2.
UNA ESPECIE DE EXHIBICIÓN.
Los lunes, los miércoles y los
viernes, la primera clase de ChangMin era dibujo del natural. Cuando entró en
el estudio, su amigo KyuHyun ya estaba allí y había colocado dos caballetes
frente a la tarima del modelo. ChangMin descargó la carpeta de su hombro, se
quitó el abrigo y la bufanda y comentó:
—Me han acosado.
Su amigo arqueó una ceja con la
maestría que poseía para ese tipo de gestos, y que tanta envidia provocaba en
ChangMin. Él no lograba mover las suyas de forma independiente, lo que restaba
intensidad a sus expresiones de desconfianza y desdén. KyuHyun transmitía ambos
sentimientos a la perfección, pero en este caso se trataba de un movimiento más
sutil, de mera curiosidad.
—No me digas que el zopenco ha
tratado de asustarte otra vez.
—Está pasando por una fase
vampírica. Me mordió el cuello.
—Vaya con los actores
—refunfuñó KyuHyun —. Lo que deberías hacer es defenderte de ese fracasado con
un Taser. Para que aprenda a no ir por ahí saltando encima de la gente.
—No tengo una pistola de esas
—ChangMin no añadió que tampoco la necesitaba; era perfectamente capaz de
defenderse sin electricidad. Había recibido una educación muy especial.
—Pues consigue una. De verdad.
El mal comportamiento debe ser castigado. Y además, sería divertido. ¿No crees?
Siempre he querido disparar una. ¡Zas! — KyuHyun se agitó como si sufriera convulsiones.
ChangMin sacudió la cabeza.
—De eso nada, pequeño salvaje,
no creo que fuera divertido. Eres terrible.
—Yo no soy terrible. Seven sí.
Dime que no tengo que recordártelo — KyuHyun clavó la mirada en ChangMin—.
Prométeme que no estás ni siquiera considerando perdonarle.
—Te lo prometo —afirmó
ChangMin—. Solo intento que él lo crea.
Seven no concebía que una chica
o un chico decidiera renunciar a sus encantos. Y Changmin no había hecho más que
reforzar su vanidad durante los meses que había durado su relación, mirándole
con ojos soñadores, entregándole… ¿todo? ChangMin pensaba que sus actuales
intentos de cortejarle eran mero fruto del orgullo, para demostrarse a sí mismo
que podía conseguir lo que quisiera. Que las decisiones las tomaba él.
Quizá KyuHyun tuviera razón.
Tal vez debería electrocutarle.
—Cuaderno de bocetos —ordenó KyuHyun
extendiendo la mano como el cirujano que solicita un escalpelo.
El mejor amigo de ChangMin era
tan autoritario como menudo: solo superaba el metro y ochenta cuando se calzaba
sus botas con ligera plataforma. ChangMin medía 1,90, aunque parecía más alto,
igual que los bailarines, con sus delicados cuellos y extremidades esbeltas
aunque eran formadas debido al ejercicio que practicaba ocasionalmente. Su
complexión se asemejaba mucho a la de un bailarin, pero no así su estilo. Pocos
llevan el pelo azul brillante o un rosario de tatuajes por el cuerpo, y
ChangMin lucía ambos.
Al sacar el cuaderno de bocetos
y entregárselo a su amigo, los únicos tatuajes que quedaron a la vista fueron
los de sus muñecas; una sola palabra, a modo de brazalete, en cada una: historia
y real.
Cuando KyuHyun tomó el
cuaderno, otros dos estudiantes, Pavel y Dina, se acercaron rápidamente para
escudriñar por encima de su hombro. Los cuadernos de ChangMin eran objeto de
culto en la escuela, y cada día pasaban de mano en mano para ser admirados.
Este, el número 92 de una serie que abarcaba toda su vida, estaba sujeto con
gomas y, tan pronto como KyuHyun las retiró, se abrió de golpe. Las páginas
estaban tan cubiertas de yeso y pintura que las tapas apenas podían
contenerlas. En aquel abanico de hojas surgieron los personajes habituales de
ChangMin, profundamente extraños y representados con maestría.
