12.
ALGO TOTALMENTE DISTINTO.
YooChun le vio salir. Estaba
aproximándose a la puerta y, unos pasos antes de llegar a ella, esta se abrió,
liberando un acre torrente de magia que le provocó dentera. En el portal
apareció un muchacho con el pelo de un inverosímil color lapislázuli.
Ensimismado en sus
pensamientos, no notó su presencia cuando pasó junto a él apresuradamente.
YooChun permaneció en silencio,
pero contempló cómo se alejaba hasta que la curva del callejón le robó la
imagen de aquel chico y su cabellera azul. Sacudió la cabeza, se volvió hacia
la puerta y colocó la mano sobre ella. El siseo de la madera al quemarse, su
mano delineada en humo, y misión cumplida: aquella era la última puerta que
debía marcar. En otros puntos del planeta, JunSu y JaeJoong estarían
finalizando también su trabajo, y regresando hacia Samarkanda.
YooChun se disponía a alzar el
vuelo e iniciar el último tramo de su viaje para reunirse con los otros antes
de volver a casa, pero sintió un pálpito en el corazón, y después otro, y
permaneció inmóvil, con los pies en la tierra y la mirada fija en el lugar por
el que había desaparecido el chico.
Sin pensarlo, se encontró
siguiendo sus pasos.
Cuando vislumbró a lo lejos el
resplandor de su pelo, se preguntó cómo un muchacho como aquel podía tener
relación alguna con las quimeras. A juzgar por lo que había visto, todos los
traficantes de Rain eran repugnantes brutos con los ojos muertos y peste a
matadero. Pero ¿él? Él poseía una belleza deslumbrante, ágil y vital, aunque
seguramente no fuera aquello lo que lo había intrigado. Todos sus semejantes
eran hermosos, hasta tal punto que, para ellos, la belleza casi había perdido
su significado. Entonces, ¿qué le había empujado a seguirlo, cuando debería
estar surcando el cielo? Habría sido incapaz de decirlo. Parecía como si un
susurro le animara a continuar hacia delante.
La medina de Marrakech era un
verdadero laberinto, alrededor de trescientos callejones sin salida
entrelazados como un montón de serpientes en un cajón, pero el chico parecía
saber perfectamente hacia dónde se dirigía. Se detuvo un instante para deslizar
un dedo sobre la trama de un tejido, y YooChun aminoró el paso y se desvió un
poco hacia un lado para contemplarlo mejor.
Su rostro, de color canela y
hermoso, dejó traslucir cierta nostalgia —una especie de carencia—, pero
tan pronto como el vendedor le dirigió la palabra, se iluminó con una sonrisa.
Respondió con soltura, empleando un árabe sonoro, gutural y con un tono
parecido a un ronroneo. Hizo reír al hombre, y ambos intercambiaron bromas.
YooChun lo observaba con la
mirada fija como un halcón. Hasta hacía unos días, los humanos habían sido para
él poco más que leyenda, y ahora se encontraba en su mundo. Era como saltar
dentro de un libro —un libro vivo, lleno de colores, fragancias, inmundicia y
caos—, y el muchacho del pelo azul deambulaba por sus páginas como un hada a
través de un relato. La luz le trataba de manera distinta que al resto, y el
aire parecía detenerse a su alrededor, como un aliento contenido. Como si aquel
lugar fuera un cuento dedicado a él.
¿Quién era?
No lo sabía, pero la intuición
le susurró que fuera quien fuese, no se trataba de otra parca callejera de
Rain. Estaba seguro de que era algo totalmente distinto.
Sin perderla de vista, merodeó tras él mientras seguía su camino
por la medina.
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