3.
CARACULO.
La profesora Fiala pidió a Seven
que adoptara una postura reclinada para el resto de la clase, y él se tendió
sobre el diván de un modo que, sin ser lujurioso, resultaba bastante sugerente,
con las rodillas dobladas algo en exceso y una sonrisa sensual. Esta vez no
surgieron risitas ahogadas, pero ChangMin imaginó una oleada de calor en el
ambiente, como si las chicas de la clase —y al menos uno de los chicos—
necesitaran abanicarse. Sin embargo, él no sucumbió y, cuando Seven le escrutó
tras sus lánguidas pestañas, sostuvo su mirada sin vacilar.
Inició el boceto empleando su
mejor técnica y pensó que como su relación había comenzado con un dibujo,
resultaba adecuado que acabara con otro.
La primera vez que le vio
estaba sentado a dos mesas de la suya en el bar Mostachos. Lucía un retorcido
bigote de truhán, algo que ahora parecía premonitorio, pero después de todo se
trataba del bar Mostachos. Todos los clientes iban ataviados con un bigote
—ChangMin llevaba uno de Fu Manchú que había sacado de una máquina
expendedora—. Aquella noche, más tarde, pegó ambos bigotes en su cuaderno de
bocetos —el número 90— y el bulto que formaban permitía localizar fácilmente la
página exacta donde había comenzado su historia con Seven.
Él estaba bebiendo con sus
amigos y ChangMin, incapaz de alejar sus ojos de él, le había retratado.
Siempre estaba dibujando, no solo a Rain y las demás criaturas de su vida
secreta, sino también escenas y personas de su entorno cotidiano. Halconeros y
músicos callejeros, curas ortodoxos con barbas hasta la cintura, algún chico
guapo.
Normalmente se alejaba con el dibujo sin que sus modelos se
percataran, pero esta vez el chico guapo percibió su mirada, y lo siguiente que
vio fue su sonrisa bajo el bigote postizo, mientras se acercaba. ¡Qué halagado
se había sentido con aquel retrato! Mostró el dibujo a sus amigos, le tomó de
la mano para animarlo a sentarse con ellos y mantuvo sus dedos entrelazados con
los de él incluso después de que se acomodara en la mesa. Así comenzó todo: ChangMin idolatrando su belleza, y Seven deleitándose con ello. Y así fue más o menos como
continuó.
Por supuesto, Seven también le
había dicho que era hermoso, sin parar. De hecho, si no hubiera sido atractivo,
no se habría acercado a hablar con él, pues no era exactamente de los que
buscaban la belleza interior. ChangMin era, sencillamente, encantador.
Piel de canela, largas y delgadas piernas, pelo ligeramente largo y azulado
hasta cubrir apenas sus grandes orejas, ojos chocolatosos, movimientos como
versos de un poema y sonrisa de esfinge. Su rostro, además de bello, estaba
lleno de vida, tenía la mirada luminosa y alegre y en ocasiones asimétrica, y
ladeaba la cabeza igual que un pájaro, con los labios juntos y una danza en sus
ojos castaños que sugería algo secreto y misterioso.
ChangMin era misterioso.
Aparentemente no tenía familia, nunca hablaba de sí mismo y era un experto en
eludir preguntas —por lo que sus amigos sabían de su vida, podía haber surgido
de la cabeza de Zeus—. Además, era una caja de sorpresas. Sus bolsillos estaban
siempre repletos de objetos curiosos: antiguas monedas de bronce, dientes,
tigres de jade del tamaño de la uña de un pulgar. Podía revelar, mientras
regateaba por unas gafas de sol con un vendedor ambulante africano, que hablaba
yoruba con fluidez. En cierta ocasión, Seven descubrió al desnudarlo que
llevaba un cuchillo escondido en una bota. A todo esto había que añadir el
hecho de que nada le asustaba y, por supuesto, las cicatrices de su abdomen:
tres marcas brillantes que solo podían ser heridas de bala.
—¿Quién eres? —le había
preguntado algunas veces Seven, cautivado, y él respondía con nostalgia:
—Realmente no lo sé.
Porque en verdad lo desconocía.
Ahora dibujaba con rapidez, sin
rehuir los ojos de Seven al pasear la mirada arriba y abajo, entre el modelo y
el papel. Quería contemplar su cara.