Allí estaba BoAh, serpiente de
cintura para abajo y mujer de cintura para arriba, con los pechos turgentes y
desnudos de las tallas del Kama Sutra, la capucha y los colmillos de una cobra
y un rostro bondadoso.
Twiga, con cuello de jirafa y
encorvado con su lupa de joyero incrustada en su ojo entrecerrado.
Yasri, con pico de loro, ojos
humanos y una cascada de rizos anaranjados que escapaban del pañuelo que le
cubría la cabeza. Esta vez aparecía con una bandeja de fruta y una jarra de
vino.
Y por supuesto, Rain , la
estrella de sus dibujos. Lo había representado con Kishmish posado en uno de
sus enormes cuernos de carnero. En las historias fantásticas que ChangMin
relataba en sus cuadernos, Rain comerciaba con deseos. En ocasiones, lo apodaba
el «Traficante de Deseos», en otras, simplemente el «Gruñón».
ChangMin dibujaba aquellas
criaturas desde que era pequeño, y sus amigos solían hablar de ellas como si
fueran reales.
—¿Qué ha hecho Rain este fin de
semana? —preguntó KyuHyun.
—Lo habitual —respondió ChangMin—.
Comprar dientes a asesinos. Ayer un repugnante furtivo somalí le llevó dientes
de cocodrilo del Nilo, pero el muy idiota trató de robar a Rain y estuvo a
punto de morir estrangulado por su collar de serpiente. Tiene suerte de seguir
vivo.
KyuHyun encontró la escena
ilustrada en las últimas páginas dibujadas del cuaderno: el somalí, con los
ojos desencajados y una delgadísima serpiente comprimiéndole la garganta como
la soga de un garrote. ChangMin le había explicado que para entrar en la tienda
de Rain, los humanos debían acceder a colocarse una de las serpientes de BoAh en
torno al cuello. De aquel modo, resultaba sencillo atajar cualquier maniobra
sospechosa (por estrangulación, que no siempre era mortal, o, en caso
necesario, con una mordedura en la garganta, que sí lo era).
—Estás como una cabra, ¿cómo te
inventas todo esto? —preguntó KyuHyun con asombro y envidia.
—¿Quién ha dicho que lo
invente? No dejo de repetirte que es real.
—Ya, y tu pelo crece con ese
color de forma natural, ¿no?
—Claro que sí —afirmó ChangMin
pasando un mechón azulado entre sus dedos.
—Ya, lo que tú digas.
ChangMin se encogió de hombros
y llevó aquel mechón detrás de su oreja, para colocar un pincel en la oreja
para “sujetarlo”. Su pelo crecía realmente de aquel color, tan azul como el
ultramarino recién salido del tubo de pintura, pero lo afirmaba con un toque de
ironía, como si fuera algo absurdo. Con el paso del tiempo, había descubierto
que bastaba una sonrisa lánguida para que su sinceridad pasara desapercibida.
Resultaba más sencillo que recordar un montón de mentiras, así que quedó
integrado en su forma de ser: ChangMin, el chico con sonrisa irónica y
desbordante imaginación.
En realidad, todas aquellas
locuras no nacían de su imaginación, sino de su propia vida —el pelo azul, Rain
y todo lo demás—.
KyuHyun alargó el cuaderno a
Pavel y comenzó a pasar las hojas de su enorme bloc de dibujo en busca de una
hoja en blanco.
—¿Quién posará hoy?
—Seguramente Wiktor —respondió
ChangMin—. Hace bastante que no le tenemos de modelo.
—Lo sé. Y espero que se haya
muerto.
—¡ KyuHyun!
—¿Qué? Es un vejestorio. Sería
lo mismo dibujar un esqueleto que a ese decrépito saco de huesos.
