8.
GAVRIELS.
Cuando ChangMin entró en la
tienda, descubrió que Rain no estaba solo. Sentado frente a él había un
traficante, un repugnante cazador estadounidense con la barba más espesa y
mugrienta que jamás hubiera visto.
ChangMin se volvió hacia BoAh
con una mueca de asco.
—Lo sé —afirmó BoAh atravesando
el umbral con una ondulación de sus músculos de serpiente—. Le he puesto a
Avigeth, que está a punto de mudar la piel.
ChangMin rió.
Avigeth era la serpiente coral
que rodeaba el enorme cuello del cazador, formando una gargantilla demasiado
hermosa para su gusto. Sus franjas de color negro, amarillo y carmesí parecían
un fino esmalte chino, incluso con el brillo apagado que mostraban en aquella
época. Pero, a pesar de su belleza, Avigeth era mortal, en especial cuando la
desazón de un inminente cambio de piel la ponía de mal humor. En aquellos
momentos estaba deslizándose por la inmensa barba del cazador, como un
constante aviso del comportamiento que debía adoptar para mantenerse vivo.
—En beneficio de los animales
de Estados Unidos —susurró ChangMin —, ¿no podrías hacer que le picara, sin
más?
—Podría, pero a Rain no le
gustaría. Como bien sabes, Bain es uno de sus traficantes más estimados.
ChangMin suspiró.
—Lo sé.
Mucho antes de que él naciera,
Bain ya abastecía a Rain con dientes de oso —pardo, negro y polar—, lince,
zorro, puma, lobo y, en ocasiones, incluso de perro. Su especialidad eran los
predadores, muy preciados siempre por aquellos contornos. Y como ChangMin le
había recordado en numerosas ocasiones a Rain, muy valiosos también para el
planeta. ¿A cuántos hermosos cadáveres equivalía aquel montón de dientes?
ChangMin observó, consternado,
cómo Rain tomaba de la caja fuerte dos grandes medallones dorados con su efigie
grabada, ambos del tamaño de un platillo. Eran gavriels, con valor
suficiente para comprar la capacidad de volar y la invisibilidad. Brimstone los
deslizó sobre el escritorio, en dirección al cazador. ChangMin frunció el ceño
al ver cómo Bain se los guardaba en el bolsillo y se levantaba de la silla,
lentamente para no irritar a Avigeth. Por el ángulo de su desalmado ojo, lanzó
una mirada a ChangMin que él casi podría jurar que era de regodeo, y luego tuvo
el descaro de hacerle un guiño.
Él apretó los dientes y permaneció
callado, mientras boAh acompañaba a Bain a la salida. ¿No había sido esa misma
mañana cuando Seven le había guiñado un ojo desde la tarima de modelo? Vaya
día.
La puerta se cerró y, con un
gesto, Rain indicó a ChangMin que se acercara. Él arrastró los colmillos
envueltos en lona hasta él y dejó caer el paquete en el suelo de la tienda.
—Ten cuidado —gruñó Rain—. ¿No
sabes lo valiosos que son?
—Por supuesto que sí, he pagado
por ellos.
—Ese es el valor de los humanos,
tan idiotas que los trocearían para tallar chucherías y baratijas.
—¿Y qué harás tú con ellos?
—preguntó ChangMin. Pronunció aquellas palabras con tono despreocupado, como si
Rain fuera a descuidarse y a revelarle, al fin, el mayor de los misterios: qué
demonios hacía con todos aquellos dientes.
Él le devolvió una mirada
cansada, como diciendo: «Buen intento».
—¿Qué? Tú has sacado el tema. Y
no, no conozco el valor inhumano de los colmillos de elefante. No tengo
ni idea.
—Muy por encima de su precio
—Rain empezó a cortar la cinta adhesiva con un cuchillo curvo.
—Entonces fue una suerte que
llevara algunos scuppies —comentó ChangMin dejándose caer en la silla
que acababa de abandonar Bain—. De lo contrario, tus inestimables colmillos
habrían caído en manos de otro postor.
—¿A qué te refieres?
—No me diste suficiente dinero.
