20.
HISTORIA REAL.
ChangMin pasó el fin de semana
solo en su apartamento, febril, amoratado, magullado, acuchillado y abatido.
Levantarse de la cama el sábado resultó una verdadera tortura. Sentía como si
le hubieran estirado los músculos en un torno, hasta casi rompérselos. Le dolía
todo. Todo. Era incapaz de diferenciar un dolor de otro, y parecía un ejemplo
de violencia doméstica, con la mejilla a punto de alcanzar el tamaño de un coco
y un azul tan intenso como el de su cabello.
Pensó en llamar a KyuHyun para
pedirle ayuda, pero abandonó la idea al darse cuenta de que no tenía el
teléfono. Estaba con el abrigo, los zapatos, el bolso, la cartera, las llaves y
el cuaderno de bocetos, en la tienda de Rain. Le podría haber mandado un correo
electrónico, pero nada más encender el ordenador portátil imaginó la reacción
de KyuHyun al verle, y supo que esta vez su amigo no admitiría evasivas. ChangMin
habría tenido que contarle algo. Se sentía demasiado cansado para inventar
mentiras, así que optó por atiborrarse de paracetamol y té y pasar el fin de
semana en una nube de escalofríos y sudor, miedo y pesadillas.
Se despertaba constantemente
con ruidos imaginarios y miraba hacia la ventana, deseando como nunca ver
aparecer a Kishmish con una nota, pero no fue así, y el fin de semana
transcurrió sin que nadie se preocupara por él —ni Seven, al que había lanzado
a través de un panel de cristal, ni KyuHyun, al que había enseñado a aceptar
sus ausencias con un silencio cauto—. Nunca se había sentido tan solo.
Llegó el lunes, durante el que
tampoco salió del apartamento, y continuó con su errática dieta a base de
paracetamol y té. Sus sueños eran un tiovivo de pesadillas en el que giraban
sin parar los mismos personajes —el ángel, el monstruo que Izîl cargaba a la
espalda, la quimera con aspecto de lobo, Rain enfurecido—, y cuando abría los
ojos, tal vez había cambiado la luz, pero nada más, excepto quizás que su
amargura era más profunda.
Había oscurecido cuando sonó el
telefonillo. Y sonó. Y sonó. ChangMin se arrastró hasta la mesita que había
junto a la puerta y preguntó con voz ronca:
— ¿Quién es?
— ¿ ChangMin? —Era KyuHyun—. ChangMin,
¿qué demonios te ha pasado? Por qué no me has llamado, mala persona.
ChangMin se sentía tan contento
de escuchar la voz de su amigo, tan agradecido de que alguien acudiera a
comprobar si le sucedía algo, que rompió a llorar. Cuando KyuHyun franqueó la
puerta, lo encontró sentado al borde de la cama, con su maltrecho rostro
surcado de lágrimas. KyuHyun se quedó quieto, encaramado sobre sus cómicas
botas con una ligera plataforma, y exclamó:
—Pero… Pero… Dios mío, ChangMin.
Atravesó la diminuta habitación
como un rayo. Tenía las manos frías por el aire invernal, y su voz era dulce. ChangMin
reposó la cabeza en el hombro de su amigo y lloró sin parar durante largos
minutos.
A partir de ese instante todo
mejoró.
KyuHyun se instaló sin hacer preguntas,
y luego fue a comprar provisiones: sopa, vendas y una caja de tiras de sutura
para cerrar los cortes recientes que ChangMin tenía en la clavícula, el brazo y
el hombro, abiertos por la espada del ángel.
—Te van a quedar unas buenas
cicatrices —comentó KyuHyun reclinado sobre su paciente con la misma
concentración que empleaba al construir sus marionetas—. ¿Cuándo te pasó esto?
Deberías haber ido directa al hospital.
—Lo hice —afirmó ChangMin
pensando en el ungüento de Yasri—. A una especie de hospital.
—Pero… ¿Esto son zarpazos?
ChangMin tenía los brazos
cubiertos de moratones, más oscuros donde Rain había hundido los dedos, y una
serie de pinchazos con costras.
