10.
EL CHICO QUE VA DE ACÁ PARA ALLÁ.
ChangMin conseguía normalmente
mantener sus dos vidas en equilibrio. Por un lado, era un joven de diecisiete
años que estudiaba arte en Praga; por otro, el chico de los recados de una
criatura no humana que era lo más parecido que tenía a una familia. Se había dado
cuenta de que, a grandes rasgos, disponía de tiempo suficiente a lo largo de la
semana para ambas vidas. Si no todas las semanas, la mayoría.
Y esta se estaba convirtiendo
en una semana complicada.
El martes, estaba todavía en
clase cuando Kishmish se posó en el alféizar de la ventana y golpeó el cristal
con el pico. La nota que portaba era más breve incluso que la del día anterior
y decía únicamente: «Ven». ChangMin acudió a la tienda, aunque, de haber sabido
el lugar al que Rain pensaba enviarle, no lo habría hecho.
El mercado de animales de
Saigón era uno de los lugares que más detestaba en el mundo. Allí, todos los
cachorros de gato, pastores alemanes, murciélagos, osos malayos y langures que
se exponían en jaulas no se vendían como mascotas, sino como alimento. La
madre de un carnicero, una vieja bruja, iba recopilando dientes en una urna
funeraria, y ChangMin acudía a recogerlos cada ciertos meses, cerrando el trato
con un amargo trago de vino de arroz que le formaba un nudo en el estómago.
El miércoles, al norte de
Canadá. Dos cazadores athabasca y un asqueroso botín de dientes de lobo.
El jueves, a San Francisco,
para encontrarse con una joven herpetóloga rubia y recoger un alijo de dientes
de serpiente de cascabel, fruto de sus desacertadas investigaciones.
—Podrías ir tú misma a la
tienda, ¿lo sabes? —Comentó ChangMin irritado, ya que debía entregar un
autorretrato al día siguiente y podría haber empleado aquellas horas en
perfeccionarlo.
Existían varias razones por las
que los traficantes no acudían a la tienda.
Algunos habían perdido ese
privilegio por algún comportamiento inoportuno; otros no habían sido
investigados aún; y muchos tenían simplemente miedo a los collares de
serpiente, lo que en este caso no debería haber supuesto ningún problema, ya
que esta científica en particular había optado por trabajar con ellas.
La herpetóloga se estremeció.
—Fui una vez y pensé que la
mujer-serpiente iba a matarme.
ChangMin contuvo una sonrisa.
—Ya.
Lo entendía perfectamente. BoAh
odiaba a los asesinos de reptiles y, cuando este sentimiento la embargaba,
animaba a sus serpientes a la semiestrangulación.
—Bueno, está bien —Contó
billetes de veinte hasta formar un buen fajo—. Pero recuerda que si fueras a la
tienda, Rain te recompensaría con deseos mucho más valiosos que el dinero.
Muy a su pesar, Rain no
confiaba tanto en él como para que dispensara deseos en su nombre.
—Quizás la próxima vez.
—Como quieras — ChangMin se
encogió de hombros y se despidió con un ligero movimiento de la mano. Regresó
al portal y, al traspasarlo, descubrió la huella negra de una mano grabada
sobre la superficie. Pensaba mencionárselo a Rain, pero estaba con un
traficante y él debía acabar sus tareas, así que se marchó.
Después de trabajar hasta bien
entrada la noche en el autorretrato, el viernes se sentía agotado y deseoso de
que Rain no le llamara de nuevo. Normalmente no reclamaba su presencia más de
dos veces a la semana, pero esta habían sido ya cuatro. Por la mañana, mientras
dibujaba al viejo Wiktor ataviado únicamente con una boa de plumas —una visión
a la que KyuHyun estuvo a punto de no sobrevivir—, no dejó de vigilar de reojo
la ventana. Durante el taller de pintura de la tarde, continuó su temor a que
Kishmish apareciera, pero no fue así, y después de las clases, esperó a KyuHyun
bajo una cornisa para protegerse de la llovizna.
—Pero qué ven mis ojos —Dijo su amigo—. Si es ChangMin. Fíjense bien,
amigos, porque las oportunidades de contemplar a esta esquiva criatura son cada
vez más escasas.
ChangMin notó cierta frialdad
en su voz.
—¿Un veneno? —sugirió
expectante. Después de aquella semana tan accidentada, le apetecía ir al café,
hundirse en un sofá, charlar, reír, dibujar, beber té y recuperar la normalidad
perdida.
