25.
PAZ IMPOSIBLE.
ChangMin regresó a Praga el
viernes por la noche a última hora. Indicó su dirección al taxista, pero cuando
estaban llegando a su barrio, cambió de idea y le pidió que la dejara en
Josefov, cerca del antiguo cementerio judío. Era el lugar más fantasmagórico
que conocía, con la tierra formando elevados montículos sobre siglos de muertos
y lápidas tan irregulares como una mala dentadura. En aquel lugar anidaban
cuervos malignos, y las ramas de los árboles parecían dedos de viejas brujas.
Le encantaba dibujar allí, pero, por supuesto, estaba cerrado y además no era
su destino. Caminó junto a la desvencijada verja exterior, notando el peso del
silencio, y puso rumbo al portal de Rain, muy cerca de allí. O a lo que había
sido su portal.
Se detuvo en la acera opuesta a
la puerta, tratando de reunir fuerzas para acercarse y llamar. Imagina que
se abre, pensó. Imagina que chirría y aparece BoAh, con una sonrisa
exasperada en el rostro. «Rain está de un humor de perros —podría decir—.
¿Estás seguro de que quieres pasar?».
Como si todo hubiera sido un
error estúpido. Y ¿no podía suceder?
Cruzó la calle. Con el corazón
repleto de esperanza, levantó la mano y llamó; tres golpes fuertes. Nada más
hacerlo la ilusión aumentó de manera dolorosa. Respiró hondo y contuvo el
aliento, mientras su corazón palpitaba por favor, por favor, por favor y
los ojos se le inundaban con lágrimas de reencuentro. Se abriera o no,
lloraría. Tenía el llanto dispuesto tanto para la decepción como para el
alivio.
Silencio.
Por favor, por favor, por
favor.
Pero… nada.
Soltó el aire con una
exhalación desconsolada que liberó un río de lágrimas en cada mejilla. Siguió
esperando, encogido para protegerse del frío, dejando que los minutos dieran
paso a otros minutos, hasta que finalmente se rindió y regresó a su piso.
* * *
Aquella noche, YooChun veló su
sueño. ChangMin tenía los labios apenas separados, las manos colocadas bajo la
mejilla, como un niño, y respiraba profundamente. «Él es inocente», había afirmado Izîl. Dormido lo parecía. Pero ¿de
verdad lo era?
YooChun había pasado los
últimos meses obsesionado con su imagen —aquel encantador rostro alzado para
mirarlo, mientras se encogía bajo su sombra, creyendo que iba a morir—. El
recuerdo lo abrasaba. Una y otra vez lo atormentaba pensar lo cerca que había
estado de matarlo. Pero ¿qué lo había detenido?
Algo en él había evocado a otro
muchacho, perdido mucho tiempo atrás, pero ¿qué?
No fueron sus ojos. No eran
negros y cálidos como la noche, sino castaños como los de la tierra,
chocolatosos sobre su piel canela. Y en sus rasgos no reconocía los de aquel
otro rostro, tan querido, y que vio por primera vez entre la bruma hacía tanto
tiempo.
Ambos eran hermosos, eso era
todo, pero algo los había enlazado, algo que detuvo su mano.
Finalmente lo había
descubierto. Se trataba de un gesto: la manera en que había ladeado la cabeza,
como un pájaro, al mirarlo. Eso fue lo que lo había salvado. Algo tan
insignificante como aquello.
De pie en el balcón, mirando a
través de la ventana, YooChun se preguntó Y ahora ¿qué?
De manera espontánea, surgió el
recuerdo de la última vez que había contemplado a alguien dormido. En aquella
ocasión, ningún cristal empañado por su aliento se interponía entre ellos;
tampoco había observado desde lejos, sino junto al cálido cuerpo de Max,
apoyado sobre un codo y tratando de descubrir cuántos minutos podía soportar
sin acariciarlo.
Ni uno solo. Había sentido un
dolor en la punta de los dedos que solo podía aliviarse con el roce de su piel.
En aquella época, sus manos
mostraban muchas menos líneas tatuadas, aunque no estaban libres de la tinta de
la muerte. Ya era un asesino; sin embargo, Max había besado aquellas marcas,
nudillo a nudillo, y lo había absuelto.
—La guerra es lo único que nos
han enseñado —había susurrado aquel chico—, pero hay otras formas de vivir.
Podemos encontrarlas, YooChun. Podemos inventarlas. Este es el
principio, aquí.
Él había reposado su mano sobre
el pecho desnudo de YooChun —su corazón se había desbocado con aquella caricia—
y había llevado la mano de él hacia su propio corazón, apretándola sobre su
piel de seda.
—Nosotros somos el principio.
Aquella primera noche robada
con él había sido como un comienzo —como inventar un nuevo modo de vida—.
YooChun nunca había movido con
tanta delicadeza las manos como cuando acariciaba con la punta de los dedos los
párpados cerrados de Max, imaginando los sueños que se desarrollaban tras ellos
y los hacían temblar.
