viernes, 25 de octubre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 30

30.
TÚ.

ChangMin lo condujo hasta su apartamento, pensando por el camino: Estúpido, estúpido, ¿qué estás haciendo?

Respuestas, se dijo a sí mismo. Busco respuestas.

Al llegar al ascensor vaciló, receloso de entrar en un espacio tan reducido con el serafín, pero YooChun no estaba en condiciones de subir escaleras, así que apretó el botón. Él le siguió, extrañado ante aquella maquinaria desconocida, y se sobresaltó un poco cuando el mecanismo se puso en marcha.

Ya en el piso, ChangMin dejó las llaves en un cestillo junto a la puerta y miró a su alrededor. En la pared, se encontraban sus alas de Ángel de la Extinción, increíblemente parecidas a las de él. Si YooChun percibió la similitud, su rostro no lo dejó traslucir. La habitación era demasiado pequeña para extender totalmente las alas, así que estaban suspendidas como un dosel, cubriendo la mitad de la cama, que era un ancho banco de teca cubierto con colchones de plumas, como en el cuento de la princesa y el guisante. Estaba deshecha y enterrada bajo una avalancha de antiguos cuadernos de bocetos que ChangMin había estado hojeando la noche anterior, acompañándose de su familia de la única manera posible.

Uno de los cuadernos estaba abierto por un retrato de Rain. ChangMin notó que el ángel apretaba los dientes al verlo, así que lo cogió y lo abrazó contra su pecho. Él se acercó a la ventana y miró hacia la calle.

—¿Cómo te llamas? —preguntó ChangMin.

—YooChun.

—¿Y cómo sabes mi nombre?

Una larga pausa.

—El anciano me lo dijo.

Izîl, por supuesto. Pero… un pensamiento la asaltó. ¿No había dicho Razgut que Izîl había saltado para protegerlo?

—¿Cómo me has encontrado? —preguntó.
Fuera era noche cerrada, y los anaranjados ojos de YooChun se reflejaban en el cristal de la ventana.

—No fue difícil —fue todo lo que respondió.

ChangMin iba a pedirle más concreción, pero él cerró los párpados y apoyó la frente contra el cristal.

—Puedes sentarte —dijo ChangMin  señalando con un gesto su amplio sillón de terciopelo verde—. Si no quemas nada, claro.

YooChun curvó los labios de forma sombría, en lo que parecía el pariente triste de una sonrisa.

—No quemaré nada.

Desabrochó la hebilla que sujetaba las correas de cuero cruzadas sobre su pecho, y las espadas, envainadas entre sus omóplatos, cayeron al suelo de golpe, algo que seguramente, pensó ChangMin, no agradaría a sus vecinos de abajo. YooChun se sentó, o más bien se derrumbó en el sillón. ChangMin apartó los cuadernos de dibujo para hacerse un hueco sobre la cama, y se acomodó frente a él, con las piernas cruzadas.

El piso era diminuto. El espacio suficiente para la cama, el sillón y un conjunto de mesas nido talladas, todo colocado sobre la alfombra persa en la que ChangMin había derrochado una fortuna, y por la que había regateado cuando aún estaba colocada sobre un telar en Tabriz. Había una pared cubierta de estanterías, frente a una hilera de ventanas, y junto al vestíbulo de entrada: una pequeña cocina, un armario aún más pequeño y un baño cuyo tamaño apenas superaba el de una mampara de ducha. Los techos alcanzaban una absurda altura de casi tres metros y medio, por lo que incluso la habitación principal era más alta que ancha. ChangMin había construido un altillo sobre las estanterías, al que accedía trepando, que era suficientemente profundo como para recostarse sobre cojines turcos y disfrutar de la vista que ofrecían las altas ventanas: línea directa sobre los tejados del casco viejo hasta el castillo.

ChangMin contempló a YooChun. Tenía la cabeza reclinada hacia atrás y los ojos cerrados. Parecía tan cansado… Movió un hombro con cuidado y se estremeció, como si le doliera. Pensó en ofrecerle un té —a él también le apetecía—, pero le pareció una actitud demasiado cortés, y se obligó a recordar la dinámica que existía entre ellos: eran enemigos.
¿De acuerdo?

Estudió sus rasgos, corrigiendo mentalmente los dibujos que había hecho de memoria.

Sus dedos ansiaban coger un lápiz para poder dibujarlo del natural. Estúpidos dedos.

Él abrió los ojos y notó su mirada. ChangMin se ruborizó.

—No te pongas demasiado cómodo —comentó, turbado.

YooChun se incorporó con dificultad.

—Lo siento. Siempre es así después de una batalla.

Una batalla. YooChun le observó con cautela, mientras ChangMin procesaba la idea.

—Batalla. Con las quimeras. Porque sois enemigos.

Él asintió con la cabeza.

—¿Por qué?

—¿Por qué? —repitió él como si la noción de enemigo no necesitara justificación.

—Sí. ¿Por qué sois enemigos?

—Siempre ha sido así. La guerra comenzó hace mil años…

—Esa razón es muy pobre. Dos razas no pueden haber nacido como enemigas, ¿no crees? Tuvo que empezar en algún momento.

YooChun asintió con un ligero gesto.

—Sí. Hubo un comienzo —se frotó la cara con las manos—. ¿Qué sabes de las quimeras?

¿Qué sabía?

—No mucho —admitió—. Hasta la noche en que me atacaste, no sabía siquiera que hubiera más, aparte de las cuatro a las que yo conozco. Ignoraba que fueran una raza.

YooChun sacudió la cabeza.

—No son una raza, sino muchas, aliadas.

—Claro — ChangMin supuso que aquello explicaba lo diferentes que eran—. ¿Significa eso que hay otros como BoAh, o como Rain?
YooChun asintió. Aquella idea añadía nuevos matices de realidad al mundo que ChangMin había vislumbrado. Imaginó tribus repartidas por vastos paisajes, todo un pueblo de Boahs, familias de Rain. Quería verlos. ¿Por qué le habían mantenido apartado de todo aquello?

—No comprendo cómo ha sido tu vida. Rain te crió, pero ¿solo en la tienda? ¿No en la Fortaleza? —preguntó YooChun.

—Yo no supe lo que había tras la otra puerta de la tienda hasta esa noche.

—¿Te llevó él al interior?

ChangMin frunció los labios al recordar la ira de Rain.

—Bueno, algo así.

—¿Y qué viste?

—¿Por qué crees que te lo contaría? Vosotros sois enemigos, en cuyo caso, tú eres mi enemigo también.

—Yo no soy tu enemigo, ChangMin.

—Son mi familia. Sus enemigos son también los míos.

—Tu familia —repitió YooChun sacudiendo la cabeza—. Pero ¿de dónde vienes? ¿Quién eres, en realidad?

—¿Por qué todo el mundo me pregunta eso? —Exclamó ChangMin con rabia, aunque era algo que se había preguntado todos los días desde que tuvo suficiente edad para comprender la extremada rareza de sus circunstancias—. Yo soy yo. ¿Quién eres tú?

Era una pregunta retórica, pero YooChun la tomó en serio y respondió:

—Soy un soldado.

—Entonces, ¿qué haces aquí? Tu guerra está en otra parte. ¿Por qué has venido?

Él respiró hondo, con un estremecimiento, y se hundió de nuevo en el sillón.

—Necesitaba… algo —respondió—. Algo distinto. Llevo medio siglo sumergido en la guerra…

ChangMin lo interrumpió:

—¿Tienes cincuenta años?

—En mi mundo, la vida es larga.

—Tenéis suerte —dijo ChangMin —. Aquí, si quieres asegurarte muchos años de vida, tienes que arrancarte los dientes con unas tenazas.

La mención de los dientes encendió una chispa de peligro en los ojos de YooChun, pero solo añadió:

—Una vida larga resulta una carga cuando está llena de sufrimiento.

Sufrimiento. ¿Se refería a sí mismo? ChangMin se lo preguntó.

Sus ojos se cerraron, como si hubiera estado luchando por mantenerlos abiertos y de repente se hubiera rendido. Permaneció tanto tiempo en silencio que ChangMin pensó que se había dormido, así que renunció a su pregunta. De todas maneras, parecía una intromisión en su vida. Y ChangMin presentía que estaba hablando de sí mismo. Recordó el aspecto que tenía en Marrakech. ¿Qué podría arrancar la vida de los ojos de alguien de aquella manera?

