miércoles, 16 de octubre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 17

17.
UN MUNDO PARALELO.

Tras la otra puerta, ChangMin descubrió un pasadizo de piedra negra mate.

Vislumbró que se extendía unos tres metros antes de perderse en la oscuridad y que en el último tramo iluminado había una ventana. Era un estrecho hueco con barrotes cuya orientación no le permitía ver lo que había al otro lado desde donde él se encontraba, y por el que se derramaba una luz blanquecina que dibujaba rectángulos en el suelo. El resplandor de la luna, pensó ChangMin, y se preguntó qué paisaje contemplaría si se acercara sigilosamente y mirara hacia fuera. ¿Dónde se hallaba aquel lugar? ¿Conduciría esa puerta trasera, al igual que la principal, a múltiples ciudades, o se trataba de algo totalmente distinto, otro nivel en el universo de Rain que no podía siquiera imaginar? Unos pasos más y tal vez lo descubriría, si no otra cosa. Pero ¿se atrevería?

Escuchó con atención. Percibió algunos sonidos, pero parecían muy lejanos, como ecos de gritos nocturnos. El pasadizo permanecía en silencio.

Empezó a avanzar. Con los pies descalzos y de puntillas, dio unos cuantos pasos rápidos y silenciosos, alcanzó la ventana y miró al otro lado a través de los pesados barrotes de hierro.

Su rostro, rígido por la ansiedad, se tornó de repente flácido por el asombro, y su boca quedó abierta. Tardó un segundo en darse cuenta y cerrar la mandíbula de golpe; el ruido cortante de sus dientes rompiendo el silencio le estremeció. Se inclinó hacia delante y observó el escenario que se abría frente a él.

Dondequiera que se encontrara aquel lugar, estaba seguro de una cosa: no era su mundo.

En el cielo brillaban dos lunas. Esa fue la primera sorpresa. Dos lunas, y ninguna llena.

Una era medio disco radiante; la otra, una pálida luna creciente que comenzaba a aclarar la superficie de una montaña. Y por el paisaje que iluminaban, ChangMin dedujo que se hallaba en una vasta fortaleza. Descomunales lienzos de muralla con bermas confluían en bastiones hexagonales; en el centro, una extensa ciudad; y sobre todo ello, torres almenadas — ChangMin debía de encontrarse en una de ellas, ya que su posición era muy elevada— con las siluetas de los guardias que rondaban en la parte alta. A excepción de las lunas, el resto recordaba a una antigua ciudad fortificada europea.

Aunque los barrotes le concedían un aspecto singular.

Resultaba extraño, pero la ciudad se encontraba cercada por barrotes de hierro. Jamás había visto algo igual. Las barras formaban arcos sobre todo el conjunto, incrustadas entre un muro de tierra y el siguiente, negras y horribles, encerrando incluso las torres.

En una rápida ojeada descubrió que no existía hueco alguno: las barras estaban tan próximas unas a otras que resultaba imposible que nadie pasara entre ellas. Las calles y plazas de la ciudad se hallaban totalmente cubiertas por aquel enrejado, como dentro de una jaula, y la luz lunar proyectaba sombras en cuadrícula sobre todo ello.

¿Qué significaba aquello? ¿Los barrotes eran para mantener algo encerrado o alejado?
Y entonces, ChangMin descubrió una figura alada que descendía rápidamente desde el cielo y se estremeció, creyendo que había hallado la respuesta. Un ángel, un serafín —fue lo primero que pensó, al tiempo que el corazón se le aceleraba y sentía punzadas en las heridas—. Pero se equivocaba. Pasó por encima de él hasta que lo perdió de vista, y apreció claramente que tenía forma de animal —una especie de ciervo alado—. ¿Una quimera? Siempre había supuesto que existirían más, aparte de las cuatro que él conocía y que jamás hablaban de otras.

