26.
UNA LIGERA INQUIETUD.
El sábado por la mañana,
ChangMin despertó en su propia cama por primera vez en semanas. Se duchó,
preparó café, rebuscó algo comestible en la despensa, sin encontrar nada, y
abandonó el apartamento con el regalo de Kyu en una bolsa. De camino, le envió
un mensaje de texto a su amigo:
—«¡Sorpresa! Llegó el gran día. Te llevo el
desayuno»— y compró cruasanes en la panadería de la esquina.
Recibió un mensaje de
contestación:
—«Si no lleva chocolate, no es un buen desayuno»—
y, con una sonrisa en los labios, dio la vuelta hacia la panadería para comprar
unos kolaches de chocolate.
Fue entonces, al volverse en la
calle, cuando empezó a notar que algo iba mal. Era una ligera sensación de
inquietud, pero suficiente para obligarlo a detenerse y mirar a su alrededor.
Recordó las palabras de Bain sobre vivir como una presa, preocupado en todo
momento de quién seguiría sus pasos, y se le erizó el vello. Llevaba el
cuchillo en la bota, apretado contra el tobillo, provocándole una sensación de
incomodidad que le reconfortaba.
Compró los kolaches de Kyu y siguió su camino, con cautela.
Llevaba los hombros rígidos y miró varias veces a su espalda, pero no vio nada
extraordinario.
No tardó en llegar al puente de
Carlos.
Aquel puente medieval, icono de
Praga, atravesaba el Moldava y unía el casco viejo con el barrio de Malá
Strana. En cada uno de sus extremos se alzaba una torre gótica, y la calzada
—peatonal— estaba flanqueada por imágenes de santos. A esa hora tan temprana se
hallaba casi desierto, y la sombra de las estatuas aparecía estrecha y alargada
por la inclinación del sol matinal. Los vendedores y artistas empezaban a
llegar con sus carritos de mano para delimitar el terreno más codiciado de la
ciudad, y, en pleno centro, con la colina del castillo de Praga como magnífico
telón de fondo, encontró el titiritero gigante.
—Dios mío, es increíble
—exclamó ChangMin sin dirigirse a nadie, porque aquel siniestro titiritero de
tres metros de altura estaba sentado solo, con su cruel cara tallada y unas
manos de madera del tamaño de palas de nieve.
ChangMin miró detrás del muñeco
—ataviado con una inmensa gabardina—, pero allí tampoco había nadie.
—¿Hola? —llamó, sorprendido de
que KyuHyun hubiera dejado su creación desatendida.
Pero entonces…
—¡ ChangMin! —escuchó una voz
procedente del interior de aquella cosa, y la costura trasera de la
gabardina se abrió como la entrada de un tipi. Kyu salió como un rayo.
Y le arrebató la bolsa de
bollos a ChangMin.
—Gracias a Dios —exclamó, y
atacó el desayuno.
—Bueno. Yo también me alegro de
verte.
—Mmmm.
Siwon apareció tras él y abrazó
a ChangMin.
—Seré su intérprete. Lo que
está diciendo, en lenguaje Kyu, es gracias.
—¿De verdad? —Preguntó ChangMin
con tono escéptico—. Pues a mí me suena como un cerdo comiendo.
—Justo.
—Mmmm —asintió KyuHyun con la
cabeza.
—Está nervioso —explicó Siwon a ChangMin.
—¿Mucho?
—Terriblemente — Siwon se
colocó detrás de Kyu y se inclinó para envolverlo en un abrazo—. Enormemente,
increíblemente. Está insoportable. Toda tuyo. Yo ya he sufrido bastante.
KyuHyun le dedicó una caída de
ojos y luego chilló, cuando él hundió la cara en su cuello para besarle de
forma ruidosa.
