17.
UN MUNDO PARALELO.
Tras la otra puerta, ChangMin
descubrió un pasadizo de piedra negra mate.
Vislumbró que se extendía unos
tres metros antes de perderse en la oscuridad y que en el último tramo
iluminado había una ventana. Era un estrecho hueco con barrotes cuya
orientación no le permitía ver lo que había al otro lado desde donde él se
encontraba, y por el que se derramaba una luz blanquecina que dibujaba
rectángulos en el suelo. El resplandor de la luna, pensó ChangMin, y se
preguntó qué paisaje contemplaría si se acercara sigilosamente y mirara hacia
fuera. ¿Dónde se hallaba aquel lugar? ¿Conduciría esa puerta trasera, al igual
que la principal, a múltiples ciudades, o se trataba de algo totalmente
distinto, otro nivel en el universo de Rain que no podía siquiera imaginar?
Unos pasos más y tal vez lo descubriría, si no otra cosa. Pero ¿se atrevería?
Escuchó con atención. Percibió
algunos sonidos, pero parecían muy lejanos, como ecos de gritos nocturnos. El
pasadizo permanecía en silencio.
Empezó a avanzar. Con los pies
descalzos y de puntillas, dio unos cuantos pasos rápidos y silenciosos, alcanzó
la ventana y miró al otro lado a través de los pesados barrotes de hierro.
Su rostro, rígido por la
ansiedad, se tornó de repente flácido por el asombro, y su boca quedó abierta.
Tardó un segundo en darse cuenta y cerrar la mandíbula de golpe; el ruido
cortante de sus dientes rompiendo el silencio le estremeció. Se inclinó hacia
delante y observó el escenario que se abría frente a él.
Dondequiera que se encontrara
aquel lugar, estaba seguro de una cosa: no era su mundo.
En el cielo brillaban dos lunas.
Esa fue la primera sorpresa. Dos lunas, y ninguna llena.
Una era medio disco radiante;
la otra, una pálida luna creciente que comenzaba a aclarar la superficie de una
montaña. Y por el paisaje que iluminaban, ChangMin dedujo que se hallaba en una
vasta fortaleza. Descomunales lienzos de muralla con bermas confluían en
bastiones hexagonales; en el centro, una extensa ciudad; y sobre todo ello,
torres almenadas — ChangMin debía de encontrarse en una de ellas, ya que su
posición era muy elevada— con las siluetas de los guardias que rondaban en la
parte alta. A excepción de las lunas, el resto recordaba a una antigua ciudad
fortificada europea.
Aunque los barrotes le
concedían un aspecto singular.
Resultaba extraño, pero la
ciudad se encontraba cercada por barrotes de hierro. Jamás había visto algo
igual. Las barras formaban arcos sobre todo el conjunto, incrustadas entre un
muro de tierra y el siguiente, negras y horribles, encerrando incluso las
torres.
En una rápida ojeada descubrió
que no existía hueco alguno: las barras estaban tan próximas unas a otras que
resultaba imposible que nadie pasara entre ellas. Las calles y plazas de la
ciudad se hallaban totalmente cubiertas por aquel enrejado, como dentro de una
jaula, y la luz lunar proyectaba sombras en cuadrícula sobre todo ello.
¿Qué significaba aquello? ¿Los
barrotes eran para mantener algo encerrado o alejado?
Y entonces, ChangMin descubrió
una figura alada que descendía rápidamente desde el cielo y se estremeció,
creyendo que había hallado la respuesta. Un ángel, un serafín —fue lo primero
que pensó, al tiempo que el corazón se le aceleraba y sentía punzadas en las
heridas—. Pero se equivocaba. Pasó por encima de él hasta que lo perdió de
vista, y apreció claramente que tenía forma de animal —una especie de ciervo
alado—. ¿Una quimera? Siempre había supuesto que existirían más, aparte de las
cuatro que él conocía y que jamás hablaban de otras.
