martes, 21 de enero de 2014

Días de Sangre y Resplandor Cap 6

6.
EL RECIPIENTE.

Había un lugar aparte de Loramendi, explicó YooChun a JunSu y a JaeJoong, al que pensó que ChangMin podría haber ido. Realmente no había esperado encontrarlo allí; para entonces, se había convencido de que ChangMin había traspasado de nuevo el portal para regresar a su vida —arte, amigos y cafés con ataúdes haciendo las veces de mesas—, dejando atrás aquel mundo devastado. Bueno, casi se había convencido, pero algo lo arrastró hacia el norte.

—Creo que siempre te encontraría —le había dicho hacía solo unos días, minutos antes de que rompieran el hueso de la suerte—. Sin importar lo escondido que estuvieras.

Pero no se había referido a…

No así.

En los montes Adelfas, las cumbres heladas que durante siglos habían servido de baluarte entre el Imperio y las Tierras Libres, se encontraban las cuevas de los kirin.

Era allí donde Max había vivido de niño, y donde una tarde ya muy lejana había regresado entre rayos de luz diamantina para descubrir que su tribu había sido masacrada y apresada por los ángeles mientras él jugaba lejos. El puñado de pieles de sílfide que llevaba sujeto en su pequeño puño había caído en el umbral y el viento las había barrido hacia el interior. El tiempo las habría transformado de seda a papel, de translúcidas a azules, y luego finalmente en polvo; cuando YooChun entró en las cuevas, otras pieles de sílfide cubrían el suelo. Sin embargo, no percibió un solo destello, ni un aleteo de las criaturas a las que pertenecían, ni de ningún otro ser vivo.

Había estado allí otra vez, y aunque habían transcurrido muchos años y sus recuerdos estaban dominados por el dolor, tuvo la impresión de que nada había cambiado. Aquel entramado de estancias y senderos tallados que se internaba hacia las profundidades de la roca con absoluta suavidad era en parte naturaleza, en parte arte, y contaba con ingeniosos canales labrados por todas partes que actuaban como flautas de viento y llenaban hasta las cámaras más remotas con una música etérea. Quedaban algunas reliquias solitarias de los kirin: alfombrillas tejidas, capas en perchas, sillas aún tiradas donde habían quedado durante el caos de los últimos momentos de la tribu.

Sobre una mesa, a la vista, YooChun encontró el recipiente.

Parecía un farol, estaba hecho con plata batida oscura y sabía lo que era.
Había visto suficientes durante la guerra: los soldados quiméricos los llevaban en unos largos báculos curvados. Max sujetaba uno cuando la vio por primera vez en el campo de batalla de Bullfinch, aunque en aquel momento no supiera de qué se trataba, ni qué estaba haciendo ella con aquello.

Ni que se trataba del gran secreto del enemigo y la clave de su perdición.

Era un turíbulo —un recipiente para recoger las almas de los muertos y conservarlas hasta su resurrección— y no parecía llevar demasiado tiempo sobre la mesa. Había polvo debajo de él, pero no sobre él. Alguien lo había colocado allí recientemente; YooChun ignoraba quién, y por qué.

Todo lo relacionado con su existencia parecía un misterio, excepto una cosa.

Sujeto al recipiente con un hilo plateado había un pequeño cuadrado de papel sobre el que había escrita una palabra. Era una palabra quimérica, y en aquellas circunstancias la burla más cruel que YooChun pudiera imaginar, ya que significaba esperanza y supuso el final de la suya, pues era también un nombre.


Era ChangMin.

Días de Sangre y Resplandor Cap 5

5.
UNA EXTRAÑA PALABRA LUNAR.

De: KyuHyun <hadarabioso@agitasudiminutopuño.net>

Asunto: Holaaaaaaaaa

Para: ChangMin <Changminazul@chicodeacaparaalla.com>

HOLA. Hola hola hola hola hola hola.

¿Hola?

Caramba, lo he conseguido. He logrado que un hola suene abstracto y extraño. Ahora parece una runa extraterrestre, algo que un astronauta encuentra grabado sobre una roca de la Luna y le hace exclamar: «¡Una extraña palabra lunar! ¡Tengo que llevármela a la Tierra como regalo para mi hijo sordo!». Y luego —por supuesto— esa cosa incuba piratas del espacio voladores que aniquilan a la humanidad en menos de tres días, dejando vivo DE ALGÚN MODO solo al astronauta para que pueda aparecer en la escena final, llorando de rodillas sobre las ruinas de la civilización y gritando al cielo:

«¡Era solo holaaaaaa!».

Oh. Vaya. Todo ha regresado a la normalidad. No más catástrofes extraterrestres. Astronauta, te eximo de destruir la Tierra.

ERES BIENVENIDO.

Lección: no traigas regalos de sitios extraños. (Olvídalo. Hazlo).

