jueves, 12 de diciembre de 2013

Hijo del humo y hueso Epílogo.

Epílogo.

Una hendidura en el cielo, eso era todo, nada que ver con los ingeniosos portales de Rain con sus puertas de aviario. No había puerta, ni guardián. Su única protección era su ubicación en ninguna parte, muy por encima de la cordillera del Atlas, y su escasa anchura, menor que la envergadura de un serafín.

Resultaba sorprendente que Razgut hubiera logrado encontrarlo después de tanto tiempo.

O tal vez, pensó ChangMin mirando a la criatura, no sea tan sorprendente que el peor momento en la vida de alguien quede grabado en la memoria, con mayor intensidad que cualquier alegría. Ahora comprendía por qué la magia había que pagarla con dolor: era más poderoso que la dicha. Que cualquier cosa.

¿Que la esperanza?

Vio el incendio en Loramendi como si hubiera estado allí: los cadáveres de las quimeras alimentaban las llamas como jirones de tela, mientras YooChun lo observaba todo desde una torre, respirando las cenizas de su pueblo. Notó el sabor de aquella ceniza, e imaginó que aún seguía en la piel de YooChun cuando lo había besado.

Por su culpa, había sobrevivido para provocar aquello.

Y aun así, había sido incapaz de matarlo, aunque él mismo le había llevado sus cuchillos desde Praga, y hubiera caído de rodillas para facilitarle la labor.

Lo abandonó, pero incluso después de todo, sentía la distancia entre ellos como un firmamento de proporciones desmesuradas. Qué terrible, aquella creciente distancia. Qué doloroso, el vacío que había provocado su nueva plenitud. Una parte de su ser deseaba ignorar la traición de YooChun, regresar al pasado, a la incandescente felicidad anterior a que todo se desmoronara.

—¿Vienes? —preguntó Razgut abriéndose paso a través de la abertura, de modo que la mitad de su cuerpo desapareció en el éter de Eretz.

ChangMin asintió con la cabeza. El resto del cuerpo de Razgut desapareció, y él respiró el aire enrarecido antes de seguirlo. La felicidad había desaparecido. Pero bajo la pena, mantenía la esperanza.

De que el nombre que Rain le había dado fuera más que un capricho.

De que este no fuera el final.








… Continuará…

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 60

60.
SI LO ENCUENTRAS, POR FAVOR, DEVUÉLVELO.

Era algo que nunca se había hecho, al menos que él supiera. Ni siquiera especular sobre ello, y seguramente no habría sido posible con un cuerpo natural. Un cuerpo se funde con su alma como el nácar con un grano de arena, formando una unidad perfecta e indivisible que solo la muerte puede romper. En un cuerpo natural no queda hueco para huéspedes, ni secuestradores. Pero el cuerpo de Chiro era un mero recipiente, como Max bien sabía, ya que él mismo lo había fabricado.

Tal vez no necesitara el humo para guiarle, pero sí que el cuerpo que iba a recibirle estuviera próximo. No podía desplazarse por el espacio, pues carecía de control y de propulsión. Chiro tendría que acercarse a él, y, como Rain le había elegido para realizar la bendición, lo hizo. Ascendió pesadamente al patíbulo y se arrodilló junto a los trozos que habían sido su hermano. Temblando, levantó los ojos al cielo, sobre el cuerpo.

—Lo siento, Maxi. No creí que te condenaran a la evanescencia. Lo siento mucho —susurró.

Max, incapaz de ahuyentar la imagen de su propia cabeza cortada ni el recuerdo de los alaridos de YooChun, no se conmovió. ¿Qué había esperado Chiro? ¿Una sentencia menos dura? ¿Resurrección con un aspecto inferior, quizá? Tal vez solo hubiera pensado en Max como un medio para atraer la atención de Thiago. El amor empuja a las personas a reaccionar de manera extraña, y Max lo sabía bien. Y no había nada más extraño que lo que él estaba a punto de hacer.

No había humo para guiarle, pero como Rain había dicho, no lo necesitaba. Con un poderoso empujón de la voluntad, se introdujo en el cuerpo que con tanto cariño había fabricado.

Encontró menos resistencia incluso de lo que había esperado —sensación de sorpresa, un leve enfrentamiento—. El alma de Chiro era sombría y estaba debilitada por la envidia. No se podía igualar a la de Max, y se rindió casi instantáneamente. No le expulsó del cuerpo, solo le empujó a sus profundidades. Ante todos los ojos, el recipiente seguía siendo Chiro.

Mientras realizaba la bendición, unos fuertes temblores sacudieron su cuerpo, pero a nadie le resultó extraño —su hermano yacía muerto a sus pies—. Y luego descendió del patíbulo de forma rígida, con movimientos vacilantes, pero tampoco aquello se cuestionó.

No surgió ninguna sospecha porque no existía ningún precedente. Cuando Chiro se alejó, no quedó nada amarrado al cuerpo despedazado sobre la plataforma. Los guardias que permanecieron a su lado los tres días siguientes vigilaron únicamente carne y aire —sin alma—.

El único que podría haber notado su falta era Rain, y no parecía muy dispuesto a descubrirlo.






* * *






La última vez que Max vio a YooChun fue a través de los ojos de Chiro. Estaba en una especie de potro de tortura, con las alas y los brazos dislocados hacia atrás y amarrados con cadenas a la pared. Tenía la cabeza inclinada, y cuando él entró en la celda, le levantó para mirarlo con ojos muertos.

Los tenía enrojecidos, surcados de hilillos de sangre de los capilares rotos por el esfuerzo de conjurar su magia, pero no era solo eso. Su color dorado —aquel exquisito fuego— se había apagado, y Max tuvo la sensación de ver un alma sobre cenizas. Era lo peor de todo —peor incluso que su propia muerte—.

Ahora, en Marrakech, mientras ChangMin remendaba los recuerdos de sus dos vidas, recordó haber encontrado esa misma mirada muerta en sus ojos la primera vez que lo vio. Se había preguntado qué habría provocado aquella expresión, y ahora lo sabía. Sintió como si se le clavara una astilla en el corazón al pensar que todos aquellos años en los que él había estado creciendo en un nuevo cuerpo, en un mundo aparte, despreocupado y gastando deseos en cosas inútiles, él había permanecido con el alma muerta, llorando por él.

Ojalá YooChun lo hubiera sabido.

En la celda, se había apresurado a liberar sus brazos. Entonces se alegró de la fuerza que los diamantes habían otorgado a Chiro. Las cadenas de YooChun estaban tan tensas que sus brazos estaban casi desencajados. Temió que su debilidad le impidiera volar o invocar el hechizo que le permitiría escapar de la ciudad sin ser visto, pero no debería haberse preocupado. Conocía la fuerza de YooChun. Cuando las cadenas se aflojaron, no se desplomó. Saltó como un predador que hubiera permanecido al acecho. Se volvió hacia él, viendo únicamente a Chiro y sin preguntarse por qué un extraño lo había liberado. Le lanzó contra la pared sin darle la posibilidad de hablar, y quedó envuelto por las sombras de la inconsciencia.

Los recuerdos acababan ahí. ChangMin no sabría cómo Rain había hallado y recogido su alma hasta que pudiera preguntárselo. Lo único que sabía es que lo había logrado, puesto que él se encontraba allí.

—No lo sabía —dijo YooChun. Acariciaba el pelo de ChangMin, alisándolo en torno a su rostro y su cuello, con cariño e insistencia—. Si hubiera sabido que él te había salvado… —le abrazó con fuerza contra su cuerpo.

—No pude decirte que era yo —añadió ChangMin —. ¿Me habrías creído? No sabías nada de la resurrección.

YooChun tragó saliva y dijo en voz baja:

—Sí lo sabía.

—¿Qué? ¿Cómo?