De repente se le ocurrió que
aquella ciudad debía de estar habitada por quimeras, y que más allá de sus
murallas se extendía todo un mundo, un mundo con dos lunas, habitado
también por quimeras. Tuvo que agarrarse con fuerza a los barrotes para
mantenerse en pie, ya que aquel universo pareció temblar y ampliarse a su
alrededor.
Existía otro mundo.
Otro mundo.
Entre todas las teorías que
había elaborado respecto a la otra puerta, nunca había imaginado esta: un mundo
paralelo, con sus propias montañas, continentes, lunas. Aún se sentía aturdida
por la pérdida de sangre y aquella revelación la había conmocionado, así que se
aferró a los barrotes de la ventana.
Fue entonces cuando escuchó
voces. Próximas. Y también familiares. Llevaba toda la vida escuchando sus
susurros, mientras inclinaban sus extrañas cabezas y discutían sobre dientes.
Eran Rain y Twiga, y estaban a punto de doblar la esquina.
—Ondine ha traído a Thiago —iba
comentando Twiga.
—Qué loco —musitó Rain—. ¿Es
que piensa que el ejército puede permitirse su pérdida en un momento como este?
¿Cuántas veces he de decirle que un general no necesita luchar en el frente?
—Tú has provocado que
desconozca el miedo —replicó Twiga, a lo que Rain respondió tan solo con un
resoplido, que sonó peligrosamente cerca.
ChangMin estuvo a punto de
dejarse invadir por el pánico. Miró a toda prisa hacia la puerta por la que
había entrado, pero se sintió incapaz de alcanzarla. Así que se apretujó contra
el hueco de la ventana y permaneció inmóvil.
Pasaron junto a él, tan cerca
que casi le rozaron. ChangMin temió que entraran en la tienda y cerraran la
puerta tras de sí, dejándolo atrapado en aquel extraño lugar. Iba a gritar para
avisarlos, pero se desviaron al llegar a la puerta. El pánico se calmó; en su estela
surgió algo diferente: indignación.
Indignación por todos aquellos
años de secretismo, como si no fuera digno de confianza o de conocer siquiera
los detalles esenciales de su propia existencia. Aquella ira le infundió
audacia y decidió averiguar más, tanto como pudiera mientras se encontrara
allí. Sospechaba que jamás dispondría de otra oportunidad semejante. Así que
cuando Rain y Twiga giraron hacia el hueco de una escalera, ChangMin los
siguió.
Eran las escaleras de una
torre, en estrecha espiral. Aquel giro infinito mareó a ChangMin: vueltas y
vueltas y vueltas, de manera hipnótica, hasta tener la sensación de encontrarse
atrapado en un purgatorio de escaleras, por el que descendería por siempre.
Hasta cierta altura fue encontrando pequeñas troneras, que luego
desaparecieron. El aire se volvió fresco y calmado, y ChangMin tuvo la
sensación de hallarse bajo tierra. Solo le llegaban palabras inconexas de la
conversación de Rain y Twiga, y no comprendía de qué hablaban.
—Dentro de poco necesitaremos
más incienso —comentó Twiga.
—Vamos a necesitar más de todo.
Hacía décadas que no se producía un ataque como este —añadió Rain.
—¿Crees que tienen la mirada puesta en la ciudad?
—¿Y cuándo no?
—¿Cuánto tiempo? —preguntó
Twiga con voz temblorosa—. ¿Cuánto tiempo resistiremos?
—No lo sé —respondió Rain.
Y justo cuando ChangMin pensaba
que no podría resistir más giros, alcanzaron el final de la escalera. Fue
entonces cuando los acontecimientos se tornaron interesantes.
Realmente interesantes.
La escalera desembocaba en una
estancia amplia, con eco. ChangMin aguardó hasta asegurarse de que Rain y Twiga
continuaban adelante, y cuando sus voces se atenuaron, empequeñecidas por la
inmensidad del espacio que las envolvía, los siguió con sigilo.
Tuvo la sensación de
encontrarse en una catedral —siempre que la tierra fuera capaz de proyectar una
catedral a lo largo de miles de años de agua goteando sobre la piedra—. Era una
gigantesca cueva natural que se elevaba formando un arco gótico casi perfecto.