Otra cosa: responde para demostrar la continuidad de tu vida o sufrirás las consecuencias.


Kyunnie.

sábado, 18 de enero de 2014

Días de Sangre y Resplandor Cap 4

4.
BASTA DE SECRETOS.

-Vaya. Qué sorpresa.

Era JunSu. JaeJoong se encontraba a su lado. YooChun había estado esperándolos. Era muy tarde y estaba en la zona de entrenamiento detrás del cuartel del cabo Armasin, la antigua plaza fuerte quimérica a la que su regimiento había sido destinado al término de la guerra. Estaba practicando un kata ritual, pero bajó las espadas y se volvió hacia ellos, a la espera de su reacción.

A su regreso, no le habían dado el alto. Los guardias lo habían saludado con el habitual respeto y los ojos muy abiertos —para ellos era el Terror de las Bestias, el Príncipe de los Bastardos, un héroe, y eso no había cambiado—, así que daba la impresión de que JunSu y JaeJoong no lo habían denunciado al comandante, o tal vez la noticia simplemente no hubiera trascendido entre los soldados rasos. Podría haber sido más cauteloso y no haber aparecido sin más, sin saber la recepción que le aguardaba, pero se sentía confuso después de lo que había encontrado en las cuevas de los kirin.

—¿Debería sentirme herido en mis sentimientos por que no haya venido a buscarnos? —preguntó JaeJoong a JunSu. Estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados.

—¿Sentimientos? —Respondió JunSu entrecerrando los ojos—. ¿Tú?

—Tengo algunos sentimientos —respondió JaeJoong—. Pero ninguno estúpido, como el remordimiento —fulminó a YooChun con la mirada—. O el amor.

Amor.

Aquello que YooChun notaba roto en su interior se revolvió y rechinó.

Demasiado tarde. Había llegado demasiado tarde.

—¿Estás diciendo que no me quieres? —Preguntó JunSu al mayor—. Porque yo te quiero. Eso creo —hizo una pausa para reflexionar—. Oh. No. Olvídalo. Se trata de miedo.

—De eso tampoco tengo —masculló JaeJoong.

YooChun ignoraba si la afirmación de su hermano mayor era cierta; lo dudaba, aunque tal vez JaeJoong sintiera menos miedo que la mayoría y lo ocultara mejor. Incluso de niño había sido feroz, el primero en saltar al cuadrilátero sin importar quién fuera el contrincante. Conocía a JaeJoong y a JunSu desde siempre. Nacieron el mismo mes en el harén del emperador, y los tres habían sido entregados juntos a los Ilegítimos —la legión bastarda de Joram, engendrada cada noche en sus encuentros amorosos— y criados para convertirse en armas del reino. Los tres habían sido armas leales, luchando hombro con hombro en innumerables batallas hasta que la vida de YooChun cambió… y la de sus hermanos no.

Y había vuelto a cambiar de nuevo.

¿Qué había sucedido, y cuándo? Solo habían transcurrido unos días desde lo sucedido en Marruecos, desde aquella mirada. No era posible. ¿Qué había sucedido?

YooChun estaba aturdido; sentía como si lo envolvieran varias capas de aire.

Las voces casi no lo alcanzaban —las oía, pero a lo lejos, y tenía la extraña sensación de no encontrarse totalmente presente—. Con el kata había tratado de centrarse, de alcanzar el sirithar, el estado de calma en el que los dioses estrella actuaban a través del guerrero, pero no había sido el ejercicio adecuado. Estaba calmado. De una manera poco natural.

JunSu y JaeJoong lo observaban de forma extraña. Intercambiaron una mirada.

YooChun se obligó a hablar.

—Os habría comunicado que había regresado —dijo—, pero estaba seguro de que ya lo sabríais.

—Yo estaba al corriente —se disculpó vagamente JunSu. Él sabía todo lo que sucedía. Con su actitud despreocupada y su sonrisa perezosa, parecía carecer de ambición, por lo que no resultaba amenazante. La gente hablaba con él; era un espía natural, afable y sin egoísmo, con una astucia profunda y que pasaba totalmente desapercibida.

JaeJoong también era astuto, aunque todo lo contrario a inofensivo. Una belleza de hielo con la mirada fulminante y el pelo rubio recogido hacia atrás en trenzas prietas, una docena de tensas líneas que a sus hermanos siempre les habían parecido dolorosas; a JunSu le gustaba burlarse de él diciendo que podía utilizarlas como diezmo de dolor. Sus dedos, tamborileando incansables sobre sus antebrazos, estaban tan cubiertos de líneas tatuadas que, desde lejos, parecían totalmente negros.

Una noche que estaban de broma y quizás algo borrachos, algunos soldados del regimiento habían votado a quién preferirían no tener por enemigo, y el vencedor por unanimidad había sido JaeJoong.
Y ahí estaban, los compañeros más cercanos de YooChun, su familia. ¿Qué significaba esa mirada que compartían? Desde su extraño estado de ausencia, podría haber sido el destino de otro soldado el que estuviera en el aire. ¿Qué pensaban hacer?