Seguían abrazados a los pies de la cama. ChangMin estaba abrumado por las sensaciones. La unión de todos los recuerdos. La profunda alegría de estar con él. El curioso duelo entre lo que le resultaba familiar y… lo que le faltaba. Su cuerpo: su piel de diecisiete años, completamente suyo, y también nuevo. La ausencia de alas, la flexión de los pies humanos con todos sus complicados músculos, su cabeza sin cuernos ligera como el viento.

Y había algo más, una especie de aviso, una alarma que apenas podía delimitar.

—Thiago —respondió YooChun—. Él… le gustaba hablar mientras… Bueno. Se regodeó. Me lo contó todo.

ChangMin podía creerlo. Otra serie de recuerdos adquirió sentido: el Lobo despertándose sobre la mesa de piedra mientras él — ChangMin — sujetaba sobre su mano la de él, señalada con la hamsa. Podría haberle matado en aquel momento, pensó, si no hubiera sido por Rain. Ahora comprendía la furia de este. Todos aquellos años le había mantenido oculto de Thiago, y él se había colado en la catedral y agarrado su mano, tan feroz como le recordaba.

ChangMin se acurrucó contra YooChun.

—Podía haberte dicho adiós —dijo él—, pero ni siquiera pensaba. Solo quería liberarte.

— ChangMin…

—No te preocupes. Ahora estamos aquí los dos —aspiró el aroma conocido del cuerpo de YooChun, cálido y ahumado, y reposó los labios sobre su garganta.

Resultaba embriagador. YooChun estaba vivo. ÉL estaba vivo. Había tanta vida por delante de ellos… Deslizó los labios por su cuello hasta alcanzar la barbilla, recordando, redescubriendo. Se derretía entre sus brazos igual que en otra época —aquella maravillosa forma en que los cuerpos se funden y borran todo el espacio negativo—. Encontró sus labios. ChangMin tuvo que tomar el rostro de YooChun entre sus manos e inclinarlo hacia él.

¿Por qué tenía que hacer eso?

¿Por qué…, por qué YooChun no le estaba devolviendo sus besos?

ChangMin abrió los ojos. YooChun le estaba mirando, no con deseo sino con… angustia.

—¿Qué pasa? —Preguntó ChangMin —. ¿Qué te sucede? —un terrible pensamiento le asaltó y le hizo retroceder; se separó de YooChun y se rodeó el cuerpo con los brazos—. ¿Es… es porque no soy puro? ¿Porque mi cuerpo es… artificial?

Su pregunta removió lo que lo estaba acosando.

—No —respondió con desdicha—. ¿Cómo has podido pensar eso? Yo no soy Thiago. Prometiste que lo recordarías, ChangMin. Prometiste recordar que te amo.

—Entonces, ¿qué sucede? YooChun, ¿por qué actúas de un modo tan extraño?

—Si lo hubiera sabido… ChangMin. Si hubiera sabido que Rain te había salvado… —rascó su pelo con los dedos y comenzó a recorrer la habitación arriba y abajo—. Pensé que estaba de su lado, contra ti, y su traición resultaba terrible, porque lo querías como a un padre…

—No. Él es como nosotros, YooChun. También desea la paz. Él puede ayudarnos…

YooChun detuvo la mirada en él y, con absoluta desolación, dijo:

—No lo sabía. Si lo hubiera sabido, ChangMin, habría creído en la redención. Yo nunca… nunca habría…

El pulso de ChangMin se alteró. Algo iba muy, muy mal. Lo sabía, y le daba miedo, no quería escucharlo, pero necesitaba saberlo.

—Nunca habrías ¿qué? ¿Qué, YooChun?

Detuvo su deambular, mantuvo las manos sobre la cabeza, aferrándosela.

—En Praga —dijo forzando cada palabra—, me preguntaste cómo te había encontrado.

ChangMin lo recordaba.

—Dijiste que no fue difícil.

YooChun metió la mano en el bolsillo y sacó una hoja de papel doblada. A regañadientes, se la acercó.

—¿Qué…? —empezó a decir ChangMin.

Sus manos comenzaron a temblar de manera incontrolable y, al desdoblar la hoja, esta se rompió a lo largo de un pliegue bien marcado, justo por el centro de su autorretrato, y se quedó con dos mitades de su propio ser y un ruego, escrito por él mismo, «Si lo encuentras, por favor, devuélvelo».

Era de su cuaderno de bocetos, del que se había quedado en la tienda de Rain. Lo comprendió de manera instantánea y clara. Solo existía una forma de que YooChun lo tuviera.

Jadeó. Todo encajó en su sitio. Las huellas de mano negras, las llamas azuladas que habían devorado los portales y toda su magia, terminando con el negocio de Rain. Y el eco de la voz de YooChun, explicándole por qué.

Para acabar con la guerra.

Cuando hacía tiempo habían soñado juntos con el fin de la guerra, se habían referido a conseguir la paz. Pero la paz no era la única manera de acabar con la guerra.

Lo comprendió todo. Thiago había revelado a YooChun el principal secreto de las quimeras, creyendo que moriría con él, pero Max—él— lo había liberado.

—¿Qué has hecho? —preguntó ChangMin con tono incrédulo y la voz quebrada.

—Lo siento —susurró YooChun.

Huellas de manos negras, llamas azuladas.

Y el final de la resurrección.

Las manos de YooChun, aquellas que la habían rodeado al bailar, al soñar, al hacer el amor, los nudillos que él había besado y perdonado —tenían marcas recientes; estaban repletos—.

—¡No! —gritó ChangMin en tono suplicante.

Luego se aferró a los hombros de YooChun, clavándole las uñas, agarrándolo, sujetándolo y obligándolo a mirarle.

—¡Dímelo! —pidió con un alarido.

Con voz ronca —llena de dolor y profunda vergüenza— YooChun respondió:


—Están muertos, ChangMin Es demasiado tarde. Están todos muertos.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 59

59.
UN MUNDO NUEVO.

—No puedo salvarte —le dijo Rain.

Max levantó la vista. Estaba en el suelo, en un rincón de su sombría celda, y no esperaba salvación.

—Lo sé.

Él se acercó a los barrotes, y el menor permaneció quieto, con la barbilla levantada y perplejidad en el rostro. ¿Le escupiría, como habían hecho otros? No era necesario. La mera decepción de Rain le provocaba más dolor que cualquier cosa que pudieran arrojarle.

—¿Te han hecho daño? —preguntó él.

—Solo haciéndole daño a él.

Aquello resultaba una tortura peor de lo que hubiera podido imaginar. Dondequiera que tuvieran encerrado a YooChun, estaba suficientemente cerca para que él pudiera escuchar sus gritos de agonía. Surgían a intervalos irregulares, sin saber en ningún momento cuándo se produciría el siguiente. Había pasado los últimos días atenazado por aquella terrible espera.

Rain le contempló.

—Lo amas.

Max solo pudo asentir con la cabeza. Hasta ese momento había aguantado bien, se había ocultado tras una máscara de dignidad, sin dejar traslucir cómo se estaba disolviendo, como si su evanescencia hubiera comenzado ya. Pero bajo el escrutinio de Rain, su labio inferior comenzó a temblar. Apretó los nudillos contra él para detener aquel temblor. Rain permanecía en silencio.

—Lo siento —dijo Max cuando sintió que no se le iba a quebrar la voz.

—¿Por qué, pequeño?

¿Estaba burlándose de él? Siempre le había resultado imposible interpretar la expresión de su rostro ovino. Kishmish estaba encaramado sobre un cuerno de Rain e imitaba su postura, con la cabeza inclinada y los hombros encorvados.
—¿Sientes haberte enamorado? —le preguntó Rain.

—No. Eso no.

—Entonces, ¿qué?

