sábado, 18 de enero de 2014

Días de Sangre y Resplandor Cap 4

4.
BASTA DE SECRETOS.

-Vaya. Qué sorpresa.

Era JunSu. JaeJoong se encontraba a su lado. YooChun había estado esperándolos. Era muy tarde y estaba en la zona de entrenamiento detrás del cuartel del cabo Armasin, la antigua plaza fuerte quimérica a la que su regimiento había sido destinado al término de la guerra. Estaba practicando un kata ritual, pero bajó las espadas y se volvió hacia ellos, a la espera de su reacción.

A su regreso, no le habían dado el alto. Los guardias lo habían saludado con el habitual respeto y los ojos muy abiertos —para ellos era el Terror de las Bestias, el Príncipe de los Bastardos, un héroe, y eso no había cambiado—, así que daba la impresión de que JunSu y JaeJoong no lo habían denunciado al comandante, o tal vez la noticia simplemente no hubiera trascendido entre los soldados rasos. Podría haber sido más cauteloso y no haber aparecido sin más, sin saber la recepción que le aguardaba, pero se sentía confuso después de lo que había encontrado en las cuevas de los kirin.

—¿Debería sentirme herido en mis sentimientos por que no haya venido a buscarnos? —preguntó JaeJoong a JunSu. Estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados.

—¿Sentimientos? —Respondió JunSu entrecerrando los ojos—. ¿Tú?

—Tengo algunos sentimientos —respondió JaeJoong—. Pero ninguno estúpido, como el remordimiento —fulminó a YooChun con la mirada—. O el amor.

Amor.

Aquello que YooChun notaba roto en su interior se revolvió y rechinó.

Demasiado tarde. Había llegado demasiado tarde.

—¿Estás diciendo que no me quieres? —Preguntó JunSu al mayor—. Porque yo te quiero. Eso creo —hizo una pausa para reflexionar—. Oh. No. Olvídalo. Se trata de miedo.

—De eso tampoco tengo —masculló JaeJoong.

YooChun ignoraba si la afirmación de su hermano mayor era cierta; lo dudaba, aunque tal vez JaeJoong sintiera menos miedo que la mayoría y lo ocultara mejor. Incluso de niño había sido feroz, el primero en saltar al cuadrilátero sin importar quién fuera el contrincante. Conocía a JaeJoong y a JunSu desde siempre. Nacieron el mismo mes en el harén del emperador, y los tres habían sido entregados juntos a los Ilegítimos —la legión bastarda de Joram, engendrada cada noche en sus encuentros amorosos— y criados para convertirse en armas del reino. Los tres habían sido armas leales, luchando hombro con hombro en innumerables batallas hasta que la vida de YooChun cambió… y la de sus hermanos no.

Y había vuelto a cambiar de nuevo.

¿Qué había sucedido, y cuándo? Solo habían transcurrido unos días desde lo sucedido en Marruecos, desde aquella mirada. No era posible. ¿Qué había sucedido?

YooChun estaba aturdido; sentía como si lo envolvieran varias capas de aire.

Las voces casi no lo alcanzaban —las oía, pero a lo lejos, y tenía la extraña sensación de no encontrarse totalmente presente—. Con el kata había tratado de centrarse, de alcanzar el sirithar, el estado de calma en el que los dioses estrella actuaban a través del guerrero, pero no había sido el ejercicio adecuado. Estaba calmado. De una manera poco natural.

JunSu y JaeJoong lo observaban de forma extraña. Intercambiaron una mirada.

YooChun se obligó a hablar.

—Os habría comunicado que había regresado —dijo—, pero estaba seguro de que ya lo sabríais.

—Yo estaba al corriente —se disculpó vagamente JunSu. Él sabía todo lo que sucedía. Con su actitud despreocupada y su sonrisa perezosa, parecía carecer de ambición, por lo que no resultaba amenazante. La gente hablaba con él; era un espía natural, afable y sin egoísmo, con una astucia profunda y que pasaba totalmente desapercibida.