Les había mentido, les había ocultado secretos durante años, se había esfumado sin dar explicación alguna y, luego, en el puente de Praga, había elegido en su contra. Nunca olvidaría el terror de aquel momento, de pie entre ellos y ChangMin, teniendo que escoger —daba igual que no hubiera sido una verdadera elección, sino la ilusión de haber elegido—. Aún era incapaz de imaginar cómo podrían perdonarlo.

Di algo, se instó a sí mismo. Pero ¿qué? ¿Por qué había regresado siquiera? No sabía qué más hacer. Ellos dos eran su gente, incluso después de todo lo sucedido. YooChun habló:

—No sé qué decir. No sé cómo haceros entender…

JaeJoong lo interrumpió.

—Nunca comprenderé lo que hiciste.

Su voz sonó tan fría como una puñalada, y en ella YooChun escuchó o intuyó algo que JaeJoong no había dicho en ese momento, pero sí en otra ocasión.

«Amante de una bestia».

Le dolió.

—No, tú no podrías, ¿no es así?

En algún momento, YooChun tal vez hubiera sentido vergüenza por enamorarse de Max. Ahora aquella vergüenza era lo único que lo avergonzaba.

Amarlo había sido el único acto puro de su vida.

—¿Porque no sientes amor? —preguntó él—. El intocable JaeJoong. Esto ni siquiera es vida, sino ser lo que él quiere que seamos. Soldados a los que solo hay que dar cuerda.

El rostro de JaeJoong mostraba incredulidad, estaba lleno de furia.

—¿Quieres darme clases sobre sentimientos, señor Bastardo? Gracias, pero no. He visto lo bien que te ha ido a ti.

YooChun sintió que la indignación lo abandonaba; había sido como una leve chispa de vida dentro del cascarón en el que se había convertido. Lo que su hermano decía era cierto. Solo había que ver lo que el amor había hecho con él. Dejó caer los hombros y las espadas arañaron el suelo. Y cuando su hermano sacó una alabarda del estante de armas y siseó «nithilam», apenas pudo mostrar sorpresa.

JunSu desenvainó su enorme espada y lanzó una mirada a YooChun que, al igual que su voz antes, transmitía una vaga disculpa.

Entonces, lo atacaron.

Nithilam era lo contrario a sirithar. El caos cuando todo estaba perdido. El frenesí sin dioses para matar en vez de morir en el fragor de la batalla. Era informe, burdo y brutal, y fue como los hermanos de YooChun se abalanzaron sobre él.

Alzó las espadas para bloquear los ataques, e independientemente de donde se encontrara antes, aturdido y a la deriva, ahora estaba allí, así de simple, y el choque del acero contra el acero no sonó en absoluto amortiguado. Había entrenado con JunSu y JaeJoong mil veces, pero esto era diferente. Desde el primer contacto notó el peso de sus arremetidas —todo fuerza y sin errores—. Seguramente no se trataba de un verdadero ataque. ¿O sí?

JunSu blandía su gran espada con ambas manos, así que, aunque sus estocadas carecían de la velocidad y la agilidad de las de YooChun, iban cargadas de una impresionante fuerza.

JaeJoong, que mantenía su espada envainada a la cadera, solo podía haber escogido la alabarda por el morboso placer de su peso, y aunque era delgada y resoplaba para ponerla en movimiento, el resultado fue la imagen mortífera y borrosa de un mango de madera de dos metros rematado por un hacha de doble hoja y un extremo afilado tan largo como la mitad del brazo de YooChun.

Tuvo que levantar el vuelo inmediatamente para esquivarla, emboscar los pies contra una garita y retroceder rápido para ganar algo de espacio, pero JunSu estaba allí para recibirlo, y YooChun bloqueó una embestida que sacudió todo su esqueleto y lo empujó de nuevo hacia el suelo. Aterrizó en cuclillas y se encontró con la alabarda. Se lanzó hacia un lado mientras el hacha caía con violencia y hacía saltar parte del terreno donde antes estaba él. Tuvo que girar para desviar la espada de JunSu y esta vez lo logró, retorciéndose al tiempo que rechazaba el golpe, de modo que la fuerza de la embestida se deslizó por su propia espada y se perdió —energía entregada al aire—.

Y así continuaron.

Y continuaron.
El tiempo se detuvo en el torbellino del nithilam y YooChun se convirtió en una criatura guiada por el instinto en medio del torbellino de espadas.

Le llegaban embestidas sin parar, y él las bloqueaba y las esquivaba, pero sin responder; no había tiempo ni oportunidad para ello. Sus hermanos lo golpeaban a la par, así que siempre había un arma aproximándose, y cuando veía una oportunidad —cuando durante un instante se abría en el ataque un hueco hacia la garganta de JunSu o la corva de JaeJoong— la dejaba pasar.

