22.
UN TROZO DE CARAMELO HUECO.
Tres meses.
Hacía tres meses que los
portales se habían incendiado, y ChangMin no había recibido ni una sola noticia
en todo ese tiempo. ¿Cuántas veces sus pensamientos, a pesar de encontrarse
ocupados en otros asuntos, se habían deslizado de repente hacia la nota quemada
en las garras de Kishmish? Como un arañazo en un disco, la nota había dejado un
surco en su mente. ¿Qué pondría en aquel papel? ¿Qué querría transmitirle Rain
mientras los portales ardían? ¿Qué le habría revelado aquella nota? Y a
ella había que añadir el hueso de la suerte, que ahora llevaba en torno al
cuello, igual que Rain. Por supuesto, se le había ocurrido que podría equivaler
a un deseo, uno más poderoso incluso que un bruxis, y lo había colocado
sobre su mano para pedir que apareciera un portal hacia Otra Parte, pero no
sucedió nada. No obstante, se sentía reconfortada al notar su roce sobre la
piel. Las frágiles puntas de aquella espoleta se acomodaban entre sus dedos
como si estuviera hecha para sujetarla de aquel modo. Pero si era más que un
hueso, no podía adivinar qué, y en cuanto a la razón por la que Rain se lo
había enviado, temía que nunca la descubriría. El miedo aumentaba al
enfrentarse a todas sus preguntas sin respuesta, y con él surgían nuevos
temores, extraños e indefinidos.
ChangMin sentía que le estaba sucediendo algo.
En ocasiones, cuando se miraba
al espejo, su reflejo le resultaba totalmente desconocido durante un instante,
como si se enfrentara a la mirada de un extraño. Si alguien le llamaba por su
nombre, no siempre se sentía identificado, e incluso la silueta de su sombra
podía llegar a parecerle ajena. Hacía poco, se había sorprendido a sí mismo
comprobando con movimientos rápidos que de verdad era la suya. Estaba casi
seguro de que ese comportamiento no era normal.
KyuHyun discrepaba.
—Seguramente se trate de un
trastorno de estrés postraumático —había diagnosticado—. Lo que sería raro es
que estuvieras bien. Después de todo, has perdido a tu familia.
ChangMin aún se maravillaba del
modo en que KyuHyun había aceptado su extraño relato. Su amigo no era de los
que creían en ese tipo de historias, pero después de ver a Kishmish y de
recibir una pequeña demostración de cómo funcionaban los scuppies, admitió
todo el paquete, lo que resultaba magnífico. ChangMin le necesitaba. KyuHyun
era el único anclaje con su vida normal. O con lo que quedaba de ella.
Seguía en la escuela, aunque
solo técnicamente. Tras los incendios provocados por el ángel, sus heridas
tardaron en curar alrededor de una semana, al menos lo suficiente como para que
el color verde amarillento de los moratones pudiera ocultarse con maquillaje.
Había retomado las clases un par de días, pero era una causa perdida. No podía
concentrarse y su mano parecía incapaz de manejar el lapicero o el pincel con
delicadeza. Una energía vertiginosa invadía su cuerpo y, más que nunca, la
atormentaba aquella sensación de que debería estar haciendo algo distinto.
Algo distinto.
Algo distinto.
Algo distinto.
Contactó con Esther y con otros
de los socios menos desagradables de Rain en todo el mundo para confirmar que
el fenómeno era global: los portales habían desaparecido, todos y cada uno de
ellos.
Al mismo tiempo había
descubierto algo bastante inesperado: que era rico. Rain había ido abriendo
cuentas bancarias a su nombre a lo largo de los años. Suculentas cuentas
bancarias repletas de ceros. Incluso era propietario de bienes inmuebles, como
los edificios en los que, hasta hacía poco, se ubicaban los portales. Y de tierras.