Max había confiado en él lo
suficiente como para permitirle tocarle mientras dormía.
Aun en recuerdos, le sorprendía
que desde el primer momento le hubiera dejado tumbarse a su lado y recorrer el
perfil de su rostro dormido, su grácil cuello, sus brazos delgados y fuertes y
las articulaciones de sus poderosas alas. En ocasiones, había sentido cómo el
pulso de Max se aceleraba en sueños; otras veces Max había murmurado algo y
alargado su mano hacia él, despertándose mientras lo arrastraba junto a él y
luego, con suavidad, dentro de él.
YooChun se alejó de la ventana.
¿Qué despertaba aquellos recuerdos de Max de forma tan intensa?
Los primeros filamentos de una
idea comenzaban a desplegarse por las profundidades de su mente tratando de
buscar conexiones —una manera de transformar lo imposible en posible—, pero sin
que YooChun se atreviera a admitirlo. Ni siquiera habría imaginado que en su
interior acechara la capacidad de sentir esperanza.
¿Qué lo había empujado a
abandonar su regimiento en plena noche, sin avisar a JunSu y JaeJoong, para
regresar a este mundo?
Podría romper el cristal sin
ninguna dificultad, o derretirlo. En unos segundos, estaría junto a ChangMin y
lo despertaría, tapándole la boca con la mano. Podría preguntarle… ¿qué,
exactamente? ¿Pensaba que él sería capaz de explicarle por qué había
venido? Además, no soportaba la idea de asustarlo. Se volvió, dando la espalda
a la puerta, se apoyó sobre la barandilla y contempló la ciudad.
JunSu y JaeJoong ya habrían
descubierto su marcha. «Otra vez», se estarían murmurando el uno al otro en voz
baja, incluso mientras ocultaban su ausencia con alguna excusa improvisada.
Junsu y JaeJoong eran sus
hermanastros. Eran hijos del harén, descendientes del emperador seráfico, cuyo
pasatiempo era engendrar bastardos para luchar en la guerra. Su «padre»
—pronunciaban aquella palabra con los dientes apretados— visitaba cada noche a
una concubina diferente, mujeres ofrecidas como tributo o elegidas a dedo
cuando atraían su mirada. Sus secretarios mantenían al día un listado de su
progenie dividido en dos columnas: chicos y chicas. Siempre se estaban
agregando nombres y a medida que los niños crecían y perecían en el campo de
batalla, desaparecían de aquella lista sin ninguna ceremonia.
YooChun, JunSu y JaeJoong
fueron añadidos en el mismo mes. Habían crecido juntos, rodeados de mujeres, y
a los cinco años fueron entregados para iniciar su instrucción. Habían logrado
permanecer unidos desde entonces, luchando siempre en los mismos regimientos,
presentándose voluntarios para las mismas misiones, incluida la última: señalar
las puertas de Rain con las huellas incendiarias que las envolverían en llamas,
todas al mismo tiempo, para destruir el portal del hechicero.
Esta era la segunda vez que
YooChun había desaparecido sin dar explicaciones. La primera había sido hacía
años, y tardó tanto en regresar que sus hermanos temieron que hubiera muerto.
Y parte de él lo había hecho.
Nunca les había confesado, ni a
ellos ni a nadie, dónde había pasado aquellos meses de ausencia, o qué le había
sucedido para transformarse en lo que era ahora.
Izîl lo había llamado monstruo,
y ¿no lo era? Imaginó lo que Max pensaría si pudiera verlo en aquel momento, si
descubriera en qué había convertido aquella «nueva forma de vida» sobre la que
habían susurrado, hacía tiempo, en el tranquilo espacio creado con sus propias
alas ahuecadas.
Por primera vez desde que le
había perdido, fue incapaz de evocar los rasgos de Max. Otro rostro se
interponía: el de ChangMin. Sus ojos, castaños y aterrorizados, reflejaban el
resplandor de sus alas mientras él se cernía sobre aquel chico.
Era un monstruo. Nada podría absolver todo lo que había
hecho.
Desplegó las alas y se elevó
hacia la oscuridad de la noche. No debía estar allí, en la ventana, acechando
mientras ChangMin dormía plácidamente. Regresó de nuevo a su escondite para
dormir, él también, y cuando por fin lo consiguió, soñó que se encontraba al
otro lado del cristal. ChangMin —no Max, sino ChangMin— le sonreía y
apretaba los labios contra sus nudillos, besándolos uno a uno y borrando las
líneas negras de sus manos, hasta que no quedó ninguna.
Inocente.
—Hay otras maneras de vivir
—susurró él, y YooChun despertó con un sabor amargo en la garganta, porque
sabía que no era cierto. No había esperanza, solo existía el hacha del verdugo,
y la venganza. Y tampoco había espacio para la paz. La paz era imposible. Se
apretó los ojos con la base de las manos, sintiendo cómo la frustración crecía
en su interior como un alarido.
¿Por qué había regresado? ¿Y por qué era incapaz de marcharse?
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