24.
VOLAR ES FÁCIL.
ChangMin descubrió, con
alegría, que volar era fácil. La euforia difuminó el cansancio, y con él, la
apatía que se había instalado en su ánimo tras demasiados encuentros con los
traficantes de dientes de Rain. Tomó altura, maravillado por las estrellas y la
sensación de encontrarse entre ellas. Eran increíbles. Había que admitir que
aunque Bain carecía de gusto para la decoración, al menos vivía en compañía de
las estrellas.
El cielo parecía azucarado.
Se alejó de la cabaña y siguió
la carretera en dirección a Boise. Se movía arriba y abajo, entre las
corrientes de aire. Experimentó la velocidad —sin esfuerzo, aunque los ojos se
le llenaron de lágrimas heladas—. No tardó mucho en adelantar al taxi que le
había abandonado a su suerte e imaginó escenas malévolas. Podría volar junto al
coche, golpear la ventanilla y agitar el puño antes de remontar de nuevo el
vuelo.
Eres perverso, pensó, y escuchó la voz de Rain en su cabeza
censurando aquella travesura como insensata. Bueno, tal vez un poquito.
No obstante, ¿qué pensaría Rain
del deseo en sí —volar— y del plan del que formaba parte? ¿Cómo reaccionaría
cuando ChangMin se presentara en su puerta, con el pelo despeinado por el
viento de dos mundos? ¿Se alegraría de verlo o seguiría enfurecido y rugiría
que estaba loco, echándolo de nuevo? ¿Debía buscar a Rain o él deseaba que
escapara como una mariposa a través de una ventana, sin mirar atrás, como si
nunca hubiera tenido una familia de monstruos?
Si esperaba que hiciera
aquello, es que no le conocía en absoluto.
Iría a Marruecos y localizaría
a Razgut bajo el montón de basura o el carro que le sirviera de escondite y
juntos —¡juntos!, se estremecía incluso al pensar en aquella
palabra que lo unía a él— volarían a través de una abertura en el cielo para
emerger en Otra Parte.
De repente comprendió que
aquello era a lo que Rain se refería al afirmar que «la esperanza realiza su
propia magia». Los deseos no le habían permitido abrir un portal sin más, pero
gracias a su fuerza de voluntad, a su esperanza,
y justo cuando daba por pérdidas a sus quimeras, lo había conseguido: había
encontrado un camino. Allí estaba, volando, y con un guía que lo esperaba para
conducirlo hasta el lugar al que deseaba ir. Se sentía orgulloso, y creyó que
Rain también lo estaría, lo demostrara o no.
Empezó a tiritar. En el cielo
hacía frío y el entusiasmo inicial iba dejando paso al castañeteo de dientes y
el cansancio, así que aterrizó en medio de la carretera, con facilidad, como si
lo hubiera hecho miles de veces, y esperó a que el taxi le alcanzara.
Por supuesto, el taxista se
sorprendió al verlo. Le miró como si se tratara de un fantasma y, de regreso al
aeropuerto, pasó más tiempo observándole a través del espejo retrovisor que
mirando a la carretera. ChangMin se sentía demasiado agotado como para pensar
siquiera que era gracioso. Cerró los ojos, buscó el hueso de la suerte con la
mano, bajo el cuello del abrigo, y cogió las puntas de la espoleta entre sus
dedos.
Estaba casi dormido cuando sonó
su teléfono. El nombre de KyuHyun se iluminó en la pantalla.
—Hola, hada rabiosa.
Su amigo resopló.
—Cállate. Tú eres el único aquí
que podría ser un hada.
—Yo no soy un hada. Soy un
monstruo. Y adivina qué. Hablando de hadas, tengo una sorpresa para ti.
ChangMin trató de imaginar la
cara de KyuHyun cuando viera cómo se elevaba del suelo. ¿Debía contárselo, o
sorprenderle? Tal vez podría fingir que se caía de una torre… ¿o sería
demasiado malvado?
—¿Qué? —Preguntó KyuHyun—. ¿Me
has comprado un regalo?
