27.
DE PRESA A PREDADOR.
«Vivirás como una presa,
pequeño».
Las palabras de Bain retumbaban
en los oídos de ChangMin mientras paseaba la mirada a su alrededor, buscando
rostros entre la multitud que le rodeaba. Se sentía al descubierto en medio del
puente y ojeó la línea de tejados a ambas orillas del río, imaginando que el
cazador le estaba apuntando con un rifle de mira telescópica.
Desechó la idea. Bain no se
atrevería, ¿o sí? La sensación se desvaneció y ChangMin quiso convencerse de
que se trataba únicamente de una paranoia. Sin embargo, a lo largo del día,
reapareció y se evaporó de nuevo en forma de escalofríos repentinos, mientras
Kyu bailaba una docena de veces más, ganando confianza en cada actuación, y la
caja del violín de Siwon se llenaba una y otra vez, superando con mucho la
recaudación esperada.
KyuHyun y Siwon trataron de
convencer a ChangMin para que los acompañara a cenar, pero él rehusó la
invitación poniendo como excusa el desfase horario, que por supuesto sufría,
aunque no era su principal preocupación.
Tenía la certeza de que le
estaban observando.
Rozó las palmas de sus manos
con la yema de los dedos. Notaba un ligero picor que luego le subía por los
brazos, y al abandonar el puente en dirección al laberinto adoquinado del casco
viejo, supo que alguien le seguía. Se detuvo un momento y se arrodilló,
simulando que se colocaba la bota mientras sacaba el cuchillo —el de siempre,
ya que sus cuchillos de luna creciente nuevos descansaban en una caja en el
piso— y lo deslizaba bajo la manga mirando hacia arriba y a su espalda.
No vio a nadie, y continuó su
camino.
La primera vez que visitó
Praga, se perdió por completo al recorrer aquellas calles.
Había pasado junto a una
galería de arte y, unas manzanas después, había regresado sobre sus pasos para
encontrarla, pero… fue incapaz. La ciudad se la había tragado y, de hecho,
nunca había vuelto a verla. Aquel engañoso laberinto de callejones parecía un
plano que variaba a su antojo: gárgolas que de puntillas cambiaban de ubicación;
piedras que adquirían una nueva configuración cuando nadie estaba mirando, como
si fueran piezas de un rompecabezas. Praga extasiaba, atrapaba, igual que un
hada de cuento que engaña a los viajeros para que se internen en las
profundidades de un bosque hasta quedar irremediablemente perdidos. Sin
embargo, extraviarse en Praga resultaba una agradable aventura repleta de
tiendas de marionetas y absenta, y las únicas criaturas que acechaban tras las
esquinas eran Seven y su cohorte de vampiros, dispuestos a provocar un susto
tonto.
Normalmente.
Aquella noche, ChangMin
percibía una amenaza real, y a cada paso que daba, frío, preciso, deseaba que
se manifestara. Quería luchar. Su cuerpo era un resorte a punto de saltar.
A menudo le atenazaba la sensación de tener que estar haciendo algo distinto,
pero en aquel instante estaba seguro de que en su vida fantasma también lucharía.
—Vamos —susurró a su
perseguidor invisible agachando la cabeza y acelerando el paso—. Tengo una
sorpresa para ti.
Se encontraba en Karlova, la
principal calle peatonal entre el puente y la plaza del casco viejo, y seguía
rodeado por una multitud de turistas. Se deslizó entre la gente con movimientos
rápidos y sin rumbo fijo, lanzando miradas a su espalda para intentar controlar
el miedo, más que para localizar a su acosador. En la intersección con un
tranquilo callejón, se desvió rápidamente a la izquierda, y se pegó contra el
muro. Conocía bien aquella zona. Estaba repleta de rincones en los que
ocultarse para las visitas guiadas de Seven. Justo delante de él, la fachada de
un edificio medieval creaba un hueco donde, en varias ocasiones, se había
ocultado vestido de fantasma. Se deslizó hacia las sombras para esconderse.
Y se encontró cara a cara con
una vampiresa.
—¡Oye! —Exclamó una voz aguda
al tiempo que ChangMin retrocedía, tambaleándose fuera de la sombra—. Dios mío
—añadió la voz—. Tú.
La vampiresa se apoyó contra la
pared y cruzó los brazos en actitud de superioridad.
Jessica. ChangMin se quedó boquiabierto al
ver a la chica. Era alta y delgada como una modelo y mostraba un tipo de
belleza cruel, que con la edad resultaría tenebrosa.
Tenía el rostro pintado de blanco y los ojos maquillados al estilo
gótico, con colmillos postizos y un hilillo de sangre en la comisura de sus
labios color rubí.
La vampiresa sexy de Seven
con capa negra y todo, y para colmo de males, apretujada en el escondite que
pretendía utilizar ChangMin.
