miércoles, 23 de octubre de 2013

Hijo del humo y hueso Cap 26

26.
UNA LIGERA INQUIETUD.

El sábado por la mañana, ChangMin despertó en su propia cama por primera vez en semanas. Se duchó, preparó café, rebuscó algo comestible en la despensa, sin encontrar nada, y abandonó el apartamento con el regalo de Kyu en una bolsa. De camino, le envió un mensaje de texto a su amigo:

 —«¡Sorpresa! Llegó el gran día. Te llevo el desayuno»— y compró cruasanes en la panadería de la esquina.

Recibió un mensaje de contestación:

 —«Si no lleva chocolate, no es un buen desayuno»— y, con una sonrisa en los labios, dio la vuelta hacia la panadería para comprar unos kolaches de chocolate.

Fue entonces, al volverse en la calle, cuando empezó a notar que algo iba mal. Era una ligera sensación de inquietud, pero suficiente para obligarlo a detenerse y mirar a su alrededor. Recordó las palabras de Bain sobre vivir como una presa, preocupado en todo momento de quién seguiría sus pasos, y se le erizó el vello. Llevaba el cuchillo en la bota, apretado contra el tobillo, provocándole una sensación de incomodidad que le reconfortaba.

Compró los kolaches de Kyu y siguió su camino, con cautela. Llevaba los hombros rígidos y miró varias veces a su espalda, pero no vio nada extraordinario.
No tardó en llegar al puente de Carlos.

Aquel puente medieval, icono de Praga, atravesaba el Moldava y unía el casco viejo con el barrio de Malá Strana. En cada uno de sus extremos se alzaba una torre gótica, y la calzada —peatonal— estaba flanqueada por imágenes de santos. A esa hora tan temprana se hallaba casi desierto, y la sombra de las estatuas aparecía estrecha y alargada por la inclinación del sol matinal. Los vendedores y artistas empezaban a llegar con sus carritos de mano para delimitar el terreno más codiciado de la ciudad, y, en pleno centro, con la colina del castillo de Praga como magnífico telón de fondo, encontró el titiritero gigante.

—Dios mío, es increíble —exclamó ChangMin sin dirigirse a nadie, porque aquel siniestro titiritero de tres metros de altura estaba sentado solo, con su cruel cara tallada y unas manos de madera del tamaño de palas de nieve.

ChangMin miró detrás del muñeco —ataviado con una inmensa gabardina—, pero allí tampoco había nadie.

—¿Hola? —llamó, sorprendido de que KyuHyun hubiera dejado su creación desatendida.

Pero entonces…

—¡ ChangMin! —escuchó una voz procedente del interior de aquella cosa, y la costura trasera de la gabardina se abrió como la entrada de un tipi. Kyu salió como un rayo.
Y le arrebató la bolsa de bollos a ChangMin.

—Gracias a Dios —exclamó, y atacó el desayuno.

—Bueno. Yo también me alegro de verte.

—Mmmm.

Siwon apareció tras él y abrazó a ChangMin.

—Seré su intérprete. Lo que está diciendo, en lenguaje Kyu, es gracias.

—¿De verdad? —Preguntó ChangMin con tono escéptico—. Pues a mí me suena como un cerdo comiendo.

—Justo.

—Mmmm —asintió KyuHyun con la cabeza.

—Está nervioso —explicó Siwon a ChangMin.
—¿Mucho?

—Terriblemente — Siwon se colocó detrás de Kyu y se inclinó para envolverlo en un abrazo—. Enormemente, increíblemente. Está insoportable. Toda tuyo. Yo ya he sufrido bastante.

KyuHyun le dedicó una caída de ojos y luego chilló, cuando él hundió la cara en su cuello para besarle de forma ruidosa.

