6.
EL RECIPIENTE.
Había un lugar aparte de
Loramendi, explicó YooChun a JunSu y a JaeJoong, al que pensó que ChangMin
podría haber ido. Realmente no había esperado encontrarlo allí; para entonces,
se había convencido de que ChangMin había traspasado de nuevo el portal para
regresar a su vida —arte, amigos y cafés con ataúdes haciendo las veces de
mesas—, dejando atrás aquel mundo devastado. Bueno, casi se había convencido,
pero algo lo arrastró hacia el norte.
—Creo que siempre te encontraría
—le había dicho hacía solo unos días, minutos antes de que rompieran el hueso
de la suerte—. Sin importar lo escondido que estuvieras.
Pero no se había referido a…
No así.
En los montes Adelfas, las
cumbres heladas que durante siglos habían servido de baluarte entre el Imperio
y las Tierras Libres, se encontraban las cuevas de los kirin.
Era
allí donde Max había vivido de niño, y donde una tarde ya muy lejana había
regresado entre rayos de luz diamantina para descubrir que su tribu había sido
masacrada y apresada por los ángeles mientras él jugaba lejos. El puñado de
pieles de sílfide que llevaba sujeto en su pequeño puño había caído en el
umbral y el viento las había barrido hacia el interior. El tiempo las habría
transformado de seda a papel, de translúcidas a azules, y luego finalmente en
polvo; cuando YooChun entró en las cuevas, otras pieles de sílfide cubrían el
suelo. Sin embargo, no percibió un solo destello, ni un aleteo de las criaturas
a las que pertenecían, ni de ningún otro ser vivo.
Había estado allí otra vez, y
aunque habían transcurrido muchos años y sus recuerdos estaban dominados por el
dolor, tuvo la impresión de que nada había cambiado. Aquel entramado de
estancias y senderos tallados que se internaba hacia las profundidades de la
roca con absoluta suavidad era en parte naturaleza, en parte arte, y contaba
con ingeniosos canales labrados por todas partes que actuaban como flautas de
viento y llenaban hasta las cámaras más remotas con una música etérea. Quedaban
algunas reliquias solitarias de los kirin: alfombrillas tejidas, capas en
perchas, sillas aún tiradas donde habían quedado durante el caos de los últimos
momentos de la tribu.
Sobre una mesa, a la vista,
YooChun encontró el recipiente.
Parecía un farol, estaba hecho
con plata batida oscura y sabía lo que era.
Había visto suficientes durante
la guerra: los soldados quiméricos los llevaban en unos largos báculos
curvados. Max sujetaba uno cuando la vio por primera vez en el campo de batalla
de Bullfinch, aunque en aquel momento no supiera de qué se trataba, ni qué
estaba haciendo ella con aquello.
Ni que se trataba del gran
secreto del enemigo y la clave de su perdición.
Era un turíbulo —un recipiente
para recoger las almas de los muertos y conservarlas hasta su resurrección— y
no parecía llevar demasiado tiempo sobre la mesa. Había polvo debajo de él,
pero no sobre él. Alguien lo había colocado allí recientemente; YooChun
ignoraba quién, y por qué.
Todo
lo relacionado con su existencia parecía un misterio, excepto una cosa.
Sujeto
al recipiente con un hilo plateado había un pequeño cuadrado de papel sobre el
que había escrita una palabra. Era una palabra quimérica, y en aquellas
circunstancias la burla más cruel que YooChun
pudiera imaginar, ya que significaba esperanza y supuso el final de la suya,
pues era también un nombre.
Era ChangMin.
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