Disponían de unos doce modelos,
masculinos, femeninos y de edades y complexiones diversas, que se turnaban a lo
largo del curso. Abarcaban desde la corpulenta señora Svobodnik, cuyas carnes
se asemejaban más a un paisaje que a una figura, hasta la frágil Eliska, con su
cintura de avispa, la preferida por los chicos de la clase. El viejo Wiktor era
el que menos agradaba a KyuHyun, que afirmaba tener pesadillas cada vez que
debía dibujarlo.
—Parece una momia sin vendas
—se estremeció—. Dime si mirar a un viejo desnudo es una forma adecuada de
empezar el día.
—Mejor que ser atacada por un
vampiro —replicó ChangMin.
De hecho, a ChangMin no le
importaba dibujar a Wiktor, por una razón concreta: era tan miope que nunca
establecía contacto visual con los estudiantes, lo que suponía una ventaja. A
pesar de los años que llevaba dibujando desnudos, todavía la perturbaba esbozar
a un modelo joven y encontrar sus ojos clavados en ella al levantar la mirada
después de realizar un estudio de su pene —un estudio necesario; no se podía
dejar la zona en blanco sin más—. Muchas veces, al notar que las mejillas le
ardían, ChangMin se había ocultado tras el caballete.
Aunque aquellas situaciones no
tardarían en quedar reducidas a insignificancias, comparadas con la
mortificación que le aguardaba.
Estaba afilando el lápiz con
una cuchilla de afeitar cuando KyuHyun exclamó con voz extraña y disgustada:
—¡Dios mío, ChangMin!
Supo lo que ocurría antes
incluso de alzar la vista.
Una exhibición, había
dicho él. Qué inteligente. Levantó los ojos del lapicero y vio a Seven, de pie
junto a la profesora Fiala. Iba descalzo y vestido con una bata, y con su larga
cabellera dorada, minutos antes revuelta por el viento y cubierta de brillantes
copos de nieve, recogida en una coleta. Su rostro mostraba una perfecta
combinación de rasgos eslavos y líneas sensuales: pómulos que parecían
torneados por un cortador de diamantes, y labios que invitaban a rozarlos con
la yema de los dedos para comprobar si tenían tacto de terciopelo. ChangMin
sabía que así era. Estúpidos labios.
Un aluvión de susurros invadió
la estancia. Un modelo nuevo, Dios mío, qué guapo…
Un comentario destacó entre el
resto:
—¿No es el novio de ChangMin?
Ex, deseó replicar ella con brusquedad. Absolutamente ex.
—Creo que sí. Mírale…
ChangMin estaba mirándole,
con la expresión congelada en lo que deseaba fuera una máscara de tranquilidad
impenetrable. No te ruborices, se ordenó a sí misma. No te ruborices.
Seven le devolvió la mirada con ojos perezosos y divertidos, y una sonrisa
que le dibujaba un hoyuelo en una de las mejillas. Y, cuando estuvo seguro de
contar con su atención, le guiñó un ojo con descaro.
Un estallido de risitas
envolvió a ChangMin.
—Maldito bastardo… —musitó KyuHyun.
Seven se subió a la tarima del
modelo, miró directamente a ChangMin mientras se desataba el cinturón y, sin
retirar los ojos de él, se quitó la bata. Entonces apareció, delante de toda la
clase, el cuerpo de su ex novio, increíblemente bello y desnudo como el David
de Miguel Ángel. Y sobre su pecho, justo encima del corazón, un nuevo tatuaje.
Una elaborada C en cursiva.
De nuevo se escucharon risas
ahogadas. Los estudiantes no sabían a quién mirar, si a ChangMin o a Choi Dong
Wook, y dirigían los ojos de uno a otro, esperando que estallara el conflicto.
—¡Silencio! —ordenó consternada
la señora Fiala, sin dejar de dar palmadas hasta que se sofocaron las risitas.
En ese momento, ChangMin sintió
cómo el rubor encendía su cara. No pudo evitarlo. El calor le invadió primero
el pecho y el cuello, y luego todo el rostro. Seven no dejaba de mirarla y,
cuando percibió la reacción de ChangMin, la satisfacción marcó aún más el
hoyuelo de su mejilla.
