miércoles, 9 de octubre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 11

11.
POR FAVOR.

¿Por favor? Rain nunca utilizaba esa expresión. ChangMin cruzó la ciudad a toda prisa, con más inquietud que si el mensaje hubiera dicho algo amenazador, como: «Ahora, o verás».

BoAh abrió la puerta, inusualmente silenciosa.

—¿Qué sucede, BoAh? ¿Me he metido en un lío?

—Calla. Solo entra y trata de no reprenderlo hoy.

¿Reprenderlo? — ChangMin parpadeó. Pensaba que si alguien estaba en peligro de recibir una reprimenda, era él.

—A veces te muestras muy duro con él, como si no resultara ya suficientemente difícil.

—¿Qué es suficientemente difícil?

—Su vida. Su trabajo. Dedica todo su tiempo a trabajar. Es una actividad incesante, que no le aporta ninguna alegría, y en ocasiones tú la dificultas aún más con tu actitud.

—¿Mi actitud? — ChangMin estaba sorprendido—. ¿He llegado en medio de alguna conversación, BoAh? Porque no tengo ni idea de lo que estás hablando…

—He dicho que te calles. Solo estoy pidiendo que intentes ser amable, como cuando eras pequeño. Fuiste una gran alegría para todos nosotros, ChangMin. Sé que llevar este tipo de vida no es fácil para ti, pero trata de recordar, en todo momento, que no eres el único con problemas.

Dicho esto, la puerta interior se abrió, y ChangMin traspasó el umbral. Se sentía confundido, a la defensiva, pero al ver a Rain, lo olvidó todo.

Estaba reclinado sobre el escritorio, con una mano sujetando su enorme cabeza y la otra sosteniendo el hueso de la suerte que colgaba de su cuello. Kishmish brincaba nervioso entre los cuernos de su dueño, emitiendo chillidos de preocupación.

—¿Estás… estás bien? —balbuceó ChangMin.
Resultaba extraño pronunciar aquellas palabras, y se dio cuenta de que nunca le había preguntado aquello, a pesar de todos los interrogantes con los que lo había acosado a lo largo de su vida. Tampoco había encontrado razón para hacerlo; él apenas insinuaba cualquier emoción, y mucho menos debilidad o fatiga.

Rain levantó la cabeza, soltó el hueso de la suerte y dijo simplemente:

—Has venido.

Parecía sorprendido y aliviado, lo que provocó en ChangMin cierto sentimiento de culpa.

—Bueno, por favor es la palabra mágica —dijo tratando de ser amable.

—Pensé que tal vez te habíamos perdido.

¿Perderme? ¿Te refieres a que creíste que había muerto?

—No, ChangMin. Supuse que habías recuperado tu libertad.

—Mi… —balbuceó con voz apagada. Recuperar su libertad—. ¿Qué demonios significa eso?

—Siempre he imaginado que algún día tus pasos seguirán su propio camino y te alejarán de nosotros. Como debería ser. Pero me alegro de que ese día no haya llegado aún.

ChangMin se levantó, con los ojos clavados en Rain.

—¿De verdad? Me salto una misión y piensas que ya está, que me he largado para siempre. Por Dios. ¿Qué crees, que voy a desaparecer así, sin más?

—Dejarte marchar, ChangMin, sería como abrir la ventana a una mariposa. Nunca esperas que vuelva.

—Yo no soy una puta mariposa.

—No. Eres un ser humano, y tu lugar está en el mundo de los humanos. Tu infancia casi ha terminado…

—Y… ¿qué? ¿Ya no me necesitas?

—Al contrario. Ahora te necesito más que nunca. Como he dicho antes, me alegro de que hoy no sea el día en que vayas a abandonarnos.

Todo aquello era nuevo para ChangMin: que llegaría un día en que dejaría a su familia quimérica, e incluso que poseyera la libertad para hacerlo si así lo deseaba.
Pero no quería abandonarlos. Bueno, tal vez deseaba evitar algunos de los trabajitos más repulsivos, pero eso no significaba que se sintiera como una mariposa que golpea un cristal, tratando de salir y escapar. No sabía qué decir.