JaeJoong también era astuto, aunque todo lo contrario a inofensivo. Una belleza de hielo con la mirada fulminante y el pelo rubio recogido hacia atrás en trenzas prietas, una docena de tensas líneas que a sus hermanos siempre les habían parecido dolorosas; a JunSu le gustaba burlarse de él diciendo que podía utilizarlas como diezmo de dolor. Sus dedos, tamborileando incansables sobre sus antebrazos, estaban tan cubiertos de líneas tatuadas que, desde lejos, parecían totalmente negros.

Una noche que estaban de broma y quizás algo borrachos, algunos soldados del regimiento habían votado a quién preferirían no tener por enemigo, y el vencedor por unanimidad había sido JaeJoong.
Y ahí estaban, los compañeros más cercanos de YooChun, su familia. ¿Qué significaba esa mirada que compartían? Desde su extraño estado de ausencia, podría haber sido el destino de otro soldado el que estuviera en el aire. ¿Qué pensaban hacer?

Les había mentido, les había ocultado secretos durante años, se había esfumado sin dar explicación alguna y, luego, en el puente de Praga, había elegido en su contra. Nunca olvidaría el terror de aquel momento, de pie entre ellos y ChangMin, teniendo que escoger —daba igual que no hubiera sido una verdadera elección, sino la ilusión de haber elegido—. Aún era incapaz de imaginar cómo podrían perdonarlo.

Di algo, se instó a sí mismo. Pero ¿qué? ¿Por qué había regresado siquiera? No sabía qué más hacer. Ellos dos eran su gente, incluso después de todo lo sucedido. YooChun habló:

—No sé qué decir. No sé cómo haceros entender…

JaeJoong lo interrumpió.

—Nunca comprenderé lo que hiciste.

Su voz sonó tan fría como una puñalada, y en ella YooChun escuchó o intuyó algo que JaeJoong no había dicho en ese momento, pero sí en otra ocasión.

«Amante de una bestia».

Le dolió.

—No, tú no podrías, ¿no es así?

En algún momento, YooChun tal vez hubiera sentido vergüenza por enamorarse de Max. Ahora aquella vergüenza era lo único que lo avergonzaba.

Amarlo había sido el único acto puro de su vida.

—¿Porque no sientes amor? —preguntó él—. El intocable JaeJoong. Esto ni siquiera es vida, sino ser lo que él quiere que seamos. Soldados a los que solo hay que dar cuerda.

El rostro de JaeJoong mostraba incredulidad, estaba lleno de furia.

—¿Quieres darme clases sobre sentimientos, señor Bastardo? Gracias, pero no. He visto lo bien que te ha ido a ti.

YooChun sintió que la indignación lo abandonaba; había sido como una leve chispa de vida dentro del cascarón en el que se había convertido. Lo que su hermano decía era cierto. Solo había que ver lo que el amor había hecho con él. Dejó caer los hombros y las espadas arañaron el suelo. Y cuando su hermano sacó una alabarda del estante de armas y siseó «nithilam», apenas pudo mostrar sorpresa.

JunSu desenvainó su enorme espada y lanzó una mirada a YooChun que, al igual que su voz antes, transmitía una vaga disculpa.

Entonces, lo atacaron.

Nithilam era lo contrario a sirithar. El caos cuando todo estaba perdido. El frenesí sin dioses para matar en vez de morir en el fragor de la batalla. Era informe, burdo y brutal, y fue como los hermanos de YooChun se abalanzaron sobre él.

Alzó las espadas para bloquear los ataques, e independientemente de donde se encontrara antes, aturdido y a la deriva, ahora estaba allí, así de simple, y el choque del acero contra el acero no sonó en absoluto amortiguado. Había entrenado con JunSu y JaeJoong mil veces, pero esto era diferente. Desde el primer contacto notó el peso de sus arremetidas —todo fuerza y sin errores—. Seguramente no se trataba de un verdadero ataque. ¿O sí?