De nuevo se sintió invadido por un impulso protector, quiso ofrecerle algo, pero se resistió. Siguió contemplándolo —sus rasgos, sus negrísimas cejas y pestañas, las líneas tatuadas en sus manos, que descansaban abiertas sobre los brazos del sillón—. Tenía la cabeza recostada hacia atrás, y ChangMin podía distinguir la quemadura del cuello y, algo más arriba, el pulso acompasado en la yugular.

Una vez más le sorprendió su presencia física, que fuera de carne y hueso, aunque de una manera distinta a la de cualquiera a quien él hubiera visto o tocado. Era una combinación de elementos: fuego y tierra. ChangMin habría supuesto que un ángel contendría algo de aire, pero no era así. Era totalmente sólido: poderoso y fuerte y real.
YooChun abrió los ojos y ChangMin se sobresaltó al darse cuenta de que de nuevo lo había descubierto con la mirada clavada en él. ¿Cuántas veces iba a ruborizarse?

—Lo siento —se disculpó YooChun con voz débil—. Creo que me he dormido.

—Sí —sin poder evitarlo, añadió—: ¿Quieres un poco de agua?

—Por favor —pronunció aquellas palabras con tanto agradecimiento que ChangMin sintió una punzada de culpabilidad, por no habérselo ofrecido antes.

Descruzó las piernas, se levantó y le llevó el vaso de agua, que él bebió de un trago.

—Gracias —dijo YooChun con una extraña sinceridad, como si le agradeciera algo mucho más profundo que un poco de agua.

—De nada —respondió él, un tanto incómodo. Allí de pie, tenía la sensación de estar revoloteando a su alrededor. En la habitación no había otro lugar donde colocarse, aparte de la cama, así que volvió a subirse a ella. Le apetecía quitarse las botas, pero era algo que no se debía hacer cuando existía la más remota posibilidad de tener que huir apresuradamente o defenderse con una patada. A juzgar por el agotamiento de YooChun, no corría ningún riesgo. El único peligro era el olor a pies.

Se dejó las botas puestas.

—Todavía no entiendo por qué incendiaste los portales —dijo—. ¿Cómo puede acabar eso con vuestra guerra?

YooChun apretó las manos contra el vaso vacío y respondió:

—Por las puertas llegaba magia. Magia negra.

—¿Desde aquí? Aquí no existe la magia.

—Dijo el chico que vuela.

—Bueno, eso es fruto de un deseo, de tu mundo.

—De Rain.

ChangMin asintió con un gesto.

—Así que sabes que es un hechicero.

—Yo…, bueno, claro.

Nunca había pensado en Rain como en un hechicero. ¿Hacía algo más que fabricar deseos? ¿Qué era exactamente lo que sabía y cuánto lo que desconocía? Su ignorancia era como encontrarse en la más absoluta oscuridad, sin saber si se trata del interior de un armario o de una inmensa noche sin estrellas.

Un caleidoscopio de imágenes se arremolinó en su mente. La chispa de magia cuando entraba en la tienda. Los dientes y las piedras preciosas, las mesas de piedra en la catedral subterránea con aquellos cuerpos encima…, muertos que en realidad no lo estaban, como ChangMin había descubierto brutalmente. Y recordó a BoAh pidiéndole que no complicara más la vida de Rain —su vida «sombría», como ella había dicho—. Su «incesante» trabajo. ¿Qué trabajo?

Cogió un cuaderno al azar y pasó rápidamente las hojas, creando una especie de animación vacilante con los dibujos de sus quimeras.

—¿Cuál era esa magia? —le preguntó a YooChun—. La magia negra.

Él no respondió y ChangMin imaginó que, al levantar los ojos, lo encontraría de nuevo dormido, pero estaba contemplando las imágenes del cuaderno. ChangMin lo cerró de golpe y él clavó su mirada en el menor. Otra vez aquella intensa expresión inquisitiva.

—¿Qué ocurre? —preguntó, desconcertado.

— ChangMin —respondió YooChun—. Esperanza.

Ella alzó las cejas, como diciendo «¿Y qué?».

—¿Por qué te puso ese nombre?

ChangMin se encogió de hombros. Empezaba a resultar cansino no saber nada.

—¿Por qué tus padres te llamaron YooChun?

Al mencionar a sus padres, el rostro de YooChun se endureció y la intensidad de su mirada dejó paso de nuevo a la fatiga.

—Ellos no me lo pusieron —respondió—. Un mayordomo lo eligió de una lista. Otro YooChun había muerto y el nombre había quedado libre.

—Vaya — ChangMin no supo cómo reaccionar. En comparación, su extraña infancia parecía acogedora y familiar.

—Fui criado para ser un soldado —continuó YooChun con voz hueca. Volvió a cerrar los ojos, esta vez con fuerza, como atenazado por un dolor intenso. Permaneció mucho tiempo en silencio, y cuando habló de nuevo contó mucho más de lo que ChangMin esperaba—. Me separaron de mi madre cuando tenía cinco años. No recuerdo su rostro, solo que no hizo nada cuando vinieron a por mí. Es mi recuerdo más antiguo. Era tan pequeño que solo podía ver las piernas de aquellos imponentes soldados que me rodeaban. Eran los guardias de palacio y llevaban espinilleras plateadas, así que pude verme reflejado en ellas, en todas ellas, mi propio rostro aterrorizado una y otra vez. Me llevaron al campo de instrucción, donde era uno más en una legión de niños aterrorizados —tragó saliva—. Donde castigaban nuestro miedo y nos enseñaban a ocultarlo. Y en eso se convirtió mi vida, en reprimir el terror hasta no sentirlo más, hasta no sentir nada.

ChangMin no pudo evitar imaginarlo de niño, asustado y abandonado. La ternura afloró en forma de lágrimas.

Con una voz cada vez más apagada, YooChun continuó.

—Soy producto de la guerra, una guerra que comenzó hace mil años con la masacre de mi pueblo. Niños, mayores, nadie se salvó. En Astrae, la capital del Imperio, las quimeras se sublevaron para asesinar a los serafines. Somos enemigos porque las quimeras son monstruos. Mi vida está manchada de sangre porque mi mundo está repleto de bestias.

»Y luego vine aquí, y los humanos… —su voz adquirió un tono soñador—. Los humanos paseaban libremente, sin armas, se reunían al aire libre, se sentaban en las plazas, reían, envejecían. Y vi a un muchacho… un muchacho con los ojos castaños, el pelo del color de una gema y… tristeza. Su rostro estaba profundamente triste, pero aun así podía iluminarse en un segundo, y cuando vi su alegría me pregunté qué se sentiría al hacerlo reír. Pensé… pensé que sería como descubrir la sonrisa. Él pertenecía al bando enemigo, y aunque lo único que deseaba era mirarlo, reaccioné como me habían enseñado y… le hice daño. Y cuando volví a mi hogar, no pude dejar de pensar en ti, y estaba muy agradecido de que te hubieras defendido. De que no me permitieras matarte.

. El cambio de pronombre no le pasó desapercibido a ChangMin, que seguía sentado, sin pestañear y casi sin respirar.

—Regresé para buscarte —dijo YooChun—. No sé por qué. ChangMin. ChangMin. No sé por qué —su voz era tan débil que apenas podía oírlo—. Solo para encontrarte y permanecer en el mundo en el que tú te encuentras…

ChangMin esperó, pero YooChun no dijo nada más, y entonces… algo surgió a su alrededor.

Un resplandor, como un aura al principio, que adquiría intensidad hasta convertirse en unas alas —abiertas, extendiéndose desde sus omóplatos por encima del sillón y deslizándose sobre la alfombra en arabescos de fuego—. El hechizo que las ocultaba se había roto y ChangMin estuvo a punto de lanzar un grito al verlas, pero la llama no se extendió. Ardía sin humo, como contenida en sí misma. Los sutiles movimientos de las plumas de fuego resultaban hipnóticos, y ChangMin respiró de nuevo, profundamente, y las contempló durante minutos, mientras el rostro de YooChun se relajaba hasta adquirir una expresión tranquila. Esta vez estaba de veras dormido.