Poseía nada menos que un pantano. Un pueblo medieval abandonado en el
sendero de lava del Etna. La falda de una montaña en los Andes donde un
paleontólogo aficionado aseguraba —para diversión de toda la comunidad
científica— haber desenterrado restos de «esqueletos de monstruos».
Rain se había preocupado de que
a ChangMin nunca le faltara el dinero, lo que resultó una suerte, ya que debía
pagar sus «visitas de cortesía» como cualquier otro ser humano: aviones,
pasaporte, hombres de negocios excesivamente amables, y todo lo demás.
Empezó a acudir a la escuela de
forma esporádica, aduciendo problemas familiares. Y es posible que le hubieran
expulsado de no ser por todo el trabajo adicional que realizó, los continuos
dibujos en su nuevo cuaderno de bocetos —el número 93, que continuaba donde tan
abruptamente había acabado el 92, abandonado en la tienda de Rain—. En esos
momentos, su vida de estudiante pendía de un hilo.
La última vez que había
asistido a clase, la profesora Fiala solo le había dedicado caras de
desaprobación y críticas. Al hojear el cuaderno de bocetos de ChangMin, se
había detenido en un dibujo en particular, un retrato del ángel en Marrakech,
realizado de memoria. Representaba el momento en que ChangMin lo había visto de
cerca por primera vez, en el callejón.
— ChangMin, esta es una clase
de dibujo del natural —dijo Fiala—, no de dibujo fantástico.
ChangMin tardó en reaccionar.
Estaba casi seguro de haber eliminado las alas y, de hecho, así era.
—¿Fantástico? —preguntó.
—Nadie es tan perfecto
—respondió la profesora paseando una mirada desdeñosa por el dibujo.
ChangMin no protestó, pero más
tarde le comentó a KyuHyun:
—Lo gracioso es que ni siquiera
le hice justicia. Aquellos ojos. Tal vez en un cuadro se podría capturar
su expresión, pero nunca en un dibujo.
—Sí, bueno —añadió KyuHyun—, es
un bastardo guaperas con aspecto tétrico.
—Lo sé. Deberías haberlo visto.
—Espero con toda mi alma no
encontrármelo jamás.
—A mí sí me gustaría, en cierto
modo —afirmó ChangMin, que ya no cometía el error de salir de casa desarmado.
En aquel enfrentamiento había demostrado muy poco sus habilidades, y sentía
vergüenza al pensar en el modo en que había escapado. Si se encontrara de nuevo
con el ángel, defendería su posición.
En la escuela, sin embargo, no
tenía ninguna posición que defender. No había preparado el proyecto semestral y
no podía seguir confiando en el cuaderno de bocetos y las febriles puestas al
día de última hora; además, a pesar de lo duro que resultaba abandonar sin más,
tenía asuntos más importantes que atender.
Tras los incendios, el primer
lugar que visitó fue Marrakech. No dejaba de pensar en lo que Izîl le había
gritado:
—Vuelve con Rain. Dile que los
serafines están aquí. Que han regresado. ¡Debes advertirle!
Él sabía algo. Era lo que había
deseado con su bruxis: conocimiento. Y aunque ChangMin siempre se había
preguntado qué habría aprendido, en ese momento necesitaba urgentemente
saberlo. Por eso había acudido en su busca, y descubrió, con gran tristeza, que
se había lanzado desde el minarete de la Koutoubia la misma noche en la que él
había huido. ¿Se había tirado? Algo poco probable, pensó recordando el
inexpresivo semblante del ángel, el mordisco de su espada y las cicatrices que
le había dejado como recuerdo.
KyuHyun había serigrafiado una camiseta en la imprenta de la
escuela con la frase: CONOCÍ A UN ÁNGEL EN MARRUECOS Y LO ÚNICO QUE ME DEJÓ
FUERON ESTAS ASQUEROSAS CICATRICES. ChangMin había encargado otra en la que
ponía: YO HE VISTO UN ÁNGEL Y VOSOTROS NO, ¡QUE OS JODAN, MONOS EXTASIADOS!
