miércoles, 11 de diciembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 60

60.
SI LO ENCUENTRAS, POR FAVOR, DEVUÉLVELO.

Era algo que nunca se había hecho, al menos que él supiera. Ni siquiera especular sobre ello, y seguramente no habría sido posible con un cuerpo natural. Un cuerpo se funde con su alma como el nácar con un grano de arena, formando una unidad perfecta e indivisible que solo la muerte puede romper. En un cuerpo natural no queda hueco para huéspedes, ni secuestradores. Pero el cuerpo de Chiro era un mero recipiente, como Max bien sabía, ya que él mismo lo había fabricado.

Tal vez no necesitara el humo para guiarle, pero sí que el cuerpo que iba a recibirle estuviera próximo. No podía desplazarse por el espacio, pues carecía de control y de propulsión. Chiro tendría que acercarse a él, y, como Rain le había elegido para realizar la bendición, lo hizo. Ascendió pesadamente al patíbulo y se arrodilló junto a los trozos que habían sido su hermano. Temblando, levantó los ojos al cielo, sobre el cuerpo.

—Lo siento, Maxi. No creí que te condenaran a la evanescencia. Lo siento mucho —susurró.

Max, incapaz de ahuyentar la imagen de su propia cabeza cortada ni el recuerdo de los alaridos de YooChun, no se conmovió. ¿Qué había esperado Chiro? ¿Una sentencia menos dura? ¿Resurrección con un aspecto inferior, quizá? Tal vez solo hubiera pensado en Max como un medio para atraer la atención de Thiago. El amor empuja a las personas a reaccionar de manera extraña, y Max lo sabía bien. Y no había nada más extraño que lo que él estaba a punto de hacer.

No había humo para guiarle, pero como Rain había dicho, no lo necesitaba. Con un poderoso empujón de la voluntad, se introdujo en el cuerpo que con tanto cariño había fabricado.

Encontró menos resistencia incluso de lo que había esperado —sensación de sorpresa, un leve enfrentamiento—. El alma de Chiro era sombría y estaba debilitada por la envidia. No se podía igualar a la de Max, y se rindió casi instantáneamente. No le expulsó del cuerpo, solo le empujó a sus profundidades. Ante todos los ojos, el recipiente seguía siendo Chiro.

Mientras realizaba la bendición, unos fuertes temblores sacudieron su cuerpo, pero a nadie le resultó extraño —su hermano yacía muerto a sus pies—. Y luego descendió del patíbulo de forma rígida, con movimientos vacilantes, pero tampoco aquello se cuestionó.

No surgió ninguna sospecha porque no existía ningún precedente. Cuando Chiro se alejó, no quedó nada amarrado al cuerpo despedazado sobre la plataforma. Los guardias que permanecieron a su lado los tres días siguientes vigilaron únicamente carne y aire —sin alma—.

El único que podría haber notado su falta era Rain, y no parecía muy dispuesto a descubrirlo.






* * *






La última vez que Max vio a YooChun fue a través de los ojos de Chiro. Estaba en una especie de potro de tortura, con las alas y los brazos dislocados hacia atrás y amarrados con cadenas a la pared. Tenía la cabeza inclinada, y cuando él entró en la celda, le levantó para mirarlo con ojos muertos.

Los tenía enrojecidos, surcados de hilillos de sangre de los capilares rotos por el esfuerzo de conjurar su magia, pero no era solo eso. Su color dorado —aquel exquisito fuego— se había apagado, y Max tuvo la sensación de ver un alma sobre cenizas. Era lo peor de todo —peor incluso que su propia muerte—.

Ahora, en Marrakech, mientras ChangMin remendaba los recuerdos de sus dos vidas, recordó haber encontrado esa misma mirada muerta en sus ojos la primera vez que lo vio. Se había preguntado qué habría provocado aquella expresión, y ahora lo sabía. Sintió como si se le clavara una astilla en el corazón al pensar que todos aquellos años en los que él había estado creciendo en un nuevo cuerpo, en un mundo aparte, despreocupado y gastando deseos en cosas inútiles, él había permanecido con el alma muerta, llorando por él.

Ojalá YooChun lo hubiera sabido.

En la celda, se había apresurado a liberar sus brazos. Entonces se alegró de la fuerza que los diamantes habían otorgado a Chiro. Las cadenas de YooChun estaban tan tensas que sus brazos estaban casi desencajados. Temió que su debilidad le impidiera volar o invocar el hechizo que le permitiría escapar de la ciudad sin ser visto, pero no debería haberse preocupado. Conocía la fuerza de YooChun. Cuando las cadenas se aflojaron, no se desplomó. Saltó como un predador que hubiera permanecido al acecho. Se volvió hacia él, viendo únicamente a Chiro y sin preguntarse por qué un extraño lo había liberado. Le lanzó contra la pared sin darle la posibilidad de hablar, y quedó envuelto por las sombras de la inconsciencia.

Los recuerdos acababan ahí. ChangMin no sabría cómo Rain había hallado y recogido su alma hasta que pudiera preguntárselo. Lo único que sabía es que lo había logrado, puesto que él se encontraba allí.

—No lo sabía —dijo YooChun. Acariciaba el pelo de ChangMin, alisándolo en torno a su rostro y su cuello, con cariño e insistencia—. Si hubiera sabido que él te había salvado… —le abrazó con fuerza contra su cuerpo.

—No pude decirte que era yo —añadió ChangMin —. ¿Me habrías creído? No sabías nada de la resurrección.

YooChun tragó saliva y dijo en voz baja:

—Sí lo sabía.

—¿Qué? ¿Cómo?

