4.
LA COCINA ENVENENADA.
El resto de la jornada se
desarrolló sin incidentes. Una lección doble de química y color en el
laboratorio, una clase magistral de dibujo y el almuerzo, después del cual KyuHyun acudió a clase de marionetas y ChangMin, a pintura, dos clases de tres horas en
el estudio que les devolvieron a la misma oscuridad invernal con la que habían
llegado por la mañana.
—¿Un veneno? —preguntó KyuHyun
al salir por la puerta.
—¿Hace falta preguntar?
—Respondió ChangMin—. Me muero de hambre.
Agacharon la cabeza para
protegerse el rostro del viento helado y se dirigieron hacia el río.
Las calles de Praga parecían
una fantasía apenas alterada por el siglo XXI, ni por el XX ni el XIX. Era una
ciudad de alquimistas y soñadores, por cuyos adoquines medievales habían
deambulado golems, místicos y ejércitos invasores. Los edificios, de
gran altura y pintados en luminosos tonos vara de oro, carmín y azul pálido,
lucían escayolas de estilo rococó y tejados de un rojo uniforme. Las cúpulas
barrocas tenían el suave color verde del bronce antiguo, y los chapiteles
góticos se elevaban hacia el cielo dispuestos a empalar ángeles caídos. El
viento transportaba recuerdos de magia, revolución y violines, y las calles
adoquinadas serpenteaban como riachuelos. Había muchachos con pelucas de Mozart
que anunciaban en las esquinas conciertos de música de cámara, y marionetas
colgadas de las ventanas que otorgaban a la ciudad el aspecto de un teatrillo
con titiriteros ocultos tras una cortina de terciopelo.
Y sobre todo ello, en lo alto
de la colina, se alzaba el castillo con su angulosa silueta, como cubierta de
espinas. Por la noche estaba iluminado, bañado por un resplandor inquietante.
Aquella tarde el cielo se encontraba cubierto de nubes bajas cargadas de nieve,
que formaban halos en torno a las farolas.
Bajando por el arroyo del Diablo se llegaba a La Cocina
Envenenada, un lugar difícil de encontrar por casualidad; era necesario saber
que estaba allí, y franquear un arco de piedra que daba acceso a un cementerio
vallado, tras el que se hallaban las ventanas iluminadas del café.
Por desgracia, los turistas ya
no debían confiar en la suerte para descubrirlo, pues la última edición de una
guía de viajes había desvelado su ubicación al mundo:
En este lugar existió un
priorato medieval cuya iglesia se incendió hace unos trescientos años; sin
embargo, las celdas de los monjes se conservan y han sido transformadas en el
café más extraño que pueda imaginarse, repleto de estatuas clásicas ataviadas
con máscaras antigás de la Primera Guerra Mundial recopiladas por el
propietario del local. Cuenta una leyenda que, en la Edad Media, el cocinero
del priorato se volvió loco y asesinó a todos los monjes con un perol de goulash
envenenado, de ahí el nombre tan macabro del café y su plato estrella: goulash,
por supuesto. Adelante, siéntese en un sofá de terciopelo y apoye los pies
sobre un ataúd. Las calaveras colocadas detrás de la barra tal vez pertenezcan
a los monjes asesinados, o no…
... y, durante los últimos seis
meses, no habían dejado de asomar la cabeza a través del arco mochileros en
busca de algún rincón morboso de Praga sobre el que escribir en sus postales.
Aquella tarde, sin embargo,
ambos amigos encontraron el local tranquilo. En un rincón, había una pareja de
extranjeros que fotografiaba a sus hijos con unas máscaras antigás puestas, y
varios hombres bebían acodados en la barra, pero la mayoría de las mesas
—ataúdes flanqueados por sofás bajos de terciopelo— estaban libres. Había
estatuas romanas por todas partes: dioses y ninfas a tamaño natural sin brazos
ni alas, y en el centro de la estancia, una réplica del gigantesco Marco
Aurelio a caballo de la colina Capitolina.
—Qué bien, Pestilencia está
libre —exclamó ChangMin, y se dirigió hacia la escultura.
Tanto el gigantesco emperador
como su montura lucían la correspondiente máscara antigás, como todas las
estatuas del bar. A ChangMin siempre le había recordado al cuarto jinete del
Apocalipsis, La Peste, sembrando la enfermedad con su brazo extendido. La mesa
preferida de ambos estaba situada a su sombra, donde podían disfrutar de
intimidad y de una perspectiva del bar —a través de las patas del caballo— que
les permitía observar si entraba alguien interesante.
