7.
HUELLAS DE MANO NEGRAS.
En el transcurso de varios
días, aparecieron profundas y negras huellas de mano en puertas de todo el
mundo, todas ellas quemadas sobre la madera o el metal. Nairobi, Delhi, San
Petersburgo, entre otras ciudades. Se trataba de un verdadero fenómeno. En El Cairo,
el propietario de una tetería cubrió con pintura la marca de la puerta trasera
de su local y descubrió, horas más tarde, que la huella había traspasado la
pintura y aparecía tan negra como cuando la había descubierto.
Varias personas habían presenciado
aquellos actos de vandalismo; sin embargo, nadie creía lo que afirmaban haber
visto.
—Con la mano desnuda —relató un
niño a su madre en Nueva York señalando a través de la ventana—. La colocó allí
y empezó a brillar y a echar humo.
La madre suspiró y regresó a la
cama. El niño tenía fama de mentiroso, así que mala suerte, porque aquella vez
decía la verdad. Había visto a un hombre alto colocar la mano sobre una puerta
y grabar su huella a fuego.
—La sombra del hombre estaba
mal —añadió mientras su madre se retiraba—, no correspondía con su cuerpo.
Un turista borracho había
contemplado una escena similar en Bangkok, aunque esta vez la huella la había
dejado una mujer de belleza deslumbrante. Cautivado, decidió seguirla y observó
cómo —según afirmaba— desaparecía volando.
—No tenía alas —relató a sus
amigos—, pero su sombra sí.
—Sus ojos eran como el fuego
—aseguró un anciano que había contemplado a uno de aquellos extraños seres
desde el palomar de su tejado—. Y cuando se marchó volando llovieron chispas.
Lo mismo había sucedido en
oscuros patios y callejones de Kuala Lumpur, Estambul, San Francisco y París.
Atractivos hombres y mujeres con sombras distorsionadas aparecían y grababan
las huellas de sus manos en las puertas, para desvanecerse a continuación en el
cielo, dejando tras de sí ráfagas de calor producidas por el movimiento de unas
alas invisibles. Aquí y allá caían algunas plumas como penachos de fuego
blanco, que se convertían en ceniza tan pronto como tocaban el suelo. En Delhi,
una hermana de la Misericordia extendió la mano y recogió una en la palma, como
si fuera una gota de lluvia, pero al contrario que una gota de lluvia, quemaba,
y dejó grabado en su piel el contorno perfecto de una pluma.
—Un ángel —murmuró disfrutando
del dolor.
Y no estaba muy equivocada.
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