18.
NO LUCHES CONTRA MONSTRUOS.
—¿El chico? —Izîl miró a
YooChun con los ojos entrecerrados—. ¿Te… te refieres a ChangMin?
¿ ChangMin? YooChun conocía esa palabra.
Significaba «esperanza» en el idioma del enemigo. Así que no solo llevaba las hamsas,
sino que tenía un nombre quimérico.
—¿Quién es? —preguntó.
Visiblemente aterrorizado, el
anciano se incorporó un poco.
—¿Por qué quieres saberlo,
ángel?
—Las preguntas las hago yo
—exclamó YooChun—. Y te sugiero que las respondas —se sentía impaciente por
reunirse con los otros, pero se resistía a marcharse sin desvelar aquel
misterio. Si no descubría ahora quién era el chico, nunca lo sabría.
Deseoso de ayudar, Razgut
aportó algunos datos.
—Sabe a néctar y sal. A néctar,
sal y manzanas. A polen, estrellas y bisagras. Tiene el gusto de los cuentos de
hadas. Como nata en la punta de la lengua de un zorro. Sabe a esperanza.
YooChun permaneció inmutable, e
injustificadamente inquieto ante la idea de aquella abominación probando al
muchacho. Esperó a que Razgut dejara de farfullar y añadió con voz gutural:
—No he preguntado a qué sabe,
sino quién es.
Izîl se encogió de hombros y
agitó las manos en un esfuerzo por transmitir indiferencia.
—Es solo un muchacho que
dibuja. Se porta bien conmigo. ¿Qué más te puedo decir?
Sus palabras no parecían
sinceras y YooChun notó que trataba de protegerlo, lo que resultaba noble y
ridículo. No podía desperdiciar su tiempo en juegos, así que optó por un
enfoque más drástico. Agarró a Izîl por la pechera y a Razgut por uno de sus
muñones de hueso astillado y se elevó por los aires, levantando el peso de ambos con total facilidad.
Bastaron unos aleteos para que
la ciudad de Marrakech al completo brillara con luz trémula a sus pies. Izîl no
paraba de gritar, con los ojos fuertemente cerrados; Razgut permanecía en
silencio, con una indescriptible añoranza en el rostro que se clavó en el
corazón de YooChun como una astilla de pena —más dolorosa que el trozo de
madera con el que ChangMin lo había atacado—. Le sorprendió. Con el paso de
los años había aprendido a insensibilizarse y, después de tanto tiempo sin
convivir con los sentimientos, pensaba que la pena y la compasión habían
desaparecido de su interior.
Sin embargo, aquella noche
había recibido sordas puñaladas de ambas.
YooChun descendió con lentas
espirales, como un ave de presa, y depositó los dos cuerpos en la bóveda que
coronaba el minarete más alto de la ciudad. Izîl y Razgut trataron
desesperadamente de agarrarse, pero empezaron a caer, deslizándose sobre la
superficie resbaladiza, buscando con frenesí algún apoyo para las manos y los
pies antes de topar con un parapeto decorativo de escasa altura que evitó que
se precipitaran al vacío, varias decenas de metros por encima de los tejados de
la mezquita.
Izîl tenía el rostro grisáceo
y respiraba con dificultad. Razgut cambió de postura sobre la espalda del
anciano, y ambos se tambalearon peligrosamente cerca del borde. Atenazado por
el pánico, Izîl descargó una retahíla de órdenes para que se mantuviera
agachado, no se moviera y se agarrara a algo.
YooChun permanecía sobre ellos.
Detrás de él, la silueta serrada de la cordillera del Atlas brillaba bajo la
luz de la luna. El viento movía las plumas llameantes de sus alas, como en un
baile, y sus ojos transmitían el brillo apagado de las ascuas.
—Y ahora, si deseas seguir
vivo, dime lo que quiero saber. ¿Quién es el chico?
Izîl, con los ojos
horrorizados y fijos en el borde del tejado, respondió de manera atropellada:
—Él no supone ningún peligro
para ti, es inocente…
—¿Inocente? Lleva las hamsas, compra dientes para el diablo
hechicero, a mis ojos no parece
inocente.
—Te equivocas, es inocente. Él
simplemente hace recados. Es todo.
¿Era simplemente eso, una especie de criado? Eso
no explicaba por qué llevaba las hamsas.
— ¿Y por qué se encarga él de
los recados?
—Es el hijo adoptivo del
Traficante de Deseos. Lo crió desde que era un bebé.
YooChun asimiló aquella
información.
—¿De dónde venía? —se arrodilló
para acercar su rostro al de Izîl. Era imprescindible saberlo.