Seguían abrazados a los pies de la cama. ChangMin estaba abrumado por las sensaciones. La unión de todos los recuerdos. La profunda alegría de estar con él. El curioso duelo entre lo que le resultaba familiar y… lo que le faltaba. Su cuerpo: su piel de diecisiete años, completamente suyo, y también nuevo. La ausencia de alas, la flexión de los pies humanos con todos sus complicados músculos, su cabeza sin cuernos ligera como el viento.

Y había algo más, una especie de aviso, una alarma que apenas podía delimitar.

—Thiago —respondió YooChun—. Él… le gustaba hablar mientras… Bueno. Se regodeó. Me lo contó todo.

ChangMin podía creerlo. Otra serie de recuerdos adquirió sentido: el Lobo despertándose sobre la mesa de piedra mientras él — ChangMin — sujetaba sobre su mano la de él, señalada con la hamsa. Podría haberle matado en aquel momento, pensó, si no hubiera sido por Rain. Ahora comprendía la furia de este. Todos aquellos años le había mantenido oculto de Thiago, y él se había colado en la catedral y agarrado su mano, tan feroz como le recordaba.

ChangMin se acurrucó contra YooChun.

—Podía haberte dicho adiós —dijo él—, pero ni siquiera pensaba. Solo quería liberarte.

— ChangMin…

—No te preocupes. Ahora estamos aquí los dos —aspiró el aroma conocido del cuerpo de YooChun, cálido y ahumado, y reposó los labios sobre su garganta.

Resultaba embriagador. YooChun estaba vivo. ÉL estaba vivo. Había tanta vida por delante de ellos… Deslizó los labios por su cuello hasta alcanzar la barbilla, recordando, redescubriendo. Se derretía entre sus brazos igual que en otra época —aquella maravillosa forma en que los cuerpos se funden y borran todo el espacio negativo—. Encontró sus labios. ChangMin tuvo que tomar el rostro de YooChun entre sus manos e inclinarlo hacia él.

¿Por qué tenía que hacer eso?

¿Por qué…, por qué YooChun no le estaba devolviendo sus besos?

ChangMin abrió los ojos. YooChun le estaba mirando, no con deseo sino con… angustia.

—¿Qué pasa? —Preguntó ChangMin —. ¿Qué te sucede? —un terrible pensamiento le asaltó y le hizo retroceder; se separó de YooChun y se rodeó el cuerpo con los brazos—. ¿Es… es porque no soy puro? ¿Porque mi cuerpo es… artificial?

Su pregunta removió lo que lo estaba acosando.

—No —respondió con desdicha—. ¿Cómo has podido pensar eso? Yo no soy Thiago. Prometiste que lo recordarías, ChangMin. Prometiste recordar que te amo.

—Entonces, ¿qué sucede? YooChun, ¿por qué actúas de un modo tan extraño?

—Si lo hubiera sabido… ChangMin. Si hubiera sabido que Rain te había salvado… —rascó su pelo con los dedos y comenzó a recorrer la habitación arriba y abajo—. Pensé que estaba de su lado, contra ti, y su traición resultaba terrible, porque lo querías como a un padre…

—No. Él es como nosotros, YooChun. También desea la paz. Él puede ayudarnos…

YooChun detuvo la mirada en él y, con absoluta desolación, dijo:

—No lo sabía. Si lo hubiera sabido, ChangMin, habría creído en la redención. Yo nunca… nunca habría…

El pulso de ChangMin se alteró. Algo iba muy, muy mal. Lo sabía, y le daba miedo, no quería escucharlo, pero necesitaba saberlo.

—Nunca habrías ¿qué? ¿Qué, YooChun?

Detuvo su deambular, mantuvo las manos sobre la cabeza, aferrándosela.

—En Praga —dijo forzando cada palabra—, me preguntaste cómo te había encontrado.

ChangMin lo recordaba.

—Dijiste que no fue difícil.

YooChun metió la mano en el bolsillo y sacó una hoja de papel doblada. A regañadientes, se la acercó.

—¿Qué…? —empezó a decir ChangMin.

Sus manos comenzaron a temblar de manera incontrolable y, al desdoblar la hoja, esta se rompió a lo largo de un pliegue bien marcado, justo por el centro de su autorretrato, y se quedó con dos mitades de su propio ser y un ruego, escrito por él mismo, «Si lo encuentras, por favor, devuélvelo».

Era de su cuaderno de bocetos, del que se había quedado en la tienda de Rain. Lo comprendió de manera instantánea y clara. Solo existía una forma de que YooChun lo tuviera.

Jadeó. Todo encajó en su sitio. Las huellas de mano negras, las llamas azuladas que habían devorado los portales y toda su magia, terminando con el negocio de Rain. Y el eco de la voz de YooChun, explicándole por qué.

Para acabar con la guerra.

Cuando hacía tiempo habían soñado juntos con el fin de la guerra, se habían referido a conseguir la paz. Pero la paz no era la única manera de acabar con la guerra.

Lo comprendió todo. Thiago había revelado a YooChun el principal secreto de las quimeras, creyendo que moriría con él, pero Max—él— lo había liberado.

—¿Qué has hecho? —preguntó ChangMin con tono incrédulo y la voz quebrada.

—Lo siento —susurró YooChun.

Huellas de manos negras, llamas azuladas.

Y el final de la resurrección.

Las manos de YooChun, aquellas que la habían rodeado al bailar, al soñar, al hacer el amor, los nudillos que él había besado y perdonado —tenían marcas recientes; estaban repletos—.

—¡No! —gritó ChangMin en tono suplicante.

Luego se aferró a los hombros de YooChun, clavándole las uñas, agarrándolo, sujetándolo y obligándolo a mirarle.

—¡Dímelo! —pidió con un alarido.

Con voz ronca —llena de dolor y profunda vergüenza— YooChun respondió:


—Están muertos, ChangMin Es demasiado tarde. Están todos muertos.

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