5.
OTRA PARTE.
Kishmish remontó el vuelo y se
alejó aleteando. ChangMin lo observó, mientras deseaba poder seguirlo, y se
preguntó cuál sería la magnitud del deseo necesario para dotarle con la
capacidad de volar.
Uno mucho más poderoso de lo
que jamás podría conseguir.
Rain no se mostraba mezquino
con los scuppies. Le permitía rellenar su collar tantas veces como
quisiera con cuentas guardadas en tazas de té desconchadas, y los recados que
realizaba para él se los pagaba con shings de bronce. Un shing equivalía
a un deseo mayor, y podía conseguir más que un scuppy —buen ejemplo de
ello fueron las cejas de oruga de Jessica, así como eliminar el tatuaje y conseguir su pelo azulado—; sin embargo, nunca había caído en sus
manos un deseo que pudiera realizar verdadera magia. Nunca lo conseguiría, a
menos que se lo ganara, y sabía demasiado bien cómo obtenían los humanos esos
deseos. Principalmente, cazando, asaltando tumbas y asesinando.
Ah, y había otra manera más:
una curiosa forma de auto-mutilación que requería unas tenazas y un profundo
convencimiento.
No era como en los libros de
cuentos. No había brujas disfrazadas de ancianas merodeando por los cruces de
caminos y esperando recompensar a los viajeros que compartieran su comida. Los
genios no salían de las lámparas, y no existían peces parlanchines que
concedieran deseos a cambio de salvar su vida. Solo había un lugar en el mundo
donde los seres humanos podían conseguir sus deseos: la tienda de Bi Rain, y él
solo aceptaba un tipo de moneda. No había que pagar oro, resolver acertijos o
mostrar bondad, ni ninguna otra tontería de los cuentos de hadas, y no, tampoco
se trataba de entregar el alma. Era más extraño que todo eso.
Rain cobraba su precio en dientes.
ChangMin cruzó el puente de
Carlos y tomó el tranvía en dirección norte, hacia el barrio judío, un gueto
medieval que posteriormente se había llenado de hermosos bloques de
apartamentos de estilo art nouveau. Su destino era una puerta de servicio situada
en la parte trasera de uno de aquellos edificios. Aquella sencilla puerta
metálica no parecía especial, y de hecho no lo era. Si se abría desde fuera,
daba acceso a una lavandería mohosa. Pero ChangMin no la abrió. Golpeó con los
nudillos y esperó, porque cuando la puerta se abría desde dentro, tenía
la capacidad de conducir a un lugar bastante distinto.
La puerta se movió y apareció
BoAh, con el mismo aspecto que mostraba en los cuadernos de bocetos de
ChangMin, como una diosa serpiente en un templo antiguo. Su cuerpo enroscado
permanecía oculto en las sombras de un pequeño vestíbulo.
—Bendiciones, querido.
—Bendiciones —respondió
ChangMin con cariño, y le besó en la mejilla—. ¿Ha regresado Kishmish?
—Así es —afirmó BoAh—, y
parecía un témpano de hielo sobre mi hombro. Vamos, entra. En tu ciudad hace
demasiado frío.
La guardiana del umbral invitó
a ChangMin a entrar, cerró la puerta después de entrar, quedando a solas en un espacio del tamaño de un armario.
El acceso exterior del vestíbulo debía quedar sellado antes de abrir el
interior, del mismo modo que las puertas de seguridad de los aviarios, que
evitan que los pájaros se escapen. Solo que, en este caso, no se trataba de
aves.
—¿Qué tal el día, cariño?
BoAh llevaba media docena de
serpientes repartidas por el cuerpo: en los brazos, deslizándose por su cabello
y una en torno a su delgada cintura, como el cinturón de una bailarina de danza
del vientre. Todo el que quería entrar debía acceder a colocarse una de
aquellas serpientes alrededor del cuello antes de que la puerta interior se
abriera. Como es de suponer, todos excepto ChangMin. Él era el único ser humano
que accedía a la tienda sin un collar de serpiente. Era de confianza. Después
de todo, había crecido en aquel lugar.