De repente se le ocurrió que aquella ciudad debía de estar habitada por quimeras, y que más allá de sus murallas se extendía todo un mundo, un mundo con dos lunas, habitado también por quimeras. Tuvo que agarrarse con fuerza a los barrotes para mantenerse en pie, ya que aquel universo pareció temblar y ampliarse a su alrededor.

Existía otro mundo.

Otro mundo.

Entre todas las teorías que había elaborado respecto a la otra puerta, nunca había imaginado esta: un mundo paralelo, con sus propias montañas, continentes, lunas. Aún se sentía aturdida por la pérdida de sangre y aquella revelación la había conmocionado, así que se aferró a los barrotes de la ventana.

Fue entonces cuando escuchó voces. Próximas. Y también familiares. Llevaba toda la vida escuchando sus susurros, mientras inclinaban sus extrañas cabezas y discutían sobre dientes. Eran Rain y Twiga, y estaban a punto de doblar la esquina.

—Ondine ha traído a Thiago —iba comentando Twiga.

—Qué loco —musitó Rain—. ¿Es que piensa que el ejército puede permitirse su pérdida en un momento como este? ¿Cuántas veces he de decirle que un general no necesita luchar en el frente?

—Tú has provocado que desconozca el miedo —replicó Twiga, a lo que Rain respondió tan solo con un resoplido, que sonó peligrosamente cerca.

ChangMin estuvo a punto de dejarse invadir por el pánico. Miró a toda prisa hacia la puerta por la que había entrado, pero se sintió incapaz de alcanzarla. Así que se apretujó contra el hueco de la ventana y permaneció inmóvil.

Pasaron junto a él, tan cerca que casi le rozaron. ChangMin temió que entraran en la tienda y cerraran la puerta tras de sí, dejándolo atrapado en aquel extraño lugar. Iba a gritar para avisarlos, pero se desviaron al llegar a la puerta. El pánico se calmó; en su estela surgió algo diferente: indignación.

Indignación por todos aquellos años de secretismo, como si no fuera digno de confianza o de conocer siquiera los detalles esenciales de su propia existencia. Aquella ira le infundió audacia y decidió averiguar más, tanto como pudiera mientras se encontrara allí. Sospechaba que jamás dispondría de otra oportunidad semejante. Así que cuando Rain y Twiga giraron hacia el hueco de una escalera, ChangMin los siguió.

Eran las escaleras de una torre, en estrecha espiral. Aquel giro infinito mareó a ChangMin: vueltas y vueltas y vueltas, de manera hipnótica, hasta tener la sensación de encontrarse atrapado en un purgatorio de escaleras, por el que descendería por siempre. Hasta cierta altura fue encontrando pequeñas troneras, que luego desaparecieron. El aire se volvió fresco y calmado, y ChangMin tuvo la sensación de hallarse bajo tierra. Solo le llegaban palabras inconexas de la conversación de Rain y Twiga, y no comprendía de qué hablaban.

—Dentro de poco necesitaremos más incienso —comentó Twiga.

—Vamos a necesitar más de todo. Hacía décadas que no se producía un ataque como este —añadió Rain.

—¿Crees que tienen la mirada puesta en la ciudad?
—¿Y cuándo no?

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Twiga con voz temblorosa—. ¿Cuánto tiempo resistiremos?

—No lo sé —respondió Rain.

Y justo cuando ChangMin pensaba que no podría resistir más giros, alcanzaron el final de la escalera. Fue entonces cuando los acontecimientos se tornaron interesantes.

Realmente interesantes.

La escalera desembocaba en una estancia amplia, con eco. ChangMin aguardó hasta asegurarse de que Rain y Twiga continuaban adelante, y cuando sus voces se atenuaron, empequeñecidas por la inmensidad del espacio que las envolvía, los siguió con sigilo.

