56.
LA INVENCIÓN DE LA VIDA.
Érase una vez un tiempo en el
que solo existía oscuridad, y había monstruos grandes como mundos que
deambulaban por ella. Eran los gibborim, que amaban las sombras porque
escondían su horroroso aspecto. Dondequiera que otra criatura lograba crear
luz, ellos la extinguían. Cuando las estrellas nacían, se las tragaban, y
parecía que la oscuridad sería eterna.
Pero una raza de bravos
guerreros escuchó hablar de los gibborim y viajó desde su lejano mundo para
enfrentarse a ellos. La batalla entre la luz y la oscuridad fue larga, y muchos
de los guerreros perecieron. Al final, cuando derrotaron a los monstruos,
quedaban cien guerreros vivos, que se convirtieron en los dioses estrella y
trajeron la luz al universo.
Ellos crearon el resto de las
estrellas, incluido nuestro sol, y ya no hubo más oscuridad, solo luz infinita.
Tuvieron hijos a su imagen y semejanza —los serafines— y los enviaron a llevar
la luz a los mundos que giraban en el espacio, y todo fue bondad. Pero un día,
el último de los gibborim, llamado Zamzumin, los persuadió de que las sombras
eran necesarias, que harían la luz más brillante con su contraste, y por eso
los dioses estrella crearon las sombras.
Pero Zamzumin era un
embaucador. Necesitaba solo una brizna de oscuridad para comenzar a trabajar.
Insufló vida a las sombras, y al igual que los dioses estrella habían hecho a
los serafines a su propia imagen, Zamzumin creó a las quimeras a la suya, y por
eso tenían un aspecto horroroso. A partir de entonces, los serafines lucharían
del lado de la luz, y las quimeras, del de la oscuridad, y serían enemigos
hasta el fin del mundo.
* * *
Max rió medio dormido.
— ¿Zamzumin? ¿Qué nombre es ese?
—No me preguntes a mí. Es tu
antepasado.
—Sí, claro. El feo tío
Zamzumin, que me creó a partir de una sombra.
—Una horrible sombra —añadió
YooChun—. Lo que explica tu horrorosa apariencia.
Max rió de nuevo, pesado y
perezoso.
—Siempre me había preguntado de
quién lo habría heredado. Ahora lo sé. Mis cuernos vienen de mi familia
paterna, y mi horrible aspecto de mi enorme, malvado y monstruoso tío —tras una
pausa, mientras YooChun le acariciaba el cuello, Max añadió—: Me gusta más mi
historia. Prefiero estar hecho de lágrimas que de oscuridad.
—Ninguna es muy alegre —dijo
YooChun.
—Es cierto. Necesitamos un mito
más divertido. Vamos a inventar uno.
Estaban tendidos y abrazados
sobre sus ropas, que habían extendido en la musgosa orilla de un riachuelo que
brotaba detrás del templo de Ellai. Las dos lunas se habían deslizado más allá
de la cubierta de árboles, y las evangelinas iban enmudeciendo a la vez que las
flores de réquiem cerraban sus capullos blancos. En breve, Max tendría que
marcharse, pero ambos alejaban de sus mentes aquel pensamiento, como si
pudieran evitar que amaneciera.
—Érase una vez… —comenzó
YooChun, pero su voz se apagó cuando sus labios rozaron el cuello de Max—. Mmm,
azúcar. Pensé que la había recogido toda. Tendré que revisar por todas
partes.
Max se retorció, riendo sin
poder contenerse.
—¡No, no, me haces cosquillas!
YooChun lamió de nuevo su
cuello provocándole más que un cosquilleo, un estremecimiento, y Max
dejó de protestar.
Tardaron algún tiempo en
retomar su nuevo mito.
—Érase una vez —murmuró Max más tarde, con la cara apoyada en el
pecho de YooChun de modo que su cuerno izquierdo rodeaba el rostro de él y le
permitía apoyar la frente— un mundo perfecto que estaba lleno de pájaros y
criaturas rayadas y cosas hermosas como azucenas de miel y estrellas y
comadrejas…
—¿Comadrejas?
—Calla. Y ese mundo ya tenía
luces y sombras, por lo que no necesitaba estrellas bribonas que vinieran a
salvarlo, y tampoco le hacían falta soles sangrantes ni lunas lloronas, y lo
más importante, nunca había conocido la guerra, que es algo terrible e inútil
que ningún mundo necesita. Tenía tierra y agua, aire y fuego, los cuatro
elementos; sin embargo, le faltaba el último, el amor.
YooChun tenía los ojos
cerrados. Sonreía mientras escuchaba, al tiempo que acariciaba la suave
pelusilla que cubría la cabeza de Max y recorría los anillos de sus cuernos.