No sabía qué debía contestar. En el pasado, él le había pedido que le dijera siempre la verdad, con la máxima sencillez. Así que ¿cuál era la verdad? ¿Qué era lo que sentía?

—Que me hayan cogido —dijo Max—. Y… haberte avergonzado.

—¿Debería estar avergonzado?

Max parpadeó. Nunca habría imaginado que Rain se mofaría de él. Simplemente pensó que no acudiría a verlo, que lo vería por última vez en el balcón del palacio, mientras esperaba su ejecución como los demás.

—Dime qué es lo que has hecho —dijo él.

—Ya sabes lo que he hecho.

—Dímelo tú.

Entonces, se trataba de una burla. Max lo aceptó y comenzó la enumeración.

—Alta traición. Asociación con el enemigo. Poner en peligro la perpetuidad de la raza quimérica y todo por lo que hemos luchado durante mil años…

Rain la interrumpió.

—Conozco tu sentencia. Dímelo con tus propias palabras.

Max tragó saliva, tratando de adivinar qué pretendía Rain. Titubeó.

—Yo… me enamoré. Yo…

Le lanzó una mirada avergonzada antes de revelarle lo que, hasta entonces, no había contado a nadie.
—Todo empezó en la batalla de Bullfinch. La lucha había terminado. Fue después, durante la recolección de almas. Lo encontré moribundo y lo salvé. Sin saber por qué; parecía la única opción. Más tarde…, más tarde pensé que estábamos destinados para algo —con las mejillas encendidas, susurró—: Para conseguir la paz.

—La paz —repitió Rain.
Qué infantil resultaba, considerando dónde se encontraba ahora, haber creído que existía un propósito divino en su amor. Y aun así, qué hermoso había sido. Lo que había compartido con YooChun no podía arrebatárselo la vergüenza. Max alzó la voz para añadir:

—Juntos, imaginamos un nuevo mundo.

Se produjo un largo silencio, durante el que Rain le observó. No habría podido soportar su mirada si, de niño, no hubiera jugado a mantener las pupilas fijas en las de él, sin apartarlas. Incluso así, le ardían los ojos cuando él finalmente habló.

—¿Y por eso debería avergonzarme de ti?

El engranaje de la tristeza se detuvo en el interior de Max. Sentía como si se le hubiera helado la sangre. No se atrevía a vislumbrar una esperanza. ¿Qué quería decir Rain? ¿Seguiría hablando?

No. Lanzó un suspiro hondo y dijo de nuevo:

—No puedo salvarte.

—Lo… lo sé.

—Yasri te envía esto.

Le acercó un paquete de tela a través de los barrotes, y Max lo cogió. Estaba caliente y olía bien. Lo desenvolvió y vio las galletas en forma de cuerno con las que Yasri la había atiborrado durante años para tratar, en vano, de que engordara. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Las colocó a un lado con cariño.

—Tengo el estómago cerrado —dijo—, pero… ¿le dirás que me las comí?

—Así lo haré.

—Y… a BoAh y Twiga —sintió un nudo en la garganta— diles… —tuvo que apretarse de nuevo los labios con los nudillos. No se podía contener. ¿Por qué resultaba mucho más difícil en presencia de Rain? Antes de que él llegara, la ira le había dado fuerza.

Aunque todavía no le había transmitido ningún mensaje, él dijo:

—Lo saben, pequeño. Ya lo saben. Y ellos tampoco se avergüenzan de ti.

Ellos tampoco.
Era lo máximo que Rain diría, pero era suficiente. Max rompió a llorar. Se apoyó contra los barrotes con la cabeza baja y sollozó, y cuando sintió que Rain reposaba la mano sobre su cuello, lloró con más intensidad.

Se quedó con él. Max sabía que nadie, excepto Rain —y el propio caudillo—, podría haber ignorado la orden directa de Thiago de que no recibiera visitas. Tenía poder, pero no lo bastante como para anular la sentencia. El delito de Max era demasiado grave, y su culpabilidad, demasiado obvia.

Después de llorar, se sentía vacío y también… mejor, como si la sal de todas las lágrimas contenidas lo hubiera estado envenenando, y por fin se hubiera deshecho de ella. Se recostó contra los barrotes; Rain estaba agachado al otro lado. Kishmish empezó a piar suavemente a intervalos regulares, lo que Max sabía que era una combinación de orden y súplica, así que partió trocitos de las galletas de Yasri y se los dio.

—Una merienda en la cárcel —dijo tratando de esbozar una leve sonrisa, que desapareció de forma abrupta.

Ambos lo escucharon al mismo tiempo: un alarido tan espantoso que Max se acurrucó, escondió la cara entre las rodillas y se tapó los oídos con las manos, tratando de ocultarse en la oscuridad, el silencio, la negación de lo que estaba ocurriendo. No funcionó. El grito estaba ya dentro de su cabeza, e incluso después de apagarse, su eco permaneció en su interior.

—¿Quién será el primero? —preguntó a Rain.

Sabía a lo que se refería.

—Tú. Ante la mirada del serafín.

Max respondió con una extraña indiferencia.

—Pensé que decidiría lo contrario, y me obligaría a contemplar su muerte.

—Creo —dijo Rain con un ligero titubeo— que todavía… no ha acabado con él.
Un leve grito escapó de la garganta de Max. ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo alargaría Thiago su sufrimiento?

—¿Te acuerdas del hueso de la suerte, cuando era más pequeño? —preguntó Max.

Lo recuerdo.
—Finalmente pedí un deseo. O… confié en la esperanza, supongo, porque no había verdadera magia en su interior.

—La esperanza es la verdadera magia, pequeño.

Diversas imágenes cruzaron su mente. YooChun con su luminosa sonrisa. YooChun tirado en el suelo y su sangre fluyendo hacia el manantial sagrado. El templo en llamas mientras los soldados se los llevaban a la fuerza y los árboles de réquiem comenzaban a arder, junto con todas las evangelinas que vivían en ellos. Sacó del bolsillo el hueso de la suerte que había llevado al bosquecillo aquella última vez. Estaba intacto. No habían tenido oportunidad de romperlo.

Se lo acercó a Rain.

—Toma. Cógelo, pisotéalo, tíralo. No hay esperanza.

—Si yo creyera eso —dijo Rain —, no estaría aquí en este momento.

¿Qué significaban esas palabras?

—¿Qué es lo que hago, pequeño, día tras día, sino luchar contra una marea? Y cada ola que se acerca a la orilla penetra más en la arena. No ganaremos, Máximo. No podemos vencer a los serafines.

—¿Qué? Pero…

—No podemos ganar esta guerra. Siempre lo he sabido. Son demasiado fuertes. La única razón por la que hemos resistido durante tanto tiempo es porque quemamos la biblioteca.

—¿La biblioteca?

—La de Astrae. Era el archivo de los magos seráficos. Los muy locos guardaron todos sus textos en el mismo lugar. Eran recelosos de su poder, y no permitieron hacer copias. No querían que ningún advenedizo los desafiara, así que acapararon todo el conocimiento y tomaron únicamente aprendices a los que pudieran controlar, y los mantuvieron cerca. Ese fue su primer error, acumular todo su poder en un mismo lugar.

Max lo escuchaba, absorto. Rain le estaba contando cosas. Historia. Secretos. Casi temerosa de romper el hechizo, preguntó:

—¿Cuál fue su siguiente error?

—Olvidarse de tenernos miedo —permaneció un instante en silencio. Kishmish  saltaba entre sus cuernos—. Necesitaban creer que éramos animales, para justificar cómo nos utilizaban.

—Esclavos —susurró Max escuchando la voz de BoAh en su cabeza.

—Éramos esclavos para suministrarles dolor. Nosotros éramos el origen de su poder.

—Tortura.