Deseaba ver el momento en el
que su expresión cambiara.
Solo cuando hubo capturado su
postura levantó la mano izquierda hacia las cuentas del collar, y continuó
dibujando con la derecha. Cogió uno de los abalorios entre el pulgar y el
índice, y lo mantuvo agarrado.
Luego pidió un deseo.
Fue un deseo muy pequeño, ya
que aquellas cuentas no eran más que scuppies. Al igual que el dinero, los
deseos tenían diversos valores, y los scuppies equivalían a simples peniques.
Incluso menos valiosos que los peniques, pues, al contrario que las monedas,
los deseos no se podían acumular. Sumando peniques se conseguían dólares; sin
embargo, los scuppies seguían siendo meros scuppies; una hilera
de ellos, como su collar, no conseguía un deseo mayor, solamente un montón de
deseos pequeños, casi inútiles.
Deseos para provocar, por
ejemplo, picores.
ChangMin deseó que Seven notara picor, y la cuenta se
desvaneció entre sus dedos; una vez utilizadas, desaparecían. Nunca había
pedido ese tipo de deseo, así que, para asegurarse de que funcionaba, comenzó
con una parte del cuerpo que no resultara vergonzoso rascarse: el codo. Con
seguridad e indiferencia, Seven lo
rozó contra un cojín, sin apenas variar la postura. ChangMin sonrió para sus
adentros y siguió dibujando.
Instantes después, tomó otra
cuenta entre los dedos y deseó que esta vez le picara la nariz. La cuenta
desapareció, el collar se acortó de manera imperceptible y el rostro de Seven
se estremeció. Permaneció inmóvil unos segundos, pero al final hubo de rendirse
para frotarse la nariz con el dorso de la mano, rápidamente, antes de recuperar
la pose. ChangMin notó que el rostro de Seven
había perdido aquella expresión insinuante y se mordió el labio para evitar que
su sonrisa se ampliara.
Querido Dong Wook, pensó, no deberías haber venido. Habría sido mejor
que te quedaras en la cama.
El siguiente ataque lo dirigió
al oculto lugar de su malvado plan, y en el momento de lanzarlo fijó la mirada
en los ojos de Seven. Su frente adquirió una tensión repentina y él ladeó
ligeramente la cabeza, como preguntando «¿Sucede algo, cariño?».
Era esa clase de picor que no
podía aliviarse en público. Seven palideció, movió las caderas y luchó por
mantenerse quieto. ChangMin le concedió un breve respiro y continuó dibujando.
Pero tan pronto como él empezó a relajarse y… cuando estaba desprevenido… atacó
de nuevo y, al ver cómo la cara de Seven
se tornaba rígida, hubo de sofocar una carcajada.
Otra cuenta se desvaneció entre
sus dedos.
Y luego otra.
Esta, pensó, no es solo por lo
de hoy, sino por todo lo demás. Por aquella pena que aún sentía como un
puñetazo en el estómago cada vez que la atacaba, tan vívida como si fuera
reciente, en momentos impredecibles. Por las mentiras ocultas tras sonrisas y
los recuerdos que no podía olvidar. Por la vergüenza de haber sido tan ingenua.
Por la terrible sensación de
regresar a la soledad tras un periodo de indulto —algo así como enfundarse un
bañador húmedo, pegajoso y desagradable—.
Y esta, pensó ChangMin sin sonreír ya, por lo
irrecuperable.
Por su virginidad.
Aquella primera vez, vestido
únicamente con la capa negra, se había sentido adulto —como los y las muchachas
checas con las que Seven y Josef se
relacionaban, atractivas bellezas eslavas con nombres como Jessica y Frantiska,
a las que nada parecía sorprender ni arrancar una sonrisa—. ¿Realmente había
querido emularles? Eso había aparentado, adoptando el papel de una chico —una hombre—
atrevido. Había considerado la virginidad como una jaula de la infancia,
que luego desapareció.
No había esperado arrepentirse,
y en un primer momento no lo hizo. El acto en sí no resultó ni decepcionante ni
mágico, simplemente una relación más íntima. Un secreto compartido.
O, al menos, eso había creído
él.