Siwon tenía el pelo negro y la piel clara, y sus ojos rasgados insinuaban que descendía de invasores procedentes de las llanuras centroasiáticas. Era atractivo y tenía talento, se ruborizaba con facilidad y tarareaba cuando estaba concentrado, y hablaba con voz suave pero interesante —una buena combinación—. Escuchaba de verdad, en vez de pretender hacerlo mientras esperaba un tiempo prudencial antes de volver a hablar, como hacía Seven. Y lo mejor de todo, estaba tan colado por KyuHyun como él por él. Parecían dibujos animados, por el modo en que se ruborizaban y sonreían —lo único que les faltaba eran corazones en vez de ojos—, y mirarlos provocó en ChangMin una profunda felicidad y una terrible tristeza. Casi podía ver sus mariposas —Papilio stomachus— bailando el dulce tango de un nuevo amor.

En cuanto a él, cada vez le resultaba más y más difícil imaginar algo revoloteando en su interior. Más que nunca, se sintió como el chico hueco, y aquel vacío adquirió el aspecto de un ente malicioso que se burlaba de él por todas las cosas que nunca descubriría.

No. Desterró aquel pensamiento. Lograría saberlas. Estaba en el buen camino.

Su sonrisa era sincera cuando Siwon comenzó a besar el cuello de Kyu, sin embargo, un instante después, empezó a notarlo como la del señor Patata, de plástico y enganchada a la cara.

—¿Os había mencionado —dijo aclarándose la garganta— que he traído regalos?

Aquello funcionó.

—¡Regalos! —chilló Kyu escapando del abrazo. No dejaba de saltar y dar palmas—. ¡Regalos, regalos!

ChangMin le entregó la bolsa. Dentro había tres paquetes envueltos en papel marrón y atados con cordel. Sobre el más grande, una tarjeta en vitela indicaba: MME. V. VEZERIZAC, ANTIGÜEDADES. Los paquetes eran elegantes, y en cierto modo formales. Cuando Kyu los sacó de la bolsa, su ceja hizo el gesto que correspondía.

—¿Qué es esto? —preguntó con semblante serio—. ¿Antigüedades? ChangMin. Por regalo, me refería a unas muñecas rusas del aeropuerto o algo así.

—Tú ábrelos —apremió ChangMin —. El grande primero.

Kyu lo desenvolvió. Y empezó a llorar.

—Dios mío, Dios mío —murmuró apretando contra su pecho aquella “tela”.

Era un traje de ballet para hombres, pero no uno cualquiera.

—Lo llevó la pareja de Anna Pavlova en París, en 1905 —dijo ChangMin con excitación, aunque no recordaba el nombre de aquel bailarín.

Le encantaba hacer regalos. Cuando era pequeño, nunca había celebrado la Navidad ni fiestas de cumpleaños, pero en cuanto tuvo edad suficiente para aventurarse solo fuera de la tienda, había disfrutado regresando con pequeños obsequios para BoAh y Yasri —flores, frutas raras, lagartijas azules, abanicos—.

—Vale, no tengo ni idea de quién es…

—¿Qué? Son simplemente los bailarines más famosos de todos los tiempos.

Kyu arqueó las cejas.

—No importa —suspiró ChangMin —. Tenía un cuerpo diminuto, así que es probable que te valga.

Kyu lo levantó.

—Es… es… es… es tan Degas… —tartamudeó.

ChangMin sonrió.

—Lo sé. ¿No es formidable? Hay una mujer en el mercado de Las Pulgas que vende antigüedades de ballet…

—Pero ¿cuánto te ha costado? Seguramente una fortuna…

—Bah —dijo ChangMin —. Se han gastado fortunas en cosas más estúpidas. Y además, soy rico, ¿recuerdas? Asquerosamente rico. Mágicamente rico.

Una de las consecuencias de la generosidad de Rain era que podía permitirse hacer regalos. Él también se había comprado algo en París, otra antigüedad, aunque no estaba relacionada con el ballet. Los destellos de aquellos cuchillos habían atraído su mirada desde una vitrina, y en el instante en que los vio, supo que tenían que ser suyos. Eran cuchillos chinos de luna creciente, una de sus armas favoritas. Su sensei guardaba los que él había utilizado durante su adiestramiento en Hong Kong, adonde no había regresado desde que los portales se incendiaron. En cualquier caso, estos superaban con creces a aquellos.