—Se decían a sí mismos que éramos bestias sin sentimientos, como si eso lo justificara todo. Tenían en sus fosos cinco mil bestias que no carecían de sentimientos en absoluto, pero se creyeron su propia mentira. No nos tenían miedo, y eso facilitó todo.

—¿Qué facilitó?

—Destruirlos. La mitad de los guardias ni siquiera entendían nuestra lengua, y se contentaban creyendo que lo que gritábamos en nuestra agonía eran meros gruñidos y bramidos. Eran unos locos, y los matamos a todos, quemamos todo. Sin la magia, los serafines perdieron su supremacía, y durante todos estos años no la han recuperado. Pero lo harán, incluso sin la biblioteca. Tu serafín demuestra que están redescubriendo lo que perdieron.

—Pero… no. La magia de YooChun no es así… —Max pensó en el chal vivo que le había fabricado—. Él nunca la usaría como un arma. Él solo deseaba la paz.

—La magia no es una herramienta para la paz. El precio es demasiado alto. Lo único que me anima a seguir usándola, a seguir recuperando las almas una muerte tras otra, es creer que nos estamos manteniendo vivos hasta… hasta que creemos un mundo nuevo.

Las mismas palabras que había pronunciado Max.

Rain se aclaró la garganta. Sonaba como un muerto retorciéndose en su tumba. ¿Sería posible, estaría diciendo que él…?

—Yo también sueño con eso, pequeño.

Max lo contempló extasiado.

—La magia no nos salvará. Sería necesario conjurar tanto poder, que el diezmo de dolor nos destruiría. La única esperanza es… la esperanza —aún tenía el hueso de la suerte en la mano—. No necesitas amuletos para ello, está en tu corazón o en ninguna parte. Y en tu corazón, pequeño, es más fuerte de lo que jamás había visto.
Deslizó el hueso dentro del bolsillo que llevaba en el pecho, se puso en pie y se volvió.

El corazón de Max se sobresaltó ante la posibilidad de que le dejara solo.

Pero solo se acercó hasta la pequeña ventana que había en la pared al fondo de la estancia y miró a través de ella.

—Fue Chiro —dijo cambiando abruptamente de tema.

Max lo sabía.

Chiro, que tenía alas para seguirlo y se había ocultado entre la arboleda para espiarle.
Chiro, que, como un perro faldero de Thiago, le había traicionado por una palmadita en la cabeza.

—Thiago le prometió aspecto humano —añadió Rain —. Como si fuera una promesa que pudiera cumplir.

Estúpido Chiro, pensó Max. Si esa era su esperanza, había elegido un mal aliado.

—No cumplirás su promesa, ¿verdad?

Con mirada sombría, Rain replicó:
—Debería esforzarse por no tener que necesitar nunca otro cuerpo. Tengo una hilera de dientes de morena que jamás pensé que me sentiría tentado de utilizar.

¿Dientes de morena? Max no sabía si estaba hablando en serio. Probablemente. Casi sintió pena por su hermano. Casi.

—Pensar que desperdicié diamantes en él…

—Tú actuaste de forma sincera, aunque él no te correspondiese. Nunca te arrepientas de tu propia bondad, pequeño. Mantener la sinceridad frente al mal es una muestra de fuerza.

—Fuerza —repitió él con una ligera sonrisa—. Yo le entregué fuerza, y mira lo que hizo con ella.

Rain replicó con desprecio.

Chiro no es fuerte. Puede que su cuerpo haya sido fabricado con diamantes, pero el alma que alberga en su interior es viscosa, como un molusco húmedo y contraído.
Era una imagen poco agradable, pero parecía adecuada.

—Y fácil de echar a un lado —añadió Rain.

Max ladeó la cabeza.

—¿Cómo?

Escucharon sonidos en el pasillo. ¿Venía alguien? ¿Había llegado el momento? Rain se dirigió hacia él.

—El humo de los resucitados —le preguntó de forma rápida y concisa—. ¿Sabes con qué se elabora el incienso?

Max parpadeó. ¿Por qué le hablaba del humo?, no habría para él. Rain le miraba con extremada intensidad. Max asintió con la cabeza, por supuesto que lo sabía. El incienso llevaba planta de aro y resina de matricaria, romero y asafétida para darle aroma sulfuroso.

—¿Sabes para qué sirve? —dijo Rain.

—Proporciona un camino al alma para que llegue hasta el incensario o el cuerpo.

—¿Es mágico?

Max vaciló. Había ayudado a Twiga a hacerlo infinidad de veces.

—No —respondió, distraído por los sonidos del pasillo, que se aproximaban—. Es solo humo. Un mero sendero para el alma.

Rain asintió con la cabeza.

—Algo parecido a tu hueso de la suerte. No es mágico, solo un foco de atención para la voluntad —hizo una pausa—. Una voluntad fuerte puede no necesitarlo.

Su mirada le abrazó. Estaba tratando de decirle algo. ¿Qué?

Las manos de Max empezaron a temblar. No lo comprendía, aún, pero algo empezaba a tomar forma, producto de la magia y la voluntad. Humo y hueso.

Los cerrojos de la puerta se descorrieron. El corazón de Max dio un vuelco.

Sus alas se movieron con el inútil aleteo de un ave enjaulada. La puerta se abrió y Thiago apareció enmarcado como en un cuadro. Como siempre, iba vestido de blanco, y Max se dio cuenta por primera vez de por qué utilizaba prendas de ese color: servían de lienzo a la sangre de sus víctimas, y en ese momento su cota aparecía empapada de ella.

De la sangre de YooChun.

El rostro de Thiago se volvió iracundo al ver a Rain en la estancia, pero no se arriesgó a iniciar un duelo de voluntades que no podría ganar. Inclinó la cabeza hacia el hechicero y miró a Max.

—Ha llegado el momento —dijo. Su voz era perversamente suave, como cuando se anima a un niño a dormir.

Max no respondió, luchó por mantenerse en calma. Pero no pudo engañar a Thiago. Su olfato de lobo podía percibir el aroma de su miedo. Sonrió y se volvió hacia los guardias que esperaban órdenes.

—Atadle las manos e inmovilizadle las alas.

—Eso no es necesario —objetó Rain.

Los guardias vacilaron.

Thiago dirigió la mirada hacia el resucitador y ambos se observaron, reflejando su enemistad únicamente en el aleteo de la nariz y las mandíbulas apretadas. El Lobo repitió la orden remarcando cada sílaba, y los guardias se apresuraron a cumplirla. Entraron en la celda, sujetaron con dificultad las alas de Max y las aseguraron con pinzas de hierro. Amarrar sus manos resultó más fácil; no se resistió. Una vez que estuvo atado, lo empujaron hacia la puerta.

Rain guardaba una última sorpresa.

—He designado a una persona para que bendiga la evanescencia de Max —le dijo a Thiago.

Max había supuesto que se le negaría ese ritual sagrado, y aparentemente, Thiago había pensado lo mismo.

El general entrecerró los ojos y dijo:

—Piensas que vas a poder colocar a alguien suficientemente cerca de él para recoger su alma…

—Chiro —lo interrumpió Rain. Max se estremeció—. Me imagino que no pondrás ninguna objeción a que sea él.

—Está bien —contestó Thiago, y ordenó a los guardias—: Adelante.
Chiro. Era tan profundamente malvado, tan sacrílego, que la persona que había traicionado a Max fuera quien concediera paz a su alma, que por un instante pensó que había malinterpretado todo lo que Rain acababa de decirle, que era un último castigo amontonado sobre todos los demás. Luego Rain sonrió, con una astuta mueca en su severa boca de carnero. De repente, Max se dio cuenta. Estalló delante de sus ojos.

Algo viscoso como un molusco. Fácil de echar a un lado.