Siwon tenía el pelo negro y la
piel clara, y sus ojos rasgados insinuaban que descendía de invasores
procedentes de las llanuras centroasiáticas. Era atractivo y tenía talento, se
ruborizaba con facilidad y tarareaba cuando estaba concentrado, y hablaba con
voz suave pero interesante —una buena combinación—. Escuchaba de verdad, en vez
de pretender hacerlo mientras esperaba un tiempo prudencial antes de volver a
hablar, como hacía Seven. Y lo mejor de todo, estaba tan colado por KyuHyun como
él por él. Parecían dibujos animados, por el modo en que se ruborizaban y
sonreían —lo único que les faltaba eran corazones en vez de ojos—, y mirarlos
provocó en ChangMin una profunda felicidad y una terrible tristeza. Casi podía
ver sus mariposas —Papilio stomachus— bailando el dulce tango de un
nuevo amor.
En cuanto a él, cada vez le
resultaba más y más difícil imaginar algo revoloteando en su interior. Más que
nunca, se sintió como el chico hueco, y aquel vacío adquirió el aspecto de un
ente malicioso que se burlaba de él por todas las cosas que nunca descubriría.
No. Desterró aquel pensamiento.
Lograría saberlas. Estaba en el buen camino.
Su sonrisa era sincera cuando Siwon
comenzó a besar el cuello de Kyu, sin embargo, un instante después, empezó a
notarlo como la del señor Patata, de plástico y enganchada a la cara.
—¿Os había mencionado —dijo
aclarándose la garganta— que he traído regalos?
Aquello funcionó.
—¡Regalos! —chilló Kyu
escapando del abrazo. No dejaba de saltar y dar palmas—. ¡Regalos, regalos!
ChangMin le entregó la bolsa.
Dentro había tres paquetes envueltos en papel marrón y atados con cordel. Sobre
el más grande, una tarjeta en vitela indicaba: MME. V. VEZERIZAC, ANTIGÜEDADES.
Los paquetes eran elegantes, y en cierto modo formales. Cuando Kyu los sacó de
la bolsa, su ceja hizo el gesto que correspondía.
—¿Qué es esto? —preguntó con
semblante serio—. ¿Antigüedades? ChangMin. Por regalo, me refería a unas
muñecas rusas del aeropuerto o algo así.
—Tú ábrelos —apremió ChangMin —.
El grande primero.
Kyu lo desenvolvió. Y empezó a
llorar.
—Dios mío, Dios mío —murmuró
apretando contra su pecho aquella “tela”.
Era un traje de ballet para hombres, pero no uno
cualquiera.
—Lo llevó la pareja de Anna
Pavlova en París, en 1905 —dijo ChangMin con excitación, aunque no recordaba el
nombre de aquel bailarín.
Le encantaba hacer regalos.
Cuando era pequeño, nunca había celebrado la Navidad ni fiestas de cumpleaños,
pero en cuanto tuvo edad suficiente para aventurarse solo fuera de la tienda,
había disfrutado regresando con pequeños obsequios para BoAh y Yasri —flores,
frutas raras, lagartijas azules, abanicos—.
—Vale, no tengo ni idea de
quién es…
—¿Qué? Son simplemente los bailarines más famosos de todos
los tiempos.
Kyu arqueó las cejas.
—No importa —suspiró ChangMin —.
Tenía un cuerpo diminuto, así que es probable que te valga.
Kyu lo levantó.
—Es… es… es… es tan Degas…
—tartamudeó.
ChangMin sonrió.
—Lo sé. ¿No es formidable? Hay
una mujer en el mercado de Las Pulgas que vende antigüedades de ballet…
—Pero ¿cuánto te ha costado?
Seguramente una fortuna…
—Bah —dijo ChangMin —. Se han
gastado fortunas en cosas más estúpidas. Y además, soy rico, ¿recuerdas?
Asquerosamente rico. Mágicamente rico.
Una de las consecuencias de la
generosidad de Rain era que podía permitirse hacer regalos. Él también se había
comprado algo en París, otra antigüedad, aunque no estaba relacionada
con el ballet. Los destellos de aquellos cuchillos habían atraído su
mirada desde una vitrina, y en el instante en que los vio, supo que tenían que
ser suyos. Eran cuchillos chinos de luna creciente, una de sus armas favoritas.
Su sensei guardaba los que él había utilizado durante su adiestramiento
en Hong Kong, adonde no había regresado desde que los portales se incendiaron.