Hicieran lo que hicieran, nunca les causaría daño.

JunSu lanzó un rugido gutural y descargó un golpe tan potente sobre la espada derecha de YooChun que parecía provenir de un toro centauro, arrancándosela del puño y lanzándola por los aires dando vueltas. La violencia de la arremetida provocó un estallido de dolor en la vieja herida de su hombro, y retrocedió de un salto, pero no fue lo suficientemente rápido como para esquivar la embestida por el suelo de JaeJoong con su alabarda, que le barrió los pies. Cayó de espaldas, con las alas extendidas.

Su segunda espada se deslizó tras la primera y JaeJoong se abalanzó sobre él, con el arma levantada para asestar el golpe final.

JaeJoong se detuvo. Medio segundo que pareció un eón surgiendo del caos de nithilam, tiempo suficiente para que YooChun pensara que realmente iba a matarlo… y luego que no. Y entonces, JaeJoong descargó la alabarda. Le arrebató todo el aire de los pulmones y el arma empezó a caer hacia él, sin posibilidad de detenerla —el mango era demasiado largo; JaeJoong no podría interrumpir su caída aunque quisiera—.

YooChun cerró los ojos.

Lo escuchó, lo sintió: el rápido movimiento del aire, el estremecedor impacto.

Su fuerza, pero… no su mordedura. El instante pasó y YooChun abrió los ojos. La hoja del hacha estaba incrustada en el suelo, junto a su mejilla, y JaeJoong estaba ya alejándose.

Permaneció tumbado, contemplando las estrellas y respirando, y mientras el aire entraba y salía de su cuerpo, lo invadió la certeza de que estaba vivo.

No fue una especie de sorpresa pasajera, ni gratitud momentánea por haberse librado de un hachazo en la cara. Bueno, eso también, pero lo que sintió fue más grande, más intenso. Fue la comprensión —y la carga— de que, al contrario de los muchos que habían muerto por su culpa, él conservaba la vida, y la vida no era un estado por defecto —no estoy muerto, por lo tanto debo de estar vivo—, sino un medio. Para la acción, para el esfuerzo. Mientras tuviera vida, él, que la merecía tan poco, la utilizaría, la esgrimiría y haría todo lo que pudiera en su nombre… aunque no fuera suficiente, nunca lo sería.

Y aunque ChangMin jamás lo supiera.

JunSu apareció ante sus ojos. El sudor perlaba su frente. Tenía la cara enrojecida, pero su expresión era afable.

—Estás cómodo ahí, ¿verdad?

—Podría quedarme dormido —respondió YooChun, y sintió que era cierto.

—Deberías recordar que para eso tienes una litera.

—¿De verdad? —hizo una pausa—. ¿Aún?

—El que ha sido bastardo será siempre bastardo —contestó JunSu, lo que era una manera de decir que no había forma de dejar de pertenecer a los Ilegítimos. El emperador los engendraba para un propósito y ellos servían hasta que morían. De cualquier manera, eso no significaba que sus hermanos tuvieran que perdonarlo. YooChun echó un vistazo a JaeJoong. JunSu siguió su mirada y dijo:

—¿Un soldado al que se da cuerda? ¿De verdad? —sacudió la cabeza y, a la manera que tenía de insultar, sin rencor, añadió—: Vaya idiota.

—No lo dije en serio.

—Lo sé —así de simple. Lo sabía. JunSu nunca hacía aspavientos—. Si pensara lo contrario, no estarías aquí —el mango de la alabarda había quedado inclinado sobre el cuerpo de YooChun. JunSu lo agarró, arrancó el hacha del suelo y la colocó recta.

YooChun se incorporó.

—Escucha. En el puente… —comenzó, pero no supo qué decir. ¿Cómo se piden disculpas por una traición?

JunSu no lo obligó a buscar las palabras a tientas. Con su voz benévola y perezosa, dijo:

—En el puente protegiste a un muchacho —se encogió de hombros—. ¿Quieres saber algo? Es un alivio comprender por fin lo que te ocurrió —se refería a lo sucedido dieciocho años atrás, cuando YooChun había desaparecido durante un mes y había reaparecido distinto—. Solíamos hablar de ello —señaló con un gesto a JaeJoong. Él estaba ordenando las armas en el estante, sin prestarles atención o simulando que no lo hacía—. Solíamos hacernos preguntas, pero lo dejamos hace mucho tiempo. Así eres ahora, y no puedo decir que te prefiera a como eras, pero eres mi hermano. ¿No es así, Joongie?

JaeJoong no respondió, pero cuando JunSu le lanzó la alabarda, la atrapó sin vacilar.

JunSu le tendió la mano a YooChun.