—Choi Dong Wook, por favor,
posturas de un minuto —solicitó Fiala.
Seven adoptó la primera postura
y fue cambiándola, como correspondía a ese tipo de ejercicio dinámico: torso
girado, músculos tensos, extremidades estiradas simulando acción. El objetivo
de estos primeros bocetos era trabajar el movimiento y las líneas sueltas, y Seven aprovechó la oportunidad para
exhibirse. ChangMin pensó que no se escuchaban muchos lápices rascando el
papel. ¿Estarían las demás chicas de la clase tan estúpidamente embelesadas
como ella?
Bajó la cabeza, tomó el lápiz
afilado —imaginando otros usos a los que le encantaría dedicarlo— y comenzó a
dibujar. Líneas rápidas y fluidas y todos los bocetos en una sola página,
solapados para dar la sensación de una ilustración de danza.
Seven se movía con elegancia y, como había dedicado tanto tiempo a
contemplarse en el espejo, sabía utilizar su cuerpo para impresionar. Era una
herramienta más del actor, como él mismo habría afirmado, igual que la voz. Seven
era un actor pésimo —por eso se ganaba la vida organizando visitas turísticas
fantasmagóricas y participando en alguna producción de bajo presupuesto de Fausto—,
pero resultaba un modelo magnífico. ChangMin lo sabía bien, ya que le había
dibujado en numerosas ocasiones.
Desde el primer momento que le
vio… expuesto…, le había recordado una pintura de Miguel Ángel. Al contrario de
algunos artistas renacentistas que preferían modelos delgados y amanerados,
Miguel Ángel optó por mineros de hombros robustos a los que, de alguna manera,
consiguió representar con sensualidad y elegancia. Así era Seven: sensual y
elegante.
Y embustero. Y narcisista. Y,
sinceramente, algo tonto.
—¡ChangMin! —cuchicheó Helen,
una estudiante británica, tratando de llamar su atención con insistencia—. ¿Es
él?
ChangMin la ignoró y siguió
dibujando como si no ocurriera nada excepcional. Otro día más de clase. ¿Y el
hoyuelo insolente en la mejilla del modelo, que no le quitaba los ojos de
encima? Trató de sobreponerse a ello lo mejor que pudo.
Cuando el timbre señaló el
descanso de la clase, Seven recogió con parsimonia la bata y se la puso. ChangMin
esperaba que no se atreviera a pasear por el estudio a sus anchas. Quédate
donde estás, le suplicó mentalmente. Pero no le hizo caso, y se dirigió
hacia él.
—Oye, zopenco —le espetó KyuHyun
—. ¡Cuánta modestia!
Seven ignoró el comentario y
preguntó a ChangMin:
—¿Te gusta mi nuevo tatuaje?
Los demás compañeros se habían
levantado para salir del aula, pero, en vez de dispersarse para fumar un
cigarrillo o acudir al baño, se mantuvieron a una distancia que les permitiera
escuchar la conversación.
—Claro —aseguró ChangMin con
voz suave—. C de Choi Dong Wook, ¿no?
—Qué gracioso. Sabes de sobra
lo que significa.
—Déjame que piense —caviló
adoptando la postura de El pensador—. Existe una sola persona a la que
quieres realmente, y su nombre empieza por C. Pero se me ocurre un lugar más adecuado que el corazón para
colocar esa letra —cogió el lápiz y, en su último boceto de Seven, escribió una
C sobre su trasero de escultura clásica.
KyuHyun soltó una carcajada y Seven
tensó la mandíbula. Como la mayoría de los vanidosos, odiaba convertirse en
objeto de burla.
—Yo no soy el único que lleva
un tatuaje, ¿verdad, ChangMin? —dijo él—. ¿Te lo ha enseñado? —le preguntó a KyuHyun.
Esta dirigió a su amiga un
suspicaz arqueo de cejas.
—No sé a cuál te refieres
—mintió ChangMin sin inmutarse—. Tengo un montón de tatuajes.