Aquella frase había surgido
como respuesta al fervor generalizado que desataron los avistamientos de ángeles.
Aunque en un primer momento los relatos de los encuentros habían sido
considerados delirios de borrachos y niños, las evidencias habían adquirido un
carácter demasiado fascinante como para obviarlas. Por Internet circulaban
algunos vídeos caseros y fotografías que habían saltado incluso a los medios de
comunicación con titulares como ÁNGELES DE LA MUERTE: ¿HERALDOS O ENGAÑO?,
anunciados con voz afectada en horario de máxima audiencia. La mejor grabación
procedía del teléfono de un vendedor de alfombras y mostraba el ataque a ChangMin,
aunque, por suerte, él aparecía como una mera silueta imposible de identificar
sobre un escenario desdibujado por el calor que desprendían las alas del ángel.
Por lo que ChangMin sabía, era
la única vez que un ángel —porque habían existido otros, aparte del de la
anunciación— había mostrado sus alas, aunque algunos testigos aseguraban haber
visto algunos volando o, al menos, sus sombras aladas. En la India, una monja
tenía una quemadura en forma de pluma en la palma de la mano, lo que estaba
atrayendo a multitud de peregrinos de todo el mundo que acudían con la
esperanza de ser bendecidos por ella. Las sectas dedicadas al culto del rapto
habían preparado las maletas y estaban organizando multitudinarias vigilias en
espera del fin del mundo. Las cuentas de correo electrónico recibían a diario
mensajes sobre nuevos avistamientos de ángeles, pero a ChangMin ninguno le
sonaba real.
—Es todo falso —le había dicho
a KyuHyun—. Son solo chalados que esperan el Apocalipsis.
—Qué divertido, ¿verdad?
—KyuHyun se había frotado las manos con regocijo fingido—. ¡Vamos, chicos, que
llega el Apocalipsis!
—Tienes razón. Tu vida tiene
que ser realmente asquerosa para que desees que llegue el Apocalipsis.
Y así habían pasado toda una
tarde en La Cocina Envenenada —acompañados de Siwon, el «chico del violín» de KyuHyun
y ahora novio oficial—, bebiendo té de manzana y jugando a ¿Cómo tendría que
ser tu vida de asquerosa para que desearas la llegada del Apocalipsis?
«Tan asquerosa que tus únicos
amigos fueran tus pantuflas».
«Tan asquerosa que tu perro
meneara el rabo cuando te alejaras de él».
«Que te supieras todas las
canciones de Celine Dion».
«Que desearas que todo el
mundo desapareciera para no tener que levantarte un día más en tu casa de
mierda —que, por cierto, no, no tiene ninguna obra de arte—, alimentar a tus
repugnantes hijos y acudir a un trabajo embrutecedor donde seguramente alguien
haya llevado donuts para que tu culo engorde aún más. Esta es la vida
asquerosa que te haría desear la llegada del Apocalipsis».
Esta magnífica aportación fue
de KyuHyun.
Ah, KyuHyun.
En ese momento, en medio de
Idaho, mientras invertía el primer gavriel que caía en sus manos en un
deseo para toda la vida —el gavriel desapareció, y ChangMin se elevó
suavemente del suelo—, lo primero que pensó fue: KyuHyun tiene que ver esto.
Estaba flotando. Lanzó un grito
de alegría y estiró los brazos para mantener el equilibrio, impulsándose como
si estuviera en el mar, pero… no se encontraba en el agua, sino en el aire. Estaba
volando. Bueno, tal vez aquello no pudiera considerarse volar —todavía—, pero
sí flotar en el umbral del inmenso cielo. Que, daba la casualidad,
envolvía el inmenso mundo. Sobre él, la noche aparecía inabarcable y
repleta de estrellas, una esfera infinitamente profunda por la que ascendía más y más, reclamando su espacio.
