miércoles, 23 de octubre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 27

27.
DE PRESA A PREDADOR.

«Vivirás como una presa, pequeño».

Las palabras de Bain retumbaban en los oídos de ChangMin mientras paseaba la mirada a su alrededor, buscando rostros entre la multitud que le rodeaba. Se sentía al descubierto en medio del puente y ojeó la línea de tejados a ambas orillas del río, imaginando que el cazador le estaba apuntando con un rifle de mira telescópica.

Desechó la idea. Bain no se atrevería, ¿o sí? La sensación se desvaneció y ChangMin quiso convencerse de que se trataba únicamente de una paranoia. Sin embargo, a lo largo del día, reapareció y se evaporó de nuevo en forma de escalofríos repentinos, mientras Kyu bailaba una docena de veces más, ganando confianza en cada actuación, y la caja del violín de Siwon se llenaba una y otra vez, superando con mucho la recaudación esperada.

KyuHyun y Siwon trataron de convencer a ChangMin para que los acompañara a cenar, pero él rehusó la invitación poniendo como excusa el desfase horario, que por supuesto sufría, aunque no era su principal preocupación.

Tenía la certeza de que le estaban observando.

Rozó las palmas de sus manos con la yema de los dedos. Notaba un ligero picor que luego le subía por los brazos, y al abandonar el puente en dirección al laberinto adoquinado del casco viejo, supo que alguien le seguía. Se detuvo un momento y se arrodilló, simulando que se colocaba la bota mientras sacaba el cuchillo —el de siempre, ya que sus cuchillos de luna creciente nuevos descansaban en una caja en el piso— y lo deslizaba bajo la manga mirando hacia arriba y a su espalda.

No vio a nadie, y continuó su camino.

La primera vez que visitó Praga, se perdió por completo al recorrer aquellas calles.

Había pasado junto a una galería de arte y, unas manzanas después, había regresado sobre sus pasos para encontrarla, pero… fue incapaz. La ciudad se la había tragado y, de hecho, nunca había vuelto a verla. Aquel engañoso laberinto de callejones parecía un plano que variaba a su antojo: gárgolas que de puntillas cambiaban de ubicación; piedras que adquirían una nueva configuración cuando nadie estaba mirando, como si fueran piezas de un rompecabezas. Praga extasiaba, atrapaba, igual que un hada de cuento que engaña a los viajeros para que se internen en las profundidades de un bosque hasta quedar irremediablemente perdidos. Sin embargo, extraviarse en Praga resultaba una agradable aventura repleta de tiendas de marionetas y absenta, y las únicas criaturas que acechaban tras las esquinas eran Seven y su cohorte de vampiros, dispuestos a provocar un susto tonto.

Normalmente.

Aquella noche, ChangMin percibía una amenaza real, y a cada paso que daba, frío, preciso, deseaba que se manifestara. Quería luchar. Su cuerpo era un resorte a punto de saltar. A menudo le atenazaba la sensación de tener que estar haciendo algo distinto, pero en aquel instante estaba seguro de que en su vida fantasma también lucharía.

—Vamos —susurró a su perseguidor invisible agachando la cabeza y acelerando el paso—. Tengo una sorpresa para ti.

Se encontraba en Karlova, la principal calle peatonal entre el puente y la plaza del casco viejo, y seguía rodeado por una multitud de turistas. Se deslizó entre la gente con movimientos rápidos y sin rumbo fijo, lanzando miradas a su espalda para intentar controlar el miedo, más que para localizar a su acosador. En la intersección con un tranquilo callejón, se desvió rápidamente a la izquierda, y se pegó contra el muro. Conocía bien aquella zona. Estaba repleta de rincones en los que ocultarse para las visitas guiadas de Seven. Justo delante de él, la fachada de un edificio medieval creaba un hueco donde, en varias ocasiones, se había ocultado vestido de fantasma. Se deslizó hacia las sombras para esconderse.

Y se encontró cara a cara con una vampiresa.

—¡Oye! —Exclamó una voz aguda al tiempo que ChangMin retrocedía, tambaleándose fuera de la sombra—. Dios mío —añadió la voz—. Tú.

La vampiresa se apoyó contra la pared y cruzó los brazos en actitud de superioridad.
Jessica. ChangMin se quedó boquiabierto al ver a la chica. Era alta y delgada como una modelo y mostraba un tipo de belleza cruel, que con la edad resultaría tenebrosa.
Tenía el rostro pintado de blanco y los ojos maquillados al estilo gótico, con colmillos postizos y un hilillo de sangre en la comisura de sus labios color rubí.
La vampiresa sexy de Seven con capa negra y todo, y para colmo de males, apretujada en el escondite que pretendía utilizar ChangMin.
Qué estúpido, se reprendió ChangMin a sí mismo. Era la hora de las visitas turísticas y, por supuesto, los escondites de Seven estarían abarrotados de actores. A menudo, cuando paseaba por el casco viejo, le divertía encontrar fantasmas aburridos y recostados en las paredes enviando mensajes de texto o escribiendo en Twitter mientras esperaban al siguiente grupo de turistas.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Jessica con los labios fruncidos, como si notara olor a podrido. Era una de esas chicas atractivas con la habilidad de parecer feas.