ChangMin se levantó y tomó el vaso de sus manos. Apagó la luz. Las alas aportaban suficiente claridad, incluso para dibujar. Sacó su cuaderno de bocetos y un lápiz y retrató a YooChun, dormido y rodeado por sus alas, y luego, de memoria, con los ojos abiertos. Trató de recrear su forma exacta; utilizó carboncillo para la espesa capa de kohl que los rodeaba y les aportaba ese aspecto tan exótico, y no se resistió a dejar sus fieros iris sin colorear. Alcanzó una caja de acuarelas y los pintó. Dibujó y pintó durante largo rato, y él permaneció inmóvil, excepto por la suave oscilación de su pecho al respirar y el brillo trémulo de sus alas, que inundaban la habitación con un resplandor de fuego.

ChangMin no tenía intención de dormir, pero en cierto momento a partir de medianoche se reclinó, todavía medio sepultado por los cuadernos, para «descansar los ojos» un rato. Se quedó dormido, y cuando despertó justo antes del amanecer —algo lo despertó, un sonido rápido y brillante—, la habitación que la rodeaba le pareció, por un instante, totalmente desconocida. Solo reconoció las alas en la pared, por encima de él, y se sintió invadido por una sensación placentera. Luego todo se desvaneció suavemente, como ocurre en los sueños. Estaba en su piso, por supuesto, en su cama, y el ruido que la había despertado era YooChun.


Estaba de pie junto a él, y sus ojos parecían de lava fundida. Los tenía muy abiertos, con los iris anaranjados rodeados de blanco, y en cada mano sujetaba uno de los cuchillos de luna creciente de ChangMin.

Hijo del humo y hueso Cap 29

29.
COMO UN RAYO DE LUZ DIRIGIDO AL SOL.

Cuando el ángel pensó que podría escapar con solo elevarse tres metros por encima del suelo, ChangMin se regocijó con malicia por poder sorprenderlo. Aunque él no mostró el más mínimo asombro. Se elevó por el aire hasta colocarse frente a él, y el ángel lo observó. Simplemente lo observó. Su mirada transmitía calor a sus mejillas, a sus labios. Era como una caricia. Tenía unos ojos hipnóticos y unas cejas negras y aterciopeladas. Era cobre y sombra, miel y amenaza, pómulos afilados como cuchillos y en la frente un mechón de pelo afilado como una daga. Todo eso y el crepitar mudo de un fuego invisible. Delante de él, ChangMin sintió el murmullo de la sangre y de la magia, y algo más.

En su estómago: un revoloteo de seres alados que despertaban fervientemente a la vida.

El rubor coloreó sus mejillas. Cómo se atrevían las mariposas a molestarlo en aquel momento. ¿Qué era, un chico atolondrado que se derretía ante un hombre guapo?

—La belleza —se había mofado Rain en cierta ocasión—. Los humanos pierden la cabeza por ella. Quedan tan indefensos como polillas que se arrojan al fuego.

ChangMin no sería una polilla. Mientras se movían en círculos el uno frente al otro, se recordó a sí mismo que aunque el serafín no quisiera enfrentarse a él en ese momento, ya había derramado su sangre antes. Había dejado cicatrices en su cuerpo. Mucho peor, había incendiado los portales y lo había dejado solo.

Transformó aquella rabia en una armadura y lo atacó de nuevo, abalanzándose sobre él en el aire, y durante unos minutos se convenció de que estaba a su altura, de que podría… ¿qué? ¿Matarlo? Ni siquiera intentaba alcanzarlo con el cuchillo. No quería matarlo.

¿Qué pretendía ChangMin? ¿Qué quería él?

Y entonces el ángel aferró las manos de ChangMin y, con un suave movimiento, lo desarmó, arrebatándole cualquier sensación de estar «ganando». Las apretó, con las palmas enfrentadas para que no pudiera atacarlo de nuevo con sus hamsas —de cerca, ChangMin vio una mancha blanca en su cuello, donde lo había tocado—, con tanta fuerza que ChangMin era incapaz de liberarse. Sus manos eran cálidas, y ocultaban por completo las de él. Su magia había quedado atrapada entre sus palmas, un tatuaje caliente frente al otro, y su cuchillo había caído a la calle. Estaba atrapado.

Experimentó un instante de desesperación, al recordar cómo se había cernido sobre él en Marruecos, la inexpresividad de su rostro.

Sin embargo, en ese momento, su rostro no estaba muerto. Todo lo contrario.
Podría haber sido alguien completamente distinto, ya que su mirada aparecía ahora llena de sentimiento. ¿Qué sentimiento? Dolor. Refulgía con un brillo febril. Su rostro reflejaba la tensión de una constante agonía, y respiraba con dificultad. Pero eso no era todo. Resplandecía con intensidad, inclinado hacia él en el aire, observándole sin parar, con una expresión de búsqueda desesperada.

Su tacto, su calor, su mirada lo invadieron por completo y, en un instante, no eran mariposas lo que sentía. Eso se quedaba pequeño, revoloteos de un niño aturdido.
Esa nueva energía que surgió entre ellos era… cósmica. Redistribuyó el aire que los separaba y penetró en su interior —calidez y tranquilidad, atracción—. Durante ese instante, con sus manos cubiertas por las de él, ChangMin se sintió tan insignificante como un rayo de luz dirigido al sol en la enorme y extraña urdimbre del espacio. Luchó contra esa sensación, intentando alejarlo de él.

—No voy a hacerte daño —le dijo el ángel con voz susurrante y ronca—. Perdona lo que te hice. Por favor, créeme, ChangMin. No he venido hasta aquí para herirte.

ChangMin se sorprendió al escuchar su nombre y dejó de forcejear. ¿Cómo sabía su nombre?

—¿Por qué has venido?

—No lo sé —contestó de nuevo con expresión indefensa, y esta vez ChangMin no encontró la respuesta tan divertida—. Solo… solo para hablar —añadió él—. Para tratar de comprender esta… esta…

Titubeó buscando la palabra adecuada y calló, sin encontrar qué decir; sin embargo, ChangMin creía saber a qué se refería, ya que él estaba tratando también de comprenderlo.
—No podría soportar otro ataque de tu magia —confesó, y ChangMin notó de nuevo su tensión.

Realmente le había hecho daño. Como era su obligación, se aseguró a sí mismo. Era su enemigo. El calor en sus manos se lo confirmaba. Sus cicatrices se lo confirmaban, y su vida truncada. Aun así su cuerpo no le escuchaba. Estaba concentrado en el tacto de su piel, en aquellas manos que envolvían las suyas.

—Pero no voy a retenerte —continuó el ángel—. Si quieres, atácame, es justo lo que merezco.

Le soltó. Su calor abandonó a ChangMin y la noche se interpuso entre ambos, más fría que antes.

Con las hamsas atrapadas en sus puños, ChangMin retrocedió, sin darse apenas cuenta de que seguía flotando.

Pero ¿qué era aquello?

Remotamente, se dio cuenta de que estaba volando ante los ojos de una multitud, a la que se iban añadiendo hordas de personas boquiabiertas, como si la ruta turística de Karlova se hubiera desviado por el pequeño callejón. Percibió su asombro y sus dedos, que apuntaban hacia ellos dos, vio los flashes de las cámaras, escuchó sus gritos, pero la escena aparecía totalmente difuminada, como proyectada en una pantalla, menos real que el momento que estaba viviendo.

Estaba experimentando algo inefable. Mientras el serafín le había sujetado las manos, y cuando se las liberó, sintió como si su interior se llenara, pero no fue consciente de ello hasta que él retrocedió y regresó el vacío. De nuevo palpitaba en su interior, frío y doloroso, y tuvo que retener a una parte desesperada de su ser que ansiaba tomar de nuevo aquellas manos. Receloso de la extraordinaria compulsión que latía dentro de él, se obligó a resistir. Era como luchar contra una marea, y lo invadía el mismo miedo: a ser arrastrado a aguas profundas, sin posibilidad de salvación.

ChangMin sintió pánico.

El ángel insinuó un ademán de acercamiento y ChangMin interpuso las manos entre ellos, las dos al mismo tiempo, muy cerca. El ángel abrió mucho los ojos y se tambaleó en el aire, desbaratando su perfecta elegancia. ChangMin contuvo el aliento. El Ángel trató de sujetarse al dintel de la ventana de un cuarto piso, pero no lo logró.
Se le pusieron los ojos en blanco y cayó unos metros, lanzando chispas. ¿Estaría perdiendo la consciencia?

—¿Te encuentras bien? —le preguntó ChangMin con un nudo en la garganta.

No estaba bien, y se precipitó al suelo.