Qué estúpido, se reprendió ChangMin a sí mismo. Era la hora de las
visitas turísticas y, por supuesto, los escondites de Seven estarían
abarrotados de actores. A menudo, cuando paseaba por el casco viejo, le
divertía encontrar fantasmas aburridos y recostados en las paredes enviando
mensajes de texto o escribiendo en Twitter mientras esperaban al siguiente
grupo de turistas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Jessica
con los labios fruncidos, como si notara olor a podrido. Era una de esas chicas
atractivas con la habilidad de parecer feas.
ChangMin volvió la vista hacia
Karlova, y luego miró adelante, a la siguiente curva del callejón donde podría
esconderse. Estaba demasiado lejos; no podía arriesgarse. Casi sentía cómo su
acosador se aproximaba.
—Si estás buscando a Seven, no
te molestes —le espetó Jessica alargando las palabras—. Me contó lo que le
hiciste.
Por Dios, pensó ChangMin. Como si algo de aquello importara
ahora.
—Jessica, cállate —le dijo, e
incrustó su cuerpo en el interior del hueco, empujando a la chica contra las
piedras.
Jessica gritó e intentó apartar
a ChangMin a empujones.
—Pero ¿qué haces, anormal?
—Te he dicho que te calles
—siseó ChangMin, pero Jessica no le hizo caso, así que sacó el cuchillo de la
manga y lo levantó. Tenía la punta curvada, como la uña de un gato, y el filo
lanzó un destello al reflejar la luz. Jessica emitió un pequeño grito y
enmudeció, pero no por mucho tiempo.
—Vale. Estoy segura de que me
vas a apuñalar…
—Escucha —le dijo ChangMin en
voz baja—. Cállate solo un minuto y arreglaré lo de tus estúpidas cejas.
Un silencio de sorpresa
precedió a un áspero «¿Qué?».
Jessicaa llevaba el flequillo muy largo, tanto que le rozaba los
ojos, y con tal cantidad de laca que apenas se movía, todo para ocultar sus
cejas, en las que ChangMin había gastado un shing
en un ataque de ira en la Navidad. Seguramente, aquellas cejas negras y espesas
bajo su flequillo no estaban favoreciendo mucho su carrera de modelo.
La expresión de Jessica se
debatía entre la confusión y la indignación. Era imposible que ChangMin hubiera
descubierto lo de sus cejas, siempre cuidadosamente tapadas. Supuso que ChangMin
la había estado espiando, pero a este no le importaba lo que ella pensara, solo
que permaneciera callada.
—Lo digo en serio —susurró—.
Pero solo si sigo vivo, así que cállate.
De Karlova llegaban voces
difuminadas, retazos de melodías de los cafés cercanos y ronroneo de motores.
No escuchaba pasos, pero eso no significaba nada. Los cazadores sabían moverse
con sigilo.
La cara de Jessica seguía
aterrorizada, pero permanecía callada, al menos de momento. ChangMin estaba
inmóvil, con los ojos fieros y atento a cualquier sonido.
Alguien se iba acercando.
Pisadas que parecían fantasmas de pisadas. En el callejón, apareció una sombra.
ChangMin contempló cómo se alargaba sobre el suelo, frente a él, a medida que
su dueño se aproximaba. Sus palmas palpitaron con intensidad; se aferró al
cuchillo y atisbó la sombra, tratando de identificar a su dueño.
Parpadeó y unas palabras
acudieron a su mente. No las de Bain, sino las de Razgut.
«Mi hermano serafín te estaba
buscando, encanto».
La sombra. La sombra tenía alas.
Oh Dios, el ángel. El pulso de
ChangMin se volvió frenético. La distracción de la advertencia de Bain
desapareció como una cortina de humo para descubrir lo que había estado allí
desde el principio: en las palmas de sus manos, una energía desbordante. Sus hamsas
estaban ardiendo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?
Dirigió una feroz mirada a Jessica
y articuló en silencio:
—Cállate.
Jessicaa dejó de gruñir.
Parecía asustada.
La sombra avanzaba, y tras
ella, el ángel. Miraba hacia delante, con intensidad. Sus alas permanecían
invisibles, sus ojos resplandecían en la penumbra, y ChangMin tuvo una clara
perspectiva de su perfil. Su belleza resultaba tan impresionante como la
primera vez que lo vio. Fiala, invocó a su profesora de dibujo, si pudieras
verlo. Cruzadas en la espalda, llevaba dos espadas envainadas; sin embargo, sus
brazos continuaban relajados a ambos lados del cuerpo, con las manos algo
levantadas y los dedos separados, como para mostrar que estaba desarmado.
Bien por ti, pensó ChangMin mientras apretaba el cuchillo con la
mano. Yo no voy desarmado.
El ángel pasó rozando el hueco.
ChangMin se preparó.
Y se abalanzó sobre él.
No tuvo que saltar para lograr
rodearle el cuello con el brazo —era más alto, al menos por unos 10 centímetros
o menos—, lo golpeó con fuerza y se tambaleó. Se aferró a él, notando al
instante lo que sus ojos no podían ver: el calor y el volumen de sus alas,
invisibles pero reales. Sintió también la calidez y la corpulencia de sus
hombros y sus brazos y, al colocar el cuchillo contra su garganta, estuvo totalmente
seguro de su enorme fuerza.