¿Eso es todo?, se preguntó YooChun. Estaba agarrotado y maltrecho, y cuando su hermano tiró de él para ponerlo en pie, el dolor volvió a desgarrar su hombro, pero aún parecía demasiado sencillo.

—Deberías habernos hablado de él —dijo JunSu—. Hace años.

—Quise hacerlo.

—Lo sé.

YooChun sacudió la cabeza; casi podría haber sonreído, de no ser por todo lo demás.

—Tú lo sabes todo, ¿no es así?

Te conozco —JunSu tampoco sonreía—. Y sé que ha vuelto a suceder algo. Esta vez, sin embargo, nos lo contarás.

—Basta de secretos —esto vino de JaeJoong, que seguía a cierta distancia, serio y feroz.

—No esperábamos que volvieras —continuó JunSu—. La última vez que te vimos, estabas… ocupado.

Si JunSu fue vago, JaeJoong se mostró rotundo.

—¿Dónde está el muchacho? —preguntó.

YooChun no lo había dicho aún en voz alta. Contárselo a ellos lo convertiría en realidad; la palabra se aferró a su garganta, pero él la obligó a salir.


—Muerto —respondió—. Está muerto.

viernes, 17 de enero de 2014

Días de Sangre y Resplandor Cap 3

3.
JOVEN SILENCIO RADIOFÓNICO.

De: KyuHyun <hadarabioso@agitasudiminutopuño.net>

Asunto: Joven Silencio Radiofónico

Para: ChangMin <Changminazul@chicodeacaparaalla.com>

Bueno, joven Silencio Radiofónico, supongo que te has marchado y que no has recibido mis IMPORTANTÍSIMAS MISIVAS.

Estarás en OTRO MUNDO. Siempre supe que eras un tío raro, pero nunca me imaginé esto. ¿Dónde estás y qué haces? Ni te imaginas cómo me corroe por dentro no saberlo. ¿Cómo es? ¿Con quién estás? (¿Con YooChun? ¿Por fin?). Y lo más importante, ¿hay chocolate? Imagino que no tendrán Wi-Fi y que no estarás tan cerca como para regresar y hacerme una visita; espero que sea así, porque como descubra que has estado callejeando por ahí y todavía no hayas venido a verme, podría hacer algo dramático. Podría tratar de…, ya sabes, eso que hace la gente cuando los ojos se le humedecen y, qué estúpido, ¿cómo se dice? ¿Llorar?

O NO. Tal vez podría DARTE UN PUÑETAZO y confiar en que no me lo devuelvas gracias a mi entrañable pequeñez. Sería como golpear a un niño.
(O a un tejón).

Da igual. Por aquí todo va bien. Bombardeé con colonia a Seven y salió en televisión. Estoy publicando tus cuadernos de bocetos con mi nombre y he subalquilado tu piso a unos piratas. Piratas con olor a sudor. Me he unido a una secta de culto a los ángeles y asisto cada día a círculos de oración y también CORRO para ponerme en forma y que mi modelito para el apocalipsis que, por supuesto, llevo siempre conmigo POR SI ACASO, me quede estupendo.

Veamos, ¿qué más?

Por razones obvias, en la ciudad hay más muchedumbre que nunca y mi misantropía no conoce límites. Rezumo odio cual calor dibujado con líneas onduladas en un cómic. El espectáculo de la marioneta da bastante dinero, pero empieza a aburrirme, por no mencionar que desgasto zapatillas de ballet como si se fuera a acabar el mundo —aunque si los del culto a los ángeles tienen razón, se va a acabar—.

(¡Sí!)

Siwon es maravilloso. He estado un poco deprimido últimamente (ejem) y ¿sabes lo que hizo para animarme? Bueno, le conté una historia de infancia, cuando gasté todas mis entradas para las atracciones del Carnaval tratando de ganar en el baile de las tartas porque quería, de verdad, comerme una tarta entera yo solo —pero no gané, y luego descubrí que podía haberme comprado una tarta y además haber tenido entradas de sobra para montarme en las atracciones y fue el peor día de mi vida—. Bueno, ¡pues me organizó mi propio baile de las tartas! Con números en el suelo y música y SEIS TARTAS ENTERAS, y después de ganarlas TODAS, las llevamos al parque y estuvimos unas cinco horas pasándonos trocitos el uno al otro con unos tenedores de esos super largos. Fue el mejor día de mi vida.

Hasta el día que regreses.

Te quiero, y espero que estés a salvo y feliz y que dondequiera que te encuentres, alguien (¿YooChun?) esté organizando bailes de tartas para ti también, o lo que quiera que esos abrasadores ángeles hagan por sus chicos.


Kyunnie.

martes, 14 de enero de 2014

Días de Sangre y Resplandor Cap 2.

2.
CENIZAS Y ÁNGELES.


El cielo sobre Uzbekistán, esa misma noche.