—No veas qué día —Suspiró
ChangMin—. No te vas a creer lo que ha hecho Seven. Se ha presentado como
modelo en mi clase de dibujo.
Por supuesto, BoAh nunca había
visto a Seven, pero le conocía por
el mismo medio que Seven sabía de ella: los cuadernos de bocetos de ChangMin.
La diferencia radicaba en que mientras Seven pensaba que BoAh y sus pechos
perfectos habían surgido de la imaginación de ChangMin, BoAh sabía que Seven
era real.
BoAh, Twiga y Yasri mostraban
la misma admiración por los cuadernos de dibujo de ChangMin que sus amigos
humanos, pero por una razón distinta. Disfrutaban contemplando escenas
corrientes: turistas apiñados bajo paraguas, muchachas en balcones, niños
jugando en el parque. Y BoAh mostraba especial fascinación por los desnudos.
Para ella, el cuerpo humano —uniforme y sin mezclas con otras especies—
representaba una oportunidad desaprovechada. Siempre estaba examinando a
ChangMin y haciendo comentarios como: «Te quedarían fenomenal unos cuernos,
cariño» o «Serías una serpiente perfecta», del mismo modo que un ser humano
te podría sugerir un nuevo corte de pelo o un tono de pintalabios.
Los ojos de BoAh se encendieron
de furia.
—¿Quieres decir que fue a tu
escuela? ¡Ese maldito pastel de roedor! ¿Le dibujaste? Enséñamelo —indignada o
no, nunca perdía la oportunidad de contemplar a Seven desnudo.
ChangMin sacó su cuaderno y lo
abrió.
—Has garabateado sobre la mejor
parte —se quejó BoAh.
—Te lo aseguro, no es para
tanto.
BoAh se cubrió la boca con la
mano y soltó una risita, al tiempo que la puerta de la tienda se abría con un
chirrido, permitiéndoles la entrada. ChangMin franqueó el umbral y, como
siempre, sintió una ligera sensación de náusea al realizar la transición.
Acababa de abandonar Praga.
Aunque había crecido en la
tienda de Rain, aún no comprendía dónde se encontraba, solo que se podía
acceder desde puertas repartidas por todo el mundo y que conducían hasta aquel
mismo lugar. Cuando era niño, solía preguntar a Rain cuál era la ubicación
exacta del «aquí», pero solo recibía una brusca respuesta: «En otra parte».
A Rain no le entusiasmaban las
preguntas.
Dondequiera que estuviera ubicada, la tienda, una estancia sin
ventanas y abarrotada de estanterías, parecía el vertedero del ratoncito Pérez
—siempre que este traficara con dientes de todas las especies—. Dientes de
víbora, colmillos, molares de elefante mellados, enormes incisivos anaranjados
de roedores exóticos de la selva, todos ellos guardados en tarros y arcones de
boticario, enfilados en hileras colgadas de ganchos, y precintados en cientos
de botes que sonaban como maracas.
El techo era abovedado, como el
de una cripta, y entre las sombras correteaban pequeñas criaturas que arañaban
la piedra con sus diminutas garras. Al igual que Kishmish, eran seres híbridos
de distintas especies: escorpión y ratón, gecónido y cangrejo, escarabajo y
rata. En los rincones húmedos alrededor de los desagües había caracoles con cabeza
de rana o toro, y por el aire, los omnipresentes colibríes con alas de polilla
que se arremolinaban en torno a los faroles y emitían al aletear un crujido
semejante al de una cadena de cobre.
En una esquina se hallaba Twiga
inclinado sobre su trabajo, con su largo y desgarbado cuello curvo como una
herradura mientras limpiaba los dientes y los ribeteaba de oro antes de
ensartarlos con cuerdas de tripa. Un traqueteo surgió del rincón de la cocina,
el dominio de Yasri.