KyuHyun le regaló un arqueo de
cejas.
—¿Ningún recado en el
horizonte?
—Gracias a Dios, no. Vamos, me
estoy quedando helado.
—No sé, ChangMin. Hoy tal vez
sea yo quien tiene una misión secreta.
ChangMin se mordió la parte
interior de la mejilla, sin saber qué responder. Detestaba que Rain le ocultara
tantos asuntos, y odiaba aún más tener que hacer lo mismo con KyuHyun. ¿Qué tipo de amistad se
basaba en evasivas y mentiras? Según había ido creciendo, conservar los amigos
se había convertido en algo casi imposible; la necesidad de engañar siempre se
interponía en su camino. No obstante, había sido mucho peor cuando vivía en la
tienda —¡era imposible invitar a un amigo a casa para jugar!—. Todas las mañanas,
atravesaba el portal en dirección a Manhattan para acudir a la escuela y a sus
clases de karate y aikido, y regresaba todas las tardes.
Se trataba de una puerta
cerrada con tablas en un edificio abandonado del East Village. En quinto curso,
su amiga Belinda le vio traspasar aquella puerta y llegó a la conclusión de que
no tenía hogar. La noticia se extendió, los padres y los profesores
intervinieron y ChangMin, incapaz de localizar a Esther, su abuela falsa, quedó
inmediatamente bajo la custodia del Departamento de Asuntos Sociales. Fue
enviado a una casa de acogida, de la que escapó la primera noche para no volver
jamás. Después de aquel episodio: una nueva escuela en Hong Kong y mayor
precaución para que nadie le viera atravesar el portal. Lo que significaba más
mentiras y secretismo, y la imposibilidad de tener verdaderos amigos.
Ahora tenía edad suficiente
para evitar que los servicios sociales husmearan en su vida; sin embargo,
conservar las amistades seguía siendo como caminar sobre una cuerda floja. KyuHyun
era el mejor amigo que jamás había tenido, y no quería perderle.
ChangMin suspiró.
—Siento lo que ha pasado esta
semana. Ha sido una verdadera locura. Todo es culpa del trabajo…
—¿Trabajo? ¿Desde cuándo trabajas?
—Claro que trabajo. ¿De qué
piensas que vivo, de agua de lluvia y fantasías?
Esperaba arrancar una sonrisa a
su amigo, pero KyuHyun entrecerró los ojos con desconfianza.
—¿Cómo quieres que sepa de qué
vives, ChangMin? ¿Hace cuánto que somos amigos?, y nunca has mencionado ni
trabajo, ni familia, ni nada…
—Bueno —contestó ChangMin
ignorando la parte de la familia—, no se trata exactamente de un empleo.
Solo hago recados para un tipo. Recojo paquetes, me reúno con gente.
—¿Como un traficante de droga?
—Vamos, Kyunnie, te prometo que
es cierto. Él es un… coleccionista, supongo.
—Claro. ¿Y qué colecciona?
—Cosas. Eso no tiene
importancia.
—A mí me importa. Me interesa
saberlo. Es solo que suena raro, ChangMin. No estarás metido en ningún
asunto turbio, ¿verdad?
Claro que no, pensó ChangMin, en absoluto. Respiró hondo y
añadió:
—De verdad que no puedo
contarte nada más. Es su negocio, no el mío.
—Está bien. Déjalo —KyuHyun
giró sobre uno de sus talones en aquellas botas militares que calzaba y empezó
a alejarse bajo la lluvia.
—Espera —gritó ChangMin.
Quería hablar de ello. Deseaba contarle todo a Kyunie,
quejarse de su horrible semana —los colmillos de elefante, el desagradable
mercado de animales, cómo Rain le pagaba únicamente con estúpidos shings, y
el escalofriante ruido tras la otra puerta de la tienda—. Podía plasmar todo
aquello en su cuaderno de bocetos, lo que servía de ayuda, pero no era
suficiente. Necesitaba hablar.
Por supuesto, no podía hacerlo.
—¿Me acompañas a La Cocina
Envenenada, por favor? —suplicó con voz débil y cansada.
KyuHyun volvió la cabeza y
contempló la expresión que ChangMin ponía a veces cuando pensaba que nadie le
miraba. Transmitía tristeza, carencia, y lo peor de todo es que parecía
estar siempre allí, como si las demás expresiones de su rostro fueran simples
máscaras que ChangMin empleaba para ocultarlo.
