55.
HIJOS DE LA TRISTEZA.
Érase una vez, antes de que
existieran las quimeras y los serafines, el sol y las lunas. El sol estaba
prometido en matrimonio con Nitid, la hermana brillante, pero era la recatada
Ellai, siempre escondida tras su descarada hermana, a la que él deseaba. El sol
se las ingenió para abalanzarse sobre ella mientras se bañaba en el mar, y la
tomó. Ella luchó, pero él era el sol, y pensaba que tenía derecho a conseguir
lo que quisiera. Ellai lo apuñaló y escapó, y la sangre del sol se derramó como
chispas sobre la tierra, donde se convirtió en los serafines —hijos ilegítimos
del fuego—. Y al igual que su padre, creyeron que tenían derecho a desear,
tomar, y poseer.
En cuanto a Ellai, le contó a
su hermana lo que había sucedido, y Nitid lloró, y sus lágrimas cayeron a la
tierra y se convirtieron en las quimeras, hijos de la tristeza.
Cuando el sol regresó junto a
las hermanas, ninguna de las dos lo aceptó. Nitid colocó a Ellai tras ella y la
protegió, aunque el sol, aun sangrando chispas, sabía que Ellai no estaba tan
indefensa como parecía. Suplicó a Nitid su perdón, pero ella se lo negó, y
hasta hoy continúa persiguiendo a las hermanas a través del cielo, queriendo y
queriendo pero nunca consiguiendo, y ese será su castigo para siempre.
Nitid es la diosa de las
lágrimas y la vida, de las cacerías y la guerra, y sus templos son demasiado
numerosos para nombrarlos. Es ella la que llena los vientres de las madres, la
que detiene los corazones de los moribundos y la que conduce a sus hijos contra
los serafines. Su luz es como un pequeño sol; ella aparta las sombras.
Ellai es más sutil. Es un rastro, una luna fantasma, y solo hay
unas noches al año en las que domina el cielo en solitario. Se llaman noches de
Ellai, y son oscuras, aparecen salpicadas de estrellas y resultan perfectas
para actos furtivos. Ellai es la diosa de los asesinos y los amantes secretos.
Los templos dedicados a ella son escasos, y están ocultos, como el que se
encuentra en el bosquecillo de réquiems en las colinas que se extienden sobre
Loramendi.
Allí fue donde Max llevó a
YooChun cuando escaparon del baile del caudillo.
* * *
Se marcharon volando. YooChun
mantuvo sus alas ocultas, lo que no dificultaba su vuelo. Por tierra, el
bosquecillo de réquiems era inaccesible. Había abismos en las colinas, y en
ocasiones se tendían puentes de cuerdas a través de ellos —en las noches de
Ellai, cuando los devotos acudían encubiertos a rendir culto en el templo—,
pero aquella noche no había ninguno, y Max sabía que tendrían el templo para
ellos solos.
Disponían de toda la noche.
Nitid estaba aún alta. Les quedaban horas.
—¿Y esa es vuestra
leyenda? —preguntó YooChun con incredulidad. Max le había contado la historia
del sol y Ellai mientras volaban—. ¿Que los serafines somos la sangre de un sol
violador?
—Si no te gusta, quéjate al sol
—contestó Max alegremente.
—Es una historia terrible. Qué
imaginación más cruel tenéis las quimeras.
—Bueno, nuestra inspiración ha
sido cruel.
Llegaron al bosquecillo, donde
la cúpula del templo apenas resultaba visible a través de las copas de los
árboles, con sus mosaicos plateados lanzando destellos a través de las ramas.
—Aquí es —dijo Max reduciendo
la velocidad del vuelo para descender a través de una abertura en la cubierta
vegetal.
Su cuerpo se estremeció al
notar el viento de la noche y la libertad. En el fondo de su mente descansaba
el temor a lo que sucedería después —las repercusiones de su apresurada
marcha—, pero a medida que se movía entre los árboles, el miedo desaparecía
empujado por el susurro de las hojas, la música del viento, y el hish-hish a
su alrededor. Hish-hish, susurraban las evangelinas, pájaros-serpiente
nocturnos que bebían el néctar de los árboles de réquiem. En la oscuridad de la
arboleda, sus ojos brillaban plateados, como los mosaicos en el tejado del
templo.
Max tocó el suelo y YooChun
aterrizó junto a él envuelto en una ráfaga cálida. Se colocó frente a él. Aún
llevaban puestas las máscaras. Podían habérselas quitado durante el vuelo, pero
no lo habían hecho. Max había imaginado el momento en que estuvieran el uno
frente al otro, y se había dejado la máscara porque en su ensoñación era
YooChun quien se la quitaba, y él a él.
Él debió de haber pensado lo
mismo. Se acercó a Max.
El mundo real, ya distante —un
mero chisporroteo de fuegos artificiales en el horizonte—, se desvaneció por
completo. Un dulce e intenso estremecimiento recorrió el cuerpo de Max, como si
fuera la cuerda de un laúd. YooChun se quitó los guantes y los tiró, y cuando
lo tocó, deslizando la punta de los dedos por sus brazos y su cuello, lo hizo
con las manos desnudas. Las dirigió hacia su nuca, desató la máscara y la
levantó. La perspectiva de Max, reducida durante toda la noche a lo que podía
ver a través de las pequeñas aberturas, se amplió, y YooChun llenó su
horizonte, ataviado aún con su cómica máscara. Escuchó un suave murmullo, «qué
hermoso», levantó sus manos y le despojó de su disfraz.
—Hola —susurró Max igual que
cuando se habían encontrado en la emberlina y la felicidad había florecido en
su interior.
En comparación con lo que la
invadía en ese momento, aquella felicidad había sido como una chispa frente a
unos fuegos artificiales.
Era más perfecto incluso de lo
que él recordaba. En Bullfinch, lo había encontrado tendido y moribundo,
lívido, inmóvil y aun así hermoso. Ahora, rebosante de salud y con la sangre
agitada por el amor, su piel aparecía dorada. Él se sintió apasionado al
contemplarlo, esperanzado y expectante, inspirado, cautivado, alegre. Estaba
tan lleno de vida…
Gracias a él, estaba vivo.
—Hola —susurró también YooChun.
Se miraron, sorprendidos de
estar el uno frente al otro después de dos años, como si fueran producto de un
deseo.
Solo las caricias podían
convertir aquel momento en realidad.
Las manos de Max temblaron cuando las levantó, pero se
tranquilizaron al reposar sobre el robusto pecho de YooChun. El calor traspasó
la tela de su camisa. El aire del bosque era suficientemente denso para tomarlo
a sorbos, suficientemente intenso para bailar con él. Era como una presencia
entre ellos, que desapareció cuando Max se acercó.
YooChun le rodeó con sus brazos
y Max alzó la cabeza para susurrar, una vez más:
—Hola.
Cuando él le devolvió el saludo, fue rozando sus labios. Tenían
los ojos aún abiertos, aún repletos de asombro, y solo los cerraron cuando sus
labios finalmente se encontraron y otro sentido —el tacto— pudo tomar el relevo
para convencerlos de que aquello era real.
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