martes, 21 de enero de 2014

Días de Sangre y Resplandor Cap 6

6.
EL RECIPIENTE.

Había un lugar aparte de Loramendi, explicó YooChun a JunSu y a JaeJoong, al que pensó que ChangMin podría haber ido. Realmente no había esperado encontrarlo allí; para entonces, se había convencido de que ChangMin había traspasado de nuevo el portal para regresar a su vida —arte, amigos y cafés con ataúdes haciendo las veces de mesas—, dejando atrás aquel mundo devastado. Bueno, casi se había convencido, pero algo lo arrastró hacia el norte.

—Creo que siempre te encontraría —le había dicho hacía solo unos días, minutos antes de que rompieran el hueso de la suerte—. Sin importar lo escondido que estuvieras.

Pero no se había referido a…

No así.

En los montes Adelfas, las cumbres heladas que durante siglos habían servido de baluarte entre el Imperio y las Tierras Libres, se encontraban las cuevas de los kirin.

Era allí donde Max había vivido de niño, y donde una tarde ya muy lejana había regresado entre rayos de luz diamantina para descubrir que su tribu había sido masacrada y apresada por los ángeles mientras él jugaba lejos. El puñado de pieles de sílfide que llevaba sujeto en su pequeño puño había caído en el umbral y el viento las había barrido hacia el interior. El tiempo las habría transformado de seda a papel, de translúcidas a azules, y luego finalmente en polvo; cuando YooChun entró en las cuevas, otras pieles de sílfide cubrían el suelo. Sin embargo, no percibió un solo destello, ni un aleteo de las criaturas a las que pertenecían, ni de ningún otro ser vivo.

Había estado allí otra vez, y aunque habían transcurrido muchos años y sus recuerdos estaban dominados por el dolor, tuvo la impresión de que nada había cambiado. Aquel entramado de estancias y senderos tallados que se internaba hacia las profundidades de la roca con absoluta suavidad era en parte naturaleza, en parte arte, y contaba con ingeniosos canales labrados por todas partes que actuaban como flautas de viento y llenaban hasta las cámaras más remotas con una música etérea. Quedaban algunas reliquias solitarias de los kirin: alfombrillas tejidas, capas en perchas, sillas aún tiradas donde habían quedado durante el caos de los últimos momentos de la tribu.

Sobre una mesa, a la vista, YooChun encontró el recipiente.

Parecía un farol, estaba hecho con plata batida oscura y sabía lo que era.
Había visto suficientes durante la guerra: los soldados quiméricos los llevaban en unos largos báculos curvados. Max sujetaba uno cuando la vio por primera vez en el campo de batalla de Bullfinch, aunque en aquel momento no supiera de qué se trataba, ni qué estaba haciendo ella con aquello.

Ni que se trataba del gran secreto del enemigo y la clave de su perdición.

Era un turíbulo —un recipiente para recoger las almas de los muertos y conservarlas hasta su resurrección— y no parecía llevar demasiado tiempo sobre la mesa. Había polvo debajo de él, pero no sobre él. Alguien lo había colocado allí recientemente; YooChun ignoraba quién, y por qué.

Todo lo relacionado con su existencia parecía un misterio, excepto una cosa.

Sujeto al recipiente con un hilo plateado había un pequeño cuadrado de papel sobre el que había escrita una palabra. Era una palabra quimérica, y en aquellas circunstancias la burla más cruel que YooChun pudiera imaginar, ya que significaba esperanza y supuso el final de la suya, pues era también un nombre.


Era ChangMin.

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