Ahora le tocaba resoplar a
ChangMin.
—Eres como un niño cuando sus
padres regresan a casa de una fiesta, hurgando en sus bolsillos en busca de un
trozo de tarta.
—Mmm, tarta. Me comería un
trozo de tarta. Pero no de un bolsillo, eso es asqueroso.
—No te llevo tarta.
—Ah… ¿Qué clase de amigo eres? Aparte del más ausente.
—Ahora mismo, el más cansado.
Si escuchas ronquidos, no te ofendas.
—¿Dónde estás?
—En Idaho, de camino al
aeropuerto.
—¡El aeropuerto, estupendo!
Entonces, ¿vuelves a casa? No te has olvidado. Sabía que te acordarías.
—Por favor. Llevo semanas
deseándolo. No te puedes ni imaginar. Ha sido como pensar: cazador repugnante,
cazador repugnante, cazador repugnante, ¡espectáculo de marionetas!
—Por cierto, ¿cómo vas con esos
cazadores repugnantes?
—Repugnantemente. Pero olvídate
de ellos. ¿Estás listo?
—Sí. Asustado, pero dispuesto.
La marioneta está terminada y ha quedado estupenda, aunque está feo que
yo lo diga. Lo único que falta es que pongas en funcionamiento tu magia —hizo
una pausa—. Me refiero a tu magia no mágica. La típica brujería de ChangMin.
¿Cuándo estarás de vuelta?
—Imagino que el viernes. Solo
tengo que hacer una paradita rápida en París…
—Una paradita rápida en París
—repitió KyuHyun—. ¿Sabes?, un alma menos elevada que la mía acabaría su
amistad contigo alegando frases detestables como «solo tengo que hacer una
paradita rápida en París».
—¿Existen almas menos elevadas
que la tuya? —replicó ChangMin.
—¡Oye! Puede que mi cuerpo sea
pequeño, pero mi espíritu es grande. Por eso llevo zapatos con plataforma. Para
estar a la altura de mi alma.
ChangMin rió, un alegre
tintineo que atrajo la mirada del taxista hacia su reflejo en el retrovisor.
—Y también para besar —añadió
KyuHyun—. Porque de otro modo solo podría salir con enanos.
—Por cierto, ¿cómo está Siwon?
Aparte de que no es un enano.
La voz de KyuHyun adquirió un
tono meloso.
—Bieeeeeeen —respondió estirando
la palabra como un caramelo masticable.
—¿Hola? ¿Quién está ahí? Que se vuelva a poner KyuHyun. ¿KyuHyun?
Hay un tío ñoño al teléfono haciéndose pasar por ti…
—Cierra la boca —gritó
KyuHyun—. Solo vuelve, ¿de acuerdo? Te necesito.
—Voy de camino.
—Y tráeme un regalo.
—Ya. Como si lo merecieras.
ChangMin colgó el teléfono con
una sonrisa en los labios. Kyu merecía un regalo, y esa era la razón por
la que iba a detenerse en París antes de regresar a su casa en Praga.
Su casa. Aquella expresión todavía le resultaba extraña, pero
la mitad de su vida había quedado seccionada, y la otra mitad —la mitad normal—
estaba en Praga. Su diminuto apartamento con filas y filas de cuadernos de
dibujo; KyuHyun y sus marionetas; la escuela, los caballetes y viejos desnudos
con boas de plumas; La Cocina Envenenada, esculturas con máscaras antigás y
platos de goulash humeantes sobre tapas de ataúdes; incluso el imbécil
de su ex novio acechando en las esquinas disfrazado de vampiro.
Bueno, la mitad normalita.
Y aunque parte de su ser se
mostraba ansioso por llegar a Marruecos, recoger a su horripilante compañero de
viaje y emprender el camino hacia Otra Parte, no podía soportar la idea de
desaparecer sin más, no después de todo lo que había perdido.
Suponía que regresaba para
despedirse, y para disfrutar de la normalidad por última vez en un futuro
inmediato.
Además, no tenía intención de perderse el espectáculo de
marionetas de su mejor amigo.
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