Se había elevado por encima de
las copas de los árboles y podía ver el tejado de la cabaña de Bain. El viento
susurró en sus oídos, frío pero juguetón, como dándole la bienvenida a las
alturas. No pudo evitar una carcajada. Y una vez que empezó, fue incapaz de
parar. Era un torrente de risitas incrédulas que sonaba algo tonto, pero ¿quién
no parecería un poco chiflado en un momento como ese?
Estaba volando.
Dios, deseó tener alguien con
quien compartir aquello.
No tardaría en compartir la
experiencia con alguien, aunque no con el… individuo…, por decir algo,
que él habría elegido. Sin embargo, no podía elegir, ya que solo existía un ser
en el mundo que podía ayudarlo, y ese, desafortunadamente, era Razgut.
El recuerdo de la criatura de
Izîl provocaba escalofríos en ChangMin, pero su destino había quedado ligado al
de él.
En Marrakech, después de
enterarse de la muerte de Izîl, había deambulado por los callejones que
rodeaban la mezquita, desolada por la decepción. Había confiado tanto en que
Izîl pudiera explicarle lo que estaba sucediendo… Con tal intensidad… Se
desplomó contra una pared y se abandonó a las lágrimas con una mezcla de
frustración y dolor por la muerte de aquel pobre hombre torturado.
Y entonces, como un eco que se
deslizara por el suelo, escuchó una infame risita. Algo se movió bajo un carro
desvencijado, y apareció Razgut arrastrándose.
—Hola, encanto —ronroneó.
ChangMin se alegró realmente de
verlo, lo que demostraba el estado de ánimo en que se encontraba.
—Sobreviviste a la caída
—exclamó.
Pero no ileso. Al quedar
privado de su mula humana, estaba desparramado sobre el suelo. Se había roto un
brazo, que llevaba apoyado contra el pecho mientras se arrastraba impulsado con
el otro, lastrado por sus piernas a la espalda. Y su cabeza, aquella horrible
cabeza color púrpura, había quedado aplastada en la sien, y aparecía cubierta
por una costra de sangre reseca y con piedras y cristales clavados.
Sacudió la mano con
impaciencia.
—He caído de alturas mayores.
ChangMin parecía escéptico. El
minarete, la construcción más alta de la ciudad, se elevaba sobre él.
Al ver que ChangMin miraba
hacia arriba, Razgut rió de nuevo. Era un sonido espeso, una mezcla de tristeza
y rencor.
—Eso no es nada, encanto
azulado. Hace mil años, caí desde el cielo.
—Desde el cielo. El cielo no
existe.
—Qué quisquilloso. Entonces, de
las nubes, si es que sabes tanto. Y no me caí exactamente. Eso me haría parecer
algo patoso, ¿no crees? Digamos que tropecé y acabé en tu mundo. No. Me
arrojaron. Me expulsaron. Me exiliaron.
Y así fue como ChangMin descubrió el origen de Razgut. Al mirarlo
y recordar al ángel —aquel ser mítico y perfecto—, resultaba difícil creer que
estuvieran emparentados; sin embargo, cuando se obligó a observarlo con
atención, lo vio claro.
Tampoco se podían obviar los muñones astillados de sus alas perdidas.
No era una criatura de este mundo.
También había comprendido, por
fin, la desafortunada materialización del bruxis de Izîl. Al desear
conocimiento del otro mundo, se había condenado a cargar con Razgut, que le
descubriría todo aquello que Rain no le había contado.
—¿Qué le sucedió a Izîl? —Preguntó
ChangMin —. Realmente no se suicidó, ¿verdad? El ángel…
—Bueno, podrías culpar al
ángel. Él nos dejó sobre el minarete, pero el loco jorobado se arrojó al vacío,
para protegerte.
—¿A mí?