Tuvo la sensación de encontrarse en una catedral —siempre que la tierra fuera capaz de proyectar una catedral a lo largo de miles de años de agua goteando sobre la piedra—. Era una gigantesca cueva natural que se elevaba formando un arco gótico casi perfecto. Las estalagmitas, tan antiguas como el mundo, estaban labradas con imágenes de bestias, como si fueran pilares, y las lámparas colgaban de tal altura que parecían grupos de estrellas. Un intenso aroma a hierbas y azufre impregnaba el ambiente, y entre los pilares ascendían volutas de humo, empujadas por ráfagas de viento surgidas de vanos invisibles en los muros labrados.

Y debajo de todo aquello, donde se encontraba la extensa nave por la que Rain y Twiga avanzaban, no había bancos, sino mesas: mesas de piedra grandes como menhires, tan enormes que debieron de necesitarse elefantes para transportarlas hasta allí. De hecho, eran suficientemente voluminosas como para acomodar a un elefante tumbado, aunque solo había uno en esa postura.

Un elefante recostado sobre una mesa.

Pero… no, no era un elefante. Se trataba de algo distinto, con garras en los pies y una cabeza imposible que recordaba a un enorme oso pardo con cuernos. Una quimera.

Y estaba muerta.

En cada una de las mesas yacía una quimera muerta, y había docenas. Docenas.

ChangMin paseó la mirada de una mesa a otra de forma errática. No había dos criaturas iguales. La mayoría poseía alguna parte humana, la cabeza o el torso, pero no todas. Había un mono con melena de león; algo parecido a una iguana tan grande que solo podría denominarse dragón; la cabeza de un jaguar sobre el cuerpo desnudo de una mujer.

Rain y Twiga se movían entre ellos, tocándolos, examinándolos. La pausa más larga se la dedicaron a un hombre.

También estaba desnudo, y era lo que ChangMin y KyuHyun, con la sonrisa petulante de los entendidos, habrían definido como un «espécimen físico». Hombros robustos que se estrechaban hacia unas caderas bien definidas, abdomen ondulado, y todos los músculos que ChangMin era capaz de identificar gracias a las clases de dibujo al natural bien marcados. Su poderoso pecho estaba cubierto por una fina pelusilla blanca, y la cabeza, por una larga y sedosa melena también blanca, extendida sobre la mesa de piedra.

Una neblina de incienso envolvía el cuerpo. Procedía de una especie de farol de plata ornamentado, suspendido de un gancho sobre su cabeza, del que salía una espesa humareda. Un incensario, pensó ChangMin, como los que se usan en las misas católicas. Rain reposó una mano sobre el pecho del hombre muerto y la mantuvo allí un instante; un gesto que ChangMin no supo interpretar. ¿Cariño? ¿Tristeza? Cuando Rain y Twiga se alejaron y desaparecieron entre las sombras, al final de la nave, él abandonó su escondite y se aproximó a la mesa.

De cerca, descubrió que el pelo blanco resultaba una incongruencia en aquel hombre, ya que era joven y no tenía arrugas en el rostro. Era muy atractivo, aunque con la inexpresividad y la palidez propias de la muerte no parecía muy real.

Tampoco era totalmente humano, aunque sí más que la mayoría de las quimeras de la estancia. Hacia la mitad del muslo, la piel y la musculatura de sus piernas se transformaban en patas de lobo, con pelaje blanco, unos grandes pies caninos y garras negras. Sus manos eran híbridas: con el reverso ancho y peludo, como zarpas, y dedos humanos rematados en garras. Las palmas miraban hacia arriba, como colocadas a propósito en aquella posición, de modo que ChangMin pudo observar lo que tenían grabado en la piel.

En el centro de cada palma había tatuado un ojo idéntico a los suyos.

Retrocedió asustado.

Aquello significaba algo. Algo fundamental, algo clave, pero ¿qué? Se volvió hacia la mesa contigua, en la que descansaba la criatura con melena de león. Sus manos eran de simio y tenían la piel oscura, pero aun así pudo adivinar en ellas la silueta de las hamsas.