—No lo sé. ¡Lo juro! Un día lo
vi allí, entre sus brazos, y a partir de entonces estuvo siempre en la tienda,
sin ninguna explicación. ¿Crees que Rain me desvelaba sus secretos? De ser así,
¡tal vez seguiría siendo un hombre en vez de una mula! —Dirigió un gesto a
Razgut y soltó una estridente carcajada—. Ten cuidado con lo que deseas, me
advirtió Rain, pero yo no lo escuché, y ¡mírame ahora! —reía y reía sin parar,
al tiempo que acudían lágrimas a sus ojos rodeados de arrugas.
YooChun se quedó paralizado. El
problema era que creía al jorobado. ¿Por qué iba Rain a revelar información a
sus subalternos humanos, y en especial a locos como este? Pero si Izîl no sabía
nada, ¿qué esperanza restaba a YooChun para descubrirlo? El anciano era su
única pista, y ya se había entretenido demasiado.
—Dime entonces dónde puedo
encontrarlo —dijo—. Fue amable contigo. Seguramente sepas dónde vive.
El viejo parpadeó, afligido.
—No puedo decírtelo. Pero…
pero… puedo contarte otras cosas. ¡Secretos! Sobre tu propia especie. Gracias a
Razgut, sé mucho más de los serafines que de las quimeras.
Estaba regateando, en un nuevo
intento de proteger a ChangMin.
—¿Crees que hay algo que puedas
descubrirme sobre mi especie? —respondió YooChun.
—Razgut sabe historias…
—La palabra de un Caído. ¿Te ha
revelado siquiera por qué fue enviado al exilio?
—Claro que sí —afirmó
Izîl—. Aunque me pregunto si tú lo sabes.
—Yo conozco mi historia.
Izîl lanzó una carcajada. Tenía
una mejilla apretada contra la cúpula del minarete, y su risa sonó como un
resoplido. Luego añadió:
—Como el moho sobre los libros,
así crecen los mitos sobre la historia. Tal vez deberías preguntar a alguien
que se encontrara allí, todos esos siglos atrás. Tal vez a Razgut.
YooChun miró con frialdad el
tembloroso cuerpo de Razgut, que seguía murmurando su incesante cantinela:
«Llévame a casa, por favor, hermano, llévame a casa. Estoy arrepentido, he
soportado suficiente castigo, llévame a casa…».
—No necesito preguntarle nada
—replicó YooChun.
—Ah, ¿no?, ya veo. Alguien
afirmó en cierta ocasión: «Todo lo que se necesita para tener éxito en esta
vida es ignorancia y confianza». Mark Twain, ¿has oído hablar de él? Lucía un
elegante bigote, como suele ser habitual en los hombres sabios.
Algo estaba cambiando en el
anciano ante los ojos de YooChun. Vio cómo alzaba la cabeza para mirar por
encima del reborde de piedra que detenía su caída hacia la muerte. Su locura
parecía haber desaparecido, si es que no había sido fingida. Estaba reuniendo
jirones de coraje, lo que, en aquellas circunstancias, no resultaba
insignificante. También estaba dando rodeos.
—Facilítame las cosas, viejo
—dijo YooChun—. Mi misión no es matar humanos.
—Entonces, ¿por qué has
venido? Ni siquiera las quimeras llegan hasta aquí. Este mundo no es lugar para
monstruos…
—¿Monstruos? Yo no soy un
monstruo.
—¿No? Razgut tampoco piensa que
él lo sea. ¿Verdad, mi monstruo?
Se lo preguntó casi con cariño,
y Razgut susurró:
—No soy un monstruo, soy un
serafín. Un ser de fuego sin humo, sí, forjado en otra época, en otro mundo —sus
ansiosos ojos estaban fijos en YooChun—. Soy como tú, hermano. Igual que tú.
Aquella comparación no agradó a
YooChun, y su mordaz respuesta estremeció a Razgut:
—No me parezco en nada a ti,
lisiado.
Izîl alargó la mano para
palmear el brazo que le aprisionaba el cuello.
—Ya, ya —lo calmó fingiendo
compasión—. Él no se da cuenta. Forma parte de la condición de monstruo no
identificarse como tal. Es como el dragón que mientras estaba agachado en una
aldea devorando doncellas escuchó a los campesinos gritar: «¡Un monstruo!», y
se volvió para mirar.
—Yo conozco muy bien a los
verdaderos monstruos —los atigrados ojos de YooChun se oscurecieron. Claro que
los conocía. Las quimeras habían reducido el sentido de la vida a la guerra.
Aparecían con mil formas bestiales, y no importaba cuántas asesinaran,
siempre regresaban más, y más.