—Sí —murmuró.
KyuHyun le observó en silencio,
luego se levantó y calentó la sopa que había comprado. Se sentó en una silla
junto a la cama y cuando ChangMin terminó de comer, colocó los pies —ahora
descalzos— sobre el colchón y cruzó las manos sobre su regazo.
—Está bien —dijo KyuHyun—,
estoy listo.
—¿Para qué?
—Para una historia realmente
buena que, espero, sea la verdad.
La verdad. ChangMin intentó
cambiar de tema —«Primero dime lo que sucedió el sábado con el chico del
violín»—, mientras la idea de contar la verdad rondaba su cabeza.
KyuHyun resopló.
—No voy a decirte nada. Bueno,
se llama Siwon, pero es todo lo que sabrás hasta que desembuches.
—¡Su nombre! ¡Sabes cómo se
llama! —aquella bocanada de normalidad infundió en ChangMin una felicidad casi
absurda.
— ChangMin, te lo digo en serio
—KyuHyun no tenía ganas de bromas. Sus oscuros ojos adquirieron una
intensa expresión de no querer escuchar tonterías que, como ChangMin le había
dicho alguna vez, sería perfecto para un interrogador de la policía secreta—.
Cuéntame qué demonios te ha sucedido.
La cuestión era que ChangMin
siempre decía la verdad, aunque le acompañara de una sonrisa sarcástica, como
si estuviera relatando algo extravagante. Ni siquiera tenía una expresión
facial que identificara cuándo decía la verdad realmente. ¿Y qué le contaría?
No era una historia que pudiera ir descubriendo poco a poco, como quien moja el
dedo gordo del pie en agua fría. Había que saltar de golpe.
—Un ángel ha intentado matarme
—le espetó a su amigo.
KyuHyun permaneció en silencio
un instante.
—Claro.
—De verdad.
ChangMin era consciente,
demasiado consciente, de su expresión. Se sentía como en una audición para el
papel de «personaje sincero» en la que estuviera poniendo todo su esfuerzo.
—¿Te ha hecho esto el caraculo?
ChangMin soltó una carcajada,
demasiado rápida y demasiado intensa, luego se estremeció y sujetó su mejilla
hinchada. La idea de que Seven pudiera herirlo era simplemente estúpida. Bueno,
herirlo físicamente, aunque en aquel momento incluso que le hubiera roto
el corazón resultaba tonto, en comparación con todos los asuntos que la
preocupaban.
—No, no fue Seven. Los cortes
son de una espada, cuando un ángel intentó matarme el viernes por la noche. En
Marruecos. Por Dios, es probable que saliera en las noticias. Luego vino aquel
tipo mitad lobo que creí que estaba muerto, pero definitivamente no lo
estaba. Y el resto me lo hizo Rain. Ah, y… Bueno, todo lo que aparece en mi
cuaderno de dibujo es cierto —giró las muñecas y las juntó para que se pudiera
leer en sus tatuajes historia real—. ¿Ves? Es una prueba.
A KyuHyun no le hizo gracia.
—Por Dios, ChangMin …
ChangMin se zambulló de lleno.
Sintió que la verdad tenía un tacto suave, como un canto rodado sobre la
palma de la mano.
—¿Y mi pelo? No es teñido. Pedí
un deseo para que se volviera de este color. Y hablo veintiséis idiomas, la
mayoría también fruto de deseos. ¿Nunca te ha resultado extraño que hable
checo? Me refiero a que ¿quién habla checo aparte de los checos? Rain me lo
regaló cuando cumplí quince años, justo antes de venir aquí. Ah, ¿y te acuerdas
de cuando tuve malaria? Pues la cogí en Papúa Nueva Guinea, y fue una mierda. Y
también me han disparado, y creo que maté al bastardo que lo hizo, pero no me
arrepiento, y por alguna razón un ángel ha tratado de asesinarme, y era
el ser más bello y tenebroso que jamás he visto, aunque el tipo mitad lobo
también era jodidamente terrorífico, y anoche cabreé demasiado a Rain y me
echó, y cuando regresé aquí, Seven estaba esperándome y le lancé a través del
cristal de la puerta, lo que me vino muy bien, porque no tenía llaves —hizo una
pausa—. Así que no creo que intente asustarme de nuevo, que es lo único
positivo de todo esto.
