6.
EL ÁNGEL DE LA EXTINCIÓN.
¿Divertirse?
—Sí, claro —refunfuñó ChangMin
esa misma noche, mientras arrastraba ciento cuarenta kilos de marfil de
contrabando por las escaleras del metro de París—. Esto es realmente divertido.
Tras abandonar la tienda de
Rain, BoAh le había acompañado hasta la misma puerta por la que había entrado,
pero al salir no estaba de vuelta en Praga. Se encontraba en París, así de
fácil.
Cada vez que franqueaba aquel
portal, un estremecimiento recorría todo su cuerpo. La puerta daba acceso a
docenas de ciudades, y ChangMin las había visitado todas, para hacer algún
recado como aquel y en ocasiones por placer. Rain le permitía ir a dibujar a
cualquier punto del planeta donde no hubiera guerra, y cuando deseaba comer
mangos, le abría la puerta hacia la India, a condición de que trajera algunos
también para él. Incluso había conseguido que le dejara organizar expediciones
de compras a bazares exóticos y al mercadillo del propio París para amueblar su
piso.
Adondequiera que acudiera,
cuando la puerta se cerraba tras él, desaparecía su conexión con la tienda. La
magia solo existía en aquel otro lugar —en Otra Parte, como él solía
decir— y no podía conjurarse desde este lado. Nadie podía entrar en la tienda
por la fuerza. Lo único que se conseguía era franquear una puerta terrenal que
no conducía a donde se esperaba.
Incluso ChangMin dependía de la
voluntad de Rain para ser admitido. En ocasiones no se lo había permitido, por
mucho que hubiera llamado; sin embargo, nunca le había abandonado al otro lado
durante una misión, y esperaba que jamás lo hiciera.
El recado resultó ser acudir a
una subasta del mercado negro en un almacén a las afueras de París. ChangMin
había asistido a varias, y eran siempre iguales. Solo se aceptaba dinero en
metálico, por supuesto, y acudían personajes diversos de los bajos fondos, como
dictadores exiliados y capos del crimen con pretensiones culturales. Los
objetos subastados eran un baturrillo de piezas robadas de museos: un dibujo de
Chagall, la úvula disecada de algún santo decapitado, un par de colmillos de un
elefante africano adulto.
Sí. Un par de colmillos de un
elefante africano adulto.
ChangMin suspiró al verlos.
Rain no le había especificado lo que debía buscar, solo que lo identificaría
sin problema, y así fue. Vaya, iba a resultar divertido acarrearlos en
transporte público.
Al contrario que los demás
postores, él no disponía de un gran coche negro que la esperara a la salida, ni
de un par de guardaespaldas que se encargaran del trabajo pesado. Solo tenía
una hilera de scuppies y su encanto, lo que no resultó suficiente para
convencer a un taxista de que transportara aquellos colmillos de elefante de
dos metros en la parte trasera de su vehículo. Así que, a regañadientes,
ChangMin tuvo que arrastrarlos seis manzanas hasta la estación de metro más
cercana, bajarlos por las escaleras y pasarlos por los torniquetes. Iban
envueltos en una lona pegada con cinta adhesiva, y cuando un músico callejero
bajó su violín para preguntarle: «Oye, hermoso, ¿qué llevas ahí?», Él
respondió: «Los músicos, siempre haciendo preguntas», y siguió tirando de su
carga.
Sin duda, podría haber sido peor,
y a menudo lo era. Rain le enviaba a algunos lugares espantosos en busca de
dientes. Tras el incidente de San Petersburgo, mientras se recuperaba de un
disparo, le había preguntado:
—¿Realmente mi vida vale tan
poco para ti?
En cuanto aquellas palabras
salieron de su boca, se arrepintió. Si Rain estimaba tan poco su vida,
no quería que se lo confirmara. A pesar de sus defectos, era la única familia
que conocía, junto a BoAh, Twiga y Yasri. Y si la consideraba únicamente una
especie de esclava prescindible, prefería no saberlo.
Su respuesta no había
confirmado ni desechado su temor.
—¿Tu vida? ¿Te refieres a tu cuerpo?
El cuerpo es una mera envoltura, ChangMin. El alma es otra cosa y, por lo
que sé, la tuya no se encuentra en peligro inminente.
—¿Una envoltura? —no le
agradaba pensar en su cuerpo como un recubrimiento, algo que los demás pudieran
abrir y revolver, de donde fuera posible retirar pedazos como cupones de
descuento.
—Supuse que tú pensabas lo
mismo —le había dicho él—. Al ver la forma en que garabateas sobre tu piel.
Rain no aprobaba sus tatuajes,
lo que resultaba gracioso teniendo en cuenta que él había sido responsable de
los primeros que tuvo, los ojos en las palmas de sus manos. Al menos, ChangMin
sospechaba que habían sido obra suya, aunque no estaba seguro, ya que Rain era
incapaz de contestar las preguntas más básicas.
—Como quieras —había respondido
el más chico con un suspiro de aflicción.
Se sentía realmente afligido.
Recibir un disparo duele, no cabe duda. Por supuesto, no podía
aducir que Rain le hubiera empujado hacia el peligro sin la preparación
necesaria. Se había ocupado de que recibiera clases de artes marciales desde
muy pequeño. Nunca se lo había revelado a sus amigos —no era un asunto del que
alardear, como le había enseñado su sensei—, y ellos se habrían
sorprendido al saber que aquellos gráciles giros y desplazamientos iban ligados
a la capacidad de matar. Letal o no, había tenido la desgracia de descubrir las
limitaciones del karate frente a las armas de fuego.
