58.
VICTORIA Y VENGANZA.
—¿Qué te sucede, Maxi?
Una semana antes, Max se había
encontrado con Chiro en el barracón. Estaba amaneciendo y se había deslizado
sigilosamente hasta su litera apenas media hora antes, después de pasar la
noche con YooChun.
—¿A qué te refieres?
—¿Es que ya no duermes? ¿Dónde
estuviste anoche?
—Trabajando —respondió él.
—¿Toda la noche?
—Sí, toda la noche. Aunque tal
vez me haya quedado dormido un par de horas en la tienda —bostezó.
Se sentía protegido por su
mentira, ya que nadie fuera del círculo próximo a Rain sabía lo que sucedía en
la torre oeste, ni conocía el pasadizo secreto por el que entraba y salía. Y
era verdad que había dormido un rato, pero no en la tienda. Se había adormilado
acurrucado contra el pecho de YooChun y, al despertar, lo había encontrado
contemplándole.
—¿Qué miras? —preguntó con
timidez.
—¿Has tenido bonitos sueños?
Sonreías mientras dormías.
—Claro que sí. Soy feliz.
Feliz.
Pensó que era eso a lo que Chiro realmente se refería cuando le
había preguntado: «¿Qué te sucede?». Max se sentía renovado. Nunca había imaginado la intensidad que podía llegar a
adquirir la felicidad. A pesar de su trágica infancia y de la amenaza constante
de la guerra, se había considerado, en gran medida, dichoso. Siempre era
posible encontrar algo en lo que deleitarse, si se intentaba. Pero esto era
diferente. No lo podía contener y, en ocasiones, imaginaba que se derramaba de
su interior como luz.
Felicidad. Era el lugar donde
la pasión, con todo su brillo y redoble de tambores, se convertía en algo más
sosegado: como regresar al hogar, sentirse seguro y disfrutar de los rayos del
sol. Era todo eso entretejido con calor y emoción, y brillaba en su interior
como si se hubiera tragado una estrella.
Su hermanastro le estaba
escrutando en silencio cuando un golpe de trompeta atrajo su atención hacia la
ventana. Max se colocó junto a él y miró a la calle. Su barracón se encontraba
detrás de la armería, y divisaban la fachada del palacio en el extremo más
alejado del ágora. Del muro colgaba el pendón del caudillo, una gran banderola
de seda con sus armas —cuernos de los que brotaban hojas, en referencia a la
llegada de una nueva era— que indicaba cuándo estaba en la ciudad; vieron cómo a
su lado se desplegaba otro pendón. Estaba blasonado con un lobo blanco, y
aunque se encontraba demasiado alejado para leer su lema, Max y Chiro lo
conocían bien.
Victoria y venganza.
Thiago había regresado a
Loramendi.
Chiro agitó las manos con excitación
y tuvo que aferrarse al alféizar. Maxcontempló la emoción de su hermano,
mientras él luchaba contra la hiel que le subía a la garganta.
Había considerado la marcha de
Thiago y su ausencia como una señal —del destino, conspirando por su
felicidad—. Pero entonces ¿qué significaba su regreso? Sintió la imagen de
aquel pendón como un jarro de agua helada. No podía apagar su felicidad, pero
hizo que él sintiera deseos de rodearle y protegerle.
Max se estremeció.
Chiro se dio cuenta.
—¿Qué sucede? ¿Estás asustado?
—Asustado no —contestó Max—,
solo preocupado de haberlo ofendido al desaparecer como lo hice.
Había asegurado que, después de
beber demasiado vino de hierba y atenazado por los nervios, se había escondido
en la catedral, donde se había quedado dormido. Estudió la expresión de su
hermano y preguntó:
—¿Estaba… muy enfadado?
—A nadie le gusta que lo
rechacen, Maxi.
Tomó aquella respuesta por un
sí.
—¿Piensas que todo se ha
acabado? ¿Que ya no querrá saber nada de mí?
—Hay una manera de asegurarte
—contestó Chiro. Estaba bromeando, seguramente, pero sus ojos brillaban—.
Podrías morirte —sugirió— y resucitar fea. Entonces te dejaría tranquilo.
Max debería haber sospechado en ese momento —para tener cuidado,
al menos—, pero su alma no albergaba ninguna malicia. Su confianza fue su
perdición.
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