KyuHyun cedió.
—Vale. Está bien. Me muero por
un goulash. ¿Lo coges? Me muero. Ja, ja.
La broma del goulash envenenado
confirmó a ChangMin que la situación había vuelto a la normalidad. Al menos por
ahora. Pero ¿qué sucedería la próxima vez?
Sin paraguas y acurrucados el
uno contra el otro, caminaron deprisa bajo el aguacero.
—Tengo algo que contarte —dijo KyuHyun—.
El zopenco ha estado merodeando por La Cocina. Me parece que está buscándote.
ChangMin refunfuñó.
—Fantástico.
Seven no había parado de
llamarle y de enviarle mensajes de texto, pero él le había ignorado por
completo.
—Podríamos ir a otro sitio…
—De eso nada. No voy a permitir
que ese pastel de roedor nos arrebate La Cocina. La Cocina es nuestra.
—¿Pastel de roedor? —repitió
KyuHyun.
Era el insulto favorito de BoAh,
y tenía sentido dentro del contexto alimentario de la mujer-serpiente, cuya dieta
se basaba principalmente en pequeñas criaturas peludas.
ChangMin afirmó:
—Sí. Pastel de roedor. Carne
picada de ratón con pan rallado y salsa de tomate…
—Puaj. Basta.
—Me imagino que también se
podrán utilizar hámsteres —añadió ChangMin —. O conejillos de Indias. ¿Sabías
que en Perú asan los conejillos de Indias ensartados en ramas, como si fueran
nubes de azúcar?
—Para —exclamó KyuHyun.
—Mmm, bocadillo de conejillo de
Indias…
—Cállate ya, antes de
que vomite. Por favor.
ChangMin enmudeció, pero no por
la súplica de KyuHyun, sino por el
aleteo familiar que captó con el rabillo del ojo. No, no, no, pensó para
sus adentros. No volvió la cabeza, no lo haría. No, Kishmish, no esta noche.
—¿Te encuentras bien? —preguntó
KyuHyun al notar su repentino silencio.
De nuevo aquel aleteo, esta vez
en la luz de una farola dentro de su campo de visión. Se encontraba demasiado
alejado para llamar la atención, pero sin duda se trataba de Kishmish.
Maldita sea.
—No pasa nada —respondió ChangMin,
y siguió caminando con resolución hacia La Cocina Envenenada.
¿Qué debía hacer, golpearse la
frente sin más y exclamar que acababa de acordarse de un recado urgente? Se
preguntó qué diría KyuHyun si pudiera ver a la pequeña bestia que servía de
emisario a Rain, tan extraño con sus alas de murciélago sobre el cuerpo
emplumado. Aunque, conociendo a KyuHyun, probablemente querría recrearlo en
versión marioneta.
—¿Cómo va el proyecto de la
marioneta? —preguntó ChangMin tratando de actuar con normalidad.
Con el rostro radiante de
alegría, KyuHyun empezó a contarle todos los detalles.
ChangMin le escuchaba a medias,
distraído por una mezcla de rebeldía y ansiedad. ¿Qué haría Rain si no acudía a
su llamada? ¿Qué podía hacer, salir en su busca?
Estaba segura de que Kishmish
continuaba detrás de él, así que, al traspasar el arco que daba acceso al patio
de La Cocina Envenenada, lo miró directamente, como diciendo: «Te he visto,
pero no te acompaño». Él ladeó la cabeza, perplejo, y él entró en el local dejándolo
fuera.
El café estaba abarrotado,
aunque, por suerte, Seven no se encontraba a la vista. Sobre los ataúdes se
agolpaban trabajadores locales, mochileros, expatriados con aspecto de artistas
y estudiantes, y el ambiente estaba tan cargado de humo de tabaco que las
estatuas romanas parecían surgir de entre la niebla, ataviadas con sus macabras
máscaras antigás.
—Mierda —Exclamó ChangMin con
disgusto al ver que había tres mochileros desaliñados sentados en su mesa
favorita—. La Peste está ocupada.
—No hay ni una sola mesa libre
—Añadió KyuHyun—. Maldita Lonely Planet. Me gustaría retroceder en el tiempo y
atracar a ese estúpido escritor de guías al fondo del callejón, para asegurarme
de que nunca encontrara este lugar.
—Tú siempre tan violento.