—Alguien dijo una vez: «No
luches contra monstruos, no sea que te conviertas en uno de ellos. Y si miras
largo tiempo al abismo, el abismo también mirará dentro de ti» —replicó Izîl—.
Nietzsche, ¿lo conoces? Tenía un bigote excepcional.
—Dime solamente… —empezó YooChun,
pero Izîl lo interrumpió.
—¿Te has preguntado alguna vez
si son los monstruos los que provocan la guerra, o si es la guerra la que
genera monstruos? Yo he visto cosas, ángel. Existen guerrillas que obligan a
los niños a asesinar a sus propias familias. Esos actos desgarran el alma y
dejan espacio para que crezcan bestias en el interior. Los ejércitos necesitan
bestias, ¿no es así? Bestias domesticadas, ¡que cometan sus terribles
fechorías! Y lo peor es que resulta casi imposible recuperar el alma cuando ha
sido arrancada. Casi —Izîl miró a YooChun con intensidad—. Pero se puede
lograr, si en algún momento… decides ir en busca de la tuya.
YooChun se puso furioso. De sus
alas llovieron chispas que la brisa transportó hacia los tejados de Marrakech.
—¿Por qué debería hacer tal
cosa? En mi mundo, anciano, un alma resulta tan inútil como los dientes para
los muertos.
—Supongo que eso lo afirma
alguien que todavía recuerda lo que era poseer una.
Claro que se acordaba. YooChun
sintió sus recuerdos como cuchillos, y no le agradó que se volvieran en su
contra.
—Deberías preocuparte de tu
propia alma, no de la mía.
—Mi conciencia está tranquila.
Nunca he matado a nadie. Sin embargo, tú… Mira tus manos.
YooChun no cayó en la trampa,
pero cerró los puños en un acto reflejo. Las líneas grabadas en sus dedos: cada
una representaba un enemigo batido, y sus manos mostraban un terrible balance.
—¿Cuántos? —preguntó Izîl—. ¿Lo
sabes o has perdido la cuenta?
El loco tembloroso al que YooChun
había elevado por los aires desde los adoquines de la plaza había desaparecido
por completo. Izîl se había enderezado, al menos todo lo que podía cargado como
estaba con Razgut, que paseaba sus angustiados ojos entre su mula humana y el
ángel que, esperaba, hubiera venido a salvarlo.
YooChun sabía exactamente el
número de muertes contabilizadas en sus manos.
—Y tú ¿qué? —Espetó YooChun a
Izîl—. ¿Cuántos dientes, a lo largo de todos estos años? Me imagino que no llevas
la cuenta.
—¿Los dientes? Ah, ¡pero yo
solo se los arranco a los muertos!
—Y se los vendes a Rain. ¿Sabes
en lo que te convierte eso? En cómplice.
—¿Cómplice? Solo son dientes
con los que hace collares, yo lo he visto. ¡Solo dientes enfilados en cuerdas!
—¿Piensas que hace collares?
Ignorante. Has estado participando en nuestra guerra, pero has sido demasiado
estúpido para darte cuenta. ¿Afirmas que luchar contra monstruos me ha
convertido en un monstruo? Entonces, ¿en qué te ha transformado a ti negociar con
diablos?
Izîl clavó los ojos en YooChun,
boquiabierto, y al comprender todo de repente añadió:
—Tú lo sabes. Tú sabes para qué
utiliza los dientes.
—Así es —musitó YooChun con
amargura.
—Dímelo…
—¡Cállate! —Ordenó YooChun al
romperse el último amarre de su paciencia—. Dime dónde puedo encontrarlo. Tu
vida no significa nada para mí. ¿Entiendes? —escuchó la crueldad de su propia
voz y sintió como si se contemplara desde fuera, cerniéndose sobre aquellas
pobres criaturas quebrantadas. ¿Qué pensaría Max si lo viera en aquel momento?
Pero no podía, y eso era lo terrible.
Max estaba muerto.
El anciano tenía razón. Era un
monstruo, pero de ello había que culpar al enemigo. No se trataba únicamente de
haber pasado toda la vida en el campo de batalla —aquello no lo había
transformado en lo que era—. Había sido un hecho, un acto indescriptible que
nunca podría olvidar ni perdonar y por el que, en venganza, había jurado
destruir un reino.
—¿Crees que no puedo obligarte
a hablar? —susurró.
—No, ángel, no creo que puedas
—respondió Izîl sonriendo. Y se arrojó desde el minarete, arrastrando a Razgut
con él, para estrellarse contra los tejados situados sesenta metros más abajo.
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