ChangMin volvió la vista hacia Karlova, y luego miró adelante, a la siguiente curva del callejón donde podría esconderse. Estaba demasiado lejos; no podía arriesgarse. Casi sentía cómo su acosador se aproximaba.

—Si estás buscando a Seven, no te molestes —le espetó Jessica alargando las palabras—. Me contó lo que le hiciste.

Por Dios, pensó ChangMin. Como si algo de aquello importara ahora.

—Jessica, cállate —le dijo, e incrustó su cuerpo en el interior del hueco, empujando a la chica contra las piedras.

Jessica gritó e intentó apartar a ChangMin a empujones.

—Pero ¿qué haces, anormal?

—Te he dicho que te calles —siseó ChangMin, pero Jessica no le hizo caso, así que sacó el cuchillo de la manga y lo levantó. Tenía la punta curvada, como la uña de un gato, y el filo lanzó un destello al reflejar la luz. Jessica emitió un pequeño grito y enmudeció, pero no por mucho tiempo.

—Vale. Estoy segura de que me vas a apuñalar…

—Escucha —le dijo ChangMin en voz baja—. Cállate solo un minuto y arreglaré lo de tus estúpidas cejas.

Un silencio de sorpresa precedió a un áspero «¿Qué?».

Jessicaa llevaba el flequillo muy largo, tanto que le rozaba los ojos, y con tal cantidad de laca que apenas se movía, todo para ocultar sus cejas, en las que ChangMin había gastado un shing en un ataque de ira en la Navidad. Seguramente, aquellas cejas negras y espesas bajo su flequillo no estaban favoreciendo mucho su carrera de modelo.
La expresión de Jessica se debatía entre la confusión y la indignación. Era imposible que ChangMin hubiera descubierto lo de sus cejas, siempre cuidadosamente tapadas. Supuso que ChangMin la había estado espiando, pero a este no le importaba lo que ella pensara, solo que permaneciera callada.

—Lo digo en serio —susurró—. Pero solo si sigo vivo, así que cállate.

De Karlova llegaban voces difuminadas, retazos de melodías de los cafés cercanos y ronroneo de motores. No escuchaba pasos, pero eso no significaba nada. Los cazadores sabían moverse con sigilo.

La cara de Jessica seguía aterrorizada, pero permanecía callada, al menos de momento. ChangMin estaba inmóvil, con los ojos fieros y atento a cualquier sonido.
Alguien se iba acercando. Pisadas que parecían fantasmas de pisadas. En el callejón, apareció una sombra. ChangMin contempló cómo se alargaba sobre el suelo, frente a él, a medida que su dueño se aproximaba. Sus palmas palpitaron con intensidad; se aferró al cuchillo y atisbó la sombra, tratando de identificar a su dueño.

Parpadeó y unas palabras acudieron a su mente. No las de Bain, sino las de Razgut.

«Mi hermano serafín te estaba buscando, encanto».

La sombra. La sombra tenía alas.

Oh Dios, el ángel. El pulso de ChangMin se volvió frenético. La distracción de la advertencia de Bain desapareció como una cortina de humo para descubrir lo que había estado allí desde el principio: en las palmas de sus manos, una energía desbordante. Sus hamsas estaban ardiendo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Dirigió una feroz mirada a Jessica y articuló en silencio:

—Cállate.

Jessicaa dejó de gruñir. Parecía asustada.

La sombra avanzaba, y tras ella, el ángel. Miraba hacia delante, con intensidad. Sus alas permanecían invisibles, sus ojos resplandecían en la penumbra, y ChangMin tuvo una clara perspectiva de su perfil. Su belleza resultaba tan impresionante como la primera vez que lo vio. Fiala, invocó a su profesora de dibujo, si pudieras verlo. Cruzadas en la espalda, llevaba dos espadas envainadas; sin embargo, sus brazos continuaban relajados a ambos lados del cuerpo, con las manos algo levantadas y los dedos separados, como para mostrar que estaba desarmado.

Bien por ti, pensó ChangMin mientras apretaba el cuchillo con la mano. Yo no voy desarmado.

El ángel pasó rozando el hueco.

ChangMin se preparó.

Y se abalanzó sobre él.

No tuvo que saltar para lograr rodearle el cuello con el brazo —era más alto, al menos por unos 10 centímetros o menos—, lo golpeó con fuerza y se tambaleó. Se aferró a él, notando al instante lo que sus ojos no podían ver: el calor y el volumen de sus alas, invisibles pero reales. Sintió también la calidez y la corpulencia de sus hombros y sus brazos y, al colocar el cuchillo contra su garganta, estuvo totalmente seguro de su enorme fuerza.