Las estalagmitas, tan antiguas como el mundo, estaban labradas con imágenes de
bestias, como si fueran pilares, y las lámparas colgaban de tal altura que
parecían grupos de estrellas. Un intenso aroma a hierbas y azufre impregnaba el
ambiente, y entre los pilares ascendían volutas de humo, empujadas por ráfagas
de viento surgidas de vanos invisibles en los muros labrados.
Y debajo de todo aquello, donde
se encontraba la extensa nave por la que Rain y Twiga avanzaban, no había bancos,
sino mesas: mesas de piedra grandes como menhires, tan enormes que debieron de
necesitarse elefantes para transportarlas hasta allí. De hecho, eran
suficientemente voluminosas como para acomodar a un elefante tumbado, aunque
solo había uno en esa postura.
Un elefante recostado sobre una
mesa.
Pero… no, no era un elefante.
Se trataba de algo distinto, con garras en los pies y una cabeza imposible que
recordaba a un enorme oso pardo con cuernos. Una quimera.
Y estaba muerta.
En cada una de las mesas yacía
una quimera muerta, y había docenas. Docenas.
ChangMin paseó la mirada de una
mesa a otra de forma errática. No había dos criaturas iguales. La mayoría
poseía alguna parte humana, la cabeza o el torso, pero no todas. Había un mono
con melena de león; algo parecido a una iguana tan grande que solo podría
denominarse dragón; la cabeza de un jaguar sobre el cuerpo desnudo de una
mujer.
Rain y Twiga se movían entre
ellos, tocándolos, examinándolos. La pausa más larga se la dedicaron a un
hombre.
También estaba desnudo, y era
lo que ChangMin y KyuHyun, con la sonrisa petulante de los entendidos, habrían
definido como un «espécimen físico». Hombros robustos que se estrechaban hacia
unas caderas bien definidas, abdomen ondulado, y todos los músculos que ChangMin
era capaz de identificar gracias a las clases de dibujo al natural bien
marcados. Su poderoso pecho estaba cubierto por una fina pelusilla blanca, y la
cabeza, por una larga y sedosa melena también blanca, extendida sobre la mesa
de piedra.
Una neblina de incienso
envolvía el cuerpo. Procedía de una especie de farol de plata ornamentado,
suspendido de un gancho sobre su cabeza, del que salía una espesa humareda. Un
incensario, pensó ChangMin, como los que se usan en las misas católicas. Rain
reposó una mano sobre el pecho del hombre muerto y la mantuvo allí un instante;
un gesto que ChangMin no supo interpretar. ¿Cariño? ¿Tristeza? Cuando Rain y
Twiga se alejaron y desaparecieron entre las sombras, al final de la nave, él abandonó
su escondite y se aproximó a la mesa.
De cerca, descubrió que el pelo
blanco resultaba una incongruencia en aquel hombre, ya que era joven y no tenía
arrugas en el rostro. Era muy atractivo, aunque con la inexpresividad y la
palidez propias de la muerte no parecía muy real.
Tampoco era totalmente humano,
aunque sí más que la mayoría de las quimeras de la estancia. Hacia la mitad del
muslo, la piel y la musculatura de sus piernas se transformaban en patas de
lobo, con pelaje blanco, unos grandes pies caninos y garras negras. Sus manos
eran híbridas: con el reverso ancho y peludo, como zarpas, y dedos humanos
rematados en garras. Las palmas miraban hacia arriba, como colocadas a
propósito en aquella posición, de modo que ChangMin pudo observar lo que tenían
grabado en la piel.
En el centro de cada palma
había tatuado un ojo idéntico a los suyos.
Retrocedió asustado.
Aquello significaba algo. Algo
fundamental, algo clave, pero ¿qué? Se volvió hacia la mesa contigua, en la que
descansaba la criatura con melena de león. Sus manos eran de simio y tenían la
piel oscura, pero aun así pudo adivinar en ellas la silueta de las hamsas.
Recorrió una mesa tras otra.