Recorrió una mesa tras otra. Incluso la quimera con aspecto de elefante tenía tatuada la planta de sus mastodónticas patas delanteras. Todos y cada uno de aquellos seres muertos tenían hamsas, igual que él. Sintió que los pensamientos le martilleaban la cabeza tan fuerte como el corazón le aporreaba el pecho. ¿Qué estaba sucediendo? Allí había docenas de quimeras, todas muertas y desnudas —sin ninguna herida aparente—, sobre losas de piedra en una especie de catedral subterránea. Sus propias hamsas lo conectaban de algún modo a ellas, pero ignoraba de qué manera.

Rodeó de nuevo la primera mesa, la del hombre del pelo blanco, y se inclinó sobre ella.

Al percibir el humo aromático que se derramaba del incensario, sintió miedo de que aquel olor impregnado en su pelo la delatara ante Yasri y BoAh cuando regresara a hurtadillas a la tienda. La tienda. La simple idea de ascender de nuevo por aquella espiral interminable le invitaba a acurrucarse en posición fetal. Notaba cómo le palpitaban las heridas, supurantes bajo los vendajes, y el ungüento de Yasri ya no lo calmaba. Estaba dolorido.

Pero… aquel lugar. Los cuerpos muertos. Confundido, ChangMin sintió que aquel misterio lo desbordaba. La mano del hombre con el pelo blanco descansaba justo delante de él, con la hamsa atrayendo su atención. ChangMin acercó su mano para comparar las marcas, pero la del hombre quedaba a la sombra del cuerpo, así que la levantó hacia la luz.

Eran idénticas. ChangMin notó que mientras su mente permanecía ocupado en algo distinto, su sentido común le lanzaba una leve advertencia.

La mano del hombre, aquella mano muerta… estaba caliente.

No estaba muerto.

Él no estaba muerto.

Con un movimiento rápido como el rayo, el hombre se puso en pie, girando sobre sus rodillas. Aquella mano que había descansado inerte sobre las de él aferró la garganta de ChangMin y levantó su cuerpo del suelo, lanzándolo sobre la mesa. Su cabeza golpeó contra la piedra y se le nubló la vista. Cuando recuperó la visión, el hombre estaba sobre su cuerpo, con los ojos pálidos como el hielo y los labios retraídos, mostrando los colmillos. ChangMin no podía respirar; la mano del hombre aún aprisionaba su garganta. Trató de arañarlo, se revolvió para quitárselo de encima, logró colocar las rodillas entre ambos y golpearlo.

La presión sobre su garganta disminuyó y ChangMin tomó una bocanada de aire, intentó gritar, pero el hombre se lanzó de nuevo sobre él, pesado, desnudo y bestial.

ChangMin se defendió con todas sus fuerzas, peleó con tal furia que sus cuerpos rodaron hasta el borde de la mesa y cayeron al suelo. En el tumulto de la pelea, aquellas extremidades desnudas ejercían tanta fuerza que ChangMin no podía liberarse. Estaba encima de él, atenazando sus piernas, mirándolo, y de repente sus ojos perdieron algo de aquel frenesí enloquecido. Relajó el gruñido de sus labios y recuperó de nuevo su aspecto casi humano y hermoso, pero aun así terrorífico y… confuso.

Lo agarró con fuerza por las muñecas, lo obligó a abrir las manos para ver sus hamsas, y clavó sus ojos en él. Lo recorrió con la mirada, y ChangMin tuvo la sensación de ser él el que se encontraba desnudo. Luego emitió un profundo gruñido que le estremeció.

—¿Quién eres?

Era incapaz de responder. El corazón le latía con fuerza. Las heridas le abrasaban. Y, como siempre, desconocía la respuesta.

—¿Quién eres?

Lo arrastró de las muñecas, lo arrojó sobre la mesa de piedra y se colocó de nuevo encima de él. Sus movimientos eran fluidos, de animal, y sus dientes, suficientemente afilados como para desgarrarle la garganta. De pronto, ChangMin fue consciente de cómo acabaría su aventura al otro lado de la puerta: en un charco de sangre. Logró tomar aire.


Y gritó.

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