Un nuevo empujón del guardia le obligó a traspasar la puerta, mientras su mente intentaba desentrañar con rapidez aquella idea en el poco tiempo que le quedaba.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 58

58.
VICTORIA Y VENGANZA.

—¿Qué te sucede, Maxi?

Una semana antes, Max se había encontrado con Chiro en el barracón. Estaba amaneciendo y se había deslizado sigilosamente hasta su litera apenas media hora antes, después de pasar la noche con YooChun.

—¿A qué te refieres?

—¿Es que ya no duermes? ¿Dónde estuviste anoche?

—Trabajando —respondió él.

—¿Toda la noche?

—Sí, toda la noche. Aunque tal vez me haya quedado dormido un par de horas en la tienda —bostezó.

Se sentía protegido por su mentira, ya que nadie fuera del círculo próximo a Rain sabía lo que sucedía en la torre oeste, ni conocía el pasadizo secreto por el que entraba y salía. Y era verdad que había dormido un rato, pero no en la tienda. Se había adormilado acurrucado contra el pecho de YooChun y, al despertar, lo había encontrado contemplándole.

—¿Qué miras? —preguntó con timidez.

—¿Has tenido bonitos sueños? Sonreías mientras dormías.

—Claro que sí. Soy feliz.

Feliz.

Pensó que era eso a lo que Chiro realmente se refería cuando le había preguntado: «¿Qué te sucede?». Max se sentía renovado. Nunca había imaginado la intensidad que podía llegar a adquirir la felicidad. A pesar de su trágica infancia y de la amenaza constante de la guerra, se había considerado, en gran medida, dichoso. Siempre era posible encontrar algo en lo que deleitarse, si se intentaba. Pero esto era diferente. No lo podía contener y, en ocasiones, imaginaba que se derramaba de su interior como luz.
Felicidad. Era el lugar donde la pasión, con todo su brillo y redoble de tambores, se convertía en algo más sosegado: como regresar al hogar, sentirse seguro y disfrutar de los rayos del sol. Era todo eso entretejido con calor y emoción, y brillaba en su interior como si se hubiera tragado una estrella.

Su hermanastro le estaba escrutando en silencio cuando un golpe de trompeta atrajo su atención hacia la ventana. Max se colocó junto a él y miró a la calle. Su barracón se encontraba detrás de la armería, y divisaban la fachada del palacio en el extremo más alejado del ágora. Del muro colgaba el pendón del caudillo, una gran banderola de seda con sus armas —cuernos de los que brotaban hojas, en referencia a la llegada de una nueva era— que indicaba cuándo estaba en la ciudad; vieron cómo a su lado se desplegaba otro pendón. Estaba blasonado con un lobo blanco, y aunque se encontraba demasiado alejado para leer su lema, Max y Chiro lo conocían bien.

Victoria y venganza.

Thiago había regresado a Loramendi.

Chiro agitó las manos con excitación y tuvo que aferrarse al alféizar. Maxcontempló la emoción de su hermano, mientras él luchaba contra la hiel que le subía a la garganta.

Había considerado la marcha de Thiago y su ausencia como una señal —del destino, conspirando por su felicidad—. Pero entonces ¿qué significaba su regreso? Sintió la imagen de aquel pendón como un jarro de agua helada. No podía apagar su felicidad, pero hizo que él sintiera deseos de rodearle y protegerle.

Max se estremeció.

Chiro se dio cuenta.

—¿Qué sucede? ¿Estás asustado?

—Asustado no —contestó Max—, solo preocupado de haberlo ofendido al desaparecer como lo hice.

Había asegurado que, después de beber demasiado vino de hierba y atenazado por los nervios, se había escondido en la catedral, donde se había quedado dormido. Estudió la expresión de su hermano y preguntó:

—¿Estaba… muy enfadado?

A nadie le gusta que lo rechacen, Maxi.
Tomó aquella respuesta por un sí.

—¿Piensas que todo se ha acabado? ¿Que ya no querrá saber nada de mí?

—Hay una manera de asegurarte —contestó Chiro. Estaba bromeando, seguramente, pero sus ojos brillaban—. Podrías morirte —sugirió— y resucitar fea. Entonces te dejaría tranquilo.


Max debería haber sospechado en ese momento —para tener cuidado, al menos—, pero su alma no albergaba ninguna malicia. Su confianza fue su perdición.

martes, 3 de diciembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 57

57.
RESUCITADO.

—YooChun —suspiró ChangMin con todo su ser.

Habían transcurrido apenas unos segundos desde que habían roto el hueso de la suerte; sin embargo, en ese lapso había recuperado las vivencias de años. Diecisiete años hacía que Max había muerto. Todo lo que había sucedido desde entonces era otra vida, pero seguía siendo la suya. Él era ChangMin y Max. Era humano y quimérico.

Era un resucitado.

En su interior algo estaba sucediendo: una rápida concrescencia de recuerdos, dos conciencias que en realidad eran una, uniéndose como dedos entrelazados.

Miró sus hamsas y comprendió lo que Rain había hecho. Desafiando la sentencia de evanescencia dictada por Thiago, había logrado recoger su alma de algún modo. Y como no podía resucitarlo en su propio mundo, le había regalado una vida en otro, en secreto. ¿Cómo había separado los recuerdos de su alma? Había tomado su vida como Max para guardarla en el hueso de la suerte, y salvarla para él.

Recordó lo que Izîl le había contado la última vez que lo vio, cuando le ofreció dientes de niño y él los rechazó.

—Una vez —había dicho, y él no lo había creído—. Hubo una vez que me pidió unos cuantos.

Ahora sabía que era cierto.

Los resucitados estaban destinados a la guerra; sus cuerpos se creaban siempre adultos, a partir de dientes maduros. Sin embargo, Rain le había resucitado como un bebé, un bebé humano, le había bautizado esperanza y le había regalado toda una vida, alejada de la guerra y la muerte. Un cariño dulce, profundo, intenso le invadió. Le había concedido una infancia, un mundo. Deseos. Arte. Y BoAh, Yasri y Twiga lo habían sabido y habían ayudado; lo habían escondido. Lo habían querido. Muy pronto los vería de nuevo, y no se mantendría alejado de Rain como siempre hacía, intimidado por su brusquedad y su monstruosa apariencia física. Lo rodearía con los brazos y le diría, finalmente, gracias.

Levantó la vista de sus palmas —de un asombro a otro— y vio a YooChun delante de él. Permanecía quieto a los pies de la cama en la que, solo un momento antes, se habían abandonado a la pasión, muy juntos, y ChangMin comprendió que la intensa plenitud que había sentido surgía de lo que había compartido con él en otro cuerpo, en otra vida. Se había enamorado dos veces de él. Ahora lo amaba con dos corazones, y dominar aquella sensación resultaba casi insoportable. Lo contempló a través de un prisma de lágrimas.

—Escapaste —dijo ChangMin—. Sobreviviste.

Se levantó de la cama, se dirigió hacia él y se abalanzó contra la solidez recordada de su cuerpo, su calor.

YooChun vaciló un instante, pero sus brazos le rodearon, con fuerza. No decía nada, solo le abrazaba contra su cuerpo, balanceándose. ChangMin sintió que temblaba, llorando, con los brazos apretados sobre su pelo.

—Conseguiste escapar —repitió sollozando, pero ahora riendo también—. Estás vivo.

—Estoy vivo —susurró él, con voz ahogada—. Tú estás vivo. Nunca lo supe. Todos estos años, nunca pensé…

—Estamos vivos —dijo ChangMin, aturdido.

El asombro creció en su interior, y sintió como si su leyenda se hubiera convertido en realidad. Tenían un mundo; estaban en él. Este lugar que Rain le había dado era la mitad de su hogar, y la otra mitad estaba esperando al otro lado de un portal en el cielo. Podían disfrutar de ambos, ¿no era así?