Incluso la quimera con aspecto de elefante tenía tatuada la planta de sus
mastodónticas patas delanteras. Todos y cada uno de aquellos seres muertos
tenían hamsas, igual que él. Sintió que los pensamientos le martilleaban
la cabeza tan fuerte como el corazón le aporreaba el pecho. ¿Qué estaba
sucediendo? Allí había docenas de quimeras, todas muertas y desnudas —sin
ninguna herida aparente—, sobre losas de piedra en una especie de catedral
subterránea. Sus propias hamsas lo conectaban de algún modo a ellas,
pero ignoraba de qué manera.
Rodeó de nuevo la primera mesa,
la del hombre del pelo blanco, y se inclinó sobre ella.
Al percibir el humo aromático
que se derramaba del incensario, sintió miedo de que aquel olor impregnado en
su pelo la delatara ante Yasri y BoAh cuando regresara a hurtadillas a la
tienda. La tienda. La simple idea de ascender de nuevo por aquella espiral
interminable le invitaba a acurrucarse en posición fetal. Notaba cómo le
palpitaban las heridas, supurantes bajo los vendajes, y el ungüento de Yasri ya
no lo calmaba. Estaba dolorido.
Pero… aquel lugar. Los cuerpos
muertos. Confundido, ChangMin sintió que aquel misterio lo desbordaba. La mano
del hombre con el pelo blanco descansaba justo delante de él, con la hamsa atrayendo
su atención. ChangMin acercó su mano para comparar las marcas, pero la del
hombre quedaba a la sombra del cuerpo, así que la levantó hacia la luz.
Eran idénticas. ChangMin notó
que mientras su mente permanecía ocupado en algo distinto, su sentido común le
lanzaba una leve advertencia.
La mano del hombre, aquella
mano muerta… estaba caliente.
No estaba muerto.
Él no estaba muerto.
Con un movimiento rápido como
el rayo, el hombre se puso en pie, girando sobre sus rodillas. Aquella mano que
había descansado inerte sobre las de él aferró la garganta de ChangMin y
levantó su cuerpo del suelo, lanzándolo sobre la mesa. Su cabeza golpeó contra
la piedra y se le nubló la vista. Cuando recuperó la visión, el hombre estaba
sobre su cuerpo, con los ojos pálidos como el hielo y los labios retraídos,
mostrando los colmillos. ChangMin no podía respirar; la mano del hombre aún
aprisionaba su garganta. Trató de arañarlo, se revolvió para quitárselo de
encima, logró colocar las rodillas entre ambos y golpearlo.
La presión sobre su garganta
disminuyó y ChangMin tomó una bocanada de aire, intentó gritar, pero el hombre
se lanzó de nuevo sobre él, pesado, desnudo y bestial.
ChangMin se defendió con todas
sus fuerzas, peleó con tal furia que sus cuerpos rodaron hasta el borde de la
mesa y cayeron al suelo. En el tumulto de la pelea, aquellas extremidades
desnudas ejercían tanta fuerza que ChangMin no podía liberarse. Estaba encima
de él, atenazando sus piernas, mirándolo, y de repente sus ojos perdieron algo
de aquel frenesí enloquecido. Relajó el gruñido de sus labios y recuperó de
nuevo su aspecto casi humano y hermoso, pero aun así terrorífico y… confuso.
Lo agarró con fuerza por las
muñecas, lo obligó a abrir las manos para ver sus hamsas, y clavó sus
ojos en él. Lo recorrió con la mirada, y ChangMin tuvo la sensación de ser él
el que se encontraba desnudo. Luego emitió un profundo gruñido que le estremeció.
—¿Quién eres?
Era incapaz de responder. El
corazón le latía con fuerza. Las heridas le abrasaban. Y, como siempre,
desconocía la respuesta.
—¿Quién eres?
Lo arrastró de las muñecas, lo
arrojó sobre la mesa de piedra y se colocó de nuevo encima de él. Sus
movimientos eran fluidos, de animal, y sus dientes, suficientemente afilados
como para desgarrarle la garganta. De pronto, ChangMin fue consciente de cómo
acabaría su aventura al otro lado de la puerta: en un charco de sangre. Logró
tomar aire.
Y gritó.
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