28.
ACTITUD DE PLEGARIA.
En su escondite, la vampiresa
Jessica se olvidó por un instante de respirar.
En la intersección con Karlova,
un pequeño grupo de turistas dobló la esquina para bajar por el callejón y se
quedó petrificado. A más de uno se le cayó el chicle de la boca desencajada.
Seven, ataviado con un sombrero de copa y una estaca de madera colocada con
desenfado bajo el brazo, descubrió que su ex novio estaba suspendido en el
aire.
La verdad es que no se
sorprendió en exceso. Algo en ChangMin activaba una inusual credulidad, y cosas
que en otras personas resultarían difíciles de creer no parecían tan
descabelladas en él. ¿Que ChangMin estaba volando? Bueno, ¿por qué no?
Lo que Seven sintió no fue
sorpresa, sino celos. ChangMin estaba volando, no cabía duda, pero acompañado.
Se encontraba junto a un tipo que, Seven tuvo que admitir —aunque para él
reconocer la belleza en otros hombres era inconcebible—, era guapo hasta
parecer absurdo. Guapo hasta la exageración.
Muy poco sofisticado, pensó cruzando los brazos.
Lo que ambos hacían no podía
describirse exactamente como volar. Permanecían a la altura de los tejados,
pero apenas se movían —girando como gatos y mirándose el uno al otro con
extraordinaria intensidad—. El aire parecía vibrar entre ellos, y Seven notó
una especie de puñetazo en el estómago.
Entonces ChangMin atacó al
tipo, y él se sintió mucho mejor.
Más tarde afirmaría que la
pelea aérea formaba parte del recorrido, y se embolsaría sustanciosas propinas.
Presentaría a ChangMin como su novio, enfureciendo a Jessica, que se marcharía
ofendida a su casa para mirarse las cejas —todavía gordas como orugas— en el
espejo. Pero, de momento, todos contemplaban embobados a aquellos dos hermosos
seres que se enfrentaban en el aire con los tejados de Praga como escenario.
Bueno, no cabía duda de que ChangMin
luchaba. Su contrincante solo esquivaba las embestidas, con enorme elegancia y
una extraña… ¿caballerosidad?…, y parecía rehuirlo y estremecerse como si
hubiera recibido un golpe incluso cuando él no lo había tocado.
Durante unos minutos la escena
se desarrolló del mismo modo, mientras se arremolinaba más gente en la calle,
pero entonces ChangMin se abalanzó sobre él y aquel tipo le agarró las manos.
ChangMin soltó el cuchillo —cayó desde gran altura y se clavó entre dos
adoquines— y él lo sujetó. Era extraño: aferraba sus manos con las palmas
juntas, en actitud de plegaria. ChangMin se revolvió, pero él era claramente
más fuerte y lo retuvo con facilidad, presionando con sus manos las de él, como
obligándola a rezar.
Él habló y su voz fluyó hasta
el público, extraña e increíblemente tonal, áspera y algo… animal. Aquellas
palabras la calmaron poco a poco. Aun así, él mantuvo las manos del menor
sujetas con las suyas durante largo rato. Sobre la plaza del casco viejo, las
campanas de la iglesia de Týn marcaron las nueve, y cuando el eco de la novena
campanada inundó el silencio, él lo liberó y retrocedió un poco en el aire,
tenso y vigilante, como quien saca a un animal salvaje de una jaula y no sabe
si lo atacará.
ChangMin no lo atacó. Se alejó.
Ambos hablaban, gesticulaban. ChangMin se movía en el aire de forma lánguida,
con las piernas recogidas, agitando los brazos al ritmo de una corriente, como
si quisiera mantenerse a flote. Parecía todo tan fluido —tan posible— que
varios turistas intentaron cautelosamente aletear con los brazos, preguntándose
si no habrían accedido a una zona del planeta donde…, bueno, donde la gente
pudiera volar.
Y entonces, justo cuando
estaban habituándose a la sorprendente imagen del chico del pelo azul y el
hombre del pelo negro flotando sobre sus cabezas, como una deliciosa muestra de
arte en directo, ChangMin realizó un movimiento repentino. El hombre se encogió
en el aire y empezó a caer, a trompicones, tratando de mantenerse erguido.
Perdió la batalla y se quedó sin fuerzas. Dejó caer la cabeza
hacia atrás, suelta sobre el cuello, y, con un crepitar de chispas semejante a
la cola de un cometa, se precipitó hacia el suelo.
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