11.
POR FAVOR.
¿Por favor? Rain nunca utilizaba esa expresión. ChangMin cruzó
la ciudad a toda prisa, con más inquietud que si el mensaje hubiera dicho algo
amenazador, como: «Ahora, o verás».
BoAh abrió la puerta,
inusualmente silenciosa.
—¿Qué sucede, BoAh? ¿Me he
metido en un lío?
—Calla. Solo entra y trata de
no reprenderlo hoy.
—¿Reprenderlo? — ChangMin
parpadeó. Pensaba que si alguien estaba en peligro de recibir una reprimenda,
era él.
—A veces te muestras muy duro
con él, como si no resultara ya suficientemente difícil.
—¿Qué es suficientemente
difícil?
—Su vida. Su trabajo. Dedica todo
su tiempo a trabajar. Es una actividad incesante, que no le aporta ninguna
alegría, y en ocasiones tú la dificultas aún más con tu actitud.
—¿Mi actitud? — ChangMin estaba
sorprendido—. ¿He llegado en medio de alguna conversación, BoAh? Porque no
tengo ni idea de lo que estás hablando…
—He dicho que te calles. Solo
estoy pidiendo que intentes ser amable, como cuando eras pequeño. Fuiste una gran
alegría para todos nosotros, ChangMin. Sé que llevar este tipo de vida no es
fácil para ti, pero trata de recordar, en todo momento, que no eres el único
con problemas.
Dicho esto, la puerta interior
se abrió, y ChangMin traspasó el umbral. Se sentía confundido, a la defensiva,
pero al ver a Rain, lo olvidó todo.
Estaba reclinado sobre el
escritorio, con una mano sujetando su enorme cabeza y la otra sosteniendo el
hueso de la suerte que colgaba de su cuello. Kishmish brincaba nervioso entre
los cuernos de su dueño, emitiendo chillidos de preocupación.
—¿Estás… estás bien? —balbuceó ChangMin.
Resultaba extraño pronunciar
aquellas palabras, y se dio cuenta de que nunca le había preguntado aquello, a
pesar de todos los interrogantes con los que lo había acosado a lo largo de su
vida. Tampoco había encontrado razón para hacerlo; él apenas insinuaba
cualquier emoción, y mucho menos debilidad o fatiga.
Rain levantó la cabeza, soltó
el hueso de la suerte y dijo simplemente:
—Has venido.
Parecía sorprendido y aliviado,
lo que provocó en ChangMin cierto sentimiento de culpa.
—Bueno, por favor es la
palabra mágica —dijo tratando de ser amable.
—Pensé que tal vez te habíamos
perdido.
—¿Perderme? ¿Te refieres
a que creíste que había muerto?
—No, ChangMin. Supuse que
habías recuperado tu libertad.
—Mi… —balbuceó con voz apagada.
Recuperar su libertad—. ¿Qué demonios significa eso?
—Siempre he imaginado que algún
día tus pasos seguirán su propio camino y te alejarán de nosotros. Como debería
ser. Pero me alegro de que ese día no haya llegado aún.
ChangMin se levantó, con los
ojos clavados en Rain.
—¿De verdad? Me salto una
misión y piensas que ya está, que me he largado para siempre. Por Dios. ¿Qué
crees, que voy a desaparecer así, sin más?
—Dejarte marchar, ChangMin,
sería como abrir la ventana a una mariposa. Nunca esperas que vuelva.
—Yo no soy una puta mariposa.
—No. Eres un ser humano, y tu
lugar está en el mundo de los humanos. Tu infancia casi ha terminado…
—Y… ¿qué? ¿Ya no me necesitas?
—Al contrario. Ahora te
necesito más que nunca. Como he dicho antes, me alegro de que hoy no sea el día
en que vayas a abandonarnos.
Todo aquello era nuevo para ChangMin: que llegaría un día en que
dejaría a su familia quimérica, e incluso que poseyera la libertad para hacerlo
si así lo deseaba.
Pero no quería
abandonarlos. Bueno, tal vez deseaba evitar algunos de los trabajitos más
repulsivos, pero eso no significaba que se sintiera como una mariposa que
golpea un cristal, tratando de salir y escapar. No sabía qué decir.