Se había recuperado rápidamente
gracias a un ungüento de olor acre, y sospechaba que también a la magia; sin
embargo, su audacia juvenil se debilitó, y ahora se enfrentaba a las misiones
con más inquietud.
El tren llegó a la estación y
él forcejeó con su carga para introducirla en el vagón, tratando de no pensar
demasiado en su contenido, o en la magnífica vida que había quedado truncada en
algún lugar de África, seguramente hacía mucho tiempo. Aquellos colmillos eran
enormes, y ChangMin sabía que en la actualidad rara vez alcanzaban ese tamaño
—los cazadores furtivos eran responsables de ello—. Al abatir a los ejemplares
más grandes, habían alterado la reserva genética del elefante. Era nauseabundo,
y allí estaba él, colaborando con aquel negocio sangriento, transportando de
contrabando restos de especies protegidas en el maldito metro de París.
Aparcó aquel pensamiento en un
rincón oscuro de su mente y miró por la ventanilla mientras el tren adquiría
velocidad en los túneles sin iluminar. No podía permitirse ese tipo de
reflexiones. Siempre que lo hacía, su vida aparecía salpicada de sangre y
desagrado.
El semestre anterior, cuando
había fabricado aquellas alas, se había concedido a sí misma el sobrenombre de
Ángel de la Extinción, algo totalmente adecuado. Las alas estaban cubiertas con
plumas reales que había «tomado prestadas» de la tienda de Rain —cientos de
plumas que le habían llevado los traficantes a lo largo de los años—.
Solía jugar con ellas de
pequeño, antes de comprender que los pájaros a los que pertenecían habían
muerto por ellas; especies enteras empujadas hacia la extinción.
Durante un tiempo había sido un
niño inocente que jugaba con plumas en el suelo de la guarida de un diablo. Sin
embargo, aquella inocencia había desaparecido, y no sabía cómo enfrentarse a
ello. Su vida se componía de magia, vergüenza, secretos y un vacío profundo y
persistente en el centro de su ser, donde sin duda faltaba algo.
ChangMin se sentía acosado por
la idea de estar incompleto. Desconocía el significado de aquel
sentimiento, pero la acompañaba desde siempre una sensación parecida a la de
haber olvidado algo. En cierta ocasión, cuando era pequeño, había tratado de
describírsela a BoAh:
—Es como si estuvieras en la
cocina y supieras que has entrado por alguna razón, pero la has olvidado, sin
importar lo que fuera.
—¿Y es así como te sientes?
—preguntó BoAh con el ceño fruncido.
—Todo el tiempo.
BoAh solo lo había estrechado
entre sus brazos y acariciado el pelo —todavía de su color natural, casi
negro—, añadiendo con poca convicción:
—Estoy segura de que no es
nada, cariño. Intenta no preocuparte.
De acuerdo.
Bien. Subir los
colmillos por los escalones del metro resultó mucho más duro que arrastrarlos
escaleras abajo, y al alcanzar el último peldaño, ChangMin se sentía agotado,
sudaba bajo el abrigo y estaba tremendamente malhumorado. El portal se hallaba
a dos manzanas de distancia, conectado a la entrada del pequeño almacén de una
sinagoga, y cuando al fin llegó hasta él, encontró a dos rabinos enfrascados en
una conversación justo delante de la puerta.
—Perfecto —masculló.
Pasó delante de ellos y se apoyó contra una puerta de hierro que
quedaba oculta, para esperar mientras discutían en tono místico sobre cierto
acto de vandalismo. Cuando por fin se marcharon, ChangMin arrastró los
colmillos hasta la pequeña puerta y llamó. Como siempre hacía mientras esperaba
frente al portal de algún callejón en cualquier parte del mundo, imaginó que se
quedaba atrapada.
Algunas veces, BoAh tardaba
largos minutos en acudir a la puerta, y todas y cada una de las veces, ChangMin
consideraba la posibilidad de que quizá no se abriera. Siempre sentía
aquella punzada de miedo a quedarse atrapado, no solo durante la noche, sino
para siempre. Aquella perspectiva le desvelaba su propia vulnerabilidad. Si un
día la puerta no se abriera, se quedaría totalmente solo.
La espera se alargaba.
Reclinado de forma cansina contra el marco de la puerta, ChangMin percibió algo
extraño y se enderezó. Sobre la puerta había una enorme y negra huella de mano.
Algo que no habría resultado tan insólito, de no ser porque parecía quemada
sobre la madera. Quemada, pero con la silueta perfectamente delineada.
Este debía de ser el tema de conversación de los rabinos. Recorrió la huella
con las yemas de los dedos y se dio cuenta de que estaba incrustada en la
puerta, lo que le permitió colocar su mano dentro, aunque empequeñecida por el
tamaño de aquella. Al retirarla, quedó cubierta por una fina ceniza. Perplejo,
se limpió los dedos.
¿Con qué estaba hecha aquella
huella? ¿Con un hierro de marcar cuidadosamente moldeado? Algunas veces, los
traficantes de Rain señalaban los portales para encontrarlos en sus siguientes
visitas, pero solían utilizar simples trazos de pintura o una X grabada con un
cuchillo. Esto era demasiado sofisticado para ellos.
La puerta se abrió con un
crujido, y ChangMin sintió un profundo alivio.
—¿Ha ido todo bien? —preguntó
BoAh.
ChangMin introdujo los
colmillos en el vestíbulo con gran esfuerzo; tuvo que colocarlos en ángulo para
que entraran.
—Claro que sí —se desplomó contra la pared—. Si pudiera,
arrastraría colmillos de elefante por París todas las noches, es un verdadero
placer.
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