—Así que ese paraíso era como
un joyero sin una joya. Y allí estaba, día tras día, con sus amaneceres
rosados, sonidos de criaturas y perfumes extraños, en espera de que los amantes
lo encontraran y lo llenaran con su felicidad —hizo una pausa—. Fin.
—¿Fin? — YooChun abrió los
ojos—. ¿Qué quieres decir con fin?
—La historia está inacabada. El
mundo sigue esperando —respondió Max mientras rozaba su mejilla contra la
dorada piel del pecho de YooChun.
—¿Sabes cómo encontrarlo?
Podemos marcharnos antes de que salga el sol —dijo él con nostalgia.
El sol. Max detuvo los labios
en su nuevo recorrido hacia el hombro de YooChun, el que mostraba la cicatriz
que recordaba su primer encuentro en Bullfinch. Pensó en cómo podría haberlo
dejado sangrando, o peor, haber acabado con él, pero algo ineluctable la había
detenido de modo que ahora pudieran estar allí. Y la idea de separarse,
vestirse, marcharse, le provocó una renuencia tan fuerte que le resultó
dolorosa.
Sintió temor también, a lo que
su desaparición pudiera haber provocado en Loramendi. Una imagen de Thiago enfadado
se inmiscuyó en su felicidad, y él le alejó, pero no había posibilidad de
detener el amanecer.
—Tengo que irme —dijo con
profunda tristeza.
—Lo sé —respondió él.
Max levantó la cabeza de su
hombro y descubrió que la desdicha de YooChun se igualaba a la suya. Él no
preguntó: «¿Qué vamos a hacer?»; Max tampoco. Más adelante hablarían de esas
cosas; en ese primer encuentro, se sentían cohibidos ante el futuro y, por todo
lo que habían sentido y descubierto durante la noche, todavía tímidos el uno con
el otro.
Max alcanzó el colgante que
llevaba en torno al cuello.
—¿Sabes qué es esto? —le
preguntó al tiempo que desataba el cordón.
—¿Un hueso?
—Bueno, sí. Es un hueso de la
suerte. Cada uno coloca un dedo alrededor de una punta, así, y entonces pedimos
un deseo y tiramos. El que se quede con el trozo más grande verá cumplido su
deseo.
—¿Es magia? —preguntó YooChun
sentándose—. ¿De qué pájaro proceden estos huesos que producen magia?
—No, no es magia. En realidad,
los deseos no se cumplen.
—Entonces, ¿por qué hacerlo?
Max se encogió de hombros.
—¿Esperanza? La esperanza puede
ser muy poderosa. Tal vez no haya verdadera magia en el hueso, pero cuando
sabes qué es lo que anhelas y lo mantienes como una luz dentro de ti, puedes
hacer que las cosas sucedan, casi como magia.
—¿Y qué es lo que deseas?
—Se supone que no debes
decirlo. Ven, pide un deseo conmigo.
Max levantó el hueso de la
suerte.
Había colocado el hueso en un
cordón en parte por capricho y en parte por insolencia. Fue cuando tenía
catorce años; llevaba cuatro al servicio de Rain y había comenzado también su
adiestramiento para la batalla, y se sentía lleno de fuerza. Una tarde, había
entrado en la tienda mientras Twiga estaba sacando de sus moldes lucknows recién
acuñados, y le había suplicado uno.
Rain no le había mostrado aún
cuál era la cruda realidad de la magia y el diezmo de dolor, y todavía
consideraba que pedir deseos era una diversión. Cuando se lo negó —como siempre
hacía, a excepción de los scuppies,
para cuya creación solo se necesitaba un pellizco de dolor—, sufrió una breve
pero intensa rabieta en un rincón. Ahora ni siquiera sabía qué deseo había sido
de tal importancia para sus catorce años, pero recordaba perfectamente cómo BoAh
había extraído un hueso de los restos de la cena —urogallo salvaje en salsa— y
la había confortado con la leyenda humana del hueso de la suerte.
BoAh conocía numerosas
historias humanas, y fue ella quien despertó en Max la fascinación por esa raza
y su mundo. Desafiando a Rain, tomó el hueso y convirtió la petición del deseo
en un verdadero espectáculo.
—¿Eso es todo? —Preguntó Rain
cuando escuchó el insignificante deseo que había provocado su pataleta—.
¿Habrías gastado un deseo en eso?
Max y BoAh estaban a punto de
romper el hueso, pero se detuvieron.
—Tú no eres tonto, Max —dijo Rain—.
Si hay algo que deseas, persíguelo. La esperanza tiene poder. No la malgastes
en cosas sin sentido.
—Está bien —respondió él
sujetando el hueso de la suerte en la mano—. Lo guardaré hasta que mi esperanza
satisfaga tus elevadas expectativas.
Lo colocó en un cordón. Durante
semanas, formuló en voz alta deseos ridículos que luego simulaba sopesar.