—Siglo XIV… —había comenzado diciendo Madame Vezerizac, pero ChangMin no necesitaba escuchar ninguna explicación. Regatear le pareció una falta de respeto hacia los cuchillos, así que pagó el precio solicitado sin pestañear.

Cada cuchillo estaba formado por dos hojas, como lunas crecientes entrelazadas, de ahí su nombre. La empuñadura se encontraba en el centro, y al blandirlos proporcionaban diferentes zonas de corte, puntas, y, quizás lo más importante, puntos de bloqueo. Las lunas crecientes eran un arma perfecta para enfrentarse a varios oponentes, en especial oponentes con armas largas, como las espadas. Si los hubiera tenido en Marruecos, el ángel no le habría acorralado con tanta facilidad.

También había comprado para Kyu unas zapatillas de puntas de época, todo de la escena parisiense de principios del siglo XX, aunque se viese muy “afeminado” era algo que le ayudaría a su mejor amigo en aquella presentación.

—¿Quieres vestirte? —preguntó ChangMin.

Kyu, lleno de emoción, asintió con la cabeza. Se apretujaron dentro del titiritero y reemplazaron su otro disfraz, mucho más corriente.

Una hora después, los turistas desfilaban por el puente de camino al castillo, con sus guías de viaje bajo el brazo, y un número nada insignificante de ellos se había arremolinado ya en torno al titiritero gigante. En su interior, se apiñaban ChangMin y Kyu.

—Deja de retorcerte —dijo ChangMin levantando la brocha de maquillaje mientras Kyu entablaba un tira y afloja nada femenino debajo de su malla.

—Tengo las medias torcidas —se quejó Kyu.

—¿Quieres que los coloretes te queden también torcidos? Estate quieto.

—De acuerdo.

Kyu permaneció inmóvil mientras ChangMin maquillaba unos perfectos círculos rosados sobre sus mejillas. Llevaba la cara empolvada y sus labios se habían transformado en una perfecta boca de corazón, con dos líneas negras en las comisuras que simulaban la mandíbula articulada de una marioneta. Sus ojos de color oscuro aparecían enmarcados por pestañas postizas, y llevaba puesto un mallón de ballet, que le quedaba perfectamente, y las zapatillas de puntas, que habían vivido épocas mejores. Las medias blancas estaban surcadas de carreras y tenían remiendos en las rodillas; uno de los tirantes del traje colgaba descosido; y su pelo estaba colocado hacia atrás. Parecía un muñeco que hubiera permanecido olvidado en un arcón durante años.

De hecho, un arcón esperaba abierto para recibirlo tan pronto como su disfraz estuviera terminado.

—Listo —anunció ChangMin inspeccionando su obra. Dio una palmada de alegría y se sintió como BoAh cuando le ataviaba con unos cuernos hechos con chirivías o con una cola de plumero—. Perfecto. Tienes un aspecto adorablemente patético. Estoy seguro de que algún turista tratará de llevarte como recuerdo.

—Algún turista se arrepentirá de este día —añadió Kyu para continuar su guerra contra las medias con hosca determinación.

—¿Quieres dejar tranquilas las pobres medias? Están bien.

—Odio las medias. Soy un chico, no me acostumbro a usarlas.

—A ver, déjame que las añada a la lista. Esta mañana odias, a ver si recuerdo, a los hombres con sombrero, a los perros salchicha…

—A los dueños de los perros salchicha —corrigió Kyu—. Hay que tener el alma del tamaño de una lenteja para odiar a los perros salchicha.

—Los dueños de los perros salchicha, la laca para el pelo, y ahora las medias. ¿Has terminado?

—¿De odiar cosas? —Hizo una pausa, como si consultara una especie de indicador interior—. Sí, creo que sí. Por ahora.

Siwon se asomó por la abertura.

—Tenemos una multitud —anunció.

