparecido. La esperanza, la compasión: también.
Lo único que quedaba era la venganza.
* * *
El hacha era grande y
brillante, como una luna que caía desde el cielo. Golpeó, y Max abandonó su
cuerpo.
Sintió cómo se separaba de su
carne.
Todavía estaba allí. Existía,
más no de forma corpórea. No quería ver la caída de su cabeza, pero no pudo
evitarlo. Los cuernos golpearon la plataforma en primer lugar, con estrépito, y
luego la carne, con un infame ruido sordo. Los cuernos evitaron que la cabeza
rodara.
Desde su nuevo y extraño
mirador por encima de su cuerpo, lo vio todo. No pudo hacer otra cosa. Los ojos
formaban parte del cuerpo, con su capacidad de seleccionar lo que miraban y
párpados para cerrarse. Ahora carecía de ellos. Lo veía todo, sin ninguna
barrera física que se interpusiera entre él y el aire que le rodeaba. Percibía
una especie de imagen desenfocada, en todas direcciones al mismo tiempo, como
si todo su ser fuera un ojo, aunque envuelto en bruma. El ágora, la odiosa
muchedumbre. Y en la plataforma situada frente a la suya, el grito de YooChun
creando todavía turbulencias en el aire, a su alrededor: YooChun arrodillado,
caído de bruces y deshecho en lágrimas.
Por debajo de él vio su propio
cuerpo, decapitado. Se ladeó y se desplomó. Todo había acabado. Max se sentía
amarrado a él. Era lo esperado; sabía que las almas permanecían en sus cuerpos
varios días antes de empezar a desvanecerse. Los resucitados cuyas almas habían
sido recuperadas al borde de la evanescencia relataban que habían sentido como
una marea que los arrastraba.
Thiago había ordenado que su
cuerpo permaneciera en la plataforma, bajo vigilancia, para que se
descompusiera y nadie pudiera recoger su alma. Se lamentó del trato que estaba
recibiendo su cuerpo. Por mucho que Rain considerara los cuerpos como
«envoltorios», él amaba la piel que le había recubierto a lo largo de su vida,
y deseaba que su final fuera más respetuoso, pero no podía hacer nada, y de todas
maneras, no pretendía permanecer allí para contemplar su deterioro. Tenía otros
planes.
No estaba seguro de que la idea a la que se aferraba pudiera
llevarse a cabo. Disponía únicamente de un indicio para seguir adelante, pero
lo envolvió con toda su voluntad, su anhelo y su pasión. Todo lo que YooChun y
él habían soñado, ahora frustrado, lo dirigió hacia ese único y último acto:
iba a liberarlo.
Para tal fin, necesitaría un
cuerpo. Ya había elegido uno. Era magnífico; lo había fabricado él mismo.
Y había utilizado incluso diamantes.
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