Y aquel desgraciado criminal de guerra no dejaba de pujar y, bueno, no estoy seguro
de que fuera un criminal de guerra, pero tenía cierto aire indefinible de criminalidad,
y me di cuenta de que estaba dispuesto a conseguir los colmillos, así que…
Tal vez no debería haberlo hecho, ya que tú no apruebas mi… mezquindad, ¿fue
esa la palabra que utilizaste? —sonrió con dulzura y balanceó las cuentas
restantes de su collar, reducido a poco más que un brazalete.
Había empleado con el hombre el
mismo truco que con Seven, una incesante arremetida de picores comprometidos
hasta que abandonó la sala. Seguramente Rain estaba al corriente; lo sabía
todo. A ChangMin le hubiera gustado que se lo agradeciera. En vez de eso, Rain
tiró una moneda sobre la mesa.
Un miserable shing.
—¿Eso es todo? ¿He arrastrado
esas cosas por todo París a cambio de un shing, mientras que el barbudo
se larga con dos gavriels?
Rain le ignoró y extrajo los
colmillos de su mortaja. Twiga acudió a consultarle algo e intercambiaron unas
palabras en voz baja, en su propio idioma, que ChangMin había aprendido desde
la cuna de forma natural, no mediante un deseo. Era un idioma áspero, con
gruñidos y abundantes fricativas, y una pronunciación en su mayoría gutural. En
comparación, incluso el alemán y el hebreo sonaban melodiosos.
Mientras ellos discutían sobre
la configuración de los dientes, ChangMin comenzó a rellenar su hilera de
deseos casi inútiles con los scuppies guardados en tazas de té, con los
que formó un brazalete de varias vueltas. Twiga trasladó los colmillos hasta su
rincón para limpiarlos, y ChangMin pensó en marcharse a casa.
Casa. Aquella palabra siempre aparecía entrecomillada en
su mente. Se había esforzado para que su piso mostrara un aspecto acogedor,
decorándolo con obras de arte, libros, lámparas ornamentales, una alfombra
persa tan ligera como una piel de lince y, por supuesto, sus alas de ángel, que
ocupaban toda una pared. Sin embargo, resultaba imposible rellenar su verdadero
vacío: la respiración de ChangMin era lo único que agitaba el aire. Cuando
estaba solo, el hueco de su interior, aquella carencia, como él lo
definía, parecía crecer. Incluso la relación con Seven le había permitido
contener la sensación, aunque no lo suficiente. Nunca lo suficiente.
Recordó su pequeña cuna,
colocada detrás de las altas estanterías de libros en la parte trasera de la
tienda, y deseó poder acostarse en ella esa noche. Así se quedaría dormido como
antes, escuchando los murmullos, los ondulantes movimientos de BoAh, los
crujidos de las pequeñas criaturas que correteaban entre las sombras.
—Mi dulce niño —Yasri salió de
la cocina con una bandeja de té. Junto a la tetera había un plato con su
especialidad: galletas en forma de cuerno rellenas de crema—. Debes de estar
hambriento —afirmó con voz de loro. Y mirando de reojo a Rain, añadió—: No es
sano para un chico que está creciendo andar siempre a la carrera de acá para
allá, sin descansar un instante.
—Ese soy yo, el chico que va de
acá para allá —afirmó ChangMin. Cogió una galleta y se dejó caer en la silla
para comérsela.
Rain la miró y luego respondió
a Yasri:
—Y supongo que alimentarse a
base de galletas sí será sano para un chico que está creciendo.
Yasri se quejó.
—Estaría encantada de
prepararle una buena comida si te dignaras a avisarme, enorme bruto —se volvió
hacia ChangMin y dijo—: Estás demasiado delgado, cariño. No te favorece.
—Así es —confirmó BoAh
acariciando el pelo de ChangMin —. Debería ser un leopardo, ¿no crees? Elegante
y perezoso, con la piel caliente por el sol, y no demasiado flaco. Un
chico-leopardo bien alimentado, lamiendo crema de un cuenco.
ChangMin sonrió y mordió la
galleta. Yasri sirvió el té al gusto de cada uno, lo que implicaba cuatro
azucarillos en el de Rain. Después de todos aquellos años, ChangMin seguía
encontrando divertido que el Traficante de Deseos fuera goloso. Lo observó
inclinado sobre su infinito trabajo, enfilando dientes para hacer collares.
—Oryx leucoryx — ChangMin
identificó la especie del diente que Rain acababa de elegir de la bandeja.