El portal era una hendidura en el aire. El viento se deslizaba a través de él en ambas direcciones, siseando como si respirara entre dientes, y allí donde los bordes ondeaban, el cielo de un mundo dejaba a la vista el del otro. YooChun contempló la interacción de estrellas a lo largo de la grieta, preparándose para atravesarla. Desde el más allá, la luz trémula de las estrellas de Eretz se tornaba visible/invisible, visible/invisible, igual que él. Habría guardias al otro lado, y no sabía si dejarse ver.

¿Qué le esperaba en su propio mundo?

Si sus hermanos lo habían delatado como traidor, los guardias lo prenderían nada más verlo —o lo intentarían—. YooChun no quería creer que JunSu y JaeJoong pudieran haberlo abandonado, pero sus últimas miradas permanecían frescas en su memoria: la furia de JaeJoong por su traición, la repugnancia callada de JunSu.

No podía arriesgarse a que lo atraparan. Lo obsesionaba otra mirada, una más cortante y reciente que las de sus hermanos.

La de ChangMin.

Dos días atrás, lo había abandonado en Marruecos lanzándole una mirada tan terrible que casi habría preferido que lo hubiera matado. Su profunda pena no había sido lo peor de todo. Fue su esperanza, aquella esperanza desafiante y fuera de lugar de que lo que le había contado no podía ser cierto, cuando él sabía con absoluta desesperación que sí lo era.

Las quimeras habían sido destruidas. Su familia estaba muerta.

Gracias a él.

La desdicha lo carcomía. Lo iba devorando a mordiscos y notaba cada uno de ellos —a cada instante el desgarro de unos dientes, la amargura que lo comía por dentro, la certeza de lo que había hecho lo oprimía como una pesadilla de la que fuera imposible despertar—. En ese momento, ChangMin podría estar hundido hasta los tobillos en las cenizas de su pueblo, solo en las negras ruinas de Loramendi —o peor aún, podría estar con esa cosa, con Razgut, que lo habría llevado de vuelta a Eretz—, y ¿qué sería de él?
Tenía que haberlos seguido. ChangMin no lo entendía. El mundo al que iba a regresar no era el de sus recuerdos. Allí no encontraría ayuda ni consuelo —solo ceniza y ángeles—. Las antiguas Tierras Libres estaban llenas de patrullas seráficas, y las únicas quimeras supervivientes iban encadenadas en dirección al norte, delante de los látigos de los tratantes de esclavos. Le verían —¿cómo iba a pasar desapercibido con su pelo lapislázuli y su vuelo deslizante y sin alas?—. Le matarían o le capturarían.

YooChun debía encontrarlo antes de que otro lo hiciera.

Razgut había asegurado que conocía un portal y, teniendo en cuenta lo que era —uno de los Caídos—, probablemente fuera cierto. YooChun había tratado sin éxito de seguirles el rastro y, finalmente, no le había quedado otra opción que regresar y poner rumbo hacia el portal que él mismo había redescubierto: frente al que se encontraba ahora. Durante el tiempo que había desperdiciado volando sobre océanos y montañas, podría haber sucedido cualquier cosa.

Se decidió por la invisibilidad. El precio a pagar era fácil de obtener. La magia no era gratis; costaba dolor, y la antigua herida de YooChun abastecía dolor en abundancia. No le suponía ningún esfuerzo acumularlo y cambiarlo por la magia que necesitaba para desaparecer de la vista.

Luego, se dirigió a su casa.

Los cambios en el paisaje fueron sutiles. Las montañas de aquí se parecían mucho a las montañas de allí, aunque en el mundo de los humanos había visto las luces de Samarkanda brillando a lo lejos. Aquí no había ninguna ciudad, solo una atalaya sobre una cima, un par de guardias seráficos caminando arriba y abajo tras el parapeto y, en el cielo, el verdadero rasgo distintivo de Eretz: dos lunas, una resplandeciente y la otra fantasma, apenas visible.

Nitid, la hermana brillante, era la diosa quimérica de casi todo —excepto de los asesinos y los amantes secretos—. Esos quedaban para Ellai.

Ellai. YooChun se puso tenso al verla. Te conozco, ángel, podría haberle susurrado, pues ¿no había vivido durante un mes en su templo, no había bebido de su arroyo sagrado, e incluso sangrado en él cuando el Lobo Blanco casi lo mató?

La diosa de los asesinos ha probado mi sangre, pensó YooChun, y se preguntó si le habría gustado y querría más.

Ayúdame a encontrar a ChangMin a salvo y recibirás hasta la última gota.