* * *


YooChun notó vagamente que ya no se encontraba en el aire. Debajo de él, había piedra. Entre fogonazos, distinguió rostros que lo observaban.

Recuperó la consciencia con imágenes estroboscópicas. Voces en idiomas que no entendía, y en un extremo: una mancha azul. ChangMin estaba allí. Un estruendo estalló en sus oídos y se obligó a levantarse, y el estruendo era… un aplauso.

ChangMin, dándole la espalda, se inclinó en una teatral reverencia. Con una floritura, desclavó el cuchillo del lugar donde había quedado encajado entre los adoquines y lo enfundó en su bota. Miró por encima del hombro, aparentemente aliviado de verlo consciente, retrocedió unos pasos y… tomó su mano. Con cuidado, rozándolo únicamente con la punta de los dedos para que sus tatuajes no le quemaran. Lo ayudó a levantarse y le susurró al oído:

—Saluda.

—¿Qué?

—Que hagas una reverencia, ¿de acuerdo? Si piensan que ha sido un espectáculo, será más fácil salir de aquí. Y que intenten descubrir cómo lo hemos hecho.

Realizó una especie de saludo y los aplausos atronaron.

—¿Puedes andar? —le preguntó ChangMin.

Él asintió con la cabeza.

No les resultó fácil abandonar el lugar. La gente se interponía en su camino, ansiosa de hablar con ellos. ChangMin contestaba con frases breves; él no entendía lo que decían, no comprendía su idioma. Los espectadores estaban sobrecogidos y encantados —excepto uno, un joven con sombrero de copa que fulminaba con la mirada a YooChun y trataba de agarrar a ChangMin por el codo—. YooChun notó ira contenida en el aire que rodeaba a aquel humano, y sintió deseos de lanzarlo contra la pared, pero ChangMin no necesitó su intervención. Se desembarazó del muchacho y sacó a YooChun de entre la multitud. Los dedos de ChangMin, largos y fríos, seguían unidos a los de él; YooChun se sintió desolado cuando al doblar la esquina hacia una plaza con puestos de mercado vacíos, él los retiró.

—¿Te encuentras bien? —preguntó ChangMin alejándose de él.

YooChun se apoyó contra una pared, bajo un toldo.

—No te voy a negar que lo mereciera —respondió—, pero me siento como si un ejército hubiera marchado sobre mí.

ChangMin caminaba arriba y abajo, invadido por la ansiedad.

—Razgut dijo que me estabas buscando. ¿Por qué?

—¿Razgut? —preguntó YooChun sorprendido—. Pensé que estaría…

—¿Muerto? Él sobrevivió, pero Izîl no.

YooChun clavó la mirada en el suelo.

—No pensé que saltaría.

—Pues lo hizo. Pero eso no contesta mi pregunta. ¿Por qué me buscabas?

De nuevo se sintió desvalido. Buscó a tientas una explicación.

—No comprendía quién eras. Quién eres. Un humano tatuado con los ojos del diablo.

ChangMin contempló las palmas de sus manos, y luego levantó la mirada hacia él, con expresión confusa, vulnerable.

—¿Qué es… lo que provocan en ti?

Él entrecerró los ojos. ¿Sería posible que no lo supiera?

Los ojos tatuados eran solo un ejemplo de la esencia diabólica de Rain. Su magia golpeaba como un vendaval, un viento cargado de malestar y debilidad, y YooChun se había entrenado para resistirlo —todos los soldados serafines lo hacían—, pero solo podía soportarlo durante un tiempo. Si hubiera estado en el campo de batalla, habría rebanado las manos al enemigo antes de permitir que le lanzara tanta energía maligna.

Pero ChangMin … lo último que deseaba era herirlo de nuevo, así que había soportado todo lo posible.

Ahora más que nunca se le apareció como el hada de un cuento —un hada embrujada con los ojos sombríos y el aguijón de un escorpión—. La quemadura provocada por la mano de ChangMin en su cuello le dolía como una salpicadura de ácido, y a ello se unían las náuseas provocadas por su ataque sin tregua. Sintió que se debilitaba y temió desvanecerse otra vez.

—Son las marcas de los resucitados —explicó YooChun con cautela—. Seguramente ya lo sabes.

—¿Los resucitados?

YooChun estudió el rostro de ChangMin.

—¿No sabes lo que son?

—Saber ¿el qué? ¿Lo que es un resucitado? Alguien que regresa de la muerte, ¿no?

—Es un soldado quimérico —respondió, aunque aquello era solo parte de la verdad—. Las hamsas están reservadas para ellos —calló un instante—. Únicamente.

Él cerró los puños con fuerza.

—Como verás, no solo para ellos.

Él no respondió.

Todo lo que había impregnado el ambiente mientras permanecían el uno frente al otro sobre los tejados, todo había surgido de ellos mismos. Estar cerca de ChangMin era como buscar el equilibrio en un mundo que se tambalea, como tratar de afianzarse sobre un punto de apoyo mientras la tierra intenta hacerte caer, arrojarte a una espiral para la que no existe escapatoria, solo un golpe al final, un impacto anhelado, una colisión dulce y que te hace señales.

Ya había sentido aquello antes, y jamás quiso volver a sentirlo. Solo podría apagar el recuerdo de Max; ya lo había hecho. De nuevo su mente fue incapaz de evocar su rostro. Era como intentar recordar una melodía mientras se escucha otra canción. El rostro de ChangMin era todo lo que podía ver —sus ojos luminosos, los pómulos suaves, el perfil de sus dulces labios cerrados con consternación—.

Había cercenado los sentimientos; ni siquiera debería haber surgido todo aquello —la confusión, el apremio, la agitación, aquel repiqueteo—. Y por debajo de todo, una sensación atrofiada que había mantenido prisionera en las profundidades de su mente, sin poder reconocer de qué se trataba: esperanza. Una ligerísima esperanza. Y en su centro: ChangMin.

ChangMin se mantenía alejada de él, caminando todavía arriba y abajo. Ambos merodeaban en los límites de sus mutuas compulsiones, temerosos de acercarse el uno al otro.

—¿Por qué incendiaste los portales? —preguntó él.

YooChun dejó escapar un profundo suspiro. ¿Qué podía decir? ¿Por venganza? ¿Para conseguir la paz? Ambas razones eran ciertas a su modo.

—Para acabar con la guerra —respondió con cautela.

—¿Guerra? ¿Hay una guerra?

—Sí, ChangMin. La guerra es lo único que existe.

De nuevo se sintió desconcertado al escucharle pronunciar su nombre.

—Rain y los demás… ¿están bien?

Su voz sonó entrecortada y YooChun reconoció en él el miedo —temor a lo que él pudiera contestar—.

Bajo las náuseas provocadas por las hamsas, sintió otro malestar más profundo —atisbos de terror—.

—Están en la Fortaleza Negra —respondió.

—La Fortaleza —su voz se llenó de esperanza—. Con los barrotes. La vi, la noche en que me atacaste.

YooChun desvió la mirada. Una oleada de malestar lo recorrió. Las punzadas en la cabeza eran cada vez más intensas; solo había soportado tanta exposición a las marcas del diablo otra vez, una tortura a la que no pensó sobrevivir, y aún no comprendía cómo lo había logrado. Le resultaba difícil mantener los ojos abiertos y notaba su cuerpo como un ancla que trataba de arrastrarlo.
Voces.

ChangMin miró a su alrededor. YooChun levantó los ojos. Parte de su público los había localizado y los señalaba con el dedo.

—Ven conmigo —dijo ChangMin.


Como si hubiera tenido otra elección.

Hijo del humo y hueso Cap 28

28.
ACTITUD DE PLEGARIA.

En su escondite, la vampiresa Jessica se olvidó por un instante de respirar.

En la intersección con Karlova, un pequeño grupo de turistas dobló la esquina para bajar por el callejón y se quedó petrificado. A más de uno se le cayó el chicle de la boca desencajada. Seven, ataviado con un sombrero de copa y una estaca de madera colocada con desenfado bajo el brazo, descubrió que su ex novio estaba suspendido en el aire.

La verdad es que no se sorprendió en exceso. Algo en ChangMin activaba una inusual credulidad, y cosas que en otras personas resultarían difíciles de creer no parecían tan descabelladas en él. ¿Que ChangMin estaba volando? Bueno, ¿por qué no?
Lo que Seven sintió no fue sorpresa, sino celos. ChangMin estaba volando, no cabía duda, pero acompañado. Se encontraba junto a un tipo que, Seven tuvo que admitir —aunque para él reconocer la belleza en otros hombres era inconcebible—, era guapo hasta parecer absurdo. Guapo hasta la exageración.
Muy poco sofisticado, pensó cruzando los brazos.