KyuHyun permaneció callado.
Arrastró la silla hacia atrás y se puso las botas, golpeando el suelo con cada
pie, y se habría marchado —probablemente para siempre— de no ser por el golpeteo
que sonó en los cristales de la puerta del balcón.
ChangMin lanzó un grito ahogado
y saltó de la cama, sin preocuparse de sus numerosas heridas. Se abalanzó hacia
la puerta. Era Kishmish.
Era Kishmish, y estaba envuelto
en fuego.
* * *
Murió en sus manos. ChangMin
apagó las llamas y lo acunó. Tenía el cuerpo en carne viva y chamuscado, y el
ímpetu de colibrí de su corazón fue convirtiéndose en largas pausas, mientras ChangMin
suplicaba, reclinada sobre él: «No, no, no, no, no…».
Kishmish metía y sacaba del
pico su lengua bífida y sus inquietos gorjeos fueron debilitándose, al igual
que sus latidos. «No, no, no. Kishmish, no…». Y murió.
ChangMin permaneció agachado en
el balcón, con Kishmish en sus manos. Sus súplicas fueron apagándose hasta
convertirse en simples susurros, que no desaparecieron hasta que KyuHyun habló.
—¿ ChangMin? —su voz era débil.
ChangMin levantó los ojos.
—¿Ese es…? —KyuHyun señaló con
mano temblorosa el cuerpo sin vida de Kishmish—. Ese es… Parece…
ChangMin no lo ayudó. Miró de
nuevo a Kishmish e intentó comprender aquella repentina intromisión de la
muerte. Voló hasta aquí en llamas, pensó. Venía a buscarme.
Notó que había algo amarrado a
su pata: un trozo quemado del grueso papel de notas de Brimstone, que se
deshizo en cenizas al tocarlo, y… algo más. Sus dedos temblaron al desatarlo, y
luego contempló el objeto en la palma de su mano. Su corazón se sobresaltó con
un arraigado miedo infantil. Se suponía que no debía tocarlo.
Era el hueso de la suerte de Rain.
Kishmish se lo había traído. Envuelto
en llamas.
En algún punto de la ciudad
aulló una sirena cuyo sonido encadenó los acontecimientos que su mente,
demasiado lenta, no había sido capaz de relacionar.
Llamas. La huella negra de una
mano. El portal. Se puso en pie con dificultad, entró rápidamente y se enfundó
una chaqueta y unas botas. KyuHyun seguía allí, con sus preguntas —«¿Qué es
esto, ChangMin? ¿Qué significa esto? ¿Qué…?»—, pero ChangMin apenas le oía.
Franqueó la puerta principal y
bajó las escaleras, con Kishmish todavía apoyado sobre su brazo y el hueso de
la suerte apretado contra la palma de la mano. KyuHyun le siguió hasta la calle
y por todo Josefov, hasta llegar a la puerta de servicio que había servido a Rain
de portal hacia Praga.
Se había convertido en un
infierno de color blanco azulado, inmune a los chorros de agua que lanzaban los
bomberos con sus mangueras. En ese mismo instante, aunque ChangMin no lo sabía,
todas las puertas del mundo estampadas con una huella de mano negra ardían
furiosamente. Era imposible sofocar aquellos incendios, que, sin embargo, no se
extendían. Las llamas devoraron las puertas y la magia ligada a ellas y después
se consumieron, dejando huecos quemados en docenas de edificios. El fuego
desprendía un calor tan intenso que derritió las puertas metálicas, y los
testigos que contemplaban las llamas vieron, en el fondo de su deslumbrada
retina, siluetas de alas.
ChangMin las vio y lo
comprendió todo. El camino hacia Otra Parte había sido cortado, y él quedaba a
la deriva.
* * *
Érase una vez un niño que creció entre
monstruos…
Pero los ángeles incendiaron las puertas
hacia su mundo, y él quedo completamente solo.
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