—¿Me buscabas?
—Espera… —respondió sin
realizar ningún movimiento ni tratar de desembarazarse de él.
—Espera —se burló ChangMin y, arrastrado por un impulso, presionó el ojo
tatuado en la palma de su otra mano contra el cuello del ángel.
Algo sucedió, como en
Marruecos, cuando lanzó por primera vez la magia desconocida de sus hamsas contra
él. Allí, lo había lanzado por los aires. Esta vez, su terrible fuerza no lo
golpeó, derribándolo, sino que penetró en su interior. Cuando el tatuaje
tocó su piel, ChangMin sintió un espasmo en el cuello del ángel que lo
estremeció y al mismo tiempo ascendió por el brazo de él hasta alcanzar lo más
profundo de su ser, llegando incluso a las raíces de sus dientes. Era
enloquecedor.
Horrible. Y lo estaba provocando
él.
Para el Ángel, fue mucho peor.
Los espasmos sacudieron su robusto cuerpo, hasta casi derribarlo. ChangMin
insistía. YooChun se ahogaba. Aquella estremecedora magia le provocaba una
sensación terrible y maligna —¿qué le estaba haciendo?—. Se tambaleó,
agitándose con violencia, y trató de retirar la mano de ChangMin, pero sus
dedos buscaban a tientas. Debajo de la hamsa, sentía la piel tirante y
caliente, muy caliente, muy caliente, y la temperatura no paraba de aumentar.
El calor de sus alas también se incrementaba, como una hoguera descontrolada.
Fuego, fuego invisible.
ChangMin no podía soportarlo.
Levantó la mano y tan pronto como la retiró, dolorido por el calor, él se
recuperó. Agarró la muñeca de ChangMin, lo giró con fuerza y lanzó su cuerpo
lejos de él.
ChangMin aterrizó con ligereza
y se volvió para mirarlo cara a cara.
Tenía los hombros caídos,
respiraba con dificultad y se sujetaba el cuello con la mano, al tiempo que le
observaba con sus ojos de tigre. Él se sentía clavado al suelo y, durante un
largo instante, solo pudo devolverle la mirada. Parecía dolorido. El
desconcierto había dibujado una arruga en su frente, como si tratara de
desentrañar un misterio.
Como si él fuera su
misterio.
El ángel se movió, y el
instante se descongeló. Levantó las manos, con gesto conciliador. Su proximidad
estremeció a ChangMin. Sus hamsas palpitaron. Su corazón, las puntas de
sus dedos, sus recuerdos: el golpe de una espada, Kishmish en llamas, los
portales convertidos en antorchas, Izîl aullando «Malak!» la última vez
que le vio.
Y cuando ChangMin alzó sus
manos, no fue de forma pacífica. En una apretaba el cuchillo, la otra desplegó
su ojo tatuado.
El serafín se estremeció y
retrocedió unos pasos, zarandeado por la hamsa.
—Espera —suplicó luchando
contra su fuerza—. No te haré ningún daño.
Una risa brotó de la garganta
de ChangMin. En ese momento, ¿quién era exactamente el que se encontraba en
peligro? Se sintió poderoso. Su vida fantasma había dejado de burlarse de él para
deslizarse bajo su piel y dominarlo. Esta era él en realidad: no la presa, sino
el predador.
ChangMin se lanzó hacia el ángel,
y él cayó de espaldas. ChangMin lo atacó de nuevo, él se replegó. En todos sus
años de entrenamiento, siempre había mantenido una posición ligeramente a la
defensiva. No así en esta ocasión. Se sentía fuerte, desenfrenado, y
descargó violentos golpes contra el pecho del ángel, sus piernas, incluso sus
manos levantadas en son de paz, y cada uno de ellos le recordaba la solidez de
aquel cuerpo —su profunda presencia—. Ángel o no —sin importar siquiera lo que
aquello significara—, no había nada etéreo en él. Era de carne y hueso.
—¿Por qué me estás siguiendo? —bramó ChangMin en idioma quimérico.
—No lo sé —respondió él.
ChangMin soltó una carcajada.
Aquello sonaba realmente divertido. Se sentía ligero como el viento, ágil como
el peligro. ChangMin atacaba con verdadera furia y él apenas se defendía, tan
solo esquivaba las cuchilladas y se encogía ante la fuerza de su hamsa descubierta.
—Pelea —dijo ChangMin entre
dientes al descargar un nuevo golpe, que él simplemente recibió.
No se defendió. En vez de
luchar, en la siguiente arremetida de ChangMin, alzó el vuelo, elevándose de
los adoquines fuera de su alcance.
—Solo quiero hablar contigo
—dijo desde lo alto.
ChangMin alzó la vista y miró
hacia donde se encontraba suspendido el ángel. La ráfaga de aire de sus aleteos
le revolvió el pelo alrededor de la cara en una salvaje maraña de mechones
azules.
ChangMin sonrió con fiereza y
se acuclilló.
—Hablemos entonces —respondió, y saltó para reunirse con él.
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