21.
LA ESPERANZA REALIZA SU PROPIA MAGIA.
Una vez, cuando era pequeño,
ChangMin empleó un puñado de scuppies para eliminar las arrugas de un
dibujo sobre el que se había sentado Yasri. Una arruga tras otra, un deseo tras
otro —un procedimiento minucioso que realizó con absoluta concentración y con
la lengua en la comisura de los labios—.
— ¡Ya está! —afirmó orgulloso
levantando el dibujo.
Rain emitió un sonido que
recordaba a un oso decepcionado.
— ¿Qué pasa? —Preguntó aquel
niño de ocho años, con los ojos y el pelo castaño y tan delgado como la sombra
de un árbol joven—. Es un buen dibujo. Merecía ser rescatado.
El dibujo era realmente
bueno, y en él aparecía ChangMin representado como una quimera, con alas de
murciélago y cola de zorro.
BoAh dio palmas de alegría.
—Estarías hermoso con una cola
de zorro. Rain, ¿puede ponerse una cola, solo por hoy?
ChangMin hubiera preferido las
alas, pero no conseguiría ninguna de las dos cosas. El Traficante de Deseos,
con expresión de fastidio, musitó un cansado «No».
BoAh no suplicó. Simplemente se
encogió de hombros, besó la frente de ChangMin y colocó el dibujo con
chinchetas en un lugar preferente. Pero ChangMin se había quedado con la idea,
así que preguntó:
— ¿Por qué no? Solo se
necesitaría un lucknow.
— ¿Solo? —Repitió Rain—. ¿Y qué
sabes tú del valor de los deseos?
Él recitó la escala de deseos
sin respirar.
—¡Scuppy, shing, lucknow,
gavriel y bruxis!
Aparentemente, aquello no era a
lo que Rain se refería. De nuevo emitió aquellos sonidos de oso decepcionado,
como gruñidos nasales, y añadió:
—Pequeño, los deseos no se utilizan para tonterías.
— ¿Y para qué los usas tú?
—Para nada —respondió—. Yo no pido
deseos.
—¿Cómo? —aquella
afirmación le dejó perplejo—. ¿Nunca? — ¡con toda aquella magia al alcance de
la mano!—. Pero podrías conseguir todo lo que quisieras…
—No todo. Hay cosas más grandes
que cualquier deseo.
—¿Cómo qué?
—La mayoría de las cosas
importantes.
—Pero un bruxis…
—Un bruxis tiene sus
limitaciones, como cualquier otro deseo.
Un colibrí con alas de polilla
voló a trompicones hacia la luz y Kishmish abandonó el cuerno de Rain, lo
atrapó en el aire y se lo tragó entero. Y simplemente así, la criatura dejó de
existir. Estaba allí, y al instante ya no. ChangMin sintió un nudo en el
estómago al considerar la posibilidad de desaparecer tan de repente.
—Yo tengo esperanza, pequeño,
pero no pido deseos. Existe una diferencia —dijo Rain mientras le miraba.
ChangMin dio vueltas en la
cabeza a aquella afirmación, pensando que si lograba descubrir la diferencia,
tal vez impresionaría a Rain. Se le ocurrió algo, e intentó transformarlo en
palabras.
—Porque la esperanza sale de tu
interior, y los deseos son solo magia.
—Los deseos son engañosos; sin
embargo, la esperanza es sincera. La esperanza realiza su propia magia.
Había asentido con la cabeza
como si lo hubiera comprendido, pero no lo entendió entonces, ni lo entendía
ahora, tres meses después de que los portales se hubieran incendiado,
arrancándole la mitad de su vida. Había regresado a la puerta de Josefov al menos
una docena de veces. Había sido sustituida por otra, al igual que el muro
circundante, y presentaba un aspecto demasiado limpio, demasiado nuevo para el
entorno. ChangMin había llamado a la puerta con esperanza; había confiado en sí
mismo hasta la extenuación, pero nada. Y otra vez, y otra vez: nada.
Cualquiera que fuera la magia
contenida en la esperanza, pensó, no se podía comparar con la de un buen deseo.
Ahora se encontraba frente a
otra puerta, la de una cabaña de caza en un lugar perdido de Idaho, y ni
siquiera se molestó en llamar. Simplemente la abrió de una patada.
—Hola —saludó con voz intensa y
severa, como su sonrisa—. Hacía mucho que no nos veíamos.
Dentro de la cabaña, Bain, el
cazador, alzó la mirada sorprendido. Estaba limpiando una escopeta sobre una
mesa, y se puso rápidamente en pie.
—Tú. ¿Qué quieres?
No llevaba camisa, lo que
dejaba al descubierto una enorme y flácida barriga blancuzca, y su poblada
barba caía en mechones sobre su pecho. ChangMin pudo percibir desde el extremo
opuesto de la estancia su desagradable olor, agrio como la madriguera de un
ratón.