No parecía impresionado.
—Los antílopes son un juego de
niños.
—Entonces, pásame uno más
complicado.
Rain eligió un diente de
tiburón y ChangMin recordó las horas que de niño había pasado sentado junto a
él, aprendiendo todo sobre los dientes.
—Marrajo —dijo.
—¿De aleta larga o corta?
—Vaya. Déjame pensar
—permaneció inmóvil, sujetando el diente entre los dedos pulgar e índice. Rain
había comenzado a enseñarle este arte de pequeño, así que era capaz de leer el
origen y el estado de los dientes en sus vibraciones más sutiles.
—Corta —afirmó.
Rain lanzó un gruñido, que en
él era lo más parecido a un elogio.
—¿Sabías que los fetos de
tiburón mako se devoran entre sí en el vientre de su madre? —le preguntó
ChangMin.
BoAh, que estaba acariciando a
Avigeth, lanzó un silbido de disgusto.
—Es cierto. Solo los fetos
caníbales llegan a nacer. ¿Te imaginas que las personas hicieran lo mismo? — ChangMin
colocó los pies sobre el escritorio, pero los retiró inmediatamente al notar la
mirada sombría de Rain.
Envuelto por el cálido ambiente
de la tienda, ChangMin comenzó a adormecerse y sintió la llamada de su pequeña
cuna, escondida en un rincón, y del edredón que Yasri le había confeccionado,
tan suave por los años de uso.
—Rain —musitó dudosa—,
¿podría…?
De repente, un ruido sordo,
violento.
—Qué susto —exclamó Yasri
chasqueando el pico con agitación mientras recogía los utensilios de la
merienda.
Era la puerta trasera de la
tienda.
Al fondo, tras la zona de
trabajo de Twiga, en un oscuro rincón jamás iluminado por farol alguno, existía
una segunda puerta. ChangMin nunca la había visto abierta, por lo que
desconocía lo que ocultaba.
De nuevo se escuchó el ruido,
esta vez tan fuerte que sacudió los dientes en sus tarros. Rain se levantó. ChangMin
sabía lo que esperaba de él —que se levantara también y se marchara
inmediatamente—; sin embargo, se arrellanó en la silla.
—Deja que me quede —suplicó—.
Estaré en silencio. Volveré a mi cuna. No miraré…
— ChangMin —dijo Rain—. Conoces
las reglas.
—Odio las reglas.
Rain dio un paso hacia él,
dispuesto a arrancarlo de su asiento si no obedecía, pero ChangMin se puso en
pie de un salto, con las manos levantadas en actitud de rendición.
—Vale, vale.
Se enfundo el abrigo, con el
estruendo de fondo, y cogió otra galleta de la bandeja de Yasri antes de que BoAh
le condujera al vestíbulo. La puerta se cerró tras ellos, alejándoles de
cualquier sonido.
Ni siquiera se tomó la molestia
de preguntar a BoAh quién estaba tras la puerta, ya que ella nunca revelaba los
secretos de Rain. Sin embargo, con cierta pena, comentó:
—Estaba a punto de preguntarle
a Rain si podría dormir en mi antigua cuna.
BoAh se inclinó para besarle la
mejilla y dijo:
—Mi dulce niño, sería
estupendo. Podemos quedarnos aquí, como cuando eras pequeño.
Claro que sí. Cuando ChangMin
no tenía edad suficiente para aventurarse solo por las calles del mundo, BoAh
le había escondido allí. En ocasiones, habían permanecido agazapados durante horas
en aquel espacio diminuto, y BoAh le había distraído cantando, dibujando
—de hecho, fue ella quien le inició en el dibujo— o coronándolo con serpientes
venenosas, mientras Rain se enfrentaba dentro a lo que fuera que merodeara tras
la otra puerta.
—Puedes volver a entrar
—continuó BoAh—, pero después.
—No importa —suspiró ChangMin —.
Ya me marcho.
BoAh le apretó el brazo y
musitó:
—Que tengas dulces sueños,
cariño.
ChangMin encorvó los hombros y
se internó en la fría ciudad. Mientras caminaba, los relojes de Praga
comenzaron a disputarse las campanadas de medianoche, y aquel largo y aciago
lunes terminó por fin.
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