14.
MORTÍFERO PÁJARO DEL ALMA.
Aquel idioma resultaba
totalmente desconocido para ChangMin, no así para YooChun.
—Serafín, ¡te veo! —Afirmó la
voz—. ¡Sé quién eres! Hermano, hermano, he cumplido mi condena. ¡Haré cualquier
cosa! Estoy arrepentido, he recibido suficiente castigo…
Perplejo y sin comprender lo
que sucedía, YooChun clavó la mirada en el ser que se había materializado sobre
la espalda del anciano.
Estaba prácticamente desnudo, y
de su torso abotargado salían unos brazos sarmentosos con los que aprisionaba
el cuello del viejo. Unas piernas atrofiadas pendían de su espalda, y su
hinchada cabeza aparecía tirante y púrpura, como atiborrada de sangre y a punto
de reventar con un estallido húmedo. Resultaba horroroso, y que hablara el
idioma del serafín era una auténtica abominación.
La absoluta incongruencia de
aquella situación paralizó a YooChun, que permaneció fijo en la escena, antes
de que el asombro de oír su propia lengua desembocara en estupor por lo que
estaba escuchando.
—¡Me arrancaron las alas,
hermano! —con la mirada clavada en YooChun, la criatura retiró un brazo del
cuello del anciano y lo extendió hacia él, con gesto implorante—. ¡Me
retorcieron las piernas para que tuviera que arrastrarme, como los gusanos!
¡Hace mil años que me expulsaron, mil años de tormento, pero por fin has
venido, has venido para llevarme a casa!
¿A casa?
No. Eso era imposible.
Había personas que huían ante
la visión de aquella criatura; otras se habían vuelto, siguiendo la dirección
de su súplica, y clavaban los ojos en YooChun. Él se percató y recorrió la
multitud con su mirada llameante. Algunos retrocedieron, murmurando plegarias. Y
entonces sus ojos se posaron en el chico del pelo azul, situado a unos veinte
metros de distancia. Una figura tranquila y luminosa en medio de la multitud.
Y le estaba mirando.
* * *
Unos ojos perfilados con kohl
en un rostro bronceado por el sol pero aun así claro de color. Ojos color fuego
con un resplandor de chispas que dibujaban una estela incandescente en el aire.
ChangMin sintió una sacudida —no se trataba de un mero sobresalto, sino de una
reacción en cadena que recorrió su cuerpo como un torrente de adrenalina—. Sus
extremidades adquirieron la ligereza y la fuerza de un despertar, un
enfrentamiento o un vuelo repentino, algo químico y salvaje.
¿Quién es?, pensó al tiempo que su mente trataba de alcanzar el
fervor de su cuerpo.
Y ¿qué era?
Porque resultaba obvio que
aquella presencia inmóvil en medio del tumulto no era un ser humano. Las palmas
de las manos le palpitaban, cerró los puños y sintió la sangre hervir en sus
venas.
Enemigo. Enemigo. Enemigo. Aquella palabra resonaba en su interior al ritmo de
los latidos de su corazón: aquel ser extraño con ojos de fuego era un enemigo.
Su rostro —bello, perfecto, mítico— carecía por completo de expresión.
ChangMin estaba atrapado entre el impulso de huir y el temor a darle la
espalda.
Izîl apresuró la decisión.
—Malak! —Aulló apuntando con el dedo al hombre—. Malak!
Un ángel.
¿Un ángel?
—¡Te conozco, mortífero pájaro
del alma! ¡Sé lo que eres! —Izîl se volvió hacia ChangMin y la urgió—. ChangMin,
hijo de un deseo, vuelve con Rain. Dile que los serafines están aquí. Que han
regresado. ¡Debes advertirle! ¡Corre, pequeño, corre!
Y eso hizo.
A través de Jemaâ-el-Fna, donde
aquellos que trataban de huir encontraban el paso obstaculizado por los que
permanecían conmocionados. ChangMin se abrió camino entre la multitud, empujó a
varias personas, rodeó a un camello y saltó por encima de una cobra enroscada
que le lanzó un mordisco inofensivo, ya que carecía de colmillos. Miró
furtivamente por encima de su hombro y no percibió ninguna señal de persecución
—ninguna señal de él—, pero notaba su presencia.