Lo que ambos hacían no podía describirse exactamente como volar. Permanecían a la altura de los tejados, pero apenas se movían —girando como gatos y mirándose el uno al otro con extraordinaria intensidad—. El aire parecía vibrar entre ellos, y Seven notó una especie de puñetazo en el estómago.
Entonces ChangMin atacó al tipo, y él se sintió mucho mejor.

Más tarde afirmaría que la pelea aérea formaba parte del recorrido, y se embolsaría sustanciosas propinas. Presentaría a ChangMin como su novio, enfureciendo a Jessica, que se marcharía ofendida a su casa para mirarse las cejas —todavía gordas como orugas— en el espejo. Pero, de momento, todos contemplaban embobados a aquellos dos hermosos seres que se enfrentaban en el aire con los tejados de Praga como escenario.

Bueno, no cabía duda de que ChangMin luchaba. Su contrincante solo esquivaba las embestidas, con enorme elegancia y una extraña… ¿caballerosidad?…, y parecía rehuirlo y estremecerse como si hubiera recibido un golpe incluso cuando él no lo había tocado.

Durante unos minutos la escena se desarrolló del mismo modo, mientras se arremolinaba más gente en la calle, pero entonces ChangMin se abalanzó sobre él y aquel tipo le agarró las manos. ChangMin soltó el cuchillo —cayó desde gran altura y se clavó entre dos adoquines— y él lo sujetó. Era extraño: aferraba sus manos con las palmas juntas, en actitud de plegaria. ChangMin se revolvió, pero él era claramente más fuerte y lo retuvo con facilidad, presionando con sus manos las de él, como obligándola a rezar.

Él habló y su voz fluyó hasta el público, extraña e increíblemente tonal, áspera y algo… animal. Aquellas palabras la calmaron poco a poco. Aun así, él mantuvo las manos del menor sujetas con las suyas durante largo rato. Sobre la plaza del casco viejo, las campanas de la iglesia de Týn marcaron las nueve, y cuando el eco de la novena campanada inundó el silencio, él lo liberó y retrocedió un poco en el aire, tenso y vigilante, como quien saca a un animal salvaje de una jaula y no sabe si lo atacará.
ChangMin no lo atacó. Se alejó. Ambos hablaban, gesticulaban. ChangMin se movía en el aire de forma lánguida, con las piernas recogidas, agitando los brazos al ritmo de una corriente, como si quisiera mantenerse a flote. Parecía todo tan fluido —tan posible— que varios turistas intentaron cautelosamente aletear con los brazos, preguntándose si no habrían accedido a una zona del planeta donde…, bueno, donde la gente pudiera volar.

Y entonces, justo cuando estaban habituándose a la sorprendente imagen del chico del pelo azul y el hombre del pelo negro flotando sobre sus cabezas, como una deliciosa muestra de arte en directo, ChangMin realizó un movimiento repentino. El hombre se encogió en el aire y empezó a caer, a trompicones, tratando de mantenerse erguido.

Perdió la batalla y se quedó sin fuerzas. Dejó caer la cabeza hacia atrás, suelta sobre el cuello, y, con un crepitar de chispas semejante a la cola de un cometa, se precipitó hacia el suelo.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 27

27.
DE PRESA A PREDADOR.

«Vivirás como una presa, pequeño».

Las palabras de Bain retumbaban en los oídos de ChangMin mientras paseaba la mirada a su alrededor, buscando rostros entre la multitud que le rodeaba. Se sentía al descubierto en medio del puente y ojeó la línea de tejados a ambas orillas del río, imaginando que el cazador le estaba apuntando con un rifle de mira telescópica.

Desechó la idea. Bain no se atrevería, ¿o sí? La sensación se desvaneció y ChangMin quiso convencerse de que se trataba únicamente de una paranoia. Sin embargo, a lo largo del día, reapareció y se evaporó de nuevo en forma de escalofríos repentinos, mientras Kyu bailaba una docena de veces más, ganando confianza en cada actuación, y la caja del violín de Siwon se llenaba una y otra vez, superando con mucho la recaudación esperada.

KyuHyun y Siwon trataron de convencer a ChangMin para que los acompañara a cenar, pero él rehusó la invitación poniendo como excusa el desfase horario, que por supuesto sufría, aunque no era su principal preocupación.

Tenía la certeza de que le estaban observando.

Rozó las palmas de sus manos con la yema de los dedos. Notaba un ligero picor que luego le subía por los brazos, y al abandonar el puente en dirección al laberinto adoquinado del casco viejo, supo que alguien le seguía. Se detuvo un momento y se arrodilló, simulando que se colocaba la bota mientras sacaba el cuchillo —el de siempre, ya que sus cuchillos de luna creciente nuevos descansaban en una caja en el piso— y lo deslizaba bajo la manga mirando hacia arriba y a su espalda.

No vio a nadie, y continuó su camino.

La primera vez que visitó Praga, se perdió por completo al recorrer aquellas calles.

Había pasado junto a una galería de arte y, unas manzanas después, había regresado sobre sus pasos para encontrarla, pero… fue incapaz. La ciudad se la había tragado y, de hecho, nunca había vuelto a verla. Aquel engañoso laberinto de callejones parecía un plano que variaba a su antojo: gárgolas que de puntillas cambiaban de ubicación; piedras que adquirían una nueva configuración cuando nadie estaba mirando, como si fueran piezas de un rompecabezas. Praga extasiaba, atrapaba, igual que un hada de cuento que engaña a los viajeros para que se internen en las profundidades de un bosque hasta quedar irremediablemente perdidos. Sin embargo, extraviarse en Praga resultaba una agradable aventura repleta de tiendas de marionetas y absenta, y las únicas criaturas que acechaban tras las esquinas eran Seven y su cohorte de vampiros, dispuestos a provocar un susto tonto.

Normalmente.

Aquella noche, ChangMin percibía una amenaza real, y a cada paso que daba, frío, preciso, deseaba que se manifestara. Quería luchar. Su cuerpo era un resorte a punto de saltar. A menudo le atenazaba la sensación de tener que estar haciendo algo distinto, pero en aquel instante estaba seguro de que en su vida fantasma también lucharía.

—Vamos —susurró a su perseguidor invisible agachando la cabeza y acelerando el paso—. Tengo una sorpresa para ti.

Se encontraba en Karlova, la principal calle peatonal entre el puente y la plaza del casco viejo, y seguía rodeado por una multitud de turistas. Se deslizó entre la gente con movimientos rápidos y sin rumbo fijo, lanzando miradas a su espalda para intentar controlar el miedo, más que para localizar a su acosador. En la intersección con un tranquilo callejón, se desvió rápidamente a la izquierda, y se pegó contra el muro. Conocía bien aquella zona. Estaba repleta de rincones en los que ocultarse para las visitas guiadas de Seven. Justo delante de él, la fachada de un edificio medieval creaba un hueco donde, en varias ocasiones, se había ocultado vestido de fantasma. Se deslizó hacia las sombras para esconderse.

Y se encontró cara a cara con una vampiresa.

—¡Oye! —Exclamó una voz aguda al tiempo que ChangMin retrocedía, tambaleándose fuera de la sombra—. Dios mío —añadió la voz—. Tú.

La vampiresa se apoyó contra la pared y cruzó los brazos en actitud de superioridad.
Jessica. ChangMin se quedó boquiabierto al ver a la chica. Era alta y delgada como una modelo y mostraba un tipo de belleza cruel, que con la edad resultaría tenebrosa.
Tenía el rostro pintado de blanco y los ojos maquillados al estilo gótico, con colmillos postizos y un hilillo de sangre en la comisura de sus labios color rubí.
La vampiresa sexy de Seven con capa negra y todo, y para colmo de males, apretujada en el escondite que pretendía utilizar ChangMin.
Qué estúpido, se reprendió ChangMin a sí mismo. Era la hora de las visitas turísticas y, por supuesto, los escondites de Seven estarían abarrotados de actores. A menudo, cuando paseaba por el casco viejo, le divertía encontrar fantasmas aburridos y recostados en las paredes enviando mensajes de texto o escribiendo en Twitter mientras esperaban al siguiente grupo de turistas.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Jessica con los labios fruncidos, como si notara olor a podrido. Era una de esas chicas atractivas con la habilidad de parecer feas.