Últimamente quieres atracar y electrocutar a todo el mundo.
—Así es —confirmó KyuHyun—.
Te aseguro que cada día odio a más gente. Todo el mundo me irrita. Si
ahora soy así, ¿qué pasará cuando sea mayor?
—Te convertirás en un
viejecillo malvado que dispara a los niños desde su balcón con una escopeta de
aire comprimido.
—No. La escopeta de balines
solo los encabronaría. Mejor una ballesta. O una bazuca.
—Qué bruto eres.
KyuHyun respondió con una
reverencia y lanzó otra mirada frustrada al abarrotado café.
—Vaya mierda. ¿Quieres que
vayamos a otro sitio?
ChangMin negó con la cabeza.
Aún tenían el pelo empapado y no le apetecía aventurarse de nuevo bajo la
lluvia. Solo quería disfrutar de su mesa favorita en su café favorito. Sus
dedos juguetearon en el bolsillo de la chaqueta con los shings que había
recibido por los recados de aquella semana.
—Tengo la sensación de que esos
tíos están a punto de marcharse —aseguró señalando a los mochileros sentados en
La Peste.
—No lo creo —respondió KyuHyun—.
Tienen las cervezas enteras.
—Pues yo pienso que sí —uno de
los shings desapareció de entre los dedos de ChangMin y, un segundo
después, los mochileros se levantaron—. Te lo dije.
Imaginó el comentario de Rai.
Desalojar extranjeros de
mesas de café: egoísta.
—Qué raro —fue el comentario de
KyuHyun al deslizarse tras el enorme caballo para reclamar su mesa. Los
mochileros se marcharon con aspecto desconcertado—. No estaban mal —afirmó KyuHyun.
—¿De verdad? ¿Quieres que los
llame?
—Ya sabes la respuesta —habían
prometido no liarse con mochileros; desaparecían como el viento, y eran todos
iguales después de un rato, con su barba de varios días y la camisa arrugada—.
Solo estaba emitiendo un diagnóstico. Además, parecían algo perdidos, como si
fueran cachorritos.
ChangMin se sintió culpable.
¿Qué pretendía al desafiar a Rain, al gastar deseos en acciones mezquinas como
empujar a unos jóvenes inocentes bajo la lluvia? Se dejó caer sobre el sofá. Le
dolía la cabeza, tenía el pelo húmedo, estaba cansado y no podía dejar de
preocuparse por la reacción del Traficante de Deseos. ¿Qué le diría?
Mientras comían su goulash, ChangMin
no apartó la mirada de la puerta.
—¿Buscas a alguien? —preguntó
Zuzana.
—No. Es que…, es que me
preocupa que aparezca Seven.
—Tranquilo, si lo hace, podemos
empujarle dentro de este ataúd y clavar la tapa.
—Suena bien.
Pidieron té y se lo sirvieron
en un antiguo servicio de plata, con las palabras arsénico y estricnina
grabadas en los platillos del azucarero y de la jarrita de la leche.
—Bueno —dijo ChangMin —. Mañana
vas a ver al chico del violín en el teatro. ¿Tienes algún plan?
—No he pensado nada —respondió KyuHyun—,
solo quiero saltarme esa parte y llegar al momento en que seamos novios. Sin
mencionar la escena en la que él se da cuenta de que existo.
—Vamos, no puedo creer que
quieras saltarte esa parte.
—Me encantaría.
—¿Perderte el momento de conocerle?
¿Las mariposas en el estómago, los vuelcos en el corazón, el rubor en la
cara? La parte en la que se traspasa por primera vez el campo magnético del
otro y parece como si surgieran líneas de energía invisibles entre ambos…
—¿Líneas de energía invisibles?
—Repitió KyuHyun—. ¿No te estarás convirtiendo en uno de esos bichos raros new
age que llevan cristales encima e interpretan el aura de las personas?
—Sabes perfectamente a qué me
refiero. La primera cita, cogerse de la mano, el primer beso, los coqueteos y
anhelos…
—Eres un romántico
incorregible.
—No creas. Además iba a añadir
que el principio es lo mejor, cuando todo es precioso, antes de descubrir
inevitablemente que son todos unos gilipollas.
KyuHyun frunció el ceño.
—Es imposible que todos sean
idiotas, ¿no crees?
—No lo sé. Tal vez no. Quizá
solo los guapos.