Era un estremecimiento en todas
las terminaciones nerviosas que mantenía su cuerpo alerta. Se había convertido
en la presa de una cacería, y ni siquiera tenía su cuchillo escondido en la
bota. Nunca pensó que fuera a necesitarlo en una visita al ladrón de tumbas.
Corrió y abandonó la plaza por
uno de los múltiples callejones que desembocaban en él como afluentes. En los
zocos, la muchedumbre se había dispersado y muchas luces estaban ya apagadas. A
la carrera, fue atravesando zonas sumidas en la oscuridad, con zancadas largas,
acompasadas y ligeras, y pisadas casi silenciosas. Tomaba las curvas muy
abiertas, para evitar colisiones, y miraba atrás una y otra vez, una y otra
vez, sin ver a nadie.
Un ángel. Aquellas palabras seguían resonando en su cerebro.
El portal estaba próximo —solo
un giro más, otro callejón sin salida y lo habría logrado, si conseguía llegar
hasta allí—.
Por encima de él, movimientos
apresurados, calor y el grave sonido de un batir de alas.
En el cielo, la oscuridad se
concentró en el punto donde una silueta ocultaba la luna.
Algo se estaba precipitando
sobre ChangMin, impulsado por unas alas enormes e imposibles. Calor, aleteos y
el silbido del aire hendido por una espada. Una espada. ChangMin saltó hacia un
lado y sintió el mordisco del acero en su hombro mientras atravesaba una puerta
tallada y la cerraba con violencia. La madera saltó en pedazos, él agarró un
trozo irregular, y se volvió para enfrentarse a su atacante.
Él se encontraba prácticamente
a su lado, con la punta de la espada sobre el suelo.
Dios mío, pensó ChangMin al contemplarle.
Dios mío.
Realmente era un ángel.
Apareció ante él en toda su esencia. La hoja de su larga espada
reflejaba el resplandor blanco de sus alas incandescentes —unas alas brillantes
tan enormes que rozaban los muros de ambos lados del callejón, y cuyas plumas
parecían llamas de vela lamidas por el viento—.
Y aquellos ojos.
Su mirada era como una mecha
encendida que abrasaba el aire que había entre ellos. Era lo más hermoso que
ChangMin había visto jamás. Su primer pensamiento, incongruente pero
embriagador, fue memorizar su imagen para dibujarla después.
El segundo, que no habría un
después, ya que iba a matarlo.
Se abalanzó sobre el humano a
tal velocidad que sus alas dibujaron haces de luz en el aire, y cuando ChangMin
saltó de nuevo hacia un lado, aquel perfil encendido siguió abrazando su
mirada. Le alcanzó otra vez con la espada, en esta ocasión en el brazo, aunque
logró zafarse de la estocada asesina. Era rápido. ChangMin mantenía la
distancia entre ambos, y cuando él intentaba reducirlo, él respondía con
movimientos precisos, ágiles, fluidos. Sus ojos se encontraron de nuevo y, tras
su impresionante belleza, ChangMin contempló crueldad, y una ausencia absoluta
de compasión.
Él atacó de nuevo. A pesar de
su rapidez, ChangMin no lograba mantenerse fuera del alcance de la espada. El
golpe dirigido a su garganta rebotó en el omóplato. No sentía dolor —eso
vendría después, a menos que lo matara—, solo un calor que se extendía y
que él sabía que era sangre. El siguiente golpe lo detuvo con el listón de
madera, que se deshizo en astillas dejando en sus manos un pedazo carcomido del
tamaño de una simple daga, algo tan ridículo que no podía considerarse un arma.
No obstante, cuando el ángel se le echó encima, él se apartó y le asestó una
puñalada, mientras notaba cómo la madera se hundía en su carne.
ChangMin ya había acuchillado
antes a otras personas y detestaba esa horrible sensación de atravesar carne
viva. Retrocedió, dejando su improvisada arma clavada en el cuerpo del ángel.
Su rostro no transmitía dolor, ni sorpresa. Era un rostro muerto, pensó ChangMin
al contemplarlo de cerca, o tal vez, el rostro vivo de un alma muerta.
Le pareció absolutamente
aterrador.