Y hacia la izquierda, tras un enorme
escritorio de roble, se hallaba el mismísimo Bi Rain. Kishmish descansaba en su
lugar de costumbre, el cuerno derecho de su dueño, y extendidas sobre la mesa
había bandejas con dientes y pequeños cofres con piedras preciosas. Rain los
estaba engarzando y no levantó la vista.
—ChangMin —dijo—. Creí haber
escrito «misión que requiere atención inmediata».
—Por eso he venido
inmediatamente.
—Has tardado… —consultó su
reloj de bolsillo— cuarenta minutos.
—He tenido que atravesar la
ciudad. Si quieres que me desplace más deprisa, dame alas, y entonces vendré
echando una carrera a Kishmish. O dame un gavriel, y yo misma desearé
poder volar.
Un gavriel era el
segundo deseo más poderoso, sin duda suficiente para conceder la capacidad de
volar. Sin distraerse de su trabajo, Rain replicó:
—No creo que un chico volador pasara desapercibido en tu ciudad.
—Eso es fácil de resolver
—respondió Karou—. Dame dos gavriels, y pediré también invisibilidad.
Rain levantó la vista. Tenía ojos de cocodrilo, de un color dorado
lúteo y alargadas pupilas verticales, y por su expresión no parecía contento. ChangMin
tenía la certeza de que no le entregaría ningún gavriel, así que no los pedía
movido por la esperanza de conseguirlos, sino porque la queja de Rain era
totalmente injusta. ¿No había acudido corriendo tan pronto como él le había
llamado?
—¿Podría confiar en ti si te
diera esos gavriels? —inquirió él.
—Por supuesto que sí. ¿Por qué
me preguntas eso?
Sintió que Rain le estaba
evaluando, como si repasara mentalmente los deseos que había pedido.
Pelo azul: frívolo.
Desaparición de granos:
vanidoso.
Apagar el interruptor de la
luz para no tener que levantarse de la cama: perezoso.
Brimstone comentó:
—Tu collar se ha reducido
bastante. ¿Has tenido un día complicado?
ChangMin se apresuró a cubrirlo
con la mano, pero era demasiado tarde.
—¿Tienes que darte cuenta de
todo?
Sin duda, aquel viejo diablo
había descubierto, de algún modo, el uso exacto que había dado a aquellos scuppies
y lo estaba añadiendo a su lista mental.
Provocar picores en lugares
comprometidos a su ex novio: vengativo.
—Tal mezquindad es indigna de
ti, ChangMin.
—Se lo merecía —replicó
olvidando la vergüenza previa. Como había afirmado KyuHyun, el mal comportamiento debía ser castigado. ChangMin añadió—:
Además, tú nunca preguntas a tus traficantes a qué van a dedicar sus deseos, y
estoy seguro de que los utilizan para fines mucho peores que provocar picores.
—Desearía que fueras mejor que
ellos —respondió Rain.
—¿Estás sugiriendo que no lo
soy?
Entre los traficantes de dientes que acudían a la tienda se
incluían, con escasas excepciones, los peores especímenes que el género humano
podía ofrecer. Rain contaba con un reducido número de fieles colaboradores que no
revolvían las tripas a ChangMin —como aquella traficante de diamantes jubilada
que había simulado ser su abuela en varias ocasiones para matricularle en las
escuelas—; sin embargo, la mayoría de ellos eran personajes repugnantes y
desalmados con restos de sangre bajo las uñas. Asesinaban, mutilaban y llevaban
unas tenazas en el bolsillo para arrancar los dientes a los muertos, y en
ocasiones, a los vivos. ChangMin los aborrecía, y estaba seguro de ser mejor
que ellos.
—Demuéstramelo, utilizando los
deseos para buenos fines —le dijo Rain.
Molesto, ChangMin le espetó:
—¿Quién eres tú para exigirme buenos
actos? —y señaló el collar que Rain agarraba con firmeza entre las garras.
Dientes de cocodrilo, aportados seguramente por el somalí, colmillos de lobo,
molares de caballo y cuentas de hematites—. Me pregunto cuántos animales han
muerto hoy en el mundo por tu culpa. Sin mencionar a las personas.