JunSu blandía su gran espada con ambas manos, así que, aunque sus estocadas carecían de la velocidad y la agilidad de las de YooChun, iban cargadas de una impresionante fuerza.

JaeJoong, que mantenía su espada envainada a la cadera, solo podía haber escogido la alabarda por el morboso placer de su peso, y aunque era delgada y resoplaba para ponerla en movimiento, el resultado fue la imagen mortífera y borrosa de un mango de madera de dos metros rematado por un hacha de doble hoja y un extremo afilado tan largo como la mitad del brazo de YooChun.

Tuvo que levantar el vuelo inmediatamente para esquivarla, emboscar los pies contra una garita y retroceder rápido para ganar algo de espacio, pero JunSu estaba allí para recibirlo, y YooChun bloqueó una embestida que sacudió todo su esqueleto y lo empujó de nuevo hacia el suelo. Aterrizó en cuclillas y se encontró con la alabarda. Se lanzó hacia un lado mientras el hacha caía con violencia y hacía saltar parte del terreno donde antes estaba él. Tuvo que girar para desviar la espada de JunSu y esta vez lo logró, retorciéndose al tiempo que rechazaba el golpe, de modo que la fuerza de la embestida se deslizó por su propia espada y se perdió —energía entregada al aire—.

Y así continuaron.

Y continuaron.
El tiempo se detuvo en el torbellino del nithilam y YooChun se convirtió en una criatura guiada por el instinto en medio del torbellino de espadas.

Le llegaban embestidas sin parar, y él las bloqueaba y las esquivaba, pero sin responder; no había tiempo ni oportunidad para ello. Sus hermanos lo golpeaban a la par, así que siempre había un arma aproximándose, y cuando veía una oportunidad —cuando durante un instante se abría en el ataque un hueco hacia la garganta de JunSu o la corva de JaeJoong— la dejaba pasar.

Hicieran lo que hicieran, nunca les causaría daño.

JunSu lanzó un rugido gutural y descargó un golpe tan potente sobre la espada derecha de YooChun que parecía provenir de un toro centauro, arrancándosela del puño y lanzándola por los aires dando vueltas. La violencia de la arremetida provocó un estallido de dolor en la vieja herida de su hombro, y retrocedió de un salto, pero no fue lo suficientemente rápido como para esquivar la embestida por el suelo de JaeJoong con su alabarda, que le barrió los pies. Cayó de espaldas, con las alas extendidas.

Su segunda espada se deslizó tras la primera y JaeJoong se abalanzó sobre él, con el arma levantada para asestar el golpe final.

JaeJoong se detuvo. Medio segundo que pareció un eón surgiendo del caos de nithilam, tiempo suficiente para que YooChun pensara que realmente iba a matarlo… y luego que no. Y entonces, JaeJoong descargó la alabarda. Le arrebató todo el aire de los pulmones y el arma empezó a caer hacia él, sin posibilidad de detenerla —el mango era demasiado largo; JaeJoong no podría interrumpir su caída aunque quisiera—.

YooChun cerró los ojos.

Lo escuchó, lo sintió: el rápido movimiento del aire, el estremecedor impacto.

Su fuerza, pero… no su mordedura. El instante pasó y YooChun abrió los ojos. La hoja del hacha estaba incrustada en el suelo, junto a su mejilla, y JaeJoong estaba ya alejándose.

Permaneció tumbado, contemplando las estrellas y respirando, y mientras el aire entraba y salía de su cuerpo, lo invadió la certeza de que estaba vivo.