Entró en la cabaña sin esperar
a que le invitara. Iba vestido de negro: pantalones de lana ajustados, botas y
una gabardina de cuero con cinturón. Llevaba un bolso colgado en bandolera, el
cabello bastante desaliñado. Parecía cansado. Estaba cansado.
— ¿Has matado algo interesante
últimamente?
— ¿Sabes algo? —Preguntó Bain—.
¿Se han vuelto a abrir las puertas?
—No. Nada de eso.
ChangMin hablaba con suavidad,
como si se tratara de una visita de cortesía. Por supuesto, era todo una farsa.
Nunca había acudido a aquel lugar, ni siquiera cuando hacía recados para Rain.
Bain siempre había ido personalmente a la tienda.
—No ha sido fácil encontrarte
—añadió. Bain vivía de espaldas al mundo moderno; en lo que respectaba a
Internet, simplemente no existía. ChangMin había invertido varios deseos en
encontrar su rastro; deseos de escaso valor que había arrebatado a otros
traficantes.
Paseó los ojos por la habitación. Un sofá de cuadros escoceses,
algunas cabezas de alce disecadas colgadas en la pared y una silla abatible de
cuero sintético pegada con cinta adhesiva. Por la ventana se colaba el murmullo
de un generador, y la estancia estaba iluminada con una única bombilla.
ChangMin sacudió la cabeza.
— ¿Tienes gavriels con
los que jugar y vives en un vertedero como este? Madre mía.
— ¿Qué quieres? —preguntó Bain
receloso—. ¿Dientes?
— ¿Yo? No —se sentó en el borde
de la silla abatible y, sin perder aquella expresión intensa y severa, añadió—:
No son dientes lo que quiero.
—Entonces, ¿qué?
El rostro de ChangMin perdió la
sonrisa, como accionado por un interruptor.
—Creo que puedes imaginártelo.
Transcurrió un instante y Bain
replicó:
—No tengo ninguno. Los utilicé
todos.
— ¿Sabes?, creo que no me fío
de ti.
Bain señaló la habitación,
recorriéndola con un gesto.
—Echa un vistazo. Adelante.
—Veamos, la cuestión es que sé
dónde los guardas.
El cazador se quedó paralizado,
y ChangMin miró de reojo la escopeta colocada sobre la mesa. Estaba desmontada,
no suponía ningún peligro. Consideró la posibilidad de que tuviera otra arma al
alcance de la mano. Seguramente. No era la clase de tío que confiaba su vida a
una sola.
Bain movió los dedos de manera
casi imperceptible.
ChangMin sintió en las manos
cómo se le aceleraba el pulso.
Él se abalanzó sobre el sofá,
pero ChangMin ya estaba en movimiento, saltó con agilidad por encima de la
mesa, como en un baile, interceptó la cabeza de Bain con la palma de la mano y
la lanzó contra la pared. Con un gruñido, Bain se desplomó sobre el sofá, y
durante un instante quedó libre para rebuscar frenéticamente con ambas manos
entre los cojines, hasta que halló lo que buscaba.
Se dio la vuelta, con una
pistola en alto. ChangMin le agarró la muñeca con una mano y la barba con la
otra. Sonó un disparo y el arma escupió una bala por encima de su cabeza. ChangMin
apoyó un pie en el sofá, arrastró a Bain de la barba y le lanzó contra el
suelo. La mesa se volcó y las piezas de la escopeta rodaron desperdigadas. Con
la muñeca de Bain aún aprisionada y la pistola apuntando hacia otro lado, ChangMin
estrujó el antebrazo del hombre con su rodilla, hasta oír un crujir de huesos.
Bain soltó un alarido y dejó caer el arma. ChangMin la recogió y apretó el
cañón contra el ojo del cazador.
—Te voy a perdonar este desliz
—dijo—. Me imagino que desde tu punto de vista todo esto apesta. Pero yo no
creo que esté tan mal.
Bain respiraba con dificultad y
le miraba con ojos asesinos. De cerca, olía a rancio. Sin retirar la pistola de
su ojo, ChangMin se armó de valor y alargó la mano hacia la grasienta barba
para hurgar en ella. Al instante su mano palpó algo metálico. Así que era
cierto. Bain escondía sus deseos en la barba.
ChangMin sacó el cuchillo que
guardaba en la bota.
—¿Quieres saber cómo lo
descubrí? —Preguntó. Bain había agujereado las monedas de los deseos para
atarlas con los asquerosos pelos de su barba. ChangMin fue cortando aquellas
amarras una a una—. Fue Avigeth. ¿La serpiente? Tuvo que enroscarse a tu
repugnante cuello, ¿te acuerdas? No sentí ninguna envidia. ¿Pensaste que
no le contaría a BoAh lo que habías escondido en esta desagradable pelambrera?