Para demostrarlo no exhibió las
palabras historia y real de sus muñecas, ni la serpiente
enroscada en torno a su tobillo, ni ninguna de las otras obras de arte que se
ocultaban en su cuerpo, sino que colocó las manos abiertas delante de su cara.
En el centro de cada palma había un ojo perfilado con tinta color índigo, lo
que convertía sus manos en hamsas, esos antiguos amuletos contra el mal
de ojo. Los tatuajes en las palmas de las manos suelen perder intensidad con el
tiempo, pero los de ChangMin se mantenían intactos. Estos ojos la acompañaban
desde siempre y, por lo que sabía de su origen, podría haber nacido con ellos.
—Esos no —replicó Seven —. Me
refiero al que tienes justo encima del corazón, con Choi Dong Wook.
—Yo no tengo un tatuaje así
—respondió con aparente contrariedad, y desabrochó los botones superiores de su
jersey para demostrar que no había ningún tatuaje sobre su pecho.
En esa parte del cuerpo su piel
era blanquísima.
Seven parpadeó sorprendido.
—Pero ¿cómo lo has hecho?
—Ven conmigo.
KyuHyun cogió a ChangMin de la
mano y lo arrastró. Al pasar entre los caballetes, todos los ojos se clavaron
en él con curiosidad.
—ChangMin, ¿habéis roto?
—susurró Helen en inglés.
KyuHyun levantó la mano con
gesto imperioso y la obligó a callar, antes de sacar a ChangMin del estudio y
empujarla hasta el baño de las chicas. Allí, con las cejas aún arqueadas, le
preguntó:
—¿Qué demonios ha significado
eso?
—¿A qué te refieres?
—¿Que a qué me refiero?
Prácticamente te has desnudado delante de él.
—No exageres.
—No importa. ¿Y qué era eso de
un tatuaje sobre el corazón?
—Tú mismo lo has visto, no
tengo ningún tatuaje en el pecho.
ChangMin prefirió omitir que
dicho tatuaje sí había existido; prefería fingir que nunca había sido
tan estúpido. Además, habría resultado difícil explicar cómo se había deshecho
de él.
—Bueno, mejor. Solo te faltaba
tener el nombre de ese idiota grabado en el cuerpo. ¿Has visto su
comportamiento? ¿Piensa que pavoneándose de ese modo vas a salir corriendo
detrás de él?
—Así es —afirmó ChangMin—. Esa
es su idea de un gesto romántico.
—Lo único que tienes que hacer
es comentarle a Fiala que es un acosador, y le echará de una patada en el culo.
ChangMin había considerado esa
opción, pero negó con la cabeza. Estaba segura de que encontraría una forma más
adecuada de sacar a Seven de su
clase y de su vida, ya que disponía de medios que la mayoría de la gente no
poseía. Pensaría en algo.
—A pesar de todo, no resulta
ningún sacrificio dibujarlo — KyuHyun se acercó al espejo y retiró los mechones
de pelo negro que caían sobre su frente—. Eso hay que admitirlo.
—Sí. Es una pena que sea tan
imbécil.
—Un enorme y estúpido
gilipollas —añadió KyuHyun.
—Un caraculo con boca y patas.
—Caraculo —Rió KyuHyun —. Me
gusta.
De repente, una idea asaltó a
ChangMin, y una sonrisa ligeramente maliciosa iluminó su rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó KyuHyun
al percibir el gesto.
—Nada. Es mejor que volvamos.
—¿Estás seguro? No tienes por
qué hacerlo.
ChangMin asintió con la cabeza.
—Claro que sí.
Seven había disfrutado de toda
la satisfacción que obtendría de su pequeño ardid. Ahora le tocaba a ChangMin.
De vuelta al estudio, acarició el collar multicolor de varias vueltas que
rodeaba su cuello, elaborado con lo que parecían cuentas africanas. Sin embargo,
eran más que eso, no mucho más, pero suficiente para los planes de ChangMin.
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