—Te encuentro diferente,
ChangMin —había comentado Josef, el amigo de Seven, cuando volvió a verle—.
¿Estás… radiante?
Con una mezcla de vergüenza y
petulancia en el rostro, Seven le había golpeado en el hombro para que se
callara, y ChangMin supo que se lo había contado. Incluso a las chicas, que
habían fruncido sus labios color rubí en actitud cómplice. Cuando Jessica —con
la que más tarde la engañaría— comentó con seriedad que las capas se estaban
poniendo de moda otra vez, Seven se ruborizó ligeramente y apartó la mirada,
como única señal del reconocimiento de su error.
ChangMin no se lo había contado
ni siquiera a KyuHyun; al principio porque se trataba de una vivencia que solo
les pertenecía a Seven y a él, y luego por vergüenza. Se lo había ocultado a
todo el mundo; sin embargo, Rain, del modo inescrutable que tenía de saber
cosas, lo había adivinado y había aprovechado la oportunidad para darle una
extraña charla.
Eso sí había resultado
interesante.
La voz del Traficante de Deseos
era tan profunda que parecía la sombra de un sonido: una sonoridad oscura que
se acercaba a los registros más graves.
—No conozco muchas reglas para
regir la vida —había afirmado—. Pero te enseñaré una muy sencilla. No metas en
tu cuerpo cosas innecesarias. Nada de venenos ni productos químicos, tampoco
gases, tabaco o alcohol, ningún objeto afilado ni agujas prescindibles (drogas
o tatuajes) y, por supuesto…, ningún pene innecesario.
—¿Penes innecesarios? —había repetido ChangMin, encantado con la expresión a
pesar de su dolor—. ¿Existe alguno que sea necesario?
—Cuando aparezca el adecuado,
lo sabrás —había añadido Rain—. Deja de desperdiciar tu vida, niño. Espera a
que llegue el amor.
—El amor —su alegría se
evaporó, pues había pensado que aquello era amor.
—Llegará, y lo reconocerás
—había prometido Rain, y él deseó con fuerza poder creerlo. Tenía cientos de
años, ¿no? ChangMin nunca había imaginado a Rain enamorado (al mirarlo, no
parecía un candidato idóneo), pero esperaba que en su larga vida hubiera
acumulado cierta experiencia, y que no se equivocara respecto a ella.
Porque de todas las cosas del
mundo, esa era su mayor ansia de huérfana: amor. Y ciertamente Seven no
se lo había proporcionado.
La punta del lápiz se rompió
bajo la enorme presión que ChangMin ejercía sobre el dibujo, y en ese instante
una explosión de ira se transformó en una ráfaga de picores que redujeron su
collar a una gargantilla y lanzaron a Seven fuera de la tarima. ChangMin soltó
el collar y le miró. Ya estaba junto a la puerta, todavía desnudo y con la bata
en la mano, y se apresuró a salir para encontrar rápidamente un lugar donde
aliviar su humillante sufrimiento.
La puerta se cerró de golpe y
los estudiantes se quedaron perplejos, con los ojos fijos en el diván vacío. La
profesora Fiala lanzó una mirada a la puerta por encima de las gafas, y
ChangMin se sintió avergonzado.
Tal vez había sido demasiado.
—¿Qué le pasa a ese imbécil?
—preguntó KyuHyun.
—Ni idea —respondió ChangMin
bajando los ojos hacia el dibujo.
En el papel aparecía Seven con toda su sensualidad y
elegancia, como esperando la llegada de su amante. Podría haber sido un buen dibujo,
pero lo había estropeado. Poco a poco las líneas se habían ido oscureciendo,
perdiendo sutileza, hasta terminar en un caótico garabateo que emborronaba su… pene
innecesario. Se preguntó qué pensaría Rain de ella ahora. Siempre la estaba
reprendiendo por su uso imprudente de los deseos —el último, el que había
provocado que las cejas de Jessica se espesaran por la noche hasta parecer
orugas y crecieran de nuevo nada más depilarlas—.
—Algunas personas han perecido
en la hoguera por menos que eso, ChangMin —le había recordado Rain.
Por suerte, pensó, no estamos en la Edad Media.
sinceramente me encanta pero cuando aparece chunnnnn???'
ResponderEliminarhahahahaha pronto
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