—Te vi morir —dijo YooChun, desamparado—. ChangMin … Max… Mi amor.

Sus ojos, su expresión. Parecía el mismo que diecisiete años atrás, arrodillado, obligado a contemplar la muerte de Max.

—Te vi morir —dijo de nuevo.

—Lo sé —lo besó con ternura, rememorando el terror de su alarido—. Lo recuerdo todo.






* * *




Igual que él.

El verdugo encapuchado: un monstruo. El lobo y el caudillo, que miraban desde su balcón, y la multitud, con su tumulto de patadas, sus gritos y su sed de sangre: todos monstruos que ridiculizaban el sueño de paz que YooChun había alimentado desde Bullfinch. Porque uno de ellos había enternecido su corazón había creído a todos merecedores de ese sueño.

Y allí estaba Max—el único; el suyo—, con grilletes y con las alas inmovilizadas y cruelmente deformadas, y el sueño se desvaneció. Así trataban a los suyos. Su hermoso Max, grácil incluso en aquel momento.

Contempló con impotencia y terror cómo se arrodillaba, cómo colocaba la cabeza sobre el tajo. Imposible, gritó el corazón de YooChun. Aquello no podía suceder. El destino, el misterio que los había apoyado siempre… ¿dónde estaba ahora? Veía el cuello de Max, estirado e indefenso, su suave mejilla contra la abrasadora roca negra, y el hacha, levantada y dispuesta a caer.

De su garganta brotó un alarido que salió a zarpazos, desgarrándolo por dentro. Despedazó y destrozó su interior, provocando dolor, un dolor que trató de recoger para convertirlo en magia, pero estaba demasiado débil. El Lobo se había ocupado de ello: incluso en ese momento, YooChun estaba rodeado por guardias resucitados con sus hamsas dirigidas hacia él, lanzándole su poder debilitador. Aun así lo intentó, y la multitud se balanceó al notar que el suelo se movía bajo sus pies. El patíbulo vibró y el verdugo tuvo que dar un paso para guardar el equilibrio, pero no fue suficiente.

El esfuerzo rompió los vasos sanguíneos de sus ojos, pero siguió gritando. Lo intentó.

Un destello iluminó el hacha al descender y YooChun cayó de bruces. Estaba destrozado, vacío. El amor, la paz, el milagro: habían desaparecido. La esperanza, la compasión: también.

Lo único que quedaba era la venganza.






* * *





El hacha era grande y brillante, como una luna que caía desde el cielo. Golpeó, y Max abandonó su cuerpo.

Sintió cómo se separaba de su carne.

Todavía estaba allí. Existía, más no de forma corpórea. No quería ver la caída de su cabeza, pero no pudo evitarlo. Los cuernos golpearon la plataforma en primer lugar, con estrépito, y luego la carne, con un infame ruido sordo. Los cuernos evitaron que la cabeza rodara.

Desde su nuevo y extraño mirador por encima de su cuerpo, lo vio todo. No pudo hacer otra cosa. Los ojos formaban parte del cuerpo, con su capacidad de seleccionar lo que miraban y párpados para cerrarse. Ahora carecía de ellos. Lo veía todo, sin ninguna barrera física que se interpusiera entre él y el aire que le rodeaba. Percibía una especie de imagen desenfocada, en todas direcciones al mismo tiempo, como si todo su ser fuera un ojo, aunque envuelto en bruma. El ágora, la odiosa muchedumbre. Y en la plataforma situada frente a la suya, el grito de YooChun creando todavía turbulencias en el aire, a su alrededor: YooChun arrodillado, caído de bruces y deshecho en lágrimas.

Por debajo de él vio su propio cuerpo, decapitado. Se ladeó y se desplomó. Todo había acabado. Max se sentía amarrado a él. Era lo esperado; sabía que las almas permanecían en sus cuerpos varios días antes de empezar a desvanecerse. Los resucitados cuyas almas habían sido recuperadas al borde de la evanescencia relataban que habían sentido como una marea que los arrastraba.

Thiago había ordenado que su cuerpo permaneciera en la plataforma, bajo vigilancia, para que se descompusiera y nadie pudiera recoger su alma. Se lamentó del trato que estaba recibiendo su cuerpo. Por mucho que Rain considerara los cuerpos como «envoltorios», él amaba la piel que le había recubierto a lo largo de su vida, y deseaba que su final fuera más respetuoso, pero no podía hacer nada, y de todas maneras, no pretendía permanecer allí para contemplar su deterioro. Tenía otros planes.

No estaba seguro de que la idea a la que se aferraba pudiera llevarse a cabo. Disponía únicamente de un indicio para seguir adelante, pero lo envolvió con toda su voluntad, su anhelo y su pasión. Todo lo que YooChun y él habían soñado, ahora frustrado, lo dirigió hacia ese único y último acto: iba a liberarlo.

Para tal fin, necesitaría un cuerpo. Ya había elegido uno. Era magnífico; lo había fabricado él mismo.


Y había utilizado incluso diamantes.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 56

56.
LA INVENCIÓN DE LA VIDA.

Érase una vez un tiempo en el que solo existía oscuridad, y había monstruos grandes como mundos que deambulaban por ella. Eran los gibborim, que amaban las sombras porque escondían su horroroso aspecto. Dondequiera que otra criatura lograba crear luz, ellos la extinguían. Cuando las estrellas nacían, se las tragaban, y parecía que la oscuridad sería eterna.

Pero una raza de bravos guerreros escuchó hablar de los gibborim y viajó desde su lejano mundo para enfrentarse a ellos. La batalla entre la luz y la oscuridad fue larga, y muchos de los guerreros perecieron. Al final, cuando derrotaron a los monstruos, quedaban cien guerreros vivos, que se convirtieron en los dioses estrella y trajeron la luz al universo.

Ellos crearon el resto de las estrellas, incluido nuestro sol, y ya no hubo más oscuridad, solo luz infinita. Tuvieron hijos a su imagen y semejanza —los serafines— y los enviaron a llevar la luz a los mundos que giraban en el espacio, y todo fue bondad. Pero un día, el último de los gibborim, llamado Zamzumin, los persuadió de que las sombras eran necesarias, que harían la luz más brillante con su contraste, y por eso los dioses estrella crearon las sombras.

Pero Zamzumin era un embaucador. Necesitaba solo una brizna de oscuridad para comenzar a trabajar. Insufló vida a las sombras, y al igual que los dioses estrella habían hecho a los serafines a su propia imagen, Zamzumin creó a las quimeras a la suya, y por eso tenían un aspecto horroroso. A partir de entonces, los serafines lucharían del lado de la luz, y las quimeras, del de la oscuridad, y serían enemigos hasta el fin del mundo.





* * *





Max rió medio dormido.

— ¿Zamzumin? ¿Qué nombre es ese?
—No me preguntes a mí. Es tu antepasado.

—Sí, claro. El feo tío Zamzumin, que me creó a partir de una sombra.

—Una horrible sombra —añadió YooChun—. Lo que explica tu horrorosa apariencia.

Max rió de nuevo, pesado y perezoso.

—Siempre me había preguntado de quién lo habría heredado. Ahora lo sé. Mis cuernos vienen de mi familia paterna, y mi horrible aspecto de mi enorme, malvado y monstruoso tío —tras una pausa, mientras YooChun le acariciaba el cuello, Max añadió—: Me gusta más mi historia. Prefiero estar hecho de lágrimas que de oscuridad.

—Ninguna es muy alegre —dijo YooChun.

—Es cierto. Necesitamos un mito más divertido. Vamos a inventar uno.

