29.
COMO UN RAYO DE LUZ DIRIGIDO AL SOL.
Cuando el ángel pensó que
podría escapar con solo elevarse tres metros por encima del suelo, ChangMin se
regocijó con malicia por poder sorprenderlo. Aunque él no mostró el más mínimo
asombro. Se elevó por el aire hasta colocarse frente a él, y el ángel lo
observó. Simplemente lo observó. Su mirada transmitía calor a sus
mejillas, a sus labios. Era como una caricia. Tenía unos ojos hipnóticos
y unas cejas negras y aterciopeladas. Era cobre y sombra, miel y amenaza,
pómulos afilados como cuchillos y en la frente un mechón de pelo afilado como
una daga. Todo eso y el crepitar mudo de un fuego invisible. Delante de él,
ChangMin sintió el murmullo de la sangre y de la magia, y algo más.
En su estómago: un revoloteo de
seres alados que despertaban fervientemente a la vida.
El rubor coloreó sus mejillas.
Cómo se atrevían las mariposas a molestarlo en aquel momento. ¿Qué era, un
chico atolondrado que se derretía ante un hombre guapo?
—La belleza —se había mofado
Rain en cierta ocasión—. Los humanos pierden la cabeza por ella. Quedan tan
indefensos como polillas que se arrojan al fuego.
ChangMin no sería una polilla.
Mientras se movían en círculos el uno frente al otro, se recordó a sí mismo que
aunque el serafín no quisiera enfrentarse a él en ese momento, ya había
derramado su sangre antes. Había dejado cicatrices en su cuerpo. Mucho peor,
había incendiado los portales y lo había dejado solo.
Transformó aquella rabia en una
armadura y lo atacó de nuevo, abalanzándose sobre él en el aire, y durante unos
minutos se convenció de que estaba a su altura, de que podría… ¿qué? ¿Matarlo?
Ni siquiera intentaba alcanzarlo con el cuchillo. No quería matarlo.
¿Qué pretendía ChangMin? ¿Qué
quería él?
Y entonces el ángel aferró las
manos de ChangMin y, con un suave movimiento, lo desarmó, arrebatándole
cualquier sensación de estar «ganando». Las apretó, con las palmas enfrentadas
para que no pudiera atacarlo de nuevo con sus hamsas —de cerca, ChangMin
vio una mancha blanca en su cuello, donde lo había tocado—, con tanta fuerza
que ChangMin era incapaz de liberarse. Sus manos eran cálidas, y ocultaban por
completo las de él. Su magia había quedado atrapada entre sus palmas, un
tatuaje caliente frente al otro, y su cuchillo había caído a la calle. Estaba
atrapado.
Experimentó un instante de
desesperación, al recordar cómo se había cernido sobre él en Marruecos, la inexpresividad
de su rostro.
Sin embargo, en ese momento, su
rostro no estaba muerto. Todo lo contrario.
Podría haber sido alguien
completamente distinto, ya que su mirada aparecía ahora llena de sentimiento.
¿Qué sentimiento? Dolor. Refulgía con un brillo febril. Su rostro reflejaba la
tensión de una constante agonía, y respiraba con dificultad. Pero eso no era
todo. Resplandecía con intensidad, inclinado hacia él en el aire, observándole
sin parar, con una expresión de búsqueda desesperada.
Su tacto, su calor, su mirada
lo invadieron por completo y, en un instante, no eran mariposas lo que sentía.
Eso se quedaba pequeño, revoloteos de un niño aturdido.
Esa nueva energía que surgió
entre ellos era… cósmica. Redistribuyó el aire que los separaba y
penetró en su interior —calidez y tranquilidad, atracción—. Durante
ese instante, con sus manos cubiertas por las de él, ChangMin se sintió tan
insignificante como un rayo de luz dirigido al sol en la enorme y extraña
urdimbre del espacio. Luchó contra esa sensación, intentando alejarlo de él.
—No voy a hacerte daño —le dijo
el ángel con voz susurrante y ronca—. Perdona lo que te hice. Por favor,
créeme, ChangMin. No he venido hasta aquí para herirte.
ChangMin se sorprendió al
escuchar su nombre y dejó de forcejear. ¿Cómo sabía su nombre?
—¿Por qué has venido?
—No lo sé —contestó de nuevo
con expresión indefensa, y esta vez ChangMin no encontró la respuesta tan
divertida—. Solo… solo para hablar —añadió él—. Para tratar de comprender esta…
esta…
Titubeó buscando la palabra adecuada y calló, sin encontrar qué
decir; sin embargo, ChangMin creía saber a qué se refería, ya que él estaba
tratando también de comprenderlo.
—No podría soportar otro ataque
de tu magia —confesó, y ChangMin notó de nuevo su tensión.
Realmente le había hecho daño.
Como era su obligación, se aseguró a sí mismo. Era su enemigo. El calor
en sus manos se lo confirmaba. Sus cicatrices se lo confirmaban, y su vida
truncada. Aun así su cuerpo no le escuchaba. Estaba concentrado en el tacto de
su piel, en aquellas manos que envolvían las suyas.