—Él es guapo. Dios mío,
espero que no sea un gilipollas. ¿Existe alguna posibilidad de que sea buena
persona y no tenga pareja? Te lo estoy preguntando en serio. ¿Qué
opciones hay?
—Muy pocas.
—Lo sé —KyuHyun se desplomó
sobre el sofá con gesto teatral, como una marioneta abandonada.
—A Pavel le gustas —dijo ChangMin
—. Y existen pruebas de que no es imbécil.
—Sí, bueno, Pavel es majo, pero
no genera mariposas.
—Las mariposas en el estómago
—suspiró ChangMin —. Claro. ¿Sabes lo que pienso? Que las mariposas están
siempre ahí, en el estómago de todos, en todo momento…
—¿Cómo bacterias?
—No, no como bacterias, como mariposas. Y las de
cada uno reaccionan con determinadas personas, a nivel químico, como feromonas,
así cuando esas personas se acercan, tus mariposas empiezan a bailar. No pueden
evitarlo, es una reacción química.
—Una reacción química. Y eso
es romántico.
—Tienes razón. Estúpidas
mariposas —inspirado por la idea, ChangMin sacó su cuaderno de bocetos y empezó
a dibujar una representación cómica de unos intestinos y un estómago repletos
de mariposas. Su nombre científico podría ser Papilio stomachus.
—Entonces, si todo es cuestión
de química y tú no decides nada, ¿quiere decir que el zopenco todavía hace
revolotear tus mariposas? —preguntó KyuHyun.
ChangMin levantó la mirada.
—Claro que no. Lo que provoca
es que mis mariposas vomiten.
KyuHyun acababa de tomar un
sorbo de té y tuvo que taparse la boca rápidamente con la mano para evitar
escupirlo, conteniendo la risa hasta que logró tragar.
—Qué asco. ¡Tienes el estómago
lleno de vómito de mariposa!
ChangMin rió también y siguió
dibujando.
—De hecho, creo que mi estómago
está repleto de mariposas muertas. Seven las mató.
Junto al dibujo escribió: «Papilio
stomachus: criaturas frágiles y vulnerables a las heladas y la traición».
—No importa —afirmó KyuHyun—.
Tenían que ser bastante estúpidas para enamorarse de él. Crecerán otras nuevas,
más sensatas. Mariposas inteligentes.
ChangMin adoraba a KyuHyun por
su disposición a jugar con aquel tipo de tonterías hasta el infinito.
—Estupendo —levantó la taza de
té para hacer un brindis—. Por una nueva generación de mariposas, esperemos que
menos estúpidas que las anteriores.
Tal vez, en aquel mismo
instante, estuvieran creciendo dentro de sus pequeños y regordetes capullos; o
tal vez no. Le costaba imaginarse sintiendo de nuevo aquella mágica sensación
de cosquilleo en la boca del estómago. Mejor no preocuparse de ello, pensó.
No lo necesitaba, bueno, no quería necesitarlo. Anhelar el amor le hacía
sentir como un gato que siempre se enrosca en los tobillos maullando acaríciame,
acaríciame, mírame, quiéreme.
Preferiría ser el gato que
observa todo con descaro desde lo alto de una pared, con expresión
inescrutable. El gato que evita las caricias, que no las necesita. ¿Por qué no
ser ese gato?
«¡¡¡Sé ese gato!!!», escribió
en la esquina de la hoja, junto al dibujo de un minino tranquilo y distante.
ChangMin deseaba ser una
persona íntegra, serena, que se encontrara cómodo en soledad. Pero él no era
así. Se sentía solo, y temía que aquel vacío interior pudiera expandirse y… le
hiciera desaparecer. Ansiaba una presencia a su lado, en todo momento.
Unos dedos que rozaran ligeramente su nuca y una voz que se uniera a la suya en
la oscuridad. Alguien que le esperara con un paraguas para acompañarle a casa
bajo la lluvia, y sonriera abiertamente al verle llegar. Que bailara con él en
el balcón, cumpliera sus promesas y conociera sus secretos, que creara un
pequeño universo allí donde se encontrara, solo con abrazos, susurros y
confianza.
La puerta se abrió. ChangMin
miró hacia el espejo y ahogó una maldición. Allí estaba de nuevo aquella sombra
alada, deslizándose por detrás de algunos turistas. ChangMin se dirigió al
aseo, donde recogió la nota que Kishmish le había llevado.
De nuevo, un mensaje escueto.
Esta vez decía «Por favor».
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