En cualquier caso, estos superaban con creces a aquellos.
—Siglo XIV… —había comenzado
diciendo Madame Vezerizac, pero ChangMin no necesitaba escuchar ninguna
explicación. Regatear le pareció una falta de respeto hacia los cuchillos, así
que pagó el precio solicitado sin pestañear.
Cada cuchillo estaba formado
por dos hojas, como lunas crecientes entrelazadas, de ahí su nombre. La
empuñadura se encontraba en el centro, y al blandirlos proporcionaban
diferentes zonas de corte, puntas, y, quizás lo más importante, puntos de
bloqueo. Las lunas crecientes eran un arma perfecta para enfrentarse a varios
oponentes, en especial oponentes con armas largas, como las espadas. Si los
hubiera tenido en Marruecos, el ángel no le habría acorralado con tanta
facilidad.
También había comprado para Kyu
unas zapatillas de puntas de época, todo de la escena parisiense de principios
del siglo XX, aunque se viese muy “afeminado” era algo que le ayudaría a su
mejor amigo en aquella presentación.
—¿Quieres vestirte? —preguntó ChangMin.
Kyu, lleno de emoción, asintió
con la cabeza. Se apretujaron dentro del titiritero y reemplazaron su otro
disfraz, mucho más corriente.
Una hora después, los turistas
desfilaban por el puente de camino al castillo, con sus guías de viaje bajo el
brazo, y un número nada insignificante de ellos se había arremolinado ya en
torno al titiritero gigante. En su interior, se apiñaban ChangMin y Kyu.
—Deja de retorcerte —dijo ChangMin
levantando la brocha de maquillaje mientras Kyu entablaba un tira y afloja nada
femenino debajo de su malla.
—Tengo las medias torcidas —se
quejó Kyu.
—¿Quieres que los coloretes te
queden también torcidos? Estate quieto.
—De acuerdo.
Kyu permaneció inmóvil mientras
ChangMin maquillaba unos perfectos círculos rosados sobre sus mejillas. Llevaba
la cara empolvada y sus labios se habían transformado en una perfecta boca de
corazón, con dos líneas negras en las comisuras que simulaban la mandíbula
articulada de una marioneta. Sus ojos de color oscuro aparecían enmarcados por
pestañas postizas, y llevaba puesto un mallón de ballet, que le quedaba
perfectamente, y las zapatillas de puntas, que habían vivido épocas mejores.
Las medias blancas estaban surcadas de carreras y tenían remiendos en las
rodillas; uno de los tirantes del traje colgaba descosido; y su pelo estaba
colocado hacia atrás. Parecía un muñeco que hubiera permanecido olvidado en un
arcón durante años.
De hecho, un arcón esperaba
abierto para recibirlo tan pronto como su disfraz estuviera terminado.
—Listo —anunció ChangMin
inspeccionando su obra. Dio una palmada de alegría y se sintió como BoAh cuando
le ataviaba con unos cuernos hechos con chirivías o con una cola de plumero—.
Perfecto. Tienes un aspecto adorablemente patético. Estoy seguro de que algún
turista tratará de llevarte como recuerdo.
—Algún turista se arrepentirá
de este día —añadió Kyu para continuar su guerra contra las medias con hosca
determinación.
—¿Quieres dejar tranquilas las
pobres medias? Están bien.
—Odio las medias. Soy un chico,
no me acostumbro a usarlas.
—A ver, déjame que las añada a
la lista. Esta mañana odias, a ver si recuerdo, a los hombres con sombrero, a
los perros salchicha…
—A los dueños de los
perros salchicha —corrigió Kyu—. Hay que tener el alma del tamaño de una lenteja
para odiar a los perros salchicha.
—Los dueños de los perros
salchicha, la laca para el pelo, y ahora las medias. ¿Has terminado?
—¿De odiar cosas? —Hizo una
pausa, como si consultara una especie de indicador interior—. Sí, creo que sí. Por
ahora.
Siwon se asomó por la abertura.
—Tenemos una multitud —anunció.