Estaban tendidos y abrazados sobre sus ropas, que habían extendido en la musgosa orilla de un riachuelo que brotaba detrás del templo de Ellai. Las dos lunas se habían deslizado más allá de la cubierta de árboles, y las evangelinas iban enmudeciendo a la vez que las flores de réquiem cerraban sus capullos blancos. En breve, Max tendría que marcharse, pero ambos alejaban de sus mentes aquel pensamiento, como si pudieran evitar que amaneciera.

—Érase una vez… —comenzó YooChun, pero su voz se apagó cuando sus labios rozaron el cuello de Max—. Mmm, azúcar. Pensé que la había recogido toda. Tendré que revisar por todas partes.

Max se retorció, riendo sin poder contenerse.

—¡No, no, me haces cosquillas!

YooChun lamió de nuevo su cuello provocándole más que un cosquilleo, un estremecimiento, y Max dejó de protestar.

Tardaron algún tiempo en retomar su nuevo mito.

—Érase una vez —murmuró Max más tarde, con la cara apoyada en el pecho de YooChun de modo que su cuerno izquierdo rodeaba el rostro de él y le permitía apoyar la frente— un mundo perfecto que estaba lleno de pájaros y criaturas rayadas y cosas hermosas como azucenas de miel y estrellas y comadrejas…

—¿Comadrejas?

—Calla. Y ese mundo ya tenía luces y sombras, por lo que no necesitaba estrellas bribonas que vinieran a salvarlo, y tampoco le hacían falta soles sangrantes ni lunas lloronas, y lo más importante, nunca había conocido la guerra, que es algo terrible e inútil que ningún mundo necesita. Tenía tierra y agua, aire y fuego, los cuatro elementos; sin embargo, le faltaba el último, el amor.

YooChun tenía los ojos cerrados. Sonreía mientras escuchaba, al tiempo que acariciaba la suave pelusilla que cubría la cabeza de Max y recorría los anillos de sus cuernos.

—Así que ese paraíso era como un joyero sin una joya. Y allí estaba, día tras día, con sus amaneceres rosados, sonidos de criaturas y perfumes extraños, en espera de que los amantes lo encontraran y lo llenaran con su felicidad —hizo una pausa—. Fin.

—¿Fin? — YooChun abrió los ojos—. ¿Qué quieres decir con fin?

—La historia está inacabada. El mundo sigue esperando —respondió Max mientras rozaba su mejilla contra la dorada piel del pecho de YooChun.

—¿Sabes cómo encontrarlo? Podemos marcharnos antes de que salga el sol —dijo él con nostalgia.

El sol. Max detuvo los labios en su nuevo recorrido hacia el hombro de YooChun, el que mostraba la cicatriz que recordaba su primer encuentro en Bullfinch. Pensó en cómo podría haberlo dejado sangrando, o peor, haber acabado con él, pero algo ineluctable la había detenido de modo que ahora pudieran estar allí. Y la idea de separarse, vestirse, marcharse, le provocó una renuencia tan fuerte que le resultó dolorosa.

Sintió temor también, a lo que su desaparición pudiera haber provocado en Loramendi. Una imagen de Thiago enfadado se inmiscuyó en su felicidad, y él le alejó, pero no había posibilidad de detener el amanecer.

—Tengo que irme —dijo con profunda tristeza.

—Lo sé —respondió él.

Max levantó la cabeza de su hombro y descubrió que la desdicha de YooChun se igualaba a la suya. Él no preguntó: «¿Qué vamos a hacer?»; Max tampoco. Más adelante hablarían de esas cosas; en ese primer encuentro, se sentían cohibidos ante el futuro y, por todo lo que habían sentido y descubierto durante la noche, todavía tímidos el uno con el otro.

Max alcanzó el colgante que llevaba en torno al cuello.

—¿Sabes qué es esto? —le preguntó al tiempo que desataba el cordón.

—¿Un hueso?

—Bueno, sí. Es un hueso de la suerte. Cada uno coloca un dedo alrededor de una punta, así, y entonces pedimos un deseo y tiramos. El que se quede con el trozo más grande verá cumplido su deseo.

—¿Es magia? —preguntó YooChun sentándose—. ¿De qué pájaro proceden estos huesos que producen magia?

—No, no es magia. En realidad, los deseos no se cumplen.

—Entonces, ¿por qué hacerlo?

Max se encogió de hombros.

—¿Esperanza? La esperanza puede ser muy poderosa. Tal vez no haya verdadera magia en el hueso, pero cuando sabes qué es lo que anhelas y lo mantienes como una luz dentro de ti, puedes hacer que las cosas sucedan, casi como magia.

—¿Y qué es lo que deseas?

—Se supone que no debes decirlo. Ven, pide un deseo conmigo.

Max levantó el hueso de la suerte.

Había colocado el hueso en un cordón en parte por capricho y en parte por insolencia. Fue cuando tenía catorce años; llevaba cuatro al servicio de Rain y había comenzado también su adiestramiento para la batalla, y se sentía lleno de fuerza. Una tarde, había entrado en la tienda mientras Twiga estaba sacando de sus moldes lucknows recién acuñados, y le había suplicado uno.

Rain no le había mostrado aún cuál era la cruda realidad de la magia y el diezmo de dolor, y todavía consideraba que pedir deseos era una diversión. Cuando se lo negó —como siempre hacía, a excepción de los scuppies, para cuya creación solo se necesitaba un pellizco de dolor—, sufrió una breve pero intensa rabieta en un rincón. Ahora ni siquiera sabía qué deseo había sido de tal importancia para sus catorce años, pero recordaba perfectamente cómo BoAh había extraído un hueso de los restos de la cena —urogallo salvaje en salsa— y la había confortado con la leyenda humana del hueso de la suerte.

BoAh conocía numerosas historias humanas, y fue ella quien despertó en Max la fascinación por esa raza y su mundo. Desafiando a Rain, tomó el hueso y convirtió la petición del deseo en un verdadero espectáculo.

—¿Eso es todo? —Preguntó Rain cuando escuchó el insignificante deseo que había provocado su pataleta—. ¿Habrías gastado un deseo en eso?

Max y BoAh estaban a punto de romper el hueso, pero se detuvieron.

—Tú no eres tonto, Max —dijo Rain—. Si hay algo que deseas, persíguelo. La esperanza tiene poder. No la malgastes en cosas sin sentido.

—Está bien —respondió él sujetando el hueso de la suerte en la mano—. Lo guardaré hasta que mi esperanza satisfaga tus elevadas expectativas.

Lo colocó en un cordón. Durante semanas, formuló en voz alta deseos ridículos que luego simulaba sopesar.

«Desearía distinguir sabores con los pies como las mariposas».

«Desearía que los escorpiones-ratón pudieran hablar. Estoy segura de que saben los mejores cotilleos».

«Desearía que mi pelo fuera azul».

Pero no rompió el hueso. Lo que había comenzado como rebeldía infantil se convirtió en algo distinto. Las semanas se convirtieron en meses, y cuanto más tiempo pasaba sin romper el hueso de la suerte, más importante le parecía que, cuando lo hiciera, el deseo —la esperanza, más bien— debería ser digno de él.

En el bosquecillo de réquiems, con YooChun, llegó por fin ese momento.

Max pensó su deseo mirando a los ojos de YooChun, y tiró. El hueso se rompió limpiamente por la mitad, y los trozos, al compararlos entre sí, eran exactamente del mismo tamaño.

—Vaya. No sé qué significa esto. Tal vez que los dos vamos a ver cumplidos nuestros deseos.

—Tal vez que hemos deseado lo mismo.

A Max le gustó pensar que así era. Aquella primera vez, su deseo fue sencillo, concreto y apasionado: volver a verlo otra vez. Creer que así sería era lo único que podía ayudarla a marcharse.

