16.
CAÍDOS.
YooChun encontró a Izîl
encogido de miedo tras un montón de basura en Jemaâ-el-Fna, con aquella
criatura aún aferrada a su espalda. A su alrededor se había arremolinado un
grupo de personas aterrorizadas, amenazantes, pero cuando YooChun descendió del
cielo en medio de una explosión de chispas, huyeron en todas direcciones,
chillando como cerdos apaleados.
La criatura extendió un brazo
hacia YooChun.
—Hermano —musitó con voz
suave—. Sabía que regresarías a por mí.
YooChun apretó la mandíbula y
se obligó a mirar a aquel ser. Aunque tenía el rostro abotargado, sus rasgos
conservaban el recuerdo de una belleza muy lejana: ojos almendrados, nariz fina
y con caballete alto y unos labios sensuales que parecían imposibles en un
rostro tan espantoso. Pero la clave de su verdadera naturaleza se hallaba en su
espalda. En sus omóplatos sobresalían los muñones astillados de unas alas.
Increíblemente, aquella
criatura era un serafín. Y solo podía tratarse de alguno de los Caídos.
YooChun creía que se trataba de
una leyenda, y jamás se había planteado si estaría basada en hechos reales, no
hasta ese momento, en que se encontraba frente a la prueba de ello. Que
existían serafines exiliados en otra época por traición y colaboración con el
enemigo, arrojados al mundo de los humanos para siempre. Bueno, este era uno de
ellos, y sin duda su aspecto distaba mucho del que habría tenido en el pasado.
El paso del tiempo había encorvado su columna vertebral, y la piel, tirante,
parecía engancharse en cada saliente de las vértebras. Las piernas, inútiles,
colgaban a su espalda. Esto no era fruto del tiempo, sino de la violencia. Como
si arrancarle las alas —no cortarle, sino arrancarle— no supusiera
castigo suficiente, le habían aplastado también las piernas, condenándolo a
arrastrarse sobre la superficie de un mundo extraño.
Mil años había vivido de ese
modo, y ver a YooChun lo había llenado de gozo.
Izîl no mostraba tanta alegría
y se acurrucaba contra el repugnante montón de desperdicios, más asustado de YooChun
que de la multitud.
Mientras Razgut repetía
«Hermano, hermano» como un cántico extático, el anciano temblaba y trataba de
retroceder, pero estaba atrapado.
YooChun se inclinó sobre él, y
el brillo de sus alas, ahora visibles, iluminó todo como si fuera de día.
Con ansiedad, Razgut estiró un
brazo en dirección a YooChun.
—Mi condena ha terminado y has
venido a buscarme. ¿No es así, hermano? Vas a llevarme a casa y a curarme, para
que pueda caminar. Para que pueda volar…
—Esto no tiene nada que ver
contigo —respondió YooChun.
—¿Qué… qué quieres? —preguntó
Izîl con voz entrecortada en el idioma del serafín, que había aprendido de
Razgut.
—El chico. —Espetó YooChun—, quiero que me hables de él.
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