ChangMin volvió la vista hacia Karlova, y luego miró adelante, a la siguiente curva del callejón donde podría esconderse. Estaba demasiado lejos; no podía arriesgarse. Casi sentía cómo su acosador se aproximaba.

—Si estás buscando a Seven, no te molestes —le espetó Jessica alargando las palabras—. Me contó lo que le hiciste.

Por Dios, pensó ChangMin. Como si algo de aquello importara ahora.

—Jessica, cállate —le dijo, e incrustó su cuerpo en el interior del hueco, empujando a la chica contra las piedras.

Jessica gritó e intentó apartar a ChangMin a empujones.

—Pero ¿qué haces, anormal?

—Te he dicho que te calles —siseó ChangMin, pero Jessica no le hizo caso, así que sacó el cuchillo de la manga y lo levantó. Tenía la punta curvada, como la uña de un gato, y el filo lanzó un destello al reflejar la luz. Jessica emitió un pequeño grito y enmudeció, pero no por mucho tiempo.

—Vale. Estoy segura de que me vas a apuñalar…

—Escucha —le dijo ChangMin en voz baja—. Cállate solo un minuto y arreglaré lo de tus estúpidas cejas.

Un silencio de sorpresa precedió a un áspero «¿Qué?».

Jessicaa llevaba el flequillo muy largo, tanto que le rozaba los ojos, y con tal cantidad de laca que apenas se movía, todo para ocultar sus cejas, en las que ChangMin había gastado un shing en un ataque de ira en la Navidad. Seguramente, aquellas cejas negras y espesas bajo su flequillo no estaban favoreciendo mucho su carrera de modelo.
La expresión de Jessica se debatía entre la confusión y la indignación. Era imposible que ChangMin hubiera descubierto lo de sus cejas, siempre cuidadosamente tapadas. Supuso que ChangMin la había estado espiando, pero a este no le importaba lo que ella pensara, solo que permaneciera callada.

—Lo digo en serio —susurró—. Pero solo si sigo vivo, así que cállate.

De Karlova llegaban voces difuminadas, retazos de melodías de los cafés cercanos y ronroneo de motores. No escuchaba pasos, pero eso no significaba nada. Los cazadores sabían moverse con sigilo.

La cara de Jessica seguía aterrorizada, pero permanecía callada, al menos de momento. ChangMin estaba inmóvil, con los ojos fieros y atento a cualquier sonido.
Alguien se iba acercando. Pisadas que parecían fantasmas de pisadas. En el callejón, apareció una sombra. ChangMin contempló cómo se alargaba sobre el suelo, frente a él, a medida que su dueño se aproximaba. Sus palmas palpitaron con intensidad; se aferró al cuchillo y atisbó la sombra, tratando de identificar a su dueño.

Parpadeó y unas palabras acudieron a su mente. No las de Bain, sino las de Razgut.

«Mi hermano serafín te estaba buscando, encanto».

La sombra. La sombra tenía alas.

Oh Dios, el ángel. El pulso de ChangMin se volvió frenético. La distracción de la advertencia de Bain desapareció como una cortina de humo para descubrir lo que había estado allí desde el principio: en las palmas de sus manos, una energía desbordante. Sus hamsas estaban ardiendo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Dirigió una feroz mirada a Jessica y articuló en silencio:

—Cállate.

Jessicaa dejó de gruñir. Parecía asustada.

La sombra avanzaba, y tras ella, el ángel. Miraba hacia delante, con intensidad. Sus alas permanecían invisibles, sus ojos resplandecían en la penumbra, y ChangMin tuvo una clara perspectiva de su perfil. Su belleza resultaba tan impresionante como la primera vez que lo vio. Fiala, invocó a su profesora de dibujo, si pudieras verlo. Cruzadas en la espalda, llevaba dos espadas envainadas; sin embargo, sus brazos continuaban relajados a ambos lados del cuerpo, con las manos algo levantadas y los dedos separados, como para mostrar que estaba desarmado.

Bien por ti, pensó ChangMin mientras apretaba el cuchillo con la mano. Yo no voy desarmado.

El ángel pasó rozando el hueco.

ChangMin se preparó.

Y se abalanzó sobre él.

No tuvo que saltar para lograr rodearle el cuello con el brazo —era más alto, al menos por unos 10 centímetros o menos—, lo golpeó con fuerza y se tambaleó. Se aferró a él, notando al instante lo que sus ojos no podían ver: el calor y el volumen de sus alas, invisibles pero reales. Sintió también la calidez y la corpulencia de sus hombros y sus brazos y, al colocar el cuchillo contra su garganta, estuvo totalmente seguro de su enorme fuerza.

—¿Me buscabas?

—Espera… —respondió sin realizar ningún movimiento ni tratar de desembarazarse de él.

Espera —se burló ChangMin  y, arrastrado por un impulso, presionó el ojo tatuado en la palma de su otra mano contra el cuello del ángel.

Algo sucedió, como en Marruecos, cuando lanzó por primera vez la magia desconocida de sus hamsas contra él. Allí, lo había lanzado por los aires. Esta vez, su terrible fuerza no lo golpeó, derribándolo, sino que penetró en su interior. Cuando el tatuaje tocó su piel, ChangMin sintió un espasmo en el cuello del ángel que lo estremeció y al mismo tiempo ascendió por el brazo de él hasta alcanzar lo más profundo de su ser, llegando incluso a las raíces de sus dientes. Era enloquecedor.

Horrible. Y lo estaba provocando él.

Para el Ángel, fue mucho peor. Los espasmos sacudieron su robusto cuerpo, hasta casi derribarlo. ChangMin insistía. YooChun se ahogaba. Aquella estremecedora magia le provocaba una sensación terrible y maligna —¿qué le estaba haciendo?—. Se tambaleó, agitándose con violencia, y trató de retirar la mano de ChangMin, pero sus dedos buscaban a tientas. Debajo de la hamsa, sentía la piel tirante y caliente, muy caliente, muy caliente, y la temperatura no paraba de aumentar. El calor de sus alas también se incrementaba, como una hoguera descontrolada.

Fuego, fuego invisible.
ChangMin no podía soportarlo. Levantó la mano y tan pronto como la retiró, dolorido por el calor, él se recuperó. Agarró la muñeca de ChangMin, lo giró con fuerza y lanzó su cuerpo lejos de él.

ChangMin aterrizó con ligereza y se volvió para mirarlo cara a cara.

Tenía los hombros caídos, respiraba con dificultad y se sujetaba el cuello con la mano, al tiempo que le observaba con sus ojos de tigre. Él se sentía clavado al suelo y, durante un largo instante, solo pudo devolverle la mirada. Parecía dolorido. El desconcierto había dibujado una arruga en su frente, como si tratara de desentrañar un misterio.

Como si él fuera su misterio.

El ángel se movió, y el instante se descongeló. Levantó las manos, con gesto conciliador. Su proximidad estremeció a ChangMin. Sus hamsas palpitaron. Su corazón, las puntas de sus dedos, sus recuerdos: el golpe de una espada, Kishmish en llamas, los portales convertidos en antorchas, Izîl aullando «Malak!» la última vez que le vio.

Y cuando ChangMin alzó sus manos, no fue de forma pacífica. En una apretaba el cuchillo, la otra desplegó su ojo tatuado.

El serafín se estremeció y retrocedió unos pasos, zarandeado por la hamsa.

—Espera —suplicó luchando contra su fuerza—. No te haré ningún daño.

Una risa brotó de la garganta de ChangMin. En ese momento, ¿quién era exactamente el que se encontraba en peligro? Se sintió poderoso. Su vida fantasma había dejado de burlarse de él para deslizarse bajo su piel y dominarlo. Esta era él en realidad: no la presa, sino el predador.

ChangMin se lanzó hacia el ángel, y él cayó de espaldas. ChangMin lo atacó de nuevo, él se replegó. En todos sus años de entrenamiento, siempre había mantenido una posición ligeramente a la defensiva. No así en esta ocasión. Se sentía fuerte, desenfrenado, y descargó violentos golpes contra el pecho del ángel, sus piernas, incluso sus manos levantadas en son de paz, y cada uno de ellos le recordaba la solidez de aquel cuerpo —su profunda presencia—. Ángel o no —sin importar siquiera lo que aquello significara—, no había nada etéreo en él. Era de carne y hueso.