BoAh ahogó un grito de sorpresa
y ChangMin supo que debería callarse, pero su boca no dejaba de moverse.
—No, de verdad. Tú negocias con
asesinos, pero no tienes que contemplar los cadáveres que dejan a su paso. Tú
permaneces aquí, como un trol…
—ChangMin —Dijo Rain.
—Sin embargo, yo los he visto, montones
de muertos con las bocas ensangrentadas. Aquellas chicas con las bocas
llenas de sangre. No podré olvidarlas en toda mi vida. Y todo para qué. ¿Qué
haces con esos dientes? Si al menos me lo contaras, tal vez podría
comprenderlo. Debe de haber alguna razón…
—ChangMin —Repitió Rain.
No fue necesario que le mandara callar, su voz transmitía aquella orden con
suficiente claridad, pero además se levantó de golpe de la silla.
ChangMin cerró la boca.
En ocasiones, quizás la
mayoría, olvidaba mirar a Rain. Le resultaba tan familiar que cuando lo
tenía delante, no veía una bestia, sino la criatura que, por razones
desconocidas, le había criado desde que era un bebé, y con cierta ternura. Aun
así, a veces le dejaba sin habla, como cuando empleaba aquel tono de voz que se
deslizaba como un siseo hasta lo más profundo de su mente, para descubrirle la
verdadera y terrible naturaleza de aquel ser.
Rain era un monstruo.
Si BoAh, Twiga, Yasri o el
propio Rain abandonaran la tienda, los seres humanos los llamarían así:
monstruos. Tal vez demonios, o diablos. Ellos se denominaban a sí mismos
«quimeras».
Los brazos y el robusto torso
eran las únicas partes humanas del cuerpo de Brimstone, aunque estaban
cubiertas por un tejido con más aspecto de cuero que de piel. Sus fuertes
pectorales aparecían surcados de antiguas cicatrices, uno de los pezones había
desaparecido por completo y en los hombros y la espalda mostraba más heridas:
un entramado de arrugados dibujos en blanco. De cintura para abajo era otra
cosa. Las piernas, cubiertas de pelo color dorado suave, se tensaban con
músculos leoninos, pero, en vez de terminar en las zarpas almohadilladas de un
felino, acababan en unos siniestros pies con garras que podían ser de lagarto o
quizás, aventuró ChangMin, de dragón.
Y luego estaba la cabeza, que
se asemejaba a la de un carnero, pero sin pelo y con el mismo cuero duro que
cubría el resto de su cuerpo. Tenía escamas en torno a la achatada nariz ovina
y ojos de reptil, además de unos gigantescos y amarillentos cuernos de carnero
que se enroscaban a ambos lados del cráneo.
Colgadas de una cadena, portaba
varias lupas de joyero cuyas oscuras monturas de color dorado constituían el
único ornamento de su persona, sin mencionar el otro objeto que rodeaba su
cuello, sin brillo alguno que atrajera la mirada. Era un viejo hueso de la
suerte que descansaba sobre su garganta. ChangMin ignoraba por qué lo llevaba y
solo sabía que tenía prohibido tocarlo, lo que había incrementado su deseo de
hacerlo. Cuando era un bebé y Rain le mecía en sus rodillas, alzaba las manos
para agarrarlo, pero él reaccionaba con rapidez. ChangMin solo había logrado
rozarlo con la punta de los dedos.
Ahora que había crecido, su
comportamiento se había vuelto más decoroso, aunque en ocasiones todavía
deseaba ansiosamente coger aquel colgante. No en aquel momento, por supuesto.
Intimidado por la brusca reacción de Rain, sintió que su rebeldía se atenuaba.
Dio un paso atrás y preguntó, con voz apagada:
—Entonces, ¿cuál es ese recado
urgente? ¿Dónde necesitas que vaya?
Rain le lanzó un maletín
repleto de billetes de varios colores, que resultaron ser euros. Un montón de
euros.
—París —Respondió Rain—.
Diviértete.
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