—¿Me buscabas?

—Espera… —respondió sin realizar ningún movimiento ni tratar de desembarazarse de él.

Espera —se burló ChangMin  y, arrastrado por un impulso, presionó el ojo tatuado en la palma de su otra mano contra el cuello del ángel.

Algo sucedió, como en Marruecos, cuando lanzó por primera vez la magia desconocida de sus hamsas contra él. Allí, lo había lanzado por los aires. Esta vez, su terrible fuerza no lo golpeó, derribándolo, sino que penetró en su interior. Cuando el tatuaje tocó su piel, ChangMin sintió un espasmo en el cuello del ángel que lo estremeció y al mismo tiempo ascendió por el brazo de él hasta alcanzar lo más profundo de su ser, llegando incluso a las raíces de sus dientes. Era enloquecedor.

Horrible. Y lo estaba provocando él.

Para el Ángel, fue mucho peor. Los espasmos sacudieron su robusto cuerpo, hasta casi derribarlo. ChangMin insistía. YooChun se ahogaba. Aquella estremecedora magia le provocaba una sensación terrible y maligna —¿qué le estaba haciendo?—. Se tambaleó, agitándose con violencia, y trató de retirar la mano de ChangMin, pero sus dedos buscaban a tientas. Debajo de la hamsa, sentía la piel tirante y caliente, muy caliente, muy caliente, y la temperatura no paraba de aumentar. El calor de sus alas también se incrementaba, como una hoguera descontrolada.

Fuego, fuego invisible.
ChangMin no podía soportarlo. Levantó la mano y tan pronto como la retiró, dolorido por el calor, él se recuperó. Agarró la muñeca de ChangMin, lo giró con fuerza y lanzó su cuerpo lejos de él.

ChangMin aterrizó con ligereza y se volvió para mirarlo cara a cara.

Tenía los hombros caídos, respiraba con dificultad y se sujetaba el cuello con la mano, al tiempo que le observaba con sus ojos de tigre. Él se sentía clavado al suelo y, durante un largo instante, solo pudo devolverle la mirada. Parecía dolorido. El desconcierto había dibujado una arruga en su frente, como si tratara de desentrañar un misterio.

Como si él fuera su misterio.

El ángel se movió, y el instante se descongeló. Levantó las manos, con gesto conciliador. Su proximidad estremeció a ChangMin. Sus hamsas palpitaron. Su corazón, las puntas de sus dedos, sus recuerdos: el golpe de una espada, Kishmish en llamas, los portales convertidos en antorchas, Izîl aullando «Malak!» la última vez que le vio.

Y cuando ChangMin alzó sus manos, no fue de forma pacífica. En una apretaba el cuchillo, la otra desplegó su ojo tatuado.

El serafín se estremeció y retrocedió unos pasos, zarandeado por la hamsa.

—Espera —suplicó luchando contra su fuerza—. No te haré ningún daño.

Una risa brotó de la garganta de ChangMin. En ese momento, ¿quién era exactamente el que se encontraba en peligro? Se sintió poderoso. Su vida fantasma había dejado de burlarse de él para deslizarse bajo su piel y dominarlo. Esta era él en realidad: no la presa, sino el predador.

ChangMin se lanzó hacia el ángel, y él cayó de espaldas. ChangMin lo atacó de nuevo, él se replegó. En todos sus años de entrenamiento, siempre había mantenido una posición ligeramente a la defensiva. No así en esta ocasión. Se sentía fuerte, desenfrenado, y descargó violentos golpes contra el pecho del ángel, sus piernas, incluso sus manos levantadas en son de paz, y cada uno de ellos le recordaba la solidez de aquel cuerpo —su profunda presencia—. Ángel o no —sin importar siquiera lo que aquello significara—, no había nada etéreo en él. Era de carne y hueso.

—¿Por qué me estás siguiendo? —bramó ChangMin en idioma quimérico.
—No lo sé —respondió él.

ChangMin soltó una carcajada. Aquello sonaba realmente divertido. Se sentía ligero como el viento, ágil como el peligro. ChangMin atacaba con verdadera furia y él apenas se defendía, tan solo esquivaba las cuchilladas y se encogía ante la fuerza de su hamsa descubierta.

—Pelea —dijo ChangMin entre dientes al descargar un nuevo golpe, que él simplemente recibió.

No se defendió. En vez de luchar, en la siguiente arremetida de ChangMin, alzó el vuelo, elevándose de los adoquines fuera de su alcance.

—Solo quiero hablar contigo —dijo desde lo alto.

ChangMin alzó la vista y miró hacia donde se encontraba suspendido el ángel. La ráfaga de aire de sus aleteos le revolvió el pelo alrededor de la cara en una salvaje maraña de mechones azules.

ChangMin sonrió con fiereza y se acuclilló.


—Hablemos entonces —respondió, y saltó para reunirse con él.

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