—¿Por qué me estás siguiendo? —bramó ChangMin en idioma quimérico.
—No lo sé —respondió él.

ChangMin soltó una carcajada. Aquello sonaba realmente divertido. Se sentía ligero como el viento, ágil como el peligro. ChangMin atacaba con verdadera furia y él apenas se defendía, tan solo esquivaba las cuchilladas y se encogía ante la fuerza de su hamsa descubierta.

—Pelea —dijo ChangMin entre dientes al descargar un nuevo golpe, que él simplemente recibió.

No se defendió. En vez de luchar, en la siguiente arremetida de ChangMin, alzó el vuelo, elevándose de los adoquines fuera de su alcance.

—Solo quiero hablar contigo —dijo desde lo alto.

ChangMin alzó la vista y miró hacia donde se encontraba suspendido el ángel. La ráfaga de aire de sus aleteos le revolvió el pelo alrededor de la cara en una salvaje maraña de mechones azules.

ChangMin sonrió con fiereza y se acuclilló.


—Hablemos entonces —respondió, y saltó para reunirse con él.

Hijo del humo y hueso Cap 26

26.
UNA LIGERA INQUIETUD.

El sábado por la mañana, ChangMin despertó en su propia cama por primera vez en semanas. Se duchó, preparó café, rebuscó algo comestible en la despensa, sin encontrar nada, y abandonó el apartamento con el regalo de Kyu en una bolsa. De camino, le envió un mensaje de texto a su amigo:

 —«¡Sorpresa! Llegó el gran día. Te llevo el desayuno»— y compró cruasanes en la panadería de la esquina.

Recibió un mensaje de contestación:

 —«Si no lleva chocolate, no es un buen desayuno»— y, con una sonrisa en los labios, dio la vuelta hacia la panadería para comprar unos kolaches de chocolate.

Fue entonces, al volverse en la calle, cuando empezó a notar que algo iba mal. Era una ligera sensación de inquietud, pero suficiente para obligarlo a detenerse y mirar a su alrededor. Recordó las palabras de Bain sobre vivir como una presa, preocupado en todo momento de quién seguiría sus pasos, y se le erizó el vello. Llevaba el cuchillo en la bota, apretado contra el tobillo, provocándole una sensación de incomodidad que le reconfortaba.

Compró los kolaches de Kyu y siguió su camino, con cautela. Llevaba los hombros rígidos y miró varias veces a su espalda, pero no vio nada extraordinario.
No tardó en llegar al puente de Carlos.

Aquel puente medieval, icono de Praga, atravesaba el Moldava y unía el casco viejo con el barrio de Malá Strana. En cada uno de sus extremos se alzaba una torre gótica, y la calzada —peatonal— estaba flanqueada por imágenes de santos. A esa hora tan temprana se hallaba casi desierto, y la sombra de las estatuas aparecía estrecha y alargada por la inclinación del sol matinal. Los vendedores y artistas empezaban a llegar con sus carritos de mano para delimitar el terreno más codiciado de la ciudad, y, en pleno centro, con la colina del castillo de Praga como magnífico telón de fondo, encontró el titiritero gigante.

—Dios mío, es increíble —exclamó ChangMin sin dirigirse a nadie, porque aquel siniestro titiritero de tres metros de altura estaba sentado solo, con su cruel cara tallada y unas manos de madera del tamaño de palas de nieve.

ChangMin miró detrás del muñeco —ataviado con una inmensa gabardina—, pero allí tampoco había nadie.

—¿Hola? —llamó, sorprendido de que KyuHyun hubiera dejado su creación desatendida.

Pero entonces…

—¡ ChangMin! —escuchó una voz procedente del interior de aquella cosa, y la costura trasera de la gabardina se abrió como la entrada de un tipi. Kyu salió como un rayo.
Y le arrebató la bolsa de bollos a ChangMin.

—Gracias a Dios —exclamó, y atacó el desayuno.

—Bueno. Yo también me alegro de verte.

—Mmmm.

Siwon apareció tras él y abrazó a ChangMin.

—Seré su intérprete. Lo que está diciendo, en lenguaje Kyu, es gracias.

—¿De verdad? —Preguntó ChangMin con tono escéptico—. Pues a mí me suena como un cerdo comiendo.

—Justo.

—Mmmm —asintió KyuHyun con la cabeza.

—Está nervioso —explicó Siwon a ChangMin.
—¿Mucho?

—Terriblemente — Siwon se colocó detrás de Kyu y se inclinó para envolverlo en un abrazo—. Enormemente, increíblemente. Está insoportable. Toda tuyo. Yo ya he sufrido bastante.

KyuHyun le dedicó una caída de ojos y luego chilló, cuando él hundió la cara en su cuello para besarle de forma ruidosa.

Siwon tenía el pelo negro y la piel clara, y sus ojos rasgados insinuaban que descendía de invasores procedentes de las llanuras centroasiáticas. Era atractivo y tenía talento, se ruborizaba con facilidad y tarareaba cuando estaba concentrado, y hablaba con voz suave pero interesante —una buena combinación—. Escuchaba de verdad, en vez de pretender hacerlo mientras esperaba un tiempo prudencial antes de volver a hablar, como hacía Seven. Y lo mejor de todo, estaba tan colado por KyuHyun como él por él. Parecían dibujos animados, por el modo en que se ruborizaban y sonreían —lo único que les faltaba eran corazones en vez de ojos—, y mirarlos provocó en ChangMin una profunda felicidad y una terrible tristeza. Casi podía ver sus mariposas —Papilio stomachus— bailando el dulce tango de un nuevo amor.

En cuanto a él, cada vez le resultaba más y más difícil imaginar algo revoloteando en su interior. Más que nunca, se sintió como el chico hueco, y aquel vacío adquirió el aspecto de un ente malicioso que se burlaba de él por todas las cosas que nunca descubriría.

No. Desterró aquel pensamiento. Lograría saberlas. Estaba en el buen camino.

Su sonrisa era sincera cuando Siwon comenzó a besar el cuello de Kyu, sin embargo, un instante después, empezó a notarlo como la del señor Patata, de plástico y enganchada a la cara.

—¿Os había mencionado —dijo aclarándose la garganta— que he traído regalos?

Aquello funcionó.

—¡Regalos! —chilló Kyu escapando del abrazo. No dejaba de saltar y dar palmas—. ¡Regalos, regalos!

ChangMin le entregó la bolsa. Dentro había tres paquetes envueltos en papel marrón y atados con cordel. Sobre el más grande, una tarjeta en vitela indicaba: MME. V. VEZERIZAC, ANTIGÜEDADES. Los paquetes eran elegantes, y en cierto modo formales. Cuando Kyu los sacó de la bolsa, su ceja hizo el gesto que correspondía.

—¿Qué es esto? —preguntó con semblante serio—. ¿Antigüedades? ChangMin. Por regalo, me refería a unas muñecas rusas del aeropuerto o algo así.

—Tú ábrelos —apremió ChangMin —. El grande primero.

Kyu lo desenvolvió. Y empezó a llorar.

—Dios mío, Dios mío —murmuró apretando contra su pecho aquella “tela”.

Era un traje de ballet para hombres, pero no uno cualquiera.

—Lo llevó la pareja de Anna Pavlova en París, en 1905 —dijo ChangMin con excitación, aunque no recordaba el nombre de aquel bailarín.

Le encantaba hacer regalos. Cuando era pequeño, nunca había celebrado la Navidad ni fiestas de cumpleaños, pero en cuanto tuvo edad suficiente para aventurarse solo fuera de la tienda, había disfrutado regresando con pequeños obsequios para BoAh y Yasri —flores, frutas raras, lagartijas azules, abanicos—.

—Vale, no tengo ni idea de quién es…

—¿Qué? Son simplemente los bailarines más famosos de todos los tiempos.

Kyu arqueó las cejas.

—No importa —suspiró ChangMin —. Tenía un cuerpo diminuto, así que es probable que te valga.

Kyu lo levantó.

—Es… es… es… es tan Degas… —tartamudeó.

ChangMin sonrió.

—Lo sé. ¿No es formidable? Hay una mujer en el mercado de Las Pulgas que vende antigüedades de ballet…

—Pero ¿cuánto te ha costado? Seguramente una fortuna…

—Bah —dijo ChangMin —. Se han gastado fortunas en cosas más estúpidas. Y además, soy rico, ¿recuerdas? Asquerosamente rico. Mágicamente rico.