Dejaron las carpetas y colgaron
los abrigos en los dedos de piedra de Marco Aurelio. El dueño, a quien le
faltaba un ojo, les saludó levantando la mano desde la barra, y aquellos
jóvenes le devolvieron el gesto.
Hacía dos años y medio que
frecuentaban ese café, desde que tenían quince años y empezaron a estudiar en
el Liceo. En aquella época, ChangMin acababa de llegar a Praga y no conocía a
nadie. También hacía poco que había adquirido el checo (por medio de un deseo,
no estudiándolo; ChangMin coleccionaba idiomas y era lo que Rain le regalaba
siempre por su cumpleaños) y todavía lo sentía extraño en el paladar, como el
sabor de una nueva especia.
Antes había estudiado en un
internado inglés, y aunque podía expresarse con un perfecto acento británico,
había mantenido la entonación estadounidense que había aprendido cuando era
pequeño, así que sus compañeros de clase siempre pensaron que procedía de aquel
país. A decir verdad, no poseía ninguna nacionalidad. Su documentación era
falsa, al igual que todos sus acentos —excepto uno, el de su lengua materna,
que no era de origen humano—.
KyuHyun era checo, con ciertos
rasgos coreanos debido a la mezcla de su familia, y descendía de una antigua
familia de fabricantes de marionetas de la ciudad de Ceský Krumlov, una
pequeña joya situada al sur de Bohemia. Su hermano mayor había escandalizado a
la familia alistándose en el ejército, pero KyuHyun llevaba las marionetas en
la sangre y había decidido continuar con la tradición familiar. Al igual que
ChangMin, no conocía a nadie más en la escuela, pero el azar quiso que al
inicio del primer trimestre les emparejaran para pintar un mural en una escuela
infantil del barrio. Durante una semana, habían pasado las tardes sobre una escalera, y, al terminar la jornada,
solían visitar La Cocina Envenenada. Allí fue donde se fraguó su amistad, y
cuando el mural estuvo terminado, el propietario les encargó una escena de
esqueletos sentados en inodoros para el baño del café. Como pago, les invitaría
a cenar durante todo un mes, confiando en que continuarían acudiendo al bar, y
dos años después, así era.
Pidieron goulash y se lo
comieron mientras charlaban sobre el ardid de Seven, los pelos de la nariz del
profesor de química —que, según KyuHyun, eran suficientemente largos para
trenzarlos— e ideas para sus proyectos semestrales. La conversación no tardó en
centrarse en el guapo violinista que acababa de unirse a la orquesta del Teatro
de Marionetas de Praga.
—Tiene pareja—se lamentó KyuHyun.
—¿Qué? ¿Cómo lo sabes?
—Siempre está mandando mensajes
de texto en los descansos.
—¿Y esas son tus pruebas? Un
tanto endebles. Tal vez esté librando una cruzada secreta contra el mal, y
envía furiosos mensajes en clave a su némesis —sugirió ChangMin.
—Sí. Seguramente es eso. Gracias.
—Solo estoy sugiriendo que
podría haber un motivo distinto al de la "novia". De todas formas, ¿desde cuándo
eres tímido? ¡Habla con él!
—¿Y qué le digo? ¿Estupenda
interpretación, guaperas?
—Por qué no.
KyuHyun resopló. Trabajaba los
fines de semana como ayudante de los titiriteros del teatro y se había quedado
prendado del violinista unas semanas antes de Navidad. Por lo general solía
manejar bien ese tipo de situaciones, pero a aquel chico no se atrevía siquiera
a dirigirle la palabra.
—Seguramente piense que soy un niño —replicó—. Ni te imaginas lo que es tener la estatura de un mocoso.
—O de una marioneta —comentó
ChangMin sin sentir ninguna lástima. Para él, la altura de KyuHyun era
perfecta, como si fuera un hada que encuentras en el bosque y deseas guardar en
tu bolsillo. Pero en el caso de su amigo, el hada parecía estar rabioso, y mordía.
—Ante todos ustedes: KyuHyun,
la maravillosa marioneta humana. Miren cómo baila —KyuHyun imitó posturas de ballet
con los brazos, como si fuera una marioneta.
Inspirado, ChangMin exclamó:
—¡Oye! Se me ha ocurrido algo
estupendo para tu proyecto: construir un titiritero gigante y que tú seas la
marioneta. ¿Qué te parece? Podrías diseñarlo para que cuando tú te muevas sea
como, no sé, un teatrillo al revés. ¿Hay alguien que haya hecho esto antes? ¿Tú
eres la marioneta, y bailas gracias a los hilos, pero en realidad son tus
movimientos los que desplazan las manos del titiritero?
KyuHyun estaba llevándose un
trozo de pan a la boca, y se detuvo en seco. Por la expresión soñadora de sus
ojos, ChangMin supo que estaba visualizando su idea.