—Mi hermano serafín te estaba
buscando, encanto. Un chico malo que no paraba de hacer preguntas. Me gustaría
saber qué quiere de ti.
—No tengo ni idea — ChangMin
sintió un escalofrío—. ¿Izîl no le dijo dónde vivo?
—Claro que no, era un loco
noble. Prefirió bailar con el cielo, y el cielo lo escupió como una ciruela
podrida.
—Dios mío — ChangMin se
desplomó contra la pared y se rodeó el cuerpo con los brazos—. Pobre Izîl.
—¿Pobre Izîl? No te compadezcas
de él, compadécete de mí. ¡Él ha quedado libre, sin embargo mira cómo
estoy yo! ¿Crees que es fácil encontrar mulas? Ni siquiera he logrado engañar a
un mendigo.
Razgut se enderezó y, con el
brazo sano, arrastró sus piernas hasta colocarlas delante del cuerpo. Su rostro
se crispó de dolor, pero tan pronto como ChangMin empezó a sentir la más leve
insinuación de pena, aquel dolor se tornó en una mirada lasciva.
—Tú vas a ayudarme, ¿verdad,
dulce niño? —preguntó Razgut sonriendo. Sus dientes aparecieron
incongruentemente perfectos—. ¿Dejarías que te montara? —Tal vez se refería a
«montarla» como había hecho con Izîl, aunque su voz acariciaba una implicación
más lujuriosa—. Después de todo, esto es culpa tuya.
—¿Culpa mía? En
absoluto.
Con tono persuasivo, Razgut
ronroneó:
—Te contaré secretos, como a
Izîl.
—Pídeme otra cosa —respondió ChangMin con brusquedad—. No voy a
cargar contigo. Jamás.
—Piénsalo, te daré calor. Acariciaré
tu pelo. Ya nunca estarás solo.
¿Solo? En aquel instante, ChangMin se sintió desnudo, como si
aquella criatura hubiera descubierto lo más profundo de su ser. Razgut continuó
susurrando.
—Toda esa belleza solo envuelve
soledad. ¿Crees que no lo noté al probarte? Estás prácticamente vacío. Un trozo
de caramelo hueco, pero que sabe tan bien… —inclinó la cabeza hacia
atrás y gimió, entrecerrando los ojos al recordar la sensación de placer.
ChangMin sintió asco—. Podría estar lamiéndote el cuello sin parar, cariño
—musitó—. Sin parar.
ChangMin no estaba tan
desesperado como para aceptar aquella oferta, así que se apartó de la pared y
empezó a alejarse.
—Una charla agradable. Adiós.
—¡Espera! —Vociferó Razgut—.
¡Espera!
ChangMin pensaba que nada de lo
que él dijera podría detenerlo; sin embargo, Razgut gritó:
—¿Quieres ver de nuevo a tu
Traficante de Deseos? Yo puedo llevarte. ¡Sé dónde hay un portal!
ChangMin se volvió y lo miró
con desconfianza.
La lascivia había desaparecido,
dando paso a su habitual gesto de sufrimiento.
Reconocía aquella expresión y,
durante un brevísimo instante, se sintió unido a aquel ser destrozado. Aquel
rostro transmitía nostalgia. Si su propia esencia era la soledad, la de Razgut
era la nostalgia.
—El portal por el que me
expulsaron hace mil años. Sé dónde se encuentra. Te lo mostraré, pero tienes
que llevarme contigo —y susurró, con la respiración entrecortada—: Solo quiero
volver a casa.
ChangMin sintió un vuelco en el
corazón. Otro portal.
—Vámonos. Ahora mismo.
Razgut resopló.
—Si fuera tan sencillo, ¿crees
que seguiría aquí?
—¿A qué te refieres?
—Está en el cielo, niño. Tenemos que volar hasta allí
Y ahora, gracias a dos grasientos gavriels extraídos de la barba de un cazador —uno para él, y otro
para Razgut—, podrían hacerlo.
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