Voló hacia el suroeste, arrastrado por el miedo como si fuera un anzuelo, más rápido cuando el sol se levantó y el temor se transformó en pánico a llegar demasiado tarde. Demasiado tarde y… ¿qué? ¿Encontrarlo muerto? Revivió una y otra vez la ejecución de Max: el golpe sordo de su cabeza al caer y el repiqueteo de los cuernos que evitaron que rodara fuera del cadalso. Y en su imaginación dejó de aparecer Max y surgió ChangMin, la misma alma en un cuerpo diferente, esta vez sin cuernos que detuvieran su cabeza, solo el improbable tropiezo de la seda azul de su pelo. Y aunque ahora sus ojos fueran negros en vez de marrones, se apagarían de igual modo, adquirirían la mirada fija de los muertos y desaparecerían. Otra vez. De nuevo y para siempre, porque ya no había ningún Rain que le resucitara. A partir de ahora, la muerte significaba muerte.

Si no lo consiguiera… Si no le encontrara…

Y por fin apareció delante de él: los escombros de lo que fuera Loramendi, la ciudad fortaleza de las quimeras. Torres derruidas, almenas desmoronadas, huesos calcinados, todo convertido en un campo de cenizas en movimiento. Incluso las barras de hierro que antaño la cubrían estaban arrancadas, como destrozadas por manos de dioses.

YooChun sintió que se atragantaba con su propio corazón. Sobrevoló las ruinas, oteando en busca de un destello azul en aquella vastedad gris y negra que era su propia y monstruosa victoria, pero no encontró nada.

ChangMin no estaba allí.

Buscó todo el día y el siguiente, en Loramendi y más allá, preguntándose furioso dónde podía haber ido y tratando de que su duda no se transformara en qué podría haberle sucedido. Pero a medida que pasaban las horas, las posibilidades se tornaban cada vez más oscuras, y sus miedos se transformaban en pesadillas inspiradas en todos los horrores que había presenciado y cometido. Las imágenes lo asaltaban. Una y otra vez se presionó los ojos con las palmas de las manos para borrarlas. ChangMin no. Él tenía que estar vivo.


YooChun era simplemente incapaz de enfrentarse a la idea de encontrarlo de cualquier otro modo.

jueves, 9 de enero de 2014

Días de Sangre y Resplandor Cap 1.

1.
EL CHICO DEL PUENTE.

Praga, principios de mayo. El cielo aparecía pesado y gris sobre los tejados de cuento de hadas y todo el mundo permanecía atento. Incluso se habían asignado satélites para vigilar el puente de Carlos, por si los… visitantes… regresaban. Ya habían sucedido antes cosas extrañas en esta ciudad, pero no tanto. Al menos, no desde que existía el vídeo para demostrarlas. O para explotarlas.

—Por favor, dime que tienes ganas de hacer pipí.

—¿Qué? No. No tengo ganas. Ni me lo preguntes siquiera.

—Oh, vamos. Lo haría yo mismo si pudiera, pero no puedo. Hace rato fui al baño.

—Lo sé. La vida es muy injusta. Pero no voy a mear encima del ex novio de ChangMin por ti.

—¿Cómo? No iba a pedirte eso —con su tono más moderado, KyuHyun se explicó—. Solo quería que mearas dentro de un globo para poder tirárselo.

—Vaya —Siwon fingió considerar la propuesta durante aproximadamente un segundo y medio—. No.

KyuHyun resolló.

—Está bien. Pero sabes que se lo merece.

El objetivo se encontraba tres metros por delante de ellos con un equipo de reporteros internacionales, ofreciendo una entrevista. No era la primera. Ni siquiera la décima. KyuHyun había perdido la cuenta. Lo que convertía está en algo especialmente irritante era que se estaba desarrollando en los escalones de acceso al edificio del apartamento de ChangMin, que ya había recibido suficiente atención de la policía y varias agencias de seguridad para que la dirección no apareciera en los noticiarios de todo el mundo.

Seven estaba muy ocupado forjándose un nombre como ex novio de «el chico del puente», como llamaban a ChangMin tras el extraordinario revuelo que había provocado que los ojos del mundo entero se fijaran en Praga.

—Ángeles —musitó la periodista, una mujer joven y atractiva, vestida con ese estilo modelo de catálogo combinado con sicario tan habitual en las reporteras de televisión—. ¿Sabías algo de todo esto?

Seven se rió. Previendo su reacción, KyuHyun simuló una carcajada justo al mismo tiempo que la de él.

—¿A qué te refieres, a que los ángeles realmente existan o a que mi novio no se lleve bien con ellos?

—Ex novio —siseó KyuHyun.

—A ambas cosas, supongo —rió la reportera.

—No, no sabía nada —admitió Seven—. Aunque ChangMin siempre estaba rodeado de misterios.

—¿Como cuáles?

—Bueno, era tan reservado que no te lo creerías. Quiero decir que ni siquiera sé su nacionalidad, o su apellido, si es que tiene alguno.

—¿Y eso no te fastidiaba?

—No, era guay. ¿Un chico guapo y misterioso? Llevaba un cuchillo en una bota y era capaz de hablar un montón de idiomas, y siempre estaba dibujando monstruos en su…

KyuHyun gritó:

—¡Cuéntale cómo te lanzó por la ventana!