Había sido idea suya sacar el
proyecto semestral de Kyu a la calle. Él tocaba a veces el violín como músico
callejero y se colocaba un parche en el ojo izquierdo, perfectamente sano, para
mostrar un aspecto más «romántico». Le había asegurado a KyuHyun que en una
mañana podría reunir unos cientos de coronas. En aquel momento llevaba puesto
el parche, y parecía pícaro y encantador al mismo tiempo.
—Madre mía, estás adorable
—exclamó mirando a KyuHyun con el ojo descubierto.
Adorable no era una palabra que normalmente entusiasmara a Kyu.
«Los niños pequeños son adorables», solía ser su airada respuesta. Pero cuando
la pronunciaba Siwon, todo era distinto. Kyu se ruborizó.
—Me provocas malos pensamientos
—dijo él colándose en el espacio abarrotado y dejando a ChangMin atrapado
contra el armazón del títere—. ¿Es raro que me excite una marioneta?
—Sí —respondió KyuHyun—. Muy
raro. Aunque eso explica por qué trabajas en un teatrillo.
—No todas las marionetas. Solo
tú — Siwon le agarró por la cintura y KyuHyun chilló.
—¡Cuidado! —exclamó ChangMin —.
¡El maquillaje!
Siwon no le escuchó. Besó
apasionadamente la boca pintada de muñeco de KyuHyun, corriendo el rojo del
pintalabios y el blanco de la cara y tiñendo sus propios labios de color rosa.
Kyu soltó una carcajada y se desembarazó de él. ChangMin consideró la posibilidad
de retocar el maquillaje, pero los churretes de pintura combinaban a la
perfección con el aspecto desaliñado del conjunto, así que descartó la idea.
El beso resultó además un
bálsamo para los nervios de Kyu.
—Creo que ha llegado el momento
de que empiece la función —anunció alegremente.
—Pues entonces, adelante
—añadió ChangMin —. Al arcón de los juguetes.
Y el espectáculo comenzó.
La historia que KyuHyun
relataba con su cuerpo —la de una marioneta olvidada al que sacan de su baúl
para interpretar un último baile— era profundamente conmovedora. Empezaba con
movimientos torpes e inconexos, como un objeto oxidado que despierta, cayendo
varias veces sobre un montón de tul. Al contemplar los rostros embelesados del
público, ChangMin vio cómo deseaban acercarse al pequeño y triste bailarín para
ayudarle a ponerse en pie.
Sobre la marioneta se cernía el
siniestro titiritero, y cuando Kyua hacía piruetas, sus brazos y sus dedos se
agitaban y saltaban, como si fuera él quien le controlara a él, y
no al contrario. El mecanismo era ingenioso y no llamaba la atención, por lo
que la ilusión resultaba perfecta. Hubo un momento, cuando la muñeca empezaba a
recuperar agilidad, en que Kyu fue alzándose poco a poco sobre las puntas, como
arrastrado por los hilos, y a medida que se estiraba, aparecía un resplandor de
alegría en su rostro.
Una sonata de Smetana surgió de
las cuerdas del violín de Siwon, dolorosamente dulce, y el momento trascendió
la escena para provocar algo real.
ChangMin sintió cómo las
lágrimas inundaban sus ojos. Dentro de él, su vacío retumbaba.
Al final, cuando KyuHyun era
obligado a regresar al baúl, lanzaba a los espectadores una mirada desesperada
y alargaba un brazo suplicante antes de sucumbir a los deseos de su dueño. La
tapa del baúl se cerraba de un golpe y la música terminaba con un punteo.
El público estaba encantado. La
caja del violín de Siwon se llenó rápidamente con billetes y monedas, y Kyu
hizo media docena de reverencias y posó para varias fotografías antes de
desaparecer tras la gabardina del titiritero con Siwon. ChangMin estaba
convencido de que estarían echando a perder su trabajo de maquillaje, así que
se sentó sobre el baúl y esperó.
Fue allí, en medio de la
avalancha de turistas que atravesaba el puente de Carlos, donde la sensación de
inquietud se apoderó de nuevo de él, avanzando lentamente, como la sombra que
aparece cuando una nube se desliza frente al sol.
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