No fue una especie de sorpresa pasajera, ni gratitud momentánea por haberse librado de un hachazo en la cara. Bueno, eso también, pero lo que sintió fue más grande, más intenso. Fue la comprensión —y la carga— de que, al contrario de los muchos que habían muerto por su culpa, él conservaba la vida, y la vida no era un estado por defecto —no estoy muerto, por lo tanto debo de estar vivo—, sino un medio. Para la acción, para el esfuerzo. Mientras tuviera vida, él, que la merecía tan poco, la utilizaría, la esgrimiría y haría todo lo que pudiera en su nombre… aunque no fuera suficiente, nunca lo sería.

Y aunque ChangMin jamás lo supiera.

JunSu apareció ante sus ojos. El sudor perlaba su frente. Tenía la cara enrojecida, pero su expresión era afable.

—Estás cómodo ahí, ¿verdad?

—Podría quedarme dormido —respondió YooChun, y sintió que era cierto.

—Deberías recordar que para eso tienes una litera.

—¿De verdad? —hizo una pausa—. ¿Aún?

—El que ha sido bastardo será siempre bastardo —contestó JunSu, lo que era una manera de decir que no había forma de dejar de pertenecer a los Ilegítimos. El emperador los engendraba para un propósito y ellos servían hasta que morían. De cualquier manera, eso no significaba que sus hermanos tuvieran que perdonarlo. YooChun echó un vistazo a JaeJoong. JunSu siguió su mirada y dijo:

—¿Un soldado al que se da cuerda? ¿De verdad? —sacudió la cabeza y, a la manera que tenía de insultar, sin rencor, añadió—: Vaya idiota.

—No lo dije en serio.

—Lo sé —así de simple. Lo sabía. JunSu nunca hacía aspavientos—. Si pensara lo contrario, no estarías aquí —el mango de la alabarda había quedado inclinado sobre el cuerpo de YooChun. JunSu lo agarró, arrancó el hacha del suelo y la colocó recta.

YooChun se incorporó.

—Escucha. En el puente… —comenzó, pero no supo qué decir. ¿Cómo se piden disculpas por una traición?

JunSu no lo obligó a buscar las palabras a tientas. Con su voz benévola y perezosa, dijo:

—En el puente protegiste a un muchacho —se encogió de hombros—. ¿Quieres saber algo? Es un alivio comprender por fin lo que te ocurrió —se refería a lo sucedido dieciocho años atrás, cuando YooChun había desaparecido durante un mes y había reaparecido distinto—. Solíamos hablar de ello —señaló con un gesto a JaeJoong. Él estaba ordenando las armas en el estante, sin prestarles atención o simulando que no lo hacía—. Solíamos hacernos preguntas, pero lo dejamos hace mucho tiempo. Así eres ahora, y no puedo decir que te prefiera a como eras, pero eres mi hermano. ¿No es así, Joongie?

JaeJoong no respondió, pero cuando JunSu le lanzó la alabarda, la atrapó sin vacilar.

JunSu le tendió la mano a YooChun.

¿Eso es todo?, se preguntó YooChun. Estaba agarrotado y maltrecho, y cuando su hermano tiró de él para ponerlo en pie, el dolor volvió a desgarrar su hombro, pero aún parecía demasiado sencillo.

—Deberías habernos hablado de él —dijo JunSu—. Hace años.

—Quise hacerlo.

—Lo sé.

YooChun sacudió la cabeza; casi podría haber sonreído, de no ser por todo lo demás.

—Tú lo sabes todo, ¿no es así?

Te conozco —JunSu tampoco sonreía—. Y sé que ha vuelto a suceder algo. Esta vez, sin embargo, nos lo contarás.

—Basta de secretos —esto vino de JaeJoong, que seguía a cierta distancia, serio y feroz.

—No esperábamos que volvieras —continuó JunSu—. La última vez que te vimos, estabas… ocupado.

Si JunSu fue vago, JaeJoong se mostró rotundo.

—¿Dónde está el muchacho? —preguntó.

YooChun no lo había dicho aún en voz alta. Contárselo a ellos lo convertiría en realidad; la palabra se aferró a su garganta, pero él la obligó a salir.


—Muerto —respondió—. Está muerto.

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