Su amigo comentó:
—Sería una marioneta realmente
grande.
—Yo podría maquillarte, como
una pequeña marioneta de bailarin.
—¿Estás seguro de que quieres
regalarme la idea? Es tuya.
—Claro, yo no pienso construir
una marioneta gigante. Toda para ti.
—Bueno, gracias. ¿Tienes ya
algo pensado para tu proyecto?
ChangMin no tenía nada. El
semestre anterior había asistido a clase de diseño de vestuario, y había
construido unas alas de ángel montadas sobre un arnés, con un sistema de poleas
para poder subirlas y bajarlas.
Totalmente desplegadas, le concedían una
magnífica envergadura de tres metros y medio. ChangMin se las había puesto para
mostrárselas a Rain, pero ni siquiera había logrado acercarse a él. BoAh la
había detenido en el vestíbulo y —¡la dulce BoAh!— le había silbado, con la
capucha de cobra abierta por completo, de un modo que ChangMin solo había visto
un par de veces en su vida. «¡Un ángel, la peor de las abominaciones!
¡Quítate eso! ¡Mi dulce niño, no soporto verte así!». Fue todo muy extraño.
Ahora las alas estaban colgadas en el diminuto piso de ChangMin, sobre su cama,
ocupando toda una pared.
Este semestre necesitaba un
tema para realizar una serie de cuadros, pero hasta el momento nada había hecho
bullir su imaginación. Mientras cavilaba, escuchó el tintineo de las
campanillas de la puerta. Entraron varios hombres, y tras ellos una sombra
fugaz llamó la atención de ChangMin. Tenía el tamaño y la forma de un cuervo,
pero no era algo tan mundano.
Se trataba de Kishmish.
ChangMin se levantó y lanzó una
rápida mirada a su amigo. KyuHyun estaba bosquejando marionetas en su cuaderno
y apenas respondió cuando ChangMin se excusó. La sombra le siguió de camino al
aseo, a poca altura e invisible.
El mensajero de Rain tenía
cuerpo y pico de cuervo, las alas membranosas de un murciélago y la lengua
bífida. Parecía recién salido de un cuadro de El Bosco, y agarraba una nota
firmemente entre sus patas. Cuando ChangMin la cogió, vio que sus pequeñas
garras, afiladas como cuchillos, habían perforado el papel.
Desdobló la nota y leyó el
mensaje, para lo que necesitó únicamente dos segundos, ya que solo decía:
«Recado que requiere atención inmediata. Ven».
—Nunca dice por favor —le comentó a Kishmish.
La criatura ladeó la cabeza
igual que un cuervo, como preguntando: «¿Vienes?».
—Claro que voy —afirmó
ChangMin—. ¿No lo hago siempre?
Un instante después le dijo a KyuHyun:
—Tengo que irme.
—¿Cómo? —KyuHyun levantó la
vista del cuaderno de bocetos—. ¿Y el postre? —sobre el ataúd descansaban dos
platos de strudel de manzana y té.
—Maldita sea —se quejó ChangMin—.
No puedo. Tengo que hacer un recado.
—Tú y tus recados. ¿Qué te ha
surgido así, tan de repente?
Miró el teléfono de ChangMin,
que estaba sobre el ataúd, y comprobó que no había recibido ninguna llamada.
—Cosas —Respondió.
KyuHyun no insistió, ya que
sabía por experiencia que no recibiría ninguna explicación.
ChangMin tenía cosas que hacer.
En ocasiones le mantenían ocupada unas horas; en otras, desaparecía durante
días y regresaba cansado y con el pelo alborotado, tal vez pálido, tal vez
quemado por el sol, o cojeando, o quizás con la marca de un mordisco, y una vez
con una fiebre abrasadora que resultó ser malaria.
—Pero ¿dónde has cogido una
enfermedad tropical? —le había preguntado KyuHyun,
a lo que ChangMin había respondido:
—Ni idea. ¿Tal vez en el
tranvía? El otro día una anciana me estornudó directamente en la cara.
—Así no se pilla la
malaria.
—Ya lo sé. De todas formas, fue
algo muy grosero. Estoy pensando en conseguir una moto para no tener que montar
en el tranvía nunca más.
Y la discusión terminó ahí. Ser
amigo de ChangMin implicaba cierta resignación a no saber realmente quién era
él. KyuHyun suspiró y añadió:
—Perfecto. Dos strudels para
mí. Si engordo, será culpa tuya.
ChangMin abandonó La Cocina Envenenada, precedido por la sombra de
una criatura con aspecto de cuervo que franqueó la puerta con rapidez.
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