Rain deslizó un monedero sobre el escritorio, acercándoselo.

El recado. Casi había olvidado por qué se encontraba allí. Enfadado, agarró el monedero y lo abrió. Dírhams, entonces debía acudir a Marruecos. Frunció el ceño.

—¿Izîl? —preguntó, y Rain asintió con la cabeza.

—Pero todavía no toca — ChangMin se reunía con un ladrón de tumbas en Marrakech el último domingo de cada mes, pero aún era viernes, y faltaba una semana para la cita fijada.

toca —afirmó Rain, y señaló un gran tarro de boticario colocado en una estantería detrás de él. ChangMin lo conocía bien. Normalmente estaba lleno de dientes humanos, pero en aquel momento se encontraba casi vacío.

—Vaya —paseó la mirada por la estantería y descubrió sorprendido que el contenido de otros muchos tarros también había disminuido. No recordaba ninguna época en la que la reserva de dientes hubiera sido tan escasa—. Estás derrochando dientes. ¿Tienes algún asunto entre manos?

Era una pregunta estúpida. Como si supiera lo que implicaba que Rain estuviera utilizando más dientes, cuando ni siquiera sabía para qué los empleaba.

—Ve a comprobar qué tiene Izîl —dijo Rain—. Preferiría no enviarte a otro lugar en busca de dientes humanos, si puedo evitarlo.

—Sí, yo también.

ChangMin rozó con los dedos las cicatrices de bala de su vientre y recordó San Petersburgo. A pesar de la enorme abundancia de dientes humanos que había en el mundo, conseguirlos podía resultar… interesante.
Jamás olvidaría la imagen de aquellas muchachas en la bodega de un carguero, aún vivas y con las bocas ensangrentadas, a la espera de nuevas torturas.
Tal vez lograran escapar. Cada vez que volvían a su memoria, ChangMin añadía a la imagen un final inventado, igual que BoAh le había enseñado a hacer con las pesadillas para recuperar el sueño. La única manera de soportar aquel recuerdo era pensar que les había concedido tiempo suficiente para escapar de sus captores, y quizá fuera así. Al menos lo había intentado.
Qué sensación más extraña le provocó recibir aquel disparo. Con qué tranquilidad había reaccionado, y con qué rapidez había desenfundado el cuchillo que llevaba oculto y lo había clavado.

Una y otra vez. Una y otra vez.

Durante años se había entrenado para luchar, pero jamás había necesitado proteger su vida. Sin embargo, en un instante, había descubierto que sabía perfectamente cómo hacerlo.

—Prueba en Jemaâ-el-Fna —añadió Rain—. Kishmish divisó allí a Izîl, aunque fue hace horas, cuando te convoqué por primera vez. Con suerte, puede que siga en ese lugar.

Una vez pronunciadas aquellas palabras, se inclinó de nuevo sobre la bandeja repleta de dientes de mono, lo que aparentemente indicaba a ChangMin que podía marcharse. Volvía a ser el viejo Rain, de lo cual se alegró. Ese nuevo ser que decía por favor y hablaba de él como de una mariposa resultaba perturbador.

—Lo encontraré —afirmó ChangMin —. Y no tardaré en regresar con los bolsillos repletos de dientes humanos. Claro que sí. Apostaría lo que fuera a que nadie en el mundo ha dicho hoy estas mismas palabras. 

El Traficante de Deseos guardó silencio y ChangMin titubeó en el vestíbulo.

—Rain —dijo volviéndose hacia él—. Quiero que sepas que nunca te abandonaré… sin más.

Cuando levantó la cabeza, sus ojos de reptil aparecieron nublados por el agotamiento.

—Es imposible saber lo que uno hará —dijo agarrando de nuevo el hueso de la suerte—. No te tomo la palabra.


BoAh cerró la puerta y ChangMin se internó en Marruecos. Sin embargo, no podía olvidar la imagen de Rain de aquel modo, ni la inquietante sensación de que algo terrible estaba sucediendo.

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