ChangMin se estremeció al
recordar aquellas noches tranquilas en la tienda, sentada en el suelo con las
piernas cruzadas, dibujando a BoAh y charlando mientras las herramientas de
Twiga zumbaban en un rincón y Rain enfilaba sus interminables collares de
dientes. ¿Qué estaría sucediendo allí ahora?
¿Qué?
Los deseos de Bain eran en su
mayoría shings. No obstante, había también algunos lucknows, y lo
mejor de todo, dos gavriels pesados como martillos. Era un buen botín.
Muy bueno, en realidad. De los demás traficantes a los que había visitado hasta
ese momento, solo había conseguido lucknows y shings.
—Deseaba con todas mis fuerzas
que no los hubieras gastado todavía —dijo ChangMin —. Gracias. Sinceramente, gracias.
No sabes lo que esto significa para mí.
—Cabrón —murmuró Bain.
—Qué valiente —respondió ChangMin
en tono coloquial—. Me refiero a llamar eso al chico que tiene un arma contra
tu ojo.
Siguió cortando puñados de
barba, mientras él permanecía rígido. Probablemente Bain pesara el doble que él,
pero no se revolvió. Los ojos de ChangMin transmitían una luz salvaje que le
intimidaba. Además, había escuchado rumores sobre San Petersburgo, y sabía que
no se mostraba tímido con el cuchillo.
Desvalijó el escondite de los
deseos y, apoyado sobre los talones, le apartó el labio inferior con el cañón
de la pistola. ChangMin hizo una mueca al verle los dientes. Los tenía torcidos
y oscurecidos por el tabaco, pero eran los suyos. Por lo tanto, no había
esperanza de encontrar un bruxis.
—¿Sabes?, eres el quinto
traficante de Rain al que localizo, y el único que conserva los dientes.
—Bueno, me gusta comer carne.
—Te gusta la carne. Claro que
sí.
Todos los traficantes a los que
había regalado sus «visitas de cortesía» habían intercambiado sus dientes por bruxis,
y todos los habían gastado ya, la mayoría para conseguir una larga vida.
Uno de ellos, la desagradable matriarca de un clan de furtivos pakistaníes,
había desperdiciado el deseo al olvidar incluir juventud y salud, lo que la
había convertido en una calamidad de carnes flácidas, y en testimonio de la
advertencia de Rain de que incluso los bruxis tenían sus límites.
La verdad es que un bruxis habría
supuesto un verdadero hallazgo, pero lo que ChangMin realmente necesitaba era
un par de gavriels, y los había conseguido. Amontonó todos los deseos,
con sucios pelos de barba colgando, y empujó toda aquella porquería dentro de
su cartera. Conservó un shing en la palma de la mano; lo necesitaría
para marcharse.
—¿Crees que esto no tendrá
consecuencias? —Preguntó Bain en voz baja—. Acabas de joder a un cazador,
vivirás como una presa, pequeño, preguntándote en todo momento quién anda
detrás de ti.
ChangMin hizo un gesto como si
cavilara.
—Vaya. No queremos que eso
suceda, ¿verdad?
Levantó la pistola y dirigió el
cañón hacia Bain. Vio cómo se le agrandaban los ojos y los cerraba con fuerza
al tiempo que él lanzaba un entusiasta e infantil «¡Pillado!». Bajó de nuevo la
pistola.
—Era broma. Has tenido suerte
de que no sea de ese tipo de chico.
ChangMin colocó el arma sobre
el sofá y mientras Bain se incorporaba, deseó que se quedara dormido. La cabeza
del hombre golpeó el suelo con un ruido sordo y el shing se desvaneció
de su mano. ChangMin no volvió la cabeza. Bajó los escalones del porche con
pesadez y recorrió el sendero de grava negra hacia el lugar en donde había
dejado un taxi esperando, junto a unos buzones.
Llegó a los buzones, pero el
taxi había desaparecido.
ChangMin suspiró. Seguramente
el taxista habría escuchado el disparo y se había largado. No podía culparle.
Parecía una escena de una película de cine negro: un chico le paga una suma
ridícula por que la lleve desde Boise hasta aquel lugar perdido, desaparece en
una cabaña de caza y suena un disparo. ¿Quién en su sano juicio se quedaría a
ver cómo acaba todo?
Lanzó otro suspiro y cerró los
ojos. Iba a restregárselos, pero recordó que había estado hurgando en la
asquerosa barba de Bain, así que se frotó las manos contra los pantalones.
Estaba tan cansado… Rebuscó en el bolso. Consideró que necesitaría un lucknow
para traer el taxi de regreso, así que agarró uno. Estaba a punto de pedir
el deseo cuando se detuvo.
—¿En qué estaré pensando?
Sus labios se abrieron en una
sonrisa y un hoyuelo se dibujó en su mejilla.
Optó por coger un gavriel.
—Hola, amigo —susurró. Calculó su peso sobre la palma de la mano,
inclinó la cabeza hacia atrás y miró al cielo.
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