—Pero no voy a retenerte
—continuó el ángel—. Si quieres, atácame, es justo lo que merezco.
Le soltó. Su calor abandonó a
ChangMin y la noche se interpuso entre ambos, más fría que antes.
Con las hamsas atrapadas
en sus puños, ChangMin retrocedió, sin darse apenas cuenta de que seguía
flotando.
Pero ¿qué era aquello?
Remotamente, se dio cuenta de
que estaba volando ante los ojos de una multitud, a la que se iban añadiendo
hordas de personas boquiabiertas, como si la ruta turística de Karlova se
hubiera desviado por el pequeño callejón. Percibió su asombro y sus dedos, que
apuntaban hacia ellos dos, vio los flashes de las cámaras, escuchó sus
gritos, pero la escena aparecía totalmente difuminada, como proyectada en una
pantalla, menos real que el momento que estaba viviendo.
Estaba experimentando algo
inefable. Mientras el serafín le había sujetado las manos, y cuando se las
liberó, sintió como si su interior se llenara, pero no fue consciente de
ello hasta que él retrocedió y regresó el vacío. De nuevo palpitaba en su
interior, frío y doloroso, y tuvo que retener a una parte desesperada de su ser
que ansiaba tomar de nuevo aquellas manos. Receloso de la extraordinaria
compulsión que latía dentro de él, se obligó a resistir. Era como luchar contra
una marea, y lo invadía el mismo miedo: a ser arrastrado a aguas profundas, sin
posibilidad de salvación.
ChangMin sintió pánico.
El ángel insinuó un ademán de
acercamiento y ChangMin interpuso las manos entre ellos, las dos al mismo
tiempo, muy cerca. El ángel abrió mucho los ojos y se tambaleó en el aire,
desbaratando su perfecta elegancia. ChangMin contuvo el aliento. El Ángel trató
de sujetarse al dintel de la ventana de un cuarto piso, pero no lo logró.
Se le pusieron los ojos en
blanco y cayó unos metros, lanzando chispas. ¿Estaría perdiendo la consciencia?
—¿Te encuentras bien? —le
preguntó ChangMin con un nudo en la garganta.
No estaba bien, y se precipitó
al suelo.
* * *
YooChun notó vagamente que ya
no se encontraba en el aire. Debajo de él, había piedra. Entre fogonazos,
distinguió rostros que lo observaban.
Recuperó la consciencia con imágenes
estroboscópicas. Voces en idiomas que no entendía, y en un extremo: una mancha
azul. ChangMin estaba allí. Un estruendo estalló en sus oídos y se obligó a
levantarse, y el estruendo era… un aplauso.
ChangMin, dándole la espalda,
se inclinó en una teatral reverencia. Con una floritura, desclavó el cuchillo
del lugar donde había quedado encajado entre los adoquines y lo enfundó en su
bota. Miró por encima del hombro, aparentemente aliviado de verlo consciente,
retrocedió unos pasos y… tomó su mano. Con cuidado, rozándolo únicamente con la
punta de los dedos para que sus tatuajes no le quemaran. Lo ayudó a levantarse
y le susurró al oído:
—Saluda.
—¿Qué?
—Que hagas una reverencia, ¿de
acuerdo? Si piensan que ha sido un espectáculo, será más fácil salir de aquí. Y
que intenten descubrir cómo lo hemos hecho.
Realizó una especie de saludo y
los aplausos atronaron.
—¿Puedes andar? —le preguntó ChangMin.
Él asintió con la cabeza.
No les resultó fácil abandonar
el lugar. La gente se interponía en su camino, ansiosa de hablar con ellos. ChangMin
contestaba con frases breves; él no entendía lo que decían, no comprendía su
idioma. Los espectadores estaban sobrecogidos y encantados —excepto uno, un
joven con sombrero de copa que fulminaba con la mirada a YooChun y trataba de
agarrar a ChangMin por el codo—. YooChun notó ira contenida en el aire que
rodeaba a aquel humano, y sintió deseos de lanzarlo contra la pared, pero ChangMin
no necesitó su intervención. Se desembarazó del muchacho y sacó a YooChun de
entre la multitud. Los dedos de ChangMin, largos y fríos, seguían unidos a los
de él; YooChun se sintió desolado cuando al doblar la esquina hacia una plaza con
puestos de mercado vacíos, él los retiró.
—¿Te encuentras bien? —preguntó
ChangMin alejándose de él.
YooChun se apoyó contra una
pared, bajo un toldo.
—No te voy a negar que lo
mereciera —respondió—, pero me siento como si un ejército hubiera marchado
sobre mí.
ChangMin caminaba arriba y
abajo, invadido por la ansiedad.
—Razgut dijo que me estabas
buscando. ¿Por qué?
—¿Razgut? —preguntó YooChun sorprendido—.
Pensé que estaría…
—¿Muerto? Él sobrevivió, pero
Izîl no.
YooChun clavó la mirada en el
suelo.
—No pensé que saltaría.