Había sido idea suya sacar el proyecto semestral de Kyu a la calle. Él tocaba a veces el violín como músico callejero y se colocaba un parche en el ojo izquierdo, perfectamente sano, para mostrar un aspecto más «romántico». Le había asegurado a KyuHyun que en una mañana podría reunir unos cientos de coronas. En aquel momento llevaba puesto el parche, y parecía pícaro y encantador al mismo tiempo.

—Madre mía, estás adorable —exclamó mirando a KyuHyun con el ojo descubierto.
Adorable no era una palabra que normalmente entusiasmara a Kyu. «Los niños pequeños son adorables», solía ser su airada respuesta. Pero cuando la pronunciaba Siwon, todo era distinto. Kyu se ruborizó.

—Me provocas malos pensamientos —dijo él colándose en el espacio abarrotado y dejando a ChangMin atrapado contra el armazón del títere—. ¿Es raro que me excite una marioneta?

—Sí —respondió KyuHyun—. Muy raro. Aunque eso explica por qué trabajas en un teatrillo.

—No todas las marionetas. Solo tú — Siwon le agarró por la cintura y KyuHyun chilló.

—¡Cuidado! —exclamó ChangMin —. ¡El maquillaje!

Siwon no le escuchó. Besó apasionadamente la boca pintada de muñeco de KyuHyun, corriendo el rojo del pintalabios y el blanco de la cara y tiñendo sus propios labios de color rosa. Kyu soltó una carcajada y se desembarazó de él. ChangMin consideró la posibilidad de retocar el maquillaje, pero los churretes de pintura combinaban a la perfección con el aspecto desaliñado del conjunto, así que descartó la idea.

El beso resultó además un bálsamo para los nervios de Kyu.

—Creo que ha llegado el momento de que empiece la función —anunció alegremente.

—Pues entonces, adelante —añadió ChangMin —. Al arcón de los juguetes.

Y el espectáculo comenzó.

La historia que KyuHyun relataba con su cuerpo —la de una marioneta olvidada al que sacan de su baúl para interpretar un último baile— era profundamente conmovedora. Empezaba con movimientos torpes e inconexos, como un objeto oxidado que despierta, cayendo varias veces sobre un montón de tul. Al contemplar los rostros embelesados del público, ChangMin vio cómo deseaban acercarse al pequeño y triste bailarín para ayudarle a ponerse en pie.

Sobre la marioneta se cernía el siniestro titiritero, y cuando Kyua hacía piruetas, sus brazos y sus dedos se agitaban y saltaban, como si fuera él quien le controlara a él, y no al contrario. El mecanismo era ingenioso y no llamaba la atención, por lo que la ilusión resultaba perfecta. Hubo un momento, cuando la muñeca empezaba a recuperar agilidad, en que Kyu fue alzándose poco a poco sobre las puntas, como arrastrado por los hilos, y a medida que se estiraba, aparecía un resplandor de alegría en su rostro.

Una sonata de Smetana surgió de las cuerdas del violín de Siwon, dolorosamente dulce, y el momento trascendió la escena para provocar algo real.

ChangMin sintió cómo las lágrimas inundaban sus ojos. Dentro de él, su vacío retumbaba.

Al final, cuando KyuHyun era obligado a regresar al baúl, lanzaba a los espectadores una mirada desesperada y alargaba un brazo suplicante antes de sucumbir a los deseos de su dueño. La tapa del baúl se cerraba de un golpe y la música terminaba con un punteo.

El público estaba encantado. La caja del violín de Siwon se llenó rápidamente con billetes y monedas, y Kyu hizo media docena de reverencias y posó para varias fotografías antes de desaparecer tras la gabardina del titiritero con Siwon. ChangMin estaba convencido de que estarían echando a perder su trabajo de maquillaje, así que se sentó sobre el baúl y esperó.


Fue allí, en medio de la avalancha de turistas que atravesaba el puente de Carlos, donde la sensación de inquietud se apoderó de nuevo de él, avanzando lentamente, como la sombra que aparece cuando una nube se desliza frente al sol.

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