Rain deslizó un monedero sobre
el escritorio, acercándoselo.
El recado. Casi había olvidado
por qué se encontraba allí. Enfadado, agarró el monedero y lo abrió. Dírhams,
entonces debía acudir a Marruecos. Frunció el ceño.
—¿Izîl? —preguntó, y Rain
asintió con la cabeza.
—Pero todavía no toca —
ChangMin se reunía con un ladrón de tumbas en Marrakech el último domingo de
cada mes, pero aún era viernes, y faltaba una semana para la cita fijada.
—Sí toca —afirmó Rain, y
señaló un gran tarro de boticario colocado en una estantería detrás de él. ChangMin
lo conocía bien. Normalmente estaba lleno de dientes humanos, pero en aquel
momento se encontraba casi vacío.
—Vaya —paseó la mirada por la
estantería y descubrió sorprendido que el contenido de otros muchos tarros
también había disminuido. No recordaba ninguna época en la que la reserva de
dientes hubiera sido tan escasa—. Estás derrochando dientes. ¿Tienes algún
asunto entre manos?
Era una pregunta estúpida. Como
si supiera lo que implicaba que Rain estuviera utilizando más dientes,
cuando ni siquiera sabía para qué los empleaba.
—Ve a comprobar qué tiene Izîl
—dijo Rain—. Preferiría no enviarte a otro lugar en busca de dientes humanos,
si puedo evitarlo.
—Sí, yo también.
ChangMin rozó con los dedos las
cicatrices de bala de su vientre y recordó San Petersburgo. A pesar de la
enorme abundancia de dientes humanos que había en el mundo, conseguirlos podía
resultar… interesante.
Jamás olvidaría la imagen de
aquellas muchachas en la bodega de un carguero, aún vivas y con las bocas
ensangrentadas, a la espera de nuevas torturas.
Tal vez lograran escapar. Cada vez que volvían a su memoria,
ChangMin añadía a la imagen un final inventado, igual que BoAh le había
enseñado a hacer con las pesadillas para recuperar el sueño. La única manera de
soportar aquel recuerdo era pensar que les había concedido tiempo suficiente
para escapar de sus captores, y quizá fuera así. Al menos lo había intentado.
Qué sensación más extraña le
provocó recibir aquel disparo. Con qué tranquilidad había reaccionado, y
con qué rapidez había desenfundado el cuchillo que llevaba oculto y lo había
clavado.
Una y otra vez. Una y otra vez.
Durante años se había entrenado
para luchar, pero jamás había necesitado proteger su vida. Sin embargo, en un
instante, había descubierto que sabía perfectamente cómo hacerlo.
—Prueba en Jemaâ-el-Fna —añadió
Rain—. Kishmish divisó allí a Izîl, aunque fue hace horas, cuando te convoqué
por primera vez. Con suerte, puede que siga en ese lugar.
Una vez pronunciadas aquellas
palabras, se inclinó de nuevo sobre la bandeja repleta de dientes de mono, lo
que aparentemente indicaba a ChangMin que podía marcharse. Volvía a ser el
viejo Rain, de lo cual se alegró. Ese nuevo ser que decía por favor y hablaba
de él como de una mariposa resultaba perturbador.
—Lo encontraré —afirmó ChangMin
—. Y no tardaré en regresar con los bolsillos repletos de dientes humanos.
Claro que sí. Apostaría lo que fuera a que nadie en el mundo ha dicho hoy estas
mismas palabras.
El Traficante de Deseos guardó
silencio y ChangMin titubeó en el vestíbulo.
—Rain —dijo volviéndose hacia
él—. Quiero que sepas que nunca te abandonaré… sin más.
Cuando levantó la cabeza, sus
ojos de reptil aparecieron nublados por el agotamiento.
—Es imposible saber lo que uno
hará —dijo agarrando de nuevo el hueso de la suerte—. No te tomo la palabra.
BoAh cerró la puerta y ChangMin
se internó en Marruecos. Sin embargo, no podía olvidar la imagen de Rain de
aquel modo, ni la inquietante sensación de que algo terrible estaba sucediendo.
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