Estaba acorralado, y ambos
sabían que no tenía escapatoria. Del callejón y las ventanas, le llegó el vago
eco de gritos de sorpresa y miedo, pero su atención estaba concentrada en el
ángel. ¿Qué significaba aquella palabra, ángel? ¿Qué había dicho Izîl?
«Los serafines están aquí».
Conocía ese término; los serafines eran una especie de ángeles de
alto rango, al menos en la mitología cristiana, por la que Rain sentía un
absoluto desprecio, al igual que por cualquier otra religión.
—Los seres humanos han visto
imágenes fugaces de ciertas cosas a lo largo de su historia —había afirmado en
cierta ocasión—, lo suficiente para inventarse el resto. Es todo una amalgama
de cuentos de hadas con pinceladas de realidad aquí y allá.
—¿Y qué es real? —había querido
saber ChangMin.
—Si puedes matarlo, o te puede
matar, es real.
Según aquella definición, el
ángel era suficientemente real.
Él alzó la espada. ChangMin
observó el gesto, atraído un instante por las líneas negras tatuadas en sus
dedos —por un momento le resultaron familiares, pero la sensación se desvaneció
tan pronto como había llegado—, levantó la vista hacia su asesino y se
preguntó, atónito, por qué. Parecía imposible que fuera el final de su
vida. Ladeó la cabeza, buscando desesperadamente en su rostro un atisbo de… alma…
y entonces, lo vio.
El ángel vaciló. La máscara de
su rostro desapareció solo un segundo, pero ChangMin percibió cómo afloraba
cierto patetismo apremiante, una oleada de sentimiento que suavizó aquellos
rasgos rígidos y ridículamente perfectos. Relajó la mandíbula, separó los
labios y frunció el ceño en un momento de confusión.
Al mismo tiempo, ChangMin notó
otra vez aquel pálpito en las palmas de las manos que la había empujado a
cerrar los puños la primera vez que lo vio. Era un latido suave, una energía
contenida, y le sobresaltó la certeza de que emanaba de sus tatuajes. Un
impulso le empujó a levantar las manos, pero no en actitud de rendición servil,
sino con las palmas dirigidas poderosamente hacia fuera, mostrando los ojos que
llevaba en ellas desde siempre y sin saber por qué.
Algo sucedió.
Fue como una detonación —una
inhalación profunda que absorbe todo el aire hacia un espacio hermético, para
luego expulsarlo—. No hubo estruendo, ni destellos —los testigos boquiabiertos
solo vieron a un muchacho que levantaba las manos—, pero ChangMin lo sintió, y
el ángel también. Abrió mucho los ojos al darse cuenta de lo que sucedía, y un
instante después una fuerza devastadora lo lanzó contra un muro situado a
veinte metros de distancia. Cayó con las alas retorcidas, y la espada rodó por
el suelo. ChangMin se levantó con dificultad.
El ángel no se movía.
ChangMin se volvió y escapó
corriendo. Ignoraba qué había sucedido, pero había provocado un silencio que lo
perseguía. Lo único que oía era su propia respiración, extrañamente
amplificada, como si estuviera en un túnel. Al final del callejón giró a toda
velocidad, y tuvo que derrapar sobre los talones para esquivar un burro parado
en medio de la calle. Podía ver el portal, una sencilla puerta en una hilera de
puertas sencillas, pero ahora con algo diferente: una gran huella de mano
quemada sobre la madera.
ChangMin se abalanzó sobre ella
y la aporreó con los puños, con más desesperación de la que nunca había
descargado sobre ningún portal.
—¡BoAh! —vociferó—. ¡Déjame
entrar!
Durante la larga y terrible
espera, ChangMin no dejó de mirar por encima de su hombro, y por fin la puerta
se abrió.
Se apresuró a entrar, pero se
detuvo con un grito ahogado. Allí no estaba BoAh ni el vestíbulo, sino una
mujer marroquí con una escoba. Maldición, no. La mujer entrecerró los ojos y
abrió la boca para reprenderla, pero ChangMin no esperó. La empujó hacia el
interior de la casa, cerró la puerta de un golpe y permaneció fuera. De nuevo
aporreó la madera frenéticamente.
—¡BoAh!