Una de las consecuencias de la generosidad de Rain era que podía permitirse hacer regalos. Él también se había comprado algo en París, otra antigüedad, aunque no estaba relacionada con el ballet. Los destellos de aquellos cuchillos habían atraído su mirada desde una vitrina, y en el instante en que los vio, supo que tenían que ser suyos. Eran cuchillos chinos de luna creciente, una de sus armas favoritas. Su sensei guardaba los que él había utilizado durante su adiestramiento en Hong Kong, adonde no había regresado desde que los portales se incendiaron. En cualquier caso, estos superaban con creces a aquellos.

—Siglo XIV… —había comenzado diciendo Madame Vezerizac, pero ChangMin no necesitaba escuchar ninguna explicación. Regatear le pareció una falta de respeto hacia los cuchillos, así que pagó el precio solicitado sin pestañear.

Cada cuchillo estaba formado por dos hojas, como lunas crecientes entrelazadas, de ahí su nombre. La empuñadura se encontraba en el centro, y al blandirlos proporcionaban diferentes zonas de corte, puntas, y, quizás lo más importante, puntos de bloqueo. Las lunas crecientes eran un arma perfecta para enfrentarse a varios oponentes, en especial oponentes con armas largas, como las espadas. Si los hubiera tenido en Marruecos, el ángel no le habría acorralado con tanta facilidad.

También había comprado para Kyu unas zapatillas de puntas de época, todo de la escena parisiense de principios del siglo XX, aunque se viese muy “afeminado” era algo que le ayudaría a su mejor amigo en aquella presentación.

—¿Quieres vestirte? —preguntó ChangMin.

Kyu, lleno de emoción, asintió con la cabeza. Se apretujaron dentro del titiritero y reemplazaron su otro disfraz, mucho más corriente.

Una hora después, los turistas desfilaban por el puente de camino al castillo, con sus guías de viaje bajo el brazo, y un número nada insignificante de ellos se había arremolinado ya en torno al titiritero gigante. En su interior, se apiñaban ChangMin y Kyu.

—Deja de retorcerte —dijo ChangMin levantando la brocha de maquillaje mientras Kyu entablaba un tira y afloja nada femenino debajo de su malla.

—Tengo las medias torcidas —se quejó Kyu.

—¿Quieres que los coloretes te queden también torcidos? Estate quieto.

—De acuerdo.

Kyu permaneció inmóvil mientras ChangMin maquillaba unos perfectos círculos rosados sobre sus mejillas. Llevaba la cara empolvada y sus labios se habían transformado en una perfecta boca de corazón, con dos líneas negras en las comisuras que simulaban la mandíbula articulada de una marioneta. Sus ojos de color oscuro aparecían enmarcados por pestañas postizas, y llevaba puesto un mallón de ballet, que le quedaba perfectamente, y las zapatillas de puntas, que habían vivido épocas mejores. Las medias blancas estaban surcadas de carreras y tenían remiendos en las rodillas; uno de los tirantes del traje colgaba descosido; y su pelo estaba colocado hacia atrás. Parecía un muñeco que hubiera permanecido olvidado en un arcón durante años.

De hecho, un arcón esperaba abierto para recibirlo tan pronto como su disfraz estuviera terminado.

—Listo —anunció ChangMin inspeccionando su obra. Dio una palmada de alegría y se sintió como BoAh cuando le ataviaba con unos cuernos hechos con chirivías o con una cola de plumero—. Perfecto. Tienes un aspecto adorablemente patético. Estoy seguro de que algún turista tratará de llevarte como recuerdo.

—Algún turista se arrepentirá de este día —añadió Kyu para continuar su guerra contra las medias con hosca determinación.

—¿Quieres dejar tranquilas las pobres medias? Están bien.

—Odio las medias. Soy un chico, no me acostumbro a usarlas.

—A ver, déjame que las añada a la lista. Esta mañana odias, a ver si recuerdo, a los hombres con sombrero, a los perros salchicha…

—A los dueños de los perros salchicha —corrigió Kyu—. Hay que tener el alma del tamaño de una lenteja para odiar a los perros salchicha.

—Los dueños de los perros salchicha, la laca para el pelo, y ahora las medias. ¿Has terminado?

—¿De odiar cosas? —Hizo una pausa, como si consultara una especie de indicador interior—. Sí, creo que sí. Por ahora.

Siwon se asomó por la abertura.

—Tenemos una multitud —anunció.

Había sido idea suya sacar el proyecto semestral de Kyu a la calle. Él tocaba a veces el violín como músico callejero y se colocaba un parche en el ojo izquierdo, perfectamente sano, para mostrar un aspecto más «romántico». Le había asegurado a KyuHyun que en una mañana podría reunir unos cientos de coronas. En aquel momento llevaba puesto el parche, y parecía pícaro y encantador al mismo tiempo.

—Madre mía, estás adorable —exclamó mirando a KyuHyun con el ojo descubierto.
Adorable no era una palabra que normalmente entusiasmara a Kyu. «Los niños pequeños son adorables», solía ser su airada respuesta. Pero cuando la pronunciaba Siwon, todo era distinto. Kyu se ruborizó.

—Me provocas malos pensamientos —dijo él colándose en el espacio abarrotado y dejando a ChangMin atrapado contra el armazón del títere—. ¿Es raro que me excite una marioneta?

—Sí —respondió KyuHyun—. Muy raro. Aunque eso explica por qué trabajas en un teatrillo.

—No todas las marionetas. Solo tú — Siwon le agarró por la cintura y KyuHyun chilló.

—¡Cuidado! —exclamó ChangMin —. ¡El maquillaje!

Siwon no le escuchó. Besó apasionadamente la boca pintada de muñeco de KyuHyun, corriendo el rojo del pintalabios y el blanco de la cara y tiñendo sus propios labios de color rosa. Kyu soltó una carcajada y se desembarazó de él. ChangMin consideró la posibilidad de retocar el maquillaje, pero los churretes de pintura combinaban a la perfección con el aspecto desaliñado del conjunto, así que descartó la idea.

El beso resultó además un bálsamo para los nervios de Kyu.

—Creo que ha llegado el momento de que empiece la función —anunció alegremente.

—Pues entonces, adelante —añadió ChangMin —. Al arcón de los juguetes.

Y el espectáculo comenzó.

La historia que KyuHyun relataba con su cuerpo —la de una marioneta olvidada al que sacan de su baúl para interpretar un último baile— era profundamente conmovedora. Empezaba con movimientos torpes e inconexos, como un objeto oxidado que despierta, cayendo varias veces sobre un montón de tul. Al contemplar los rostros embelesados del público, ChangMin vio cómo deseaban acercarse al pequeño y triste bailarín para ayudarle a ponerse en pie.

Sobre la marioneta se cernía el siniestro titiritero, y cuando Kyua hacía piruetas, sus brazos y sus dedos se agitaban y saltaban, como si fuera él quien le controlara a él, y no al contrario. El mecanismo era ingenioso y no llamaba la atención, por lo que la ilusión resultaba perfecta. Hubo un momento, cuando la muñeca empezaba a recuperar agilidad, en que Kyu fue alzándose poco a poco sobre las puntas, como arrastrado por los hilos, y a medida que se estiraba, aparecía un resplandor de alegría en su rostro.

Una sonata de Smetana surgió de las cuerdas del violín de Siwon, dolorosamente dulce, y el momento trascendió la escena para provocar algo real.

ChangMin sintió cómo las lágrimas inundaban sus ojos. Dentro de él, su vacío retumbaba.

Al final, cuando KyuHyun era obligado a regresar al baúl, lanzaba a los espectadores una mirada desesperada y alargaba un brazo suplicante antes de sucumbir a los deseos de su dueño. La tapa del baúl se cerraba de un golpe y la música terminaba con un punteo.

El público estaba encantado. La caja del violín de Siwon se llenó rápidamente con billetes y monedas, y Kyu hizo media docena de reverencias y posó para varias fotografías antes de desaparecer tras la gabardina del titiritero con Siwon. ChangMin estaba convencido de que estarían echando a perder su trabajo de maquillaje, así que se sentó sobre el baúl y esperó.


Fue allí, en medio de la avalancha de turistas que atravesaba el puente de Carlos, donde la sensación de inquietud se apoderó de nuevo de él, avanzando lentamente, como la sombra que aparece cuando una nube se desliza frente al sol.