«Desearía distinguir sabores
con los pies como las mariposas».
«Desearía que los
escorpiones-ratón pudieran hablar. Estoy segura de que saben los mejores
cotilleos».
«Desearía que mi pelo fuera
azul».
Pero no rompió el hueso. Lo que
había comenzado como rebeldía infantil se convirtió en algo distinto. Las
semanas se convirtieron en meses, y cuanto más tiempo pasaba sin romper el
hueso de la suerte, más importante le parecía que, cuando lo hiciera, el deseo
—la esperanza, más bien— debería ser digno de él.
En el bosquecillo de réquiems,
con YooChun, llegó por fin ese momento.
Max pensó su deseo mirando a
los ojos de YooChun, y tiró. El hueso se rompió limpiamente por la mitad, y los
trozos, al compararlos entre sí, eran exactamente del mismo tamaño.
—Vaya. No sé qué significa
esto. Tal vez que los dos vamos a ver cumplidos nuestros deseos.
—Tal vez que hemos deseado lo
mismo.
A Max le gustó pensar que así
era. Aquella primera vez, su deseo fue sencillo, concreto y apasionado: volver
a verlo otra vez. Creer que así sería era lo único que podía ayudarla a
marcharse.
Se levantaron de la ropa
arrugada. Max tuvo que embutirse de nuevo en el traje de noche como una
serpiente que regresa a su piel mudada. Entraron en el templo y bebieron agua
del manantial sagrado que brotaba de una fuente en el suelo. Max se salpicó
también la cara, rindió un silencioso homenaje a Ellai para que protegiera su
secreto y prometió llevar velas cuando regresara.
Porque, por supuesto,
regresaría.
Separarse fue casi un drama,
una exagerada imposibilidad física —alejarse volando y dejar allí a YooChun —
cuya dificultad no habría imaginado antes de aquel momento.
Regresó una y otra vez en busca
de un último beso. Sentía una extraña sensación en los labios y se imaginaba ruborizado
por la evidencia de cómo había pasado la noche.
Finalmente, alzó el vuelo,
arrastrando la máscara por uno de sus largos cordones como un pájaro que la
acompañaba en su aleteo. Debajo de él, avanzaba la tierra tocada por el
amanecer en el camino de vuelta a Loramendi.
La ciudad permanecía tranquila
tras la celebración, envuelta en el olor acre y la bruma de los fuegos
artificiales. Entró por un pasadizo secreto a la catedral subterránea. La magia
de Rain que bloqueaba las puertas permitía que Max las abriera con su voz, y no
había guardias que le vieran entrar.
Fue sencillo.
Aquel primer día se notaba
vacilante, cauteloso, por no saber lo que había sucedido en su ausencia, o qué
cólera le estaría esperando. Sin embargo, las parcas seguían tejiendo sus hilos
insondables, y un espía acudió esa mañana desde la costa de Mirea con noticias
del avance de los galeones seráficos, así que Thiago abandonó Loramendi casi a
la vez que Max regresaba a la ciudad.
Chiro le preguntó dónde había
estado y él respondió con una mentira vaga, y a partir de ese momento la
actitud de su hermano hacia él cambió. Max le sorprendería observándolo de un
modo extraño e inexpresivo, y Chiro trataría de ocuparse en algo como si no
hubiera estado mirándolo. También le veía menos, en parte porque Max se
encontraba sumergido en su nuevo y secreto mundo, y en parte porque Rain necesitaba
su ayuda en aquella época, por lo que estaba excusado del resto de sus tareas.
Su batallón no fue movilizado en respuesta a los movimientos de la tropa seráfica,
y él pensó, irónicamente, que debía agradecérselo a Thiago. Sabía que la había
mantenido alejado de cualquier potencial peligro que pudiera arrebatarle su
«pureza» antes de que tuviera la oportunidad de casarse con él. Tal vez no
dispuso de tiempo suficiente para dar la contraorden antes de su partida.
Así que Max pasaba sus días en
la tienda y en la catedral con Rain, enfilando dientes y creando cuerpos, y sus
noches —tantas como pudo— junto a YooChun.
Ofreció a Ellai velas y conos de
frangible, la especia favorita de la luna, y llevó a escondidas
alimentos adecuados para los amantes, que comían con los dedos después de hacer
el amor. Caramelos de miel, bayas de pecado y pájaros asados para sus voraces
apetitos, sin olvidar nunca retirar de la pechuga el hueso de la suerte.
También tenían vino en estilizadas botellas y diminutas copas labradas en
cuarzo, que enjuagaban en el manantial sagrado y guardaban en el altar del
templo para la siguiente ocasión.
Con cada hueso de la suerte, en
cada despedida, deseaban otro día juntos.