Podía escuchar los gritos de la
mujer y notaba cómo trataba de abrir. ChangMin blasfemó y mantuvo la puerta
cerrada. Si estaba abierta, la magia del portal no podría actuar.
—¡Aléjate de la puerta! —chilló
en árabe.
Miró por encima de su hombro.
En la calle se había formado un gran alboroto: brazos que se agitaban, gente
que gritaba. El burro permanecía impasible. Ninguna señal del ángel. ¿Lo habría
matado? No, sabía que no estaba muerto, y que regresaría.
Golpeó de nuevo la puerta.
—¡BoAh, Rain, por favor!
Nada, excepto airadas palabras
en árabe. ChangMin sujetó la puerta con el pie y siguió golpeando.
—¡BoAh! ¡Va a matarme! ¡BoAh!
¡Déjame entrar!
¿Por qué tardaba tanto? Los
segundos parecían scuppies en un collar, y se desvanecían uno tras otro. La
puerta se movía frenéticamente contra su pie, empujada por alguien que
intentaba abrir —¿sería BoAh?—, y entonces notó una ráfaga de calor a su
espalda. Esta vez no vaciló, sino que se volvió, sujetando la puerta con la
espalda para mantenerla cerrada, y levantó las manos, como permitiendo que sus
tatuajes miraran. No se produjo ninguna detonación, solo un chisporroteo
de energía que erizó su cabello como las serpientes de Medusa.
El ángel lo acechaba con la
cabeza baja, mirándolo desde lo alto con sus ojos en llamas. Se movía con
dificultad, como si se enfrentara a un vendaval. El poder de los tatuajes de ChangMin
que antes le había arrojado contra aquel muro obstaculizaba ahora su avance,
pero no lo detenía. Sus manos eran puños a ambos lados del cuerpo, y su rostro
mostraba una expresión feroz, dispuesta a soportar el dolor.
Se detuvo a unos pasos de
ChangMin y lo miró intensamente con unos ojos que ya no parecían muertos, sino
que recorrían su cara, su cuello, sus hamsas, y volvían a su cara. Una y
otra vez, como si algo no cuadrara.
—¿Quién eres? —Preguntó.
ChangMin casi no reconoció que el idioma que hablaba era quimérico, ya que en
sus labios sonaba muy dulce.
¿Que quién era?
—¿No es algo que se suele
averiguar antes de intentar matar a alguien?
A su espalda, un nuevo forcejeo
sacudió la puerta. Si no era BoAh, estaba perdido.
El ángel se acercó un poco más
y ChangMin se retiró a un lado, dejando que la puerta se abriera de golpe.
—¡ ChangMin! —era la aguda voz
de BoAh.
Se volvió y de un brinco
atravesó el portal, cerrándolo inmediatamente.
* * *
YooChun se lanzó hacia la
puerta y tiró de ella para abrirla, pero se encontró cara a cara con una mujer
enfadada, que palideció y tiró la escoba a sus pies.
El muchacho había desaparecido.
Permaneció allí un instante,
casi ajeno al alboroto que lo rodeaba. La cabeza le daba vueltas. El chico
avisaría a Rain. Debería haberlo detenido, podía haberlo matado con facilidad.
Sin embargo, había lanzado golpes lentos, dándole tiempo para esquivarlos y
moverse con libertad. ¿Por qué?
La respuesta era sencilla.
Había querido contemplarlo.
Qué loco.
Y ¿qué había visto, o creía
haber visto? Imágenes fugaces de un pasado que nunca regresaría —¿el fantasma
del chico que le había mostrado el significado de la piedad, largo tiempo
atrás, solo para que su propio destino desbaratara sus gentiles enseñanzas?—.
Había pensado que, a esas alturas, todo rastro de compasión habría desaparecido
de su interior, sin embargo había sido incapaz de matar al muchacho. Y después,
algo inesperado: las hamsas.
¡Un humano con los ojos del
diablo! ¿Por qué?
Solo existía una posible
respuesta, tan sencilla como inquietante.
Que él, en realidad, no fuera humano.
Esta genial actualiza pronto por favor !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarWooahhh!!! Esta super fabulosooo!! Q encuentro más intenso... Gracias :)
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