Se levantaron de la ropa arrugada. Max tuvo que embutirse de nuevo en el traje de noche como una serpiente que regresa a su piel mudada. Entraron en el templo y bebieron agua del manantial sagrado que brotaba de una fuente en el suelo. Max se salpicó también la cara, rindió un silencioso homenaje a Ellai para que protegiera su secreto y prometió llevar velas cuando regresara.

Porque, por supuesto, regresaría.

Separarse fue casi un drama, una exagerada imposibilidad física —alejarse volando y dejar allí a YooChun — cuya dificultad no habría imaginado antes de aquel momento.

Regresó una y otra vez en busca de un último beso. Sentía una extraña sensación en los labios y se imaginaba ruborizado por la evidencia de cómo había pasado la noche.

Finalmente, alzó el vuelo, arrastrando la máscara por uno de sus largos cordones como un pájaro que la acompañaba en su aleteo. Debajo de él, avanzaba la tierra tocada por el amanecer en el camino de vuelta a Loramendi.

La ciudad permanecía tranquila tras la celebración, envuelta en el olor acre y la bruma de los fuegos artificiales. Entró por un pasadizo secreto a la catedral subterránea. La magia de Rain que bloqueaba las puertas permitía que Max las abriera con su voz, y no había guardias que le vieran entrar.

Fue sencillo.

Aquel primer día se notaba vacilante, cauteloso, por no saber lo que había sucedido en su ausencia, o qué cólera le estaría esperando. Sin embargo, las parcas seguían tejiendo sus hilos insondables, y un espía acudió esa mañana desde la costa de Mirea con noticias del avance de los galeones seráficos, así que Thiago abandonó Loramendi casi a la vez que Max regresaba a la ciudad.

Chiro le preguntó dónde había estado y él respondió con una mentira vaga, y a partir de ese momento la actitud de su hermano hacia él cambió. Max le sorprendería observándolo de un modo extraño e inexpresivo, y Chiro trataría de ocuparse en algo como si no hubiera estado mirándolo. También le veía menos, en parte porque Max se encontraba sumergido en su nuevo y secreto mundo, y en parte porque Rain necesitaba su ayuda en aquella época, por lo que estaba excusado del resto de sus tareas. Su batallón no fue movilizado en respuesta a los movimientos de la tropa seráfica, y él pensó, irónicamente, que debía agradecérselo a Thiago. Sabía que la había mantenido alejado de cualquier potencial peligro que pudiera arrebatarle su «pureza» antes de que tuviera la oportunidad de casarse con él. Tal vez no dispuso de tiempo suficiente para dar la contraorden antes de su partida.

Así que Max pasaba sus días en la tienda y en la catedral con Rain, enfilando dientes y creando cuerpos, y sus noches —tantas como pudo— junto a YooChun.

Ofreció a Ellai velas y conos de frangible, la especia favorita de la luna, y llevó a escondidas alimentos adecuados para los amantes, que comían con los dedos después de hacer el amor. Caramelos de miel, bayas de pecado y pájaros asados para sus voraces apetitos, sin olvidar nunca retirar de la pechuga el hueso de la suerte. También tenían vino en estilizadas botellas y diminutas copas labradas en cuarzo, que enjuagaban en el manantial sagrado y guardaban en el altar del templo para la siguiente ocasión.

Con cada hueso de la suerte, en cada despedida, deseaban otro día juntos.

Max pensaba a menudo, mientras trabajaba en silencio en presencia de Rain, que él sabía lo que estaba haciendo. Se sentía descubierto, atravesado por aquellos ojos dorado verdoso, y se decía a sí mismo que no podía continuar así, que debía terminar con aquella locura. Una vez, mientras volaba hacia el bosquecillo de réquiems, incluso ensayó lo que le diría a YooChun, pero lo olvidó tan pronto como lo vio, dejándose envolver por la alegría en el lugar que habían convertido en el mundo de su leyenda —el paraíso en espera de amantes que lo llenaran de felicidad—.

Y lo colmaron con su felicidad. Durante un mes de noches robadas y alguna tarde radiante en la que Max pudo escapar de Loramendi por el día, ahuecaron las alas en torno a su amor y crearon un mundo propio, aunque ambos sabían que no era tal, sino un mero escondite, que es algo muy diferente.

Después de varios encuentros, cuando empezaban a conocerse perfectamente el uno al otro, con el ansia que muestran los amantes por saberlo todo —con la palabra y el tacto, cada recuerdo y pensamiento, cada aroma y murmullo—, cuando toda la timidez los había abandonado, se enfrentaron al futuro: existía, y no podían pretender lo contrario. Ambos sabían que aquello no era vida, especialmente para el serafín, que solo veía a Max y pasaba los días durmiendo como las evangelinas y ansiando la llegada de la noche.

YooChun le confesó que era bastardo del emperador, uno entre muchos nacidos  para matar, y le relató el día en que los guardias habían acudido al harén a arrancarlo de los brazos de su madre. Cómo ella se lo había permitido, como si no fuera su hijo, sino un tributo que se ha de pagar. Cómo odiaba a su padre por criar hijos destinados a morir. Max pudo notar que se culpaba a sí mismo por ser uno de ellos.

Max acarició las cicatrices de sus nudillos e imaginó a las quimeras representadas por cada línea. Se preguntó cuántas de aquellas almas habrían sido recuperadas, y cuántas se habrían perdido.

Max no contó a YooChun el secreto de la resurrección, y cuando él le preguntó por qué no llevaba los ojos tatuados en las palmas de las manos, inventó una mentira. No podía hablarle de los resucitados. Era algo demasiado grande, demasiado atroz, sobre lo que descansaba el destino de su raza, y no podía compartirlo, ni siquiera para aliviar su sensación de culpabilidad por haber matado a todas aquellas quimeras. En lugar de eso, besó aquellas marcas.

—La guerra es lo único que nos han enseñado —había susurrado Max—, pero hay otras formas de vivir. Podemos encontrarlas, YooChun. Podemos inventarlas. Este es el principio, aquí.

Max acarició el pecho de YooChun y sintió una oleada de amor por el corazón que impulsaba su sangre, por su suave piel y sus cicatrices, y por aquella ternura tan poco propia de un soldado. Le tomó la mano, la presionó contra su pecho y afirmó:
—Nosotros somos el principio.

Empezaron a creer que podía ser así.

YooChun le contó que en los dos años transcurridos desde Bullfinch no había matado a ninguna quimera.

—¿Es cierto eso? —preguntó Max sin poder creerlo.

—Tú me mostraste que se puede elegir no matar.

Max bajó la mirada hacia sus manos y confesó:

—Yo sí he matado serafines desde aquel día.

YooChun le tomó de la barbilla y levantó su rostro hacia él.

—Pero al salvarme, me cambiaste, y estamos aquí gracias a aquel instante. Antes, ¿habrías pensado que fuera posible?

Max negó con la cabeza.

—¿No piensas que otros también podrían cambiar?

—Algunos —contestó él pensando en sus compañeros, en sus amigos, en el Lobo Blanco—. Pero no todos.

—Primero unos pocos, y luego más.

Primero unos pocos, y luego más. Max asintió, y juntos imaginaron una vida diferente, no solo para ellos, sino para todas las razas de Eretz. Y durante aquel mes en que se ocultaron y se amaron, soñaron e imaginaron, creyeron que también aquello estaba planeado: que eran las semillas de un propósito mayor y misterioso. Desconocían si era cosa de Nitid, de los dioses estrella o de algo distinto, pero sentían que una poderosa fuerza anidaba en su interior para traer la paz al mundo.

Eso fue lo que desearon aquella noche cuando rompieron el hueso de la suerte. Sabían que no podían ocultarse en el bosque de réquiems y soñar despiertos para siempre.

Había trabajo que hacer; estaban empezando simplemente a convertir su deseo en realidad, pero con tanta esperanza que podrían haber conseguido milagros —haber iniciado un cambio— si no los hubieran traicionado.