Seven trató de ignorarlo, pero la reportera le había escuchado.

—¿Es eso cierto? ¿Te hizo daño?

—Bueno, no fue la mejor experiencia que he vivido —entrada de risa encantadora—. Pero no me hizo daño. Supongo que fue culpa mía. Le asusté. No era mi intención, pero se había metido en algún tipo de pelea y estaba nervioso. Iba totalmente cubierto de sangre y descalzo sobre la nieve.

—¡Qué horror! ¿Te contó lo que le había sucedido?

De nuevo, KyuHyun gritó:

—¡No, porque estaba demasiado ocupado lanzándolo por la ventana!

—En realidad, fue una puerta —dijo Seven, acribillando a KyuHyun con la mirada, y señaló la puerta de cristal que había tras él—. Esa puerta.

—¿Justamente esta? —la reportera estaba encantada. Alargó el brazo y la tocó como si significara algo, como si el cristal reemplazado de la puerta que había quedado hecha añicos por el cuerpo de un actorzuelo arrojado por los aires fuera una especie de símbolo relevante para el mundo.

—¿Por favor? — KyuHyun suplicó a Siwon—. Está justo debajo del balcón —tenía las llaves del piso de ChangMin, lo que había resultado útil para hacer desaparecer de allí los cuadernos de bocetos de su amigo antes de que los investigadores pudieran ponerles las manos encima. ChangMin había querido que él viviera en él, pero de momento, y gracias a Seven, aquello era un verdadero circo—. Mira —recalcó KyuHyun —. Es una caída directa hasta su cabeza. Y podrías hacerlo: te has bebido todo ese té…

—No.

La reportera se inclinó hacia Seven con aire de complicidad.

—Entonces… ¿dónde está ahora?

—¿Habla en serio? —Masculló KyuHyun —. Como si él lo supiera. ¿Cree que no se lo ha dicho a los últimos veinticinco reporteros porque estaba reservando ese estupendo secreto para ella?

En los escalones, Seven se encogió de hombros.

—Todos lo vimos. Se fue volando —sacudió la cabeza como si no pudiera creerlo y miró directamente a la cámara. Era más guapo de lo que merecía.

Seven despertó en KyuHyun el deseo de que la belleza pudiera ser revocada por mal comportamiento—. Se fue volando —repitió Seven con los ojos muy abiertos y asombro fingido. Interpretaba aquellas entrevistas como una obra de teatro: el mismo espectáculo una y otra vez, y solo ligeras improvisaciones dependiendo de las preguntas. Se estaba convirtiendo en algo realmente cansino.

—¿Y no tienes ni idea de adónde podría haber ido?

—No. Siempre andaba de acá para allá, desaparecía durante días. Nunca decía dónde iba pero, cuando volvía, estaba siempre agotado.

—¿Crees que regresará esta vez?

—Eso espero —otra mirada enternecedora hacia el objetivo de la cámara—. Le echo de menos, ya sabes.

KyuHyun gimió como si sintiera dolor.

—Ohhhh, haz que se calleeee.

Pero Seven no se calló. Dirigiéndose de nuevo hacia la reportera, añadió:

—Lo único positivo es que puedo utilizar esos sentimientos en mi trabajo. La nostalgia, el asombro. Añaden matices a la interpretación.

En otras palabras: Hemos hablado suficiente sobre ChangMin, pasemos a mí.

La reportera se dejó llevar.

—Así que eres actor —dijo con un arrullo, y KyuHyun no pudo soportarlo más.

—Voy a subir —le dijo a Siwon—. Puedes seguir conservando el té en tu vejiga. Lo haré yo.

—Kyunnie, qué vas a… —empezó a decir Siwon, pero KyuHyun ya se estaba alejando a grandes zancadas. Le siguió.

Cuando, tres minutos después, un globo color rosa cayó desde lo alto para aterrizar directamente en la cabeza de Choi Dong Wook, este quedó en deuda de gratitud con Siwon, ya que lo que le empapó no fue «té de vejiga». Se trataba de perfume, el contenido de varios frascos, mezclado con bicarbonato para convertirlo en una pasta estupendamente pegajosa. Le embadurnó el pelo y le escoció en los ojos, y la expresión de su rostro resultó inmejorable.

Aunque la entrevista no era en directo, KyuHyun pudo verla porque la cadena decidió emitir aquella parte.

Una y otra vez.

Fue una victoria, aunque vacía, porque cuando KyuHyun marcó el número de ChangMin —más o menos el intento 86.400—, saltó directamente el buzón de voz, y supo que estaba apagado. Su mejor amigo se había esfumado, probablemente hacia otro mundo, y ni siquiera la repetición de las imágenes de un Seven jadeante y cubierto de pasta de colonia y trozos de globo rosa podían compensarlo.


El pipí, sin embargo, sí lo habría hecho.