Max pensaba a menudo, mientras
trabajaba en silencio en presencia de Rain, que él sabía lo que estaba
haciendo. Se sentía descubierto, atravesado por aquellos ojos dorado verdoso, y
se decía a sí mismo que no podía continuar así, que debía terminar con aquella
locura. Una vez, mientras volaba hacia el bosquecillo de réquiems, incluso
ensayó lo que le diría a YooChun, pero lo olvidó tan pronto como lo vio,
dejándose envolver por la alegría en el lugar que habían convertido en el mundo
de su leyenda —el paraíso en espera de amantes que lo llenaran de felicidad—.
Y lo colmaron con su felicidad.
Durante un mes de noches robadas y alguna tarde radiante en la que Max pudo
escapar de Loramendi por el día, ahuecaron las alas en torno a su amor y
crearon un mundo propio, aunque ambos sabían que no era tal, sino un mero
escondite, que es algo muy diferente.
Después de varios encuentros,
cuando empezaban a conocerse perfectamente el uno al otro, con el ansia que
muestran los amantes por saberlo todo —con la palabra y el tacto, cada recuerdo
y pensamiento, cada aroma y murmullo—, cuando toda la timidez los había
abandonado, se enfrentaron al futuro: existía, y no podían pretender lo
contrario. Ambos sabían que aquello no era vida, especialmente para el serafín,
que solo veía a Max y pasaba los días durmiendo como las evangelinas y ansiando
la llegada de la noche.
YooChun le confesó que era
bastardo del emperador, uno entre muchos nacidos para matar, y le relató el día en que los guardias
habían acudido al harén a arrancarlo de los brazos de su madre. Cómo ella se lo
había permitido, como si no fuera su hijo, sino un tributo que se ha de pagar.
Cómo odiaba a su padre por criar hijos destinados a morir. Max pudo notar que
se culpaba a sí mismo por ser uno de ellos.
Max acarició las cicatrices de
sus nudillos e imaginó a las quimeras representadas por cada línea. Se preguntó
cuántas de aquellas almas habrían sido recuperadas, y cuántas se habrían
perdido.
Max no contó a YooChun el secreto
de la resurrección, y cuando él le preguntó por qué no llevaba los ojos
tatuados en las palmas de las manos, inventó una mentira. No podía hablarle de
los resucitados. Era algo demasiado grande, demasiado atroz, sobre lo que
descansaba el destino de su raza, y no podía compartirlo, ni siquiera para
aliviar su sensación de culpabilidad por haber matado a todas aquellas
quimeras. En lugar de eso, besó aquellas marcas.
—La guerra es lo único que nos
han enseñado —había susurrado Max—, pero hay otras formas de vivir. Podemos
encontrarlas, YooChun. Podemos inventarlas. Este es el principio, aquí.
Max acarició el pecho de YooChun
y sintió una oleada de amor por el corazón que impulsaba su sangre, por su
suave piel y sus cicatrices, y por aquella ternura tan poco propia de un
soldado. Le tomó la mano, la presionó contra su pecho y afirmó:
—Nosotros somos el principio.
Empezaron a creer que podía ser
así.
YooChun le contó que en los dos
años transcurridos desde Bullfinch no había matado a ninguna quimera.
—¿Es cierto eso? —preguntó Max
sin poder creerlo.
—Tú me mostraste que se puede
elegir no matar.
Max bajó la mirada hacia sus
manos y confesó:
—Yo sí he matado serafines desde aquel día.
YooChun le tomó de la barbilla
y levantó su rostro hacia él.
—Pero al salvarme, me
cambiaste, y estamos aquí gracias a aquel instante. Antes, ¿habrías pensado que
fuera posible?
Max negó con la cabeza.
—¿No piensas que otros también
podrían cambiar?
—Algunos —contestó él pensando
en sus compañeros, en sus amigos, en el Lobo Blanco—. Pero no todos.
—Primero unos pocos, y luego
más.
Primero unos pocos, y luego
más. Max asintió, y juntos imaginaron
una vida diferente, no solo para ellos, sino para todas las razas de Eretz. Y
durante aquel mes en que se ocultaron y se amaron, soñaron e imaginaron,
creyeron que también aquello estaba planeado: que eran las semillas de un
propósito mayor y misterioso. Desconocían si era cosa de Nitid, de los dioses
estrella o de algo distinto, pero sentían que una poderosa fuerza anidaba en su
interior para traer la paz al mundo.
Eso fue lo que desearon aquella noche cuando rompieron el hueso de
la suerte. Sabían que no podían ocultarse en el bosque de réquiems y soñar
despiertos para siempre.
Había trabajo que hacer; estaban empezando simplemente a convertir
su deseo en realidad, pero con tanta esperanza que podrían haber conseguido
milagros —haber iniciado un cambio—
si no los hubieran traicionado.
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