—Pues lo hizo. Pero eso no
contesta mi pregunta. ¿Por qué me buscabas?
De nuevo se sintió desvalido.
Buscó a tientas una explicación.
—No comprendía quién eras.
Quién eres. Un humano tatuado con los ojos del diablo.
ChangMin contempló las palmas
de sus manos, y luego levantó la mirada hacia él, con expresión confusa,
vulnerable.
—¿Qué es… lo que provocan en
ti?
Él entrecerró los ojos. ¿Sería
posible que no lo supiera?
Los ojos tatuados eran solo un
ejemplo de la esencia diabólica de Rain. Su magia golpeaba como un vendaval, un
viento cargado de malestar y debilidad, y YooChun se había entrenado para
resistirlo —todos los soldados serafines lo hacían—, pero solo podía soportarlo
durante un tiempo. Si hubiera estado en el campo de batalla, habría rebanado
las manos al enemigo antes de permitir que le lanzara tanta energía maligna.
Pero ChangMin … lo último que
deseaba era herirlo de nuevo, así que había soportado todo lo posible.
Ahora más que nunca se le
apareció como el hada de un cuento —un hada embrujada con los ojos sombríos y
el aguijón de un escorpión—. La quemadura provocada por la mano de ChangMin en
su cuello le dolía como una salpicadura de ácido, y a ello se unían las náuseas
provocadas por su ataque sin tregua. Sintió que se debilitaba y temió
desvanecerse otra vez.
—Son las marcas de los
resucitados —explicó YooChun con cautela—. Seguramente ya lo sabes.
—¿Los resucitados?
YooChun estudió el rostro de ChangMin.
—¿No sabes lo que son?
—Saber ¿el qué? ¿Lo que es un
resucitado? Alguien que regresa de la muerte, ¿no?
—Es un soldado quimérico
—respondió, aunque aquello era solo parte de la verdad—. Las hamsas están
reservadas para ellos —calló un instante—. Únicamente.
Él cerró los puños con fuerza.
—Como verás, no solo para
ellos.
Él no respondió.
Todo lo que había impregnado el
ambiente mientras permanecían el uno frente al otro sobre los tejados, todo
había surgido de ellos mismos. Estar cerca de ChangMin era como buscar el
equilibrio en un mundo que se tambalea, como tratar de afianzarse sobre un
punto de apoyo mientras la tierra intenta hacerte caer, arrojarte a una espiral
para la que no existe escapatoria, solo un golpe al final, un impacto anhelado,
una colisión dulce y que te hace señales.
Ya había sentido aquello antes,
y jamás quiso volver a sentirlo. Solo podría apagar el recuerdo de Max; ya lo
había hecho. De nuevo su mente fue incapaz de evocar su rostro. Era como
intentar recordar una melodía mientras se escucha otra canción. El rostro de ChangMin
era todo lo que podía ver —sus ojos luminosos, los pómulos suaves, el perfil de
sus dulces labios cerrados con consternación—.
Había cercenado los
sentimientos; ni siquiera debería haber surgido todo aquello —la confusión, el
apremio, la agitación, aquel repiqueteo—. Y por debajo de todo, una
sensación atrofiada que había mantenido prisionera en las profundidades de su
mente, sin poder reconocer de qué se trataba: esperanza. Una ligerísima
esperanza. Y en su centro: ChangMin.
ChangMin se mantenía alejada de
él, caminando todavía arriba y abajo. Ambos merodeaban en los límites de sus
mutuas compulsiones, temerosos de acercarse el uno al otro.
—¿Por qué incendiaste los
portales? —preguntó él.
YooChun dejó escapar un
profundo suspiro. ¿Qué podía decir? ¿Por venganza? ¿Para conseguir la paz?
Ambas razones eran ciertas a su modo.
—Para acabar con la guerra
—respondió con cautela.
—¿Guerra? ¿Hay una guerra?
—Sí, ChangMin. La guerra es lo único
que existe.
De nuevo se sintió
desconcertado al escucharle pronunciar su nombre.
—Rain y los demás… ¿están bien?
Su voz sonó entrecortada y YooChun
reconoció en él el miedo —temor a lo que él pudiera contestar—.
Bajo las náuseas provocadas por
las hamsas, sintió otro malestar más profundo —atisbos de terror—.
—Están en la Fortaleza Negra
—respondió.
—La Fortaleza —su voz se llenó
de esperanza—. Con los barrotes. La vi, la noche en que me atacaste.
YooChun desvió la mirada. Una
oleada de malestar lo recorrió. Las punzadas en la cabeza eran cada vez más
intensas; solo había soportado tanta exposición a las marcas del diablo otra
vez, una tortura a la que no pensó sobrevivir, y aún no comprendía cómo lo
había logrado. Le resultaba difícil mantener los ojos abiertos y notaba su
cuerpo como un ancla que trataba de arrastrarlo.
Voces.
ChangMin miró a su alrededor. YooChun
levantó los ojos. Parte de su público los había localizado y los señalaba con
el dedo.
—Ven conmigo —